Querido tío:

Nunca pensé que buscar escritos para nuestro proyecto “clandestino” fuese tan difícil, y al mismo tiempo, tan imprevisto. En este caso que ahora le comento más que lograr yo un nuevo relato fue ella, o quizá el azar, quien me puso delante de mi ordenador un escrito de una desconocida.

Yo he disfrutado leyéndolo; espero que tú también:

Igor.

Andaba yo buscando aprendices de escritor cuando un buen día me levanto y veo un mensaje en el ordenador de una tal “Almudena La Invisible”. Primero creí que era mi prima, a la cual había intentado convencer hacía días de que participase en el proyecto. Puesto que -le dije reforzando el argumento- “desde pequeña te ha gustado escribir cuentos”. ¡Vaya cuento que me salió! “¿Te acuerdas -insistí- de las Historietas de Antoñita que me leías cuando éramos niños?”. “No”, me dijo, dejándome planchao. “Pero yo sí sé que tú siempre –remarcó el “siempre”- tuviste buena pluma….” Me quedé planchao y descolocado, y sólo supe responderle con estas palabras: “Bueno….no sé si eso es una respuesta positiva o no, pero piénsatelo y me envías un guasap o un correo para decirme algo”.

Pero no, el correo no era de mi prima Almudena, la cursi, sino de una tal Almudena La Invisible (sonaban esas dos últimas palabras como si fuese un verdadero apellido). Una persona desconocida para mí.

Ahí va el correo que me encontré de la desconocida Almudena La Invisible:

“Me llamo Almudena y vivo en la calle. Usted no me conoce pero yo sí a usted. Suelo pedir en la calle por la zona centro de la capital. Usted pasa frente a mí casi todos los días aunque nunca me habló, jamás me miró ni me dio unas pocas monedas, un trozo de pan, ni siquiera creo que se dé cuenta de que existo; de que estoy tirada en el suelo de la calle León, esquina con Atocha…. No le culpo: es lo habitual de todos los paseantes (yo también lo hacía antes). Van con sus preocupaciones, sus charlas, pasan delante de mí, y pronto me dan la espalda. Sus vidas continúan, y la mía también, pero aquí inmóvil, aquí quieta, invisible para los otros. Le insisto que no se lo recrimino, pero es la verdad.

¿Por qué le escribo, paseante desconocido? Fácil. El otro día cuando usted iba a tomar un café con un amigo suyo gordo y fumador, se le cayó una pequeña hoja delante de mí. En ella se explicaba su proyecto de hacer una “sociedad de escritores clandestinos” o algo así. Y había una dirección de correo…. Y me he atrevido a escribirle desde una oficina de Cruz Roja, en donde me dejan asearme de vez en cuando…. Porque yo sabía -sé- escribir, ¿sabe? Era secretaria de dirección hasta que un mal día todo cambió. Fdo. Almudena La Invisible.

PD) Si es que me acepta en “el proyecto clandestino” puede contestarme a esta dirección de correo electrónico porque en la Cruz Roja me lo darán.