Querido Amalfitano:

Quisiera presentarle a un nuevo colaborador, el señor Miguel Martí, aunque he de confesar que no he logrado conocerle en persona, creo, pues se me ha ido escurriendo entre las manos como una serpiente. Tras una larga serie de absurdos acontecimientos pudimos ponernos en contacto mediante un extraño intercambio de cartas, en el cual, finalmente, aceptó la invitación a participar en la Sociedad. La historia que a continuación le detallo le hará entender a usted de lo que hablo.

La primera vez que tuve contacto con su obra fue en uno de esos antros de Madrid en los que la gente lee sus propias poesías y relatos mientras va perdiendo su dignidad cerveza tras cerveza. Aquel lugar era un agujero que apestaba a sudor y a las lentejas que ofrecían de tapa con la consumición. Algunos incluso fumaban porros a la vista de todos. ¡Qué atmósfera la de aquel tugurio! Aguanté como pude los manidos poemas de amores y desamores de unas cuantas personas ebrias hasta que una pareja se metió al cuarto de baño a… bueno, a “hacer el amor”, supongo que podría decirlo así. ¡Eso fue el colmo! No pude aguantar más y tomé la resolución de marcharme. Justo cuando estaba saliendo a empujones de allí, oí tras de mí una preciosa voz que me paralizó, como de una sirena que trataba de capturarme con su canto. Me giré hacia la tarima donde se leían los poemas y relatos y vi a una hermosa mujer que narraba con parsimonia un oscuro cuento sobre la brujería en África. Admito, querido Amalfitano, que no presté la más mínima atención a lo que decía, sólo el cómo lo decía me interesó. Esa bella voz que se escapaba casi sin querer de unos carnosos labios rosados… En cuanto la joven terminó y se mezcló de nuevo entre el público, me lancé a su encuentro. De cerca constaté que era preciosa y delicada. Alabé su relato y me apresuré a explicarle lo que era la Sociedad y con cuánto gusto la recibiríamos en ella inmediatamente. En ese punto no sé muy bien lo que pasó. Unos tipos borrachos comenzaron a rodearme gritando cosas que no logré entender. Ella se sintió incómoda con todos esos jóvenes dando voces a su alrededor, supongo, y trató de marcharse de allí. La cogí por el brazo para seguirla y entonces ella me gritó:

¡Yo no escribí ese relato! ¡Déjeme en paz!

Quise averiguar algo más y tiré de ella para que no se marchase. Le grité:

¿Quién lo escribió?

Y hasta ahí llegó la paciencia de sus amigos. Me desperté en el suelo de la calle sangrando por la cabeza. ¡Qué dolor! Taponé la herida con unos papeles que alguien me había tirado encima mientras estuve inconsciente. Unos minutos después, al palpar la herida y sentir que era sólo superficial, recuperé un poco el ánimo. Dirigiéndome hacia el hotel en donde me alojaba, comprobando una y otra vez que la cantidad de sangre que perdía era cada vez menor, descubrí que los papeles con los que me estaba taponando la cabeza estaban impresos. Los alisé como buenamente fui capaz y pude leer, entre manchurrones aún frescos, partes de un relato que trataba sobre la brujería en África. Rápidamente busqué el nombre del autor: Miguel Martí. Investigué sobre él en Internet y resultó que tenía publicados varios artículos en los periódicos más inverosímiles: Valle del Kas, La Tribuna de Toledo, Cameroon Tribune… Su última publicación databa de hacía una semana, en el periódico La Región ¡en Iquitos, Perú! Leí unas cuantas de sus publicaciones y me fui para allá sin pensármelo ni un segundo. Valía la pena ficharle para nuestra Sociedad.

