Querido Amalfitano:

Le escribo para confirmarle la incorporación definitiva de Don Shave a nuestra Sociedad y de paso advertirle de algunos aspectos acerca de esta persona tan peculiar. Como usted adivinó, no ha resultado sencillo convencerle y, aunque reconozco su talento por el relato que usted compartió conmigo, intuyo que podría generarnos problemas en el futuro. Se mostró algo quisquilloso y desconfiado, pillándome por sorpresa su pregunta (que no supe responder) del porqué de tanto esfuerzo económico y de tiempo para la creación de esta Sociedad. No obstante, fue usted quien consideró prioritaria su participación en este proyecto y no seré yo quien lo cuestione. Ésta es la historia de nuestro encuentro.

El encuentro

Siguiendo sus indicaciones, encontré un rastro de Shave en el barrio del Soho en Londres, el Chinatown de la capital inglesa. Ya sabe, zona muy bulliciosa repleta de restaurantes y comercios chinos, con viviendas por lo general pobres y algún que otro fumadero de opio.

Tras una serie de pesquisas tratando de entenderme con esa población tan recelosa y desconfiada, conseguí la localización definitiva, previo pago de un buen puñado de libras. Se hallaba alojado en una sucia pensión de mala muerte. Tras confirmar su número de habitación mediante un curioso intercambio de gestos con el conserje, me dirigí a su encuentro.

La puerta estaba entornada y dejaba entrever una pequeña estancia. Casi a oscuras, entraba un hilillo de luz por un agujero de la pared que daba al habitáculo y que casualmente señalaba en dirección a un colchón en el suelo. En el mismo, se hallaba recostado un hombre que fumaba de una alargada pipa metálica con la cabeza agachada. Tenía que tratarse de él.

–Ehh… ¿Es usted el señor Donald Shave? –le dije con cautela desde el umbral de la puerta. Tardó mucho en responder y los segundos se me hicieron incómodos, muy incómodos. Finalmente levantó la mirada y pude observar sus ojos, de un negro intenso, clavados en mí.

–Don Shave. Nunca más utilices ese otro nombre. –Se limitó a decir.

–Claro, señor Shave. ¿Puedo…?

Hice el amago de avanzar, pero fui cortado en seco.

– ¿Quién eres? Veamos…Vienes de parte de alguien y quieres pedirme que me una a su proyecto, ¿no es verdad? Tiene que ser algo relacionado con la literatura. Bien, vuélvete por donde viniste, no me interesa, ya tengo bastantes problemas.

Me quedé atónito. Usted ya me había avisado de su difícil carácter y de sus dotes deductivas, pero nunca imaginé que llegaría a esos extremos. ¿Cómo había adivinado todo eso? Me dispuse a usar cuanto antes mi mejor carta.

–Tiene razón. Venía a invitarle a participar en un proyecto muy interesante, toda una aventura en la que además podría ganar mucho dinero. Pero bueno, supongo que si no está interesado tendrá sus razones…

Me di media vuelta y empecé a avanzar en retirada lentamente. Obviamente esperaba que mi ardid funcionase, y funcionó.

–Detente. Entra y siéntate en el suelo. Ahora te escucho.

Complacido me giré y me desplacé hacia el lugar que él me indicaba. Este era mi momento. Antes de empezar pude observarle detenidamente.

De complexión delgada y atlética, aparentaba haber superado la treintena. Su cabeza estaba cubierta por un pañuelo azulado que le confería un aspecto como de bandolero o pirata. Destacaba por su barba, negra, espesa y de aspecto duro, acompañada de unas alargadas y cuidadas patillas. Su frente tenía tres líneas marcadas y, en su lado izquierdo, se podía observar una cicatriz de varios centímetros, característica que, unida a sus ojos, pequeños pero muy expresivos, le dotaban de una fuerza y una vitalidad que imponían.

Al notar que se estaba impacientando, tomé aire y me dispuse a recitarle el discurso que tantas veces había ensayado. Empecé por presentarme y por describir los detalles que me había indicado que diese sobre usted, centrándome en su enorme riqueza, principios y gustos literarios. A continuación, con toda la pasión de la que fui capaz, traté de expresar la razón de ser y la esencia de nuestra Sociedad, sus objetivos y las ventajas de pertenecer a tan selecto grupo.   

