Querido Amalfitano:

El viaje va viento en popa. Estoy ahora mismo en Vietnam, a punto de volar hacia mi siguiente destino (pronto le daré más detalles). No tengo mucho tiempo, pero me gustaría relatarle mi encuentro con Chinaski antes de que la memoria me empiece a jugar malas pasadas. Con esto me despido por el momento. Espero que disfrute de la historia. Atentamente:

Igor.

 

Dani Chinaski colaboraba ocasionalmente en el Detroit Sex Machine, un periodicucho underground de tirada mensual. Don Shave me habló de él durante nuestro primer encuentro, insistiendo en que un escritor de tanto talento no podía quedarse fuera de la Sociedad. Le pregunté a Shave si le conocía personalmente. “Yo conozco a mucha gente”, me respondió, misterioso como siempre. A la mañana siguiente aparecieron en mi buzón los recortes de todos los relatos de Chinaski.

 Nada más aterrizar en Detroit, cogí un taxi y me presenté con mi macuto en la redacción del Sex Machine. Me recibió personalmente Nora Roberts, la fundadora del periódico. Era una mujer de unos setenta años, huesuda y larguirucha. Iba vestida con botas de fieltro marrones y un vestido del mismo color con la falda muy corta. Su pelo, lacio y canoso, asomaba bajo una cinta de colores. Había indicios claros de que no llevaba sujetador.

–Chinaski está en Vietnam –me dijo desde el umbral de la puerta. No parecía por la labor de invitarme a entrar–. Y no tengo ni idea de cuándo volverá.

–¿En serio? –pregunté con una mezcla de decepción y sorpresa–. Pensaba que Chinaski odiaba viajar…

–Y lo odia, pero ha recorrido ya medio mundo –respondió Nora. Y sin darme más explicaciones, añadió–: A propósito, ¿quién diablos es usted?

–Soy un simple admirador de Chinaski –mentí–. Mi nombre es Igor.

–¿Por qué no va a verlo a Vietnam? Si consigue traerlo de vuelta, yo misma le pagaré el vuelo.

–No es una cuestión de dinero. Además, ¿cómo se supone que voy a encontrarlo?

–Le aseguro que no hay nada más sencillo. Chinaski es un hombre de rutinas. Me dijo que estaría en Ho Chi Minh, en la pensión Nguyen, y estoy segura de que allí sigue.

Se bajó la cremallera de una de las botas y sacó un bolígrafo. Cogió mi mano derecha y, sobre el envés de la misma, escribió una dirección, código postal incluido, y un número de teléfono vietnamita.

Mientras leía atónito la nota, tuve una idea.

–Ya que estoy en Detroit –dije–, me gustaría quedarme dos o tres noches. ¿Sabe dónde se hospeda Chinaski?

–En una callejuela perpendicular a Morang Avenue. Pero no le recomiendo ir por allí. Es probable que no salga vivo.

–Estoy dispuesto a correr el riesgo. ¿Tiene la dirección?

Se encogió de hombros, me pidió la mano izquierda y me facilitó el nombre y el número de la calle. Acto seguido cerró la puerta en mis narices y volvió a la redacción.

Nora Roberts tenía razón. Tres taxistas consecutivos se negaron a conducir hasta la pensión de Chinaski. El último se había ofrecido a acercarme hasta el principio de Morang Avenue, pero se arrepintió en el último momento. “He cambiado de opinión. Sería como llevarle a la Milla Verde”. Dadas las circunstancias, pasé la noche en un hotel del centro y reservé un billete de avión para Ho Chi Minh a la mañana siguiente.