Tardé dos días en llegar hasta allí. Me alojé en un buen hotel en el centro de la ciudad de Iquitos, aunque desgraciadamente, no pude disfrutar de sus comodidades. Lo primero que hice, tras dejar mi equipaje en la habitación de hotel, fue presentarme en la redacción del periódico La Región para hablar con el director. Tras darle una pequeña motivación para que aflojara la lengua, conseguí entender que un par de “patas” de Miguel Martí eran los que le traían a la redacción sus escritos. Ambos eran colaboradores asiduos del periódico. Uno de ellos, Martín Cocona, escribía reportajes de fauna y flora y el otro, Lucas Caspi, poemas breves. El director me dio la dirección de una oficina en la que trabajaban ambos y me dirigí hacia allí sin demora. Me encontré a un personajillo de unos treinta y cinco años sentado tras un escritorio con toda la mesa llena de papeles desperdigados. Al verme entrar por la puerta quiso reordenar sus documentos rápidamente, pero desistió a los pocos segundos. Disimuló como pudo la vergüenza que le daba aquella situación, se disculpó conmigo por el desorden y se presentó:

Soy Martín Artigas, ¿en qué puedo ayudarle?

¡Buenos días! Me llamo Igor.

¿Áigor?

No. Ígor. Quiero decir, Igor.

Entendido.

Busco al señor Martín Cocona. Me han dado esta dirección para que le pregunte por el señor Miguel Martí.

Entonces busca al señor Miguel Martí, ¿no?

No… quiero decir sí. A ése es al que busco, concretamente. ¿Le conoce?

Yo sí. ¿Y usted?

¿Yo?

¿De qué conoce al señor Martín Cocona?

Verá usted, vengo de un periódico en el que colaboran el señor Miguel Martí y el señor Martín Cocona…

Y el señor Lucas Caspi.

¿Por qué me habla del señor Lucas Caspi?

Porque es amigo de los otros dos señores y colaboran en el mismo periódico.

Ya… ¿Le conoce usted?

¿A quién?

¡A esos tres señores!

Yo, sí. ¿Y usted?

¿Yo?

¿Quién es usted, señor Áigor?

Un filántropo, nada más que eso. Un filántropo que quiere apadrinar al señor Miguel Martí.

¿Y a los señores Lucas Caspi y Martín Cocona?

No, a esos no.

¿Y por qué les busca a ellos también?

¡Para que me pongan en contacto con el señor Miguel Martí!

Creo que no le estoy entendiendo muy bien señor…

Igor.

Vaya a esta dirección que le escribo en este papel y pregunte por el señor Martín Cocona.

Pero si yo no busco a…

Por favor, déjeme trabajar y vaya allí.

Ya en la calle, pregunté a más de una decena de moto-taxistas por aquella dirección, pero ninguno la conocía. Estaba planteándome seriamente que aquel papel no contenía más que una mentira cuando, por fin, uno de los motocarristas reconoció esa dirección. Me llevó a un puerto y allí me indicó una lancha estrecha y muy larga que zarparía en una hora hacia mi destino. Tardó más de dos horas en hacerlo con más de cuarenta pasajeros a bordo y una decena de enormes bidones azules de gasolina. En algún momento temí que la embarcación se voltease por lo sobrecargada que estaba. ¡Pasé un miedo terrible en aquel viaje! Estuve demasiado tiempo dentro de aquella mortal embarcación, no sé cuánto.

Desembarqué en una minúscula mancha de arena sin más ropa que la puesta ni más interés que el de salir del inestable bote. Ante mí se alzaba un muro denso y enorme de vegetación que parecía impenetrable. Sin embargo, varias pisadas en la arena mostraban un sendero que desaparecía entre los árboles. Me hallaba ante la disyuntiva de quedarme ahí, bajo el sol ardiente a la espera de que un nuevo bote me recogiese de vuelta Iquitos, o de internarme por la selva siguiendo la senda. Opté por lo segundo. Con todo lo que había invertido para llegar hasta allí, no podía darme media vuelta. Afortunadamente, no tuve que andar mucho porque enseguida el camino concluyó en un claro que se abrió en el bosque. Había una gran cabaña de madera en el centro y una pequeña choza pegada a ella. Me acerqué hasta la puerta del edificio mayor y llamé. Al instante la puerta se abrió y, para mi sorpresa, me encontré de nuevo al mismo personajillo que me había mandado a esa dirección.

¡Áigor!

Igor.

¿Qué hace usted aquí?

¿Cómo? ¡Si me dio usted esta dirección!

¿Yo? ¿Y por qué iba a hacer eso?

Me dijo que aquí encontraría a Martín Cocona.