Mientras me explicaba, Shave intercalaba caladas a su pipa con miradas al infinito, como si se perdiese en mundos remotos. No parecía estar escuchando ni una sola de mis palabras. Cuando terminé, sus ojos se posaron de nuevo en mí y se quedó pensativo. No quise interrumpir sus reflexiones. Finalmente, habló.

–Pese a este encorsetado discurso que me acabas de soltar, creo haber captado la esencia de lo que esperáis de mí. He estado pensando en ello y creo que podría llegar a interesarme si haces primero algo por mí. Necesito que me financies una partida de cartas. Con cinco mil libras bastaría…

Querido tío, usted ya me había prevenido de la posibilidad de que me pidiera dinero y estaba preparado, así que me hice un poco el remolón para terminar aceptando. Mi condición fue poder acompañarle, pues no iba a volver a permitir que alguien me pidiera dinero y luego me dejara tirado. De esta forma acordamos vernos en la esquina de Mannette St. con Greek St. a medianoche. Allí le entregaría el dinero y juntos acudiríamos al local clandestino en el que tendría lugar la partida.

La partida

Llegué puntual a mi cita. A mi alrededor no se veía ni un alma. Pasados unos cinco minutos de espera, un viento ligero me provocó un estremecimiento. De repente, frente a mí se proyectó en una pared una sombra gigante y, al darme la vuelta, me encontré a Shave con una ancha sonrisa.

–¿Listo para divertirte? Dame la pasta, anda.

Le di el sobre que tenía preparado. Tras comprobar minuciosamente que no faltaba nada, me hizo un gesto con la mano para que le siguiese.  

Recorrimos a un ritmo frenético y durante varios minutos una ruta indescifrable que me hizo perder completamente el sentido de la orientación. Finalmente, cuando llegamos frente a una calle angosta y oscura, se detuvo.

–Es aquí –dijo solemnemente.

Miré hacia la calle y no podía ver nada. No se adivinaba el final. Shave gritó en lo que parecía chino… ¡¡家丑不可外扬!!

Pasados unos segundos de espera, escuchamos el chirrido metálico de una puerta y una luz nos iluminó el camino. Ante mi mirada de curiosidad se limitó a decir:

–Literalmente significa “la ropa sucia se lava en casa”. No me preguntes porqué. –Avanzamos hacia la puerta y entramos en el local.

El ambiente se notaba enturbiado por el humo de los fumadores y la luz mortecina de las antiguas lámparas que colgaban débilmente del techo, amenazando con caerse en cualquier momento. En un espacio que no llegaría a los ochenta metros cuadrados, había una barra de bar frente a la puerta y cuatro mesas con tapetes verdes, fichas de diferentes colores y billetes arrugados. Todas estaban ocupadas por chinos jugando a variados juegos de cartas. En la barra había una atractiva camarera que dirigió una coqueta sonrisa a Shave en cuanto hicimos nuestra entrada.

Mi acompañante le guiñó un ojo a la chica y me dijo que me retirase. Mientras él cogía una silla apartada y tomaba asiento en una de las mesas, yo me situé en la barra, rodeado de un grupo de chinos borrachos que gritaban alborozados. Me pedí una cerveza y me dispuse a pasar desapercibido y a observar la partida desde un discreto segundo plano.     

En la mesa de Shave había tres chinos de duro aspecto. A su izquierda tenía a un individuo enorme, muy musculoso y algo desaliñado. Vestía con pantalones cortos y camiseta de tirantes. Llevaba un pendiente plateado en la oreja izquierda y no parecía precisamente “el lápiz más afilado del estuche” del grupo. Decidí llamarle “el bobo” para mis adentros.

A su derecha, un tipo delgado y fibroso, con la cara tan huesuda que parecía un cadáver. Vestía un chándal rojo con unas letras chinas de color amarillo en su espalda. Decidí llamarle “el muerto”.