 

Durante el vuelo me dio tiempo a leer y releer todos los relatos de Chinaski. Los había mejores y peores, pero si tuviera que destacar dos, serían sin duda Viaje al centro de mi bañera y La revolución de los decibelios. El primero cuenta la historia de un hombre que es absorbido por el desagüe de su bañera y, tras un largo periplo por las tuberías del edificio, va a parar a una cloaca. Al día siguiente reúne a todos sus amigos y les somete a un exhaustivo relato de sus peripecias, aderezado con una interminable sesión de diapositivas sobre tuberías que “parecen idénticas, pero no lo son. Cada centímetro de esas jodidas tuberías tiene sus peculiaridades y su belleza propia…”. La descripción final es probablemente la más bonita que yo haya leído sobre el mar, sólo que en realidad está hablando de la cloaca. Valiéndose del realismo mágico (ninguno de sus amigos plantea la imposibilidad de que un hombre pueda ser absorbido por una bañera), Chinaski hace una crítica enormemente ácida de los “viajeros patológicamente entusiastas”. La revolución de los decibelios es un relato distópico en el que una facción disidente del ejército norteamericano se alza en armas y proclama la República Democrática Independiente de Detroit (RDID). Ajeno a la pobreza extrema provocada por el bloqueo de Estados Unidos y el consiguiente traslado de las fábricas de General Motors, Ford y Chrysler, el general Paul Potaski, presidente de la RDID, emprende una cruzada personal contra el ruido. Prohíbe los vehículos motorizados, la televisión y la radio. Cierra los teatros, los cines, las salas de conciertos y las discotecas. Sus policías, armados con sonómetros de alta precisión y pistolas con silenciador, realizan detenciones en masa. Su última medida es abrir la frontera con el país vecino, lo que provoca la huida de todos los habitantes libres de la RDID (los que no habían sido enviados a campos de concentración insonorizados). En la escena final, Potaski se sumerge en su bañera con una botella de cerveza y brinda “por la revolución”. Acto seguido es cosido a balazos por un grupo de SWAT. El relato, dedicado a todas las víctimas del Genocidio camboyano, es al mismo tiempo una autoparodia y un feroz alegato contra los regímenes totalitarios.

 

Chinaski había clavado una nota en la entrada de su habitación: “Viajar es el paraíso de los tontos. Nuestro primer viaje nos descubre la indiferencia de los lugares. Ralph Waldo Emerson”. Llamé varias veces a la puerta sin obtener respuesta. Al verme reaparecer en la recepción, el señor Nguyen se sentó en el suelo, levantó una pierna e hizo el amago de chuparse los dedos de los pies (debo aclarar que le faltaban los dos brazos y que no hablaba ni una palabra de inglés). Tardé unos minutos en entender lo que trataba de decirme: Chinaski había salido a cenar. Me encogí de hombros, estiré los brazos y me puse a mirar en todas las direcciones. Nguyen sonrió y me acompañó fuera.

La callejuela por la que nos aventuramos era demasiado estrecha para los coches, pero no para las motos, las bicicletas y los tuk-tuks. Circulaban en ambos sentidos esquivando a peatones locales y a mochileros occidentales como yo. Camareros y comerciantes esperaban a sus clientes en la puerta de sus negocios, sentados sobre pequeños taburetes de plástico. En medio de todo ese guirigay, frente a una mesa plagada de cervezas vacías y con un manuscrito de más de 1000 páginas entre las manos, había un tipo de unos cuarenta años en camisa, bermudas y chanclas. Nguyen me lo señaló con la cabeza y volvió a la pensión.

La imagen que nos creamos de los escritores no se corresponde a veces con la realidad. Francamente, esperaba que Chinaski fuera un alcohólico rudo y desdentado con la cara llena de cicatrices. Pero me equivocaba. Debo confesar que me pareció bastante atractivo. Me llamaron la atención sus ojos, grandes, redondos y de color azul verdoso, confinados entre una mata de pelo rizado y una frondosa barba. Sus dientes eran tan blancos como los folios de aquel gigantesco manuscrito. El moreno de su piel no parecía fruto de una prolongada exposición al sol de Vietnam, sino de varias sesiones de rayos UVA. Era alto, delgado y tenía los dedos finos y delicados como una heroína de novela decimonónica.

–Mi nombre es Igor –dije con decisión–. Me gustaría hablar con usted, señor Chinaski. ¿Tiene unos minutos?

Me lanzó una mirada tan intensa que me obligó a retirar la mía.

–Claro –respondió amablemente.

Cogí un minitaburete y me senté frente a él.

–¿Está escribiendo una novela? –le pregunté para romper el hielo.

–Más bien la estoy podando. ¿Quiere una cerveza?

