Querido tío:

Cuando se viaja por tanto tiempo, uno comienza a sentirse fatigado y ya no sabe dónde se despierta ni con quién. Eso le hace a uno preguntarse muchas cosas. Echo de menos, aunque parezca una tontería, las partidas al Catán con mis amigos los domingos por la tarde, o al menos estar en un sitio tranquilo. Me cuesta entender los mochileros, que sólo beben mojitos en el hostel de turno, colgando fotos en Instagram de playas atestadas de gente, cuando tienen el mejor bosque donde disfrutar de la Pachamama a un par de kilómetros. Comienzo a no aguantar a esa gente.

En realidad quizás yo sea el raro, porque me interesan más la gente estrafalaria que las cosas que supuestamente les divierten a las personas de mi edad. No lo sé.

Por ejemplo, el otro día me fijé en un señor cuando entré en el bar del hotel más antiguo de Punta del Diablo, uno que me recomendaron porque me juraron que allí no iba a encontrarme nunca “gente de hostels”. Me llamó la atención su mesa llena de papeles, así como la máscara de nariz prominente de estilo veneciano que acompañaba aquella suerte de escritorio.

No había nadie más en el bar, así que, tras pedir una cerveza, me acerqué a él. Mirando fijamente esa extraña máscara, y sin apartar la vista de sus papeles, me habló por primera vez: “Representa la careta que cada ser humano lleva consigo por el simple hecho de vivir”.

Como aquella contestación fue lo suficientemente idiota como para atraerme, me senté allí con él, no sin antes escuchar unos cuantos graznidos parecidos a los de un perro cuando le quitan la comida. Tras unos segundos de silencio, me fijé que en sus papeles eran bocetos de relatos. Cogí uno al azar y le pedí permiso para leerlo.

Claro, como dijo alguien, la dimensión de mi drama es directamente proporcional al tamaño de mi ego. Además, esa historia que usted ha elegido se la regalé a una mujer de la que estuve enamorado. En realidad, sólo había conversado con ella tres veces antes de escribirla. No obstante, la convidé con esa historia que tardé en escribir toda una noche y que cualquiera hubiera escrito en veinte minutos.”

Cogí el relato y comencé a leer. Trataba sobre un chico que se paseaba sin rumbo fijo por las calles solitarias de una nocturna ciudad, detallando cómo eran las grietas que se encontraba en las aceras, la sombra de una papelera iluminada por una farola y demás chorradas descriptivas que, a pesar de todo, eran lo mejor del relato.

Poco después de amanecer, sin saber muy bien por qué, el chico robaba un coche para abandonar la ciudad, dirigiéndose por carreteras secundarias hacía el litoral. Finalmente llegaba a un pueblo costero convertido en sumidero inmobiliario, sin demasiada gente puesto que aún no estaban en temporada alta. Allí buscaba un antiguo hotel en primera línea de playa con las puertas carcomidas por el salitre, alquilaba una habitación con vistas y esperaba tumbado mirando al ventilador del techo a que la playa quedara desierta.

En la madrugada, se acercaba a la playa con la mirada “clavada en el horizonte”, y entonces se permitía el lujo de quitarse los zapatos para sentir la fría arena. Acto seguido, se introducía en el agua con la ropa puesta, echaba un último vistazo a la luna flotando boca arriba y terminaba por nadar con todas sus fuerzas mar adentro, hacía la oscuridad.

Cuando terminé de leerlo, me quedé con una sensación extraña. La historia no era del todo buena y, a pesar de todo, te hacía sentir triste. Pensé que, aunque un poco arriesgado, podría ser un buen fichaje para nuestro proyecto. Le conté todo lo referente a la Sociedad de escritores y le pregunté si quería formar parte.

Me escuchó en otra dimensión, sin decir nada, absorto en cualquier otro viaje. Al cabo de un instante aceptó titubeante la invitación: “La dimensión de mi ego me prohíbe decir no. Ahora, si me disculpas, me tengo que marchar”.

Antes de irte, tengo curiosidad. Por favor, cuéntame qué paso con la chica”, le dije casi obligándole a sentarse de nuevo.

Le envié el relato y esperé unas cuantas semanas una contestación que jamás llegó. No sé qué me esperaba, una adulación, o al menos un “estás loco”. Qué sé yo. La cuestión es que nunca volví a saber nada de ella y aunque, como te he señalado antes, apenas la conocía, por alguna razón aquello me marcó. Durante los años posteriores escribí varios relatos y novelas en su honor y una suave mañana de junio los quemé todos, sin permiso del ayuntamiento, en el campo de fútbol municipal”.

Yaccaré se levantó muy despacio y recogió sus cosas. Se despidió de mi apresuradamente, y mientras se alejaba, se dio la vuelta y me dijo: “Fue entonces cuando decidí hacer este viaje y alojarme aquí, en este antiguo hotel.”

Con la mirada velada siguió adelante, en un caminar tranquilo. Comenzó a subir las escaleras para dirigirse a su habitación y fue entonces, cuando entre dientes, pude escuchar: “Quizás esta noche no haya tantos mochileros en la playa y pueda nadar, por fin, hacía la oscuridad”.