Enfrente de Shave estaba el que debía ser el tipo más duro y líder del grupo. No le veía la cara al tenerle de espaldas, pero recuerdo bien su cogote, fuerte como el de un toro, culminado por un terrorífico tatuaje que evocaba a una especie de hombre-dragón. Llevaba una camisa blanca sin mangas y vaqueros. Su mote estaba claro, “el dragón”.

Los tres hombres acogieron a Shave sin apenas mediar palabra. Se le veía cómodo expresándose en chino y muy tranquilo, con una actitud concentrada. Fumaba constantemente cigarrillos de tabaco de liar y bebía del mismo whisky que sus adversarios. Parecía bastante integrado. Por otro lado, yo no entiendo mucho de póker y menos de chino, con lo que solo podía fijarme en cómo se iban repartiendo las fichas y el dinero, y en las caras que ponían unos y otros. Con el paso del tiempo, pude detectar que “el bobo” tenía problemas. Su cara transmitía cada vez más frustración mientras que a “el dragón” se le veía totalmente en su salsa.

A la hora aproximadamente la tensión se mascaba en el ambiente. “El bobo” había quedado eliminado y “el muerto” tenía aún más cara de muerto. La partida había llegado sin duda a su estado de clímax y Shave ponía cara circunspecta mientras “el dragón” sonreía.

De repente, Shave miró a sus rivales con resolución. Alargó sus manos para coger todas sus fichas y las volcó en el centro de la mesa. Parecía una acción irreflexiva y desesperada y “el dragón” e incluso “el muerto” debieron de notarlo, pues no dudaron en hacer lo propio. “El muerto” enseñó sus cartas no del todo convencido, quizás con un ligero halo de esperanza.  

Entonces le llegó el turno a “el dragón”. Con una estruendosa carcajada desplegó sus cartas sobre la mesa con una actitud de claro vencedor. Parecía que pintaba mal la cosa para Shave, pero éste sonrió relajado. Lentamente sacó sus cartas mostrando su mano ganadora con una mueca de satisfacción pintada en su cara. Sus rivales le miraban con la boca abierta, incrédulos ante lo que acababa de suceder.

Mientras se afanaba en recoger todas sus ganancias ante la perplejidad de sus contrincantes, paralelamente se desarrollaba una desagradable escena en la barra. El grupo de borrachos había superado su límite y entre varios estaban tratando de forzar a la camarera. Reconozco que la situación me desbordaba y el miedo me empujó a alejarme lo más posible. Me escondí detrás de un grupo de curiosos espectadores que se había formado a una distancia más que prudencial. Desde allí podía seguir observando.

Uno, el más fuerte, tenía a la chica cogida de los pelos y tiraba de ella hacia abajo para que pasase al otro lado de la barra. Entonces, pude ver un destello procedente de la otra punta de la sala y se oyó un grito rasgado. El maltratador ya no tenía a la chica agarrada y gemía, con la mano ensangrentada ensartada por un cuchillo a la pared de la barra del bar. Don Shave estaba de pie, con actitud fiera y amenazante, y miraba directamente al grupo de alborotadores, que se separó instintivamente. En el suelo había un as de corazones que se le había caído al lanzar el cuchillo. ¡Así que había hecho trampas! “El dragón”, al verlo, se volvió hacia Shave encolerizado y lanzó un chillido que debió oírse en todos los confines del barrio chino. Ese fue el desencadenante de la batalla campal.

Aprovechando el tumulto, salí corriendo seguido de Shave y la chica, esquivando los botellazos y las sillas y mesas que volaban a nuestro alrededor. Ya lejana, pudimos escuchar una voz enrabietada en perfecto inglés:

–¡Te cogeré Don Shave, no hay lugar en el que te puedas esconder!

Llevamos a la chica a la pensión y no tardaron en encontrar una excusa para que les dejase solos. Ella tenía mucho que agradecerle y necesitaban intimidad, no les culpo por ello.