Mientras Chinaski hablaba con la camarera en vietnamita, yo ensayé mentalmente lo que iba a decirle.

La camarera apareció con dos botellas calientes de Saigon Bia. Chinaski levantó la suya y gritó: “¡Yoooo!”. A continuación reanudó la conversación:

–Nora Roberts quiere que vuelva a Detroit, ¿verdad? Esa vieja hippy… –dijo con un punto de nostalgia–. No puede vivir sin mí.

–No vengo en nombre de Nora, señor Chinaski. Estoy aquí para… Iré directo al grano, si no le importa.

Escuchó atentamente mi historia sobre la Sociedad. De vez en cuando daba un trago de cerveza (bebía indistintamente de su botella y de la mía) mientras se mesaba la barba.

–Me gusta lo de cortarle las barbas a Platón –me respondió al terminar mi explicación–. Es justo a lo que me dedico en estos momentos. Miré…

Me enseñó algunas hojas al azar de su manuscrito. En todas ellas predominaba el rojo de los tachones sobre el azul de las letras.

–Son las memorias de mi padre. Quiere dejárselas como testamento a mi hermanastra japonesa. Mitsuyo le retiró la palabra hace cinco años, tras una fuerte discusión. “Cuando me muera y lea esto, mi hija sabrá que no fui un hombre tan horrible como ella piensa, que también he hecho cosas buenas en la vida…”. En fin, los típicos líos de familia.

–¿Su padre vive aquí? –le pregunté tratando de entender algo–. ¿Por eso ha venido a Vietnam?

–Sí. La semana que viene se casa por cuarta vez, con una vietnamita. Mis padres siempre han sido muy viajeros, además de muy promiscuos. Mi madre se escapó el año pasado con un congoleño…

–Por eso viaja usted tanto, a pesar de odiarlo. –Asintió con la cabeza–. Y ya que hablamos de sus fobias. ¿Cómo lleva lo de escribir en un sitio como éste? El general Potaski se volvería loco…

He aquí una de las enseñanzas de mi viaje: si quieres ganarte a un escritor, demuéstrale que has leído su obra. Chinaski sonrió ante mi referencia y respondió:

–Lo primero, aquí no estoy escribiendo, sino corrigiendo. Y lo segundo, esto no es nada comparado con mi gueto de Detroit. Prefiero mil veces este bullicio al de los partidos de baloncesto, la música rap, las discusiones a gritos de mis vecinos, las peleas entre bandas rivales o entre mendigos…

–Y si tanto le molesta el ruido –le interrumpí–, ¿por qué no se va a vivir a un sitio más tranquilo?

–Porque cuando llegan las dos de la mañana, el gueto se queda en silencio y yo me meto en mi bañera a escribir… Es una sensación indescriptible. Sólo quien ha sufrido una grave enfermedad puede apreciar lo que es estar sano. El ruido es tan necesario para mí como el silencio. Tengo un relato inédito sobre el tema, se llama El escritor a tiempo completo. Se lo enseñaré otro día, es hora de irse a la cama.  

En un visto y no visto, se levantó del taburete, me estrechó la mano, cogió las memorias de su padre y se fue caminando calle arriba.

–¡Chinaski! –le grité–. La pensión Nguyen no está en esa dirección.

–Lo sé –respondió, y siguió alejándose hasta perderse entre la multitud.

Permanecí unos minutos plantado en mitad de la calle, lamentándome por no haber sido más persuasivo, y volví a la pensión.

Unas horas más tarde llamaron a la puerta de mi habitación. En el pasillo se oían gritos y risas que identifiqué inmediatamente: Chinaski y Nguyen. Mientras me ponía lo primero que encontré a mano, deslizaron por debajo de la puerta una hoja de papel partida en dos. En ese momento cesaron las voces.

El folio pertenecía al manuscrito y había sido tachado de esquina a esquina con una línea roja. En una de las mitades, sobre los márgenes, había una invitación para la boda de Robert Chinaski (a la que finalmente no pude asistir). En la otra figuraba solamente una dirección de correo electrónico y un mensaje muy conciso: “Cuente conmigo para su Sociedad”.