¡Es verdad! Pues sí que ha tardado en llegar. Ya no le esperaba. Pase al salón. Le seguí–. ¿Un refresco?

Vale, estoy seco. ¿Cómo ha llegado usted antes que yo?

Siéntese y beba un poco. Mire, he hablado con el señor Martín Cocona y dice que está de acuerdo.

Muy bien. ¿De acuerdo con qué?

Con que le apadrine como escritor.

Pero no… yo vengo para conocer al señor Miguel Martí. Es a él al que quiero potenciar como escritor.

Pues no entiendo por qué ha venido entonces. Aquí sólo vivo yo.

Dios mío…

Bueno, bueno… no se eche a llorar, amigo. Está usted muy cansado. Es por culpa de este clima húmedo y caluroso, que le deshidrata a uno sin darse cuenta. Túmbese en el sofá un rato. Ésta es su casa.

No sé cuánto tiempo estuve durmiendo. Me desperté de noche en un colchón en el suelo del salón. Decenas de velas iluminaban la estancia con una luz tenue e inconstante. En el medio de la gran sala, Martín Artigas, pintado de la cabeza a los pies, estaba sentado canturreando una extraña y repetitiva canción, golpeaba suavemente un instrumento de percusión de madera. Me levanté para irme pero otro hombre salió de entre las sombras y me dijo:

Señor, estamos a punto de comenzar. Relájese y quédese quieto.

Me senté de nuevo y vi a mí alrededor cinco personas más que se encontraban en la misma situación que yo, rodeando al chamán. Una mujer entró en la sala y nos fue ofreciendo a cada uno de nosotros un pequeño cuenco con un brebaje que no olía muy bien. No quise ser descortés y se lo acepté, pero en cuanto se alejó de mí lo dejé en el suelo. No pensaba beberme eso. Me fijé en que mis compañeros de sala sí lo hicieron. Al poco, se acercó de nuevo la mujer y fue retirando los cuencos. Cuando recogió el mío descubrió que estaba lleno y me lo acercó a la boca:

Drink, drink –dijo dulcemente.

Traté de rechazarlo amablemente, pero me forzó a bebérmelo. Estaba asqueroso.

Good, good. Ayahuasca –dijo mientras sonreía.

Me quedé pasmado. ¡Ayahuasca! Algunas de las personas comenzaron a sentirse mal y a vomitar. ¡Eso era lo que a mí me esperaba! Me puse nervioso sin saber qué hacer. ¿Qué estaba pasando? Sin darme cuenta fui entrando en una especie de túnel oscuro, quedé semi-inconsciente. Me sentía fatal. Un señor me acompañó al baño y me ayudó a regresar a mi colchón; varias veces durante la noche. Fue una larga pesadilla de la que no pude despertarme en muchas horas.

A la mañana siguiente, me encontraba mareado y débil. La chica que me había hecho beber la ayahuasca me dio otro brebaje:

Good, good for strong, mister.

A los pocos minutos comencé a sentirme mejor.

Martín Artigas se sentó a mi lado y me preguntó:

¿Qué le pareció el señor Miguel Martí? ¿Aceptó su invitación?

No lo sé… ¿Dónde está?

Pero ¿cómo? Si lo tuvo usted delante durante horas. ¡El hombre que estuvo sentado cantando toda la noche!

¿No era usted?

¿Yo? ¡Ya me gustaría! ¿Usted sabe la cantidad de dinero que se gana siendo chamán para los gringos? Le confundió porque iba pintado de cuerpo entero. Él es mucho más guapo que yo. ¡Yo, Miguel Martí! ¡Ya me gustaría!

¿Y dónde está ahora? Tengo que verle.

En el monte, se ha ido a cazar. ¿No preferiría apadrinar a Martín Cocona o Lucas Caspi?

¡No! ¿Por qué quiere que les apadrine a ellos?

Bueno, tengo que confesarle, amigo Áigor, que yo soy ambos: Martín Cocona y Lucas Caspi. Son pseudónimos con los que escribo, uno para artículos de naturaleza y otro para poesías.

Muy bien… a mí todo eso me da igual. ¡Yo sólo quiero hablar con Miguel Martí! ¿Puede ayudarme?

