Joaquín, agazapado desde su puesto de trabajo, observando con curiosidad por encima del biombo que lo separa de los escritorios de sus compañeros, agudiza la vista tratando de comprobar si su jefa, Almudena, rubia, estilizada, de movimientos suaves y precisos, lleva pintados sus intensos ojos azules: hoy no parece maquillada. Bueno, tal vez sí lo está, pero no puede asegurarlo desde tanta distancia. Hay días que ella se pinta la raya de los ojos y otros que no… Le gustaría saber a qué responde esa aparente arbitrariedad.

Rodeada de paredes de cristal, como encerrada en una pecera, la mujer revuelve enérgica los papeles que tiene sobre la mesa de su despacho. Oscilando inquieto un palmo por debajo de los hombros, su cabello, recogido en una sencilla cola de caballo, acaricia el dorso de una camisa beige de manga larga abotonada por delante hasta el cuello. Toma unos cuantos folios entre sus manos y tuerce el gesto tras ojearlos unos segundos; levanta la cabeza y mira a través del cristal del despacho hacia donde está Joaquín trabajando. ¡Le ha visto! El hombre aparta su mirada asustado y se encoge en la silla. Siente el calor crecer y envolverle la cara: está seguro de que se está poniendo colorado. En unos segundos estará sudando sin remedio. Debe distraerse con algo, pensar en otra cosa. ¿Qué estaba haciendo? ¡Ah, sí! Revisando unos balances. ¡Pues vamos con ellos! Cliquea el ratón para hacer desaparecer el salvapantallas que saltó hace varios minutos y…

– Señor López- dice Almudena a sus espaldas.

Joaquín se sobresalta, pero queda inmóvil, lívido.

– ¿Señor López?- le inquiere ella.

De forma abrupta, tratando de recuperar torpemente los segundos perdidos con su parálisis inicial, se vuelve hacia la mujer mostrando una sonrisa forzada y nerviosa.

– ¿Sí?

Almudena deja caer encima del escritorio un pequeño dossier.

– Rehaga de nuevo este informe, señor López. Pero ésta vez que pueda entenderse, por favor. 

Joaquín suda por cada poro de la piel, incapaz de borrar la sonrisa estúpida ni de articular palabra.

– Señor López, ¿cuántos años lleva trabajando en esta empresa?

Silencio y una mirada pasmada por respuesta.

– Señor López, le estoy hablando.

El hombre sale del trance de golpe y balbucea:

– ¡Ah, sí! Eh… verá… yo… no sé… eh… bueno… no sé… ¿cuántos años en la empresa? En ésta dice usted, ¿no?

Almudena cruza los brazos y arquea las cejas. No lleva los ojos pintados, hoy no. Joaquín olvida la pregunta y baja la cabeza en busca del informe. Lo coge para echarle un vistazo y se da cuenta de que le tiemblan las manos. 

– Así que usted quiere que lo rehaga de nuevo, ¿no? Pues eso haré, por supuesto.

Pero ella ya no está ahí escuchándole. La ve alejarse de vuelta hacia su despacho moviendo la melena para uno y otro lado en pequeños saltos, rebotando contra su espalda. Le llaman la atención sus tobillos, de un blanco reflectante que hiere los ojos, parecen artificiales. Está inquieto: “¿Por qué hoy Almudena no se habrá pintado los ojos?”

Joaquín concluye su jornada laboral a la par que la gran mayoría de sus compañeros, justo después de que se vayan los jefes. Más que agotado se siente asqueado, pero no sabría explicarle a nadie con exactitud cuál es el motivo de esa sensación que le invade.

De camino al metro, entre la muchedumbre que lleva el mismo paso, uno de sus compañeros de oficina le invita:

– ¿Te vienes este sábado al Cáravan? Vamos a ir unos cuantos.

– ¿Al Cáravan? ¿Todavía quedan discotecas abiertas?- Se sorprende Joaquín.- Pensé que ya no iba nadie.

– Nosotros vamos a ir a ligar. ¡Apúntate!

Joaquín se alarma por la expresión y mira instintivamente las caras de quienes caminan a su altura: todos ellos llevan puestos enormes y llamativos auriculares que les aíslan del entorno. Esto le tranquiliza, pero no puede dejar de sentir cierta aprensión.

– ¿Ir a ligar?- pregunta modulando a la baja su voz- Eso es muy cansado.

– ¡Pero si sólo hay que hablar con ellas!

– ¿Hablar? Hablar, ¿de qué?

– Pues no sé… de cosas. Cosas que les interesen a las mujeres.

– ¿Y vosotros qué sabéis de eso?

– He estado leyendo en internet…

– ¿Y te has enterado de algo?

– Bueno… sí… pero… da lo mismo. ¡Seguro que lo pasamos bien! Hacemos algo distinto por una vez. ¡Vente!

– ¡Qué va! No sabría ni qué decirle a ninguna. Paso.

