Tengo un resfriado que me coge las dos partes del cuerpo. Mis narices arrojan mocos de un modo sucesivo. Me sueno con moqueros de papel cogidos en los servicios de los bares que visito; alguno se me escapa y cae contra el suelo. Uno me ha parecido la gémula de Ephydatia fluviatilis (esponja), otro el estatoblasto de Cristatella mucedo (briozoo), pero la que más me ha hecho gracia es la que se ha parecido como el efipio de Chydorus sphaericus (cladócero) pues es idéntico a mi órgano sexual que fue reproductor, en su día, con un solo huevo.

Mi actividad vital está estancada por culpa de este frío invernal, casi polar, de Burgos, y sueño con viajar a las regiones tropicales y subtropicales; vivir en las aguas de los países cálidos, quedando mi vida latente durante todo el año; pero va a ser que no. Mi pensión de jubilado no me da más que para pipas que no puedo comer porque no tengo dientes, o para un masaje orgásmico a diez euros, porque al polvo ya no llego.

Por eso, me he quedado en bata ante el televisor, que me parece una especie de capullo de barro seco, su actividad funcional reducida a películas de terror, pornografía barata de andar y joder por casa; violaciones, incestos; mariconadas en estado de letargo y puteríos que se venden a pedo puta y que se aproximan a la externa y refleja flagelación y masturbación nacional como la que se hacen los Mamíferos alpinos o boreales, como el oso, la marmota, los lirones, las mofetas.

No me gusta ver más que los programas viajeros, aunque sé que son un engaño, como lo son los reportajes de quienes van a misiones de guerra y les hacen sentados en la taza del retrete de su casa de barrio. A mí me encantaría hacer las rutas de migraciones de las cigüeñas, en su ruta desde Europa Septentrional hasta el mediodía de África, a través del Danubio, Península Balcánica y Valle del Nilo; las de las golondrinas; las de las codornices, que pasan a lo largo de la costa adriática, atravesando Sicilia hasta Túnez, o siguiendo el Mediodía de Francia, cruzando España hasta Marruecos, por ejemplo.

“Estos programas de viajeros o españoles por el mundo, son un truco, un cuento chino; una propaganda salida de tono y falsa, pues sólo nos enseñan lo bonito” me dicen algunos viejos listos del geriátrico de Tardajos, que fueron a colegios concertados y no saben escribir una “O” con un canuto.

Me parece interesante que el individuo o la individua marche a la busca de condiciones climáticas favorables a su reproducción; a conseguir sus alimentos, o a bailar con mofetos o mofetas. Pero la visión que nos dan los reporteros es una falacia, una gran mentira. Siempre nos dan el visto bueno, cuando el malo es superior a todo lo que nos enseñan; sabiendo, además, que donde pone su pezuña el homo sapiens, allí muere la yerba, el paisaje, los litorales, las marismas.

Recuerdo que mi abuela, una mujer de libertad, una mujer libre, una “santa” y no anillada como esas santas de beaterios y capillas, que están en pedestal, nos decía que no hay que herir, dañar o maltratar a la Naturaleza ni a los animales ni a las especies; que la Tierra, en algún momento se volverá contra nosotros y nos hará pasar las de Caín, las del César enano de Cruzada, o los criminales de las Guerras. Que ella nos daba de la misma medicina mandándonos los huracanes, los tornados, los volcanes, que tienen preparadas sus lenguas de lava para acariciar nuestros malditos sueños, despertando en otra vida nuestras cabezas de adoquines.

Las costas, los ríos, lo montes y toda la memoria de los territorios donde vivimos son maltratados. Las aguas se roban al mar, se ensucian o se empantanan; las playas y litorales se roban a los pueblos y naciones tan sólo por la avaricia de construir y vender pisos a precios de un ojo de la cara. El recorrido de viajes turísticos está regido por depredadores del cemento y el ladrillo. A la Amazonia, “pulmón del Mundo” se le quiere quitar toda su vida animal y vegetal, tan sólo por construir grandes superficies de ocio, juego, místicas del Culo, drogas, iglesias o conventos de atrofia aguda en su masa cerebral.

Y cuando nos enseñan por el medio aéreo del televisor la vida puta que se desarrolla confiada al aire y el ambiente tropical donde bailan mofetas y mofetos, seres igualmente encadenados a la realidad terrestre de su miseria, en su epigeo e hipogeo desenvuelto sobre la superficie de la tierra y desarrollado en el interior de las capas del suelo más próximas a la superficie donde bailan, me duele su banalidad representada por los tejidos y fluidos internos del instinto animal que llevamos dentro parasitado como un arrecife de coral.

“Mueve tu cintura que es el eje del amor”, me dijo una sesentona en un baile del Centro de Día “Juan de Padilla” de Burgos. El ambiente no acompañaba, pero el roce, la temperatura y la iluminación; la respiración y el movimiento de las carnazas, me despertaron lo poco de sexo que me quedaba, bailando horizontal y verticalmente. Ella se llamaba Isalina, pero su olor de mofeta constante cambió el curso de mi baile y mis movimientos me llevaron a la calle.

Para que sepáis, ahora toso menos. He parado la tele para contemplar un complejo faunístico de facies correspondientes al litoral rocoso. Especies incrustantes y epibiontes sobre Spirographis sallanzini. Qué maravilla los pantópodos; la Ciona intestinalis ( ascidia); la Lima inflata (bivalvo); el opistobranquio; la Dasychone lucullana (poliqueto tubícola); la esponja calcárea.

Creo que me he dormido.

-Daniel de Culla