Le puedo llevar hasta él.

Me presentó a un hombre, que parecía indígena, para que me guiase por la selva en busca de mi obsesión: Miguel Martí. Lo tenía que encontrar como fuera.

Anduvimos horas siguiendo sendas sólo perceptibles para el guía. El calor y la humedad eran asfixiantes. Las copas de los árboles tapaban el sol a cada momento y me era imposible orientarme. No hubiera encontrado la salida de la selva ni aunque hubiera estado a diez metros de distancia de mí. Cuando empezó a oscurecer llegamos a una choza con un camastro de madera. Estaba tan agotado que me tumbé en él y me quedé dormido al instante. Mi acompañante me despertó algunas horas después. Llevaba una lámpara de petróleo que no sé de dónde sacó. Me dijo que le escribiera una carta a Miguel Martí contándole lo que quería de él. Me dio papel y un boli. Cuando terminé de escribirla, desapareció en la noche. Los ruidos de la selva me sobrecogieron. Creí escuchar risas de hombres que no andaban lejos de allí, así de malo es el miedo, que te hace ver y oír lo que no existe. Pasé una noche horrible, creyendo que acabaría devorado por leones o cocodrilos o serpientes… ¡Quién sabe lo que se esconde entre las oscuridades! No pude dormir en toda la noche, por el miedo y por los mosquitos, que no dejaron de picarme a cada segundo.

Cuando comenzó a clarear, mi guía regresó. Parecía fresco y descansado, es increíble cómo están de adaptados estos indígenas al medio. Me trajo una carta firmada por el propio Miguel Martí en la que decía escuetamente que nos encontraríamos en la casa de Martín Artigas para tratar sobre el tema. Tardamos muy poco tiempo en desandar el camino recorrido el día anterior. Se notaba que me estaba adaptando rápidamente a la selva.

En la casa de Martín Artigas sólo se encontraba el propietario de la misma. Por lo visto, Miguel Martí había tenido que salir de urgencia, dejando antes una carta en la que delegaba en Martín Artigas a libre criterio de éste. ¡Tendría que tratar de nuevo con este hombre insufrible! Lo afronté sin rodeos:

Mire, señor Martín Artigas, a mí no me gusta usted y yo no le gusto a usted.

¿No le gusto? Yo pensaba que un poco sí. Eso es que no nos conocemos muy bien todavía. Espere a que le cuente lo que hice el otro día, ya verá como cambia su opinión. Resulta que me fui a la selva…

¡Que no! ¡Que no me cuente su vida! Yo lo que quiero es que usted me ayude a que el señor Miguel Martí participe en La Sociedad.

Le expliqué con detenimiento lo que esperaba de Miguel Martí y parece que lo entendió. Después me ofreció algo de comida y me envió de vuelta a Iquitos en una pequeña canoa de madera. El motorista era el indígena que me había hecho de guía anteriormente. A las dos horas de camino el viejo motor que empujaba la barca río abajo se paró. ¡Se quedó sin gasolina! El motorista me entregó un remo con una sonrisa de oreja a oreja. No recuerdo cuánto tiempo pasé remando. ¡Nunca antes sentí un dolor tan fuerte en mis brazos como cuando por fin llegamos a puerto! Si no hubiera estado tan cansado me habría caído de espaldas al ver allí esperándome a Martín Artigas.

Pero, ¿cómo ha llegado usted antes que yo?

¡Ah! Porque yo he venido en coche por la carretera que une mi casa con Iquitos. Ahora me volveré con su amigo en canoa, de vuelta a casa. Le he traído un dibujo de Miguel Martí para que lo incluya en su lista de colaboradores, como me dijo.

Abrí un sobre en el que estaba el susodicho dibujo. Se parecía bastante a Martín Artigas. Éste ya estaba subido en la canoa junto al que fue mi guía, el cual arrancó el motor a la primera. Me sonrieron y se despidieron con la mano mientras se alejaban.

¡Pero señor Martín si es usted el del dibujo!

¡Qué va! ¡Ya me gustaría a mí ser el señor Martí! ¡Él es mucho más guapo que yo!