Se introducen junto al maremágnum de gente por la boca del metro y comienzan a descender las escaleras mecánicas.

– Bueno, pero por estar juntos nosotros. Es otra forma de pasar el rato.

– Bah, que no. Que paso. Para estar ahí de pie como un idiota emborrachándome sin atreverme a decir nada… ¡Que paso!

– ¿Pasas de las mujeres?

Joaquín duda un instante.

– Pues supongo que sí. ¿Tú no? Ni líos chungos ni complicaciones. Hace años que no quiero estar con ninguna. Sólo me aturullaban la cabeza con sus cosas… Tengo todo lo que necesito en casa. ¿Tú no? ¿Para qué líos?

– Vale, te entiendo, estamos todos en las mismas, pero es distinto… No echas de menos… no sé…

– Que no, que estoy mejor así, más tranquilo, de verdad. Además, ¿todavía hay mujeres que vayan a las discotecas?

– Pues no sé… hace mucho que no vamos ninguno. Imagino que sí. Alguna irá.

– Sí, a soportaros a vosotros babeando y diciendo tonterías. 

– Bueno, bueno, hombre. No te pongas así. Quédate en casa y ya está. ¡A mí qué me importa! Lo mismo quedan mujeres que quieran estar con hombres de verdad.

– De verdad, ¿cómo vosotros?

– Desde luego no como tú.

– ¡Anda y vete por ahí!

– ¡Eso haré! Ya te diré el lunes cómo nos fue.

– ¡Venga! ¡Suerte!

Joaquín y su compañero toman pasillos opuestos, dirigiéndose cada uno hacia líneas de metro distintas, y se colocan a la vez los auriculares en las orejas.

“Ligar a estas alturas…”, se dice Joaquín mientras escucha a todo volumen una música de ritmo apabullante golpeándole la cabeza. “Ya estoy mayor para estas tonterías.” Avanza de pasillo en pasillo mecánicamente, siguiendo los pasos de quienes le preceden. “Antes, quizá… sí hubiese aceptado la invitación; cuando era más joven recuerdo que tenía otras expectativas. Pero ahora… No sé, no vale la pena, estoy a gusto como estoy, no necesito otra cosa, tengo mis necesidades cubiertas y eso es lo importante.”

De pronto se da cuenta de que hay una mujer delante de él que está parada mirándole de forma inquisitiva. Joaquín le devuelve la mirada tratando de comprender qué es lo que ella quiere. Otra mujer, ésta más joven, se detiene también y adopta la actitud de la primera. A los pocos segundos, cortándole el paso, se forma un semicírculo de mujeres apretadas hombro con hombro entre sí mirándole severamente. Por fin, el hombre sale de su ensimismamiento y se da cuenta de que se ha equivocado de pasillo: se ha metido en la zona exclusiva de mujeres. Sin mediar palabra, baja la cabeza y retrocede los escasos diez metros de corredor que ha recorrido por error. 

Por segunda vez en el día siente crecer un calor incontrolable en su interior que se extiende a cada parte de su cuerpo. Comienzan a sudarle las axilas, el cuello, la frente, la entrepierna… y el corazón le golpetea las sienes. Agobiado, se quita los auriculares de las orejas y los deja colgando del cuello. Se maldice. ¡Otra vez le ha vuelto a suceder! ¡Y van dos en una semana! Debe estar más atento, prestar atención cuando camina y no dejarse llevar sin más. Comienza a tranquilizarse. “Pobres mujeres. Lo han debido pasar mal. Un hombre ahí metido con vete a saber qué intenciones…” Le gustaría regresar para pedirles disculpas y explicarles que todo ha sido un error. Pero eso sería entrar de nuevo en la zona exclusiva para mujeres y empeoraría la situación.

Llega al andén, a la zona mixta, donde en teoría los hombres y las mujeres pueden compartir el mismo espacio, sin embargo, ya nunca hay mujeres en él, hace años que esto es así. Ellas prefieren la seguridad que les proporciona la zona exclusiva de mujeres. “Es lógico,” piensa Joaquín, “entre los hombres hay mucho pervertido. Yo, si fuese chica, haría lo mismo. Es verdad que la mayoría de nosotros no somos así, pero nunca se sabe con quién puedes toparte. ¿Qué necesidad tendrá ninguna de ellas de pasar por la desagradable experiencia de que le manoseen el culo o las tetas? ¿O simplemente de tener que soportar miradas y comentarios lascivos por que sí? Yo también me iría a la zona de exclusión de hombres.”

Al estacionarse el tren, la gente entra en los vagones como una sola masa semi-sólida compuesta de elementos móviles pegados los unos a los otros. Los acomodadores del anden empujan y empujan a quienes están en la entrada compactando la masa en el interior lo suficiente para que se puedan cerrar la puertas del convoy. En ocasiones, simplemente, ha entrado más cantidad de la que el vehículo admite y se ven en la obligación de arrastrar hacia fuera a algunas personas. La mitad de los vagones, los tres de delante, son exclusivos para mujeres, mientras que la otra mitad son mixtos, aunque en estos, como ya siempre sucede, no viaja ni una sola mujer.

