Buscando la identidad, el artista sube sin descanso los escalones que le separan de la cúspide del reino natural, del zigurat de la experiencia y el saber. Camino tortuoso y laberíntico, donde  millones de neuronas producen una pincelada que traduce signos incomprensibles, al principio en renglones borrosos, al reino de los mortales.

A veces, los nervios que mueven la mano que manda el pincel se paralizan por sentimientos contradictorios. Pero el artista no ceja y golpea el cincel para grabar la imagen que se escapa…,y busca en el desorden de tubos y objetos las mil tintas que constituyen un color, ese color que no existe.

Durante ese tiempo, recoge y plasma las ausencias reflejadas en su retina, todas las palabras pronunciadas, los sonidos que flotan mientras calla, los suspiros mientras no habla. Porque todos los trazos tienen el dibujo del alma: de los éxitos fugaces (como las estrellas); de las promesas incumplidas (tantas veces); de los recuerdos imborrables (de placer y dolor); de ciento siete ideas a la vez (en el vórtice de un disco); de muchas cosas que se concentran en una inquietud (incontrolable); de los millares de pares de ojos que no vale más que una mirada (de sorpresa); de las decepciones amorosas (sólo de pensarlas); de los besos que le deben (pagar); de los troncos que hacen falta para una hoguera (de vanidad); de los sueños…

Y luego, hay que darle las medidas al cuadro, ponerle puertas al campo, para colgarlo, para venderlo, pensando en las galaxias por las que navegar, en los planetas por arribar, en las barreras que saltar, en los prejuicios que destruir.

Fig I. Cuadro

Ciento siete por ciento siete mide el cuadro. Ciento y siete km la distancia que le separan del comprador… Ciento y siete peldaños en la escalera para llegar a la estancia del alquimista.

Y el cuadro viajó cuidadosamente embalado en un camión de mudanzas, y entregado sin demora en el local expositor, donde expertas y cuidadosas manos lo dejaron expuesto en la pared.

 

Al pintor le invade casi siempre la sensación de VÓRTICE al acudir a muchas inauguraciones de exposiciones de arte en las galerías al uso. Todo comienza con un remolino de turbulencias que se transmiten del exterior al interior del recinto como el zumbido de un enjambre, a la vez se van desacelerando los movimientos de los asistentes cuando llegan a ver, tocar, oler, al artista (abeja reina) o al galerista, que no a la obra, y engullido y libado alguno de los manjares que ávida y salvajemente se suelen disputar.

Transformaciones de toda clase se dan cita en ese instante: nécoras de afiladas uñas rojas extraen finas lonchas de “pata negra”; mantis religiosas (o no tanto) escancian vino por dentro y por fuera de los vasos, dirigiendo furtivas miradas a sus futuras víctimas; algunos grillos se dan a conocer agitando sus élitros con chillidos frenéticos; los arácnidos ocupan sigilosamente las esquinas tejiendo silenciosos e invisibles hilos.

Se va removiendo la estancia y en ella los seres giran en círculos más o menos concéntricos, logrando que los movimientos en el centro sean mucho más torpes y lentos que en los círculos exteriores.

Lentamente, con la memoria de millones de años, el suelo se cubre por sucesivos “sedimentos” que conforman un limo verde y espeso, charca de líquenes, algas y musgos. Allí resbalan y discurren reptiles y batracios, anélidos y moluscos de todas clases, algunos bivalvos lamelibranquios, que se van deslizando hacia posiciones irreductibles, dejando su cadencia en el aire, y contagiando a gasterópodos, que en versión lapa se adosan a su “partenaire”, formando barreras infranqueables.

Poco a poco, la velocidad de las partículas (asistentes, pensamientos, conversaciones, etc) va disminuyendo hacia el centro a la vez que las turbulencias se hacen cada vez más pequeñas y desaparecen, hecho que suele coincidir con el agotamiento de las sustancias ingeribles.

El cuadro era observado con fingido interés por alguna especie: ¡significa la nada, el vacío!, dijo uno; ¡qué va!, dijo otro, es la eternidad, el universo cargado de energía. Pero ¿no veis ese punto negro apenas perceptible?, repuso un tercero, el individuo, es el individuo frente al todo, una atrevida apuesta por la libertad…

Así, en este cerrado “ecosistema”, pasaron junto al pintor dos caracoles diciéndose al oído con un lujurioso chisporroteo de babas: “¡la mayoría de los artistas son gilipollas, menos mal que quedamos tu y yo!”…

Pudo salir, a duras penas, aprovechando que expulsaban a un inservible vendedor de “La Farola” (que había sido introducido para dar más empaque al evento) y que le persiguió sin tregua por las oscuras calles, insultándole y maldiciéndole por no querer comprarle un ejemplar de su revista.

Mientras huía, deslizándose por el pavimento mojado, una idea se repetía en su mente: “sólo la nada se inserta en lo que no tiene grietas”, en lo monolítico, cerrado y repetitivo, por muy creativo que pueda parecer.