Condenados a entendernos

Tiempo después averigüé la razón por la que Shave quiso meterse en aquella peligrosa partida de cartas. Resulta que había perdido mucho dinero en una apuesta de boxeo ilegal que creía ganada de antemano por un chivatazo que luego resultó ser falso. Por desgracia, como buen vividor y gran derrochador, no tenía suficientes fondos y tuvo que pedir prestado para afrontar la apuesta nada menos que a la todopoderosa triada 14K*. Ahora les debía una importante cantidad de dinero y le habían dado un ultimátum de tres días para reunirlo. Si no lo conseguía tendría problemas…

Al principio supuse que había pensado en pagar a los 14K con el dinero que sacase de la partida. Nunca lo hizo. Debía de tener otros planes porque había algo más: el local donde habíamos estado pertenecía a la banda archienemiga de sus acreedores, la triada Sun Yee On**. ¿No le parece increíble su descaro?

¿Cuál es su lógica? No lo sé. Lo que sabemos es que en este momento le persiguen las dos mafias chinas más poderosas del mundo. Es un proscrito y enemigo público número uno de las triadas. Querido tío, nos necesita para que le demos protección.

Hemos hablado, me ha hecho algunas preguntas (he tratado de seguir fielmente sus instrucciones para responderle) y, finalmente, me ha dado su palabra de que se unirá al proyecto a cambio de que le aseguremos asilo y seguridad. Se compromete a compartir algunos de sus relatos según fluya su inspiración, sin presiones ni fechas. Creo que, en el fondo, la curiosidad y la sed de aventuras han echado el resto para que se decida. Puede considerarlo reclutado, pero permítame que insista en la idea de no confiar del todo en él.

Afectuosamente, su querido sobrino,

Igor.

PD: He tratado de escribir esta carta a modo de relato tal y como me dijo y espero haber estado a la altura del nivel que se espera de mi. En lo sucesivo me esforzaré en presentarle cómo conocí a cada uno de los miembros de esta Sociedad siguiendo este estilo, acompañado de un título que me parezca apropiado, en este caso donde se desarrolla la acción, la “Timba ilegal en el Soho”.

Asimismo, para completar mi escrito me he decidido a hacer una breve investigación acerca de las tríadas. Aquí comparto un resumen sobre estos grupos mafiosos.

Las triadas

Una tríada es un término genérico para designar a ciertas organizaciones criminales de origen chino que tienen su base en Hong Kong, Taiwan y la China Continental, así como ramificaciones entre sectores de las diversas diásporas Han. Se dedican al tráfico ilegal de personas, la falsificación de tarjetas de crédito, los talleres clandestinos (generalmente del textil), la falsificación, venta y distribución de todo tipo de productos, la prostitución, las clínicas ilegales, muertes por encargo, etc. Blanquean en otros países los beneficios de la heroína que introducen en Estados Unidos desde sus campos en Tailandia y Laos. Su sistema de organización interna dista de las mafias occidentales, puesto que se organiza en grupos de tres personas. Estos grupos están conectados jerárquicamente con otros grupos por solo uno de los integrantes, lo que conlleva un total desconocimiento del resto de los integrantes del grupo con respecto al resto de la organización. Esta técnica es bastante útil para dicha organización cuando es sometida a una investigación policial, ya que existe una posibilidad menor para poder indagar en la jerarquía.

* Triada 14K: Esta organización está involucrada en el tráfico de drogas a gran escala en todo el mundo, principalmente heroína y opio procedentes de China y el Sudeste Asiático. Este es su negocio más importante, por la cuantía de los ingresos que de él obtienen, pero también se dedican a las apuestas y casinos ilegales, la usura, el blanqueo de capitales, asesinatos, el tráfico de armas, la prostitución, la trata de seres humanos, la extorsión, la falsificación de productos de marca y, en menor medida, los robos con fuerza en domicilios. Su mayor enemiga es la triada Sun Yee On.

** Triada Sun Yee On: Esta organización está involucrada en la fabricación de falsificaciones de productos de marca y divisas, apuestas y juegos de azar ilegales, tráfico de drogas, trata de seres humanos, prostitución, contrabando y extorsión. Sus actividades fuera de China se concentran principalmente en Estados Unidos, Bélgica, Francia, Reino Unido y los Países Bajos. Su mayor enemiga es la triada 14K.