Joaquín sale del metro dos paradas antes de lo habitual: necesita despejarse caminando un poco antes de llegar a casa. El viento revolotea frío y seco por las calles y arrastra en pequeños remolinos las últimas hojas caídas de grises y desmadejados árboles. Los pocos transeúntes con los que se cruza caminan presurosos, embutidos en gorros y bufandas oscuras que les cubren el rostro; largos chaquetones por debajo de las rodillas, que volvieron a ponerse de moda hace años, le impiden distinguir entre hombres y mujeres. Atraviesa un parque: las manos en los bolsillos, la cabeza gacha para protegerse el cuello del aire gélido de este atardecer mortecino en el que se disipa la ciudad.

Al caminar por las veredas de arena, entre árboles en estado de coma y arbustos pelados, recuerda. Y recuerda su último encuentro con una mujer. Fue en un hotel del centro de la ciudad. Se conocieron esa misma noche en casa de un amigo en común que celebraba su veintiocho cumpleaños. De aquello han transcurrido casi dos décadas, pero lo recuerda, o al menos cree recordarlo, nítidamente. Fue ella quien le propuso ir juntos al hotel después de besarse un par de veces a escondidas en una de las habitaciones de la casa. Él no dijo nada, solo la siguió sin pensarlo. Luna se llamaba… Un nombre precioso. 

En su andar cansino y zigzagueante, deja tras de sí, sin advertirlo de forma consciente, una esquina ajardinada rodeada por una valla baja y metálica recién pintada de verde oscuro. De golpe, interpelado por una vaga sensación de ausencia, se vuelve y observa con detenimiento el pequeño jardín. Tarda unos pocos segundos en darse cuenta de lo que falta: el raquítico y achaparrado pino negro que ahí vivía. Joaquín siente una profunda punzada clavándosele en el pecho. “¡Lo han cortado y sustituido por matojos! ¿A quién se le ha podido ocurrir semejante disparate? ¡Sin consultarlo antes a los vecinos!” Se lo toma como algo personal… más allá incluso: como un acto cuasi-criminal, ¡una traición al pueblo! No se lo puede creer. Era el único ejemplar de Pinus nigra que él conocía en toda la ciudad. “¡Y lo han matado sin más! Es indignante. Escribiré una carta al ayuntamiento pidiendo explicaciones. Y a los medios de comunicación contándoles el caso. Esto no puede pasar inadvertido. Las autoridades deben dar explicaciones.”

Acelera el paso. Quiere llegar a casa lo antes posible y escribir la misiva. Conforme se va indignando, camina más y más rápido… Hasta que se da cuenta de que prácticamente va corriendo y sus pulmones no dan más de sí. Se detiene a tomar aire y aprovecha para tranquilizarse. “Debo dejar de hacer las cosas sin reflexionar.” Descansa apoyado con el hombro contra la pared de un edificio. “¿Va a servir de algo mi queja?” Inspira profundamente. “Voy a la tienda de alimentación a por una botella de whisky.” 

Pero la imperiosa necesidad de alcohol que le acaba de sobrevenir no es la única razón para ir a la tienda, puede que incluso ésta solo sea un pretexto: hace días que planea pasarse por allí para grabar la voz de la dependienta: una chica morena de sonrisa brillante y ojos azules muy claros, casi grises. Desde que la vio por primera vez se quedó prendado de ella. ¡Es bellísima! 

Metros antes de llegar a la puerta del establecimiento enciende la grabadora del teléfono móvil y se guarda el aparato en el bolsillo del chaquetón. En la tienda no hay ningún cliente, solo la bella dependienta acodada al otro lado del mostrador mirando el teléfono móvil. En cuanto ella le ve entrar por la puerta se yergue, toma el teléfono con ambas manos y tras manipularlo unos segundos lo deja junto a la caja registradora. “¿Me estará grabando?”, se pregunta Joaquín, y se ruboriza de golpe. Le sonríe levemente y la saluda con un tímido gesto de la mano, a lo que la mujer corresponde casi de idéntica manera. Aún no conoce su nombre.

– Hola. Una botella de whisky, por favor.

– Marchando- responde ella y se gira hacia la estantería cargada de botellas que tiene detrás-. ¿Cuál quiere?

– Ese mismo.

– ¡Es un buen whisky! ¿Sabe usted mucho de whiskys?

– Eh…- Joaquín se sonroja- No mucho la verdad.

Ella también parece sonrojarse. Pasa la botella por el lector del código de barras y la mete dentro de una bolsa blanca.

– Son veinte con cincuenta- dice inquieta.

Joaquín saca un billete de veinte y rebusca en su bolsillo alguna moneda suelta. Debe conseguir que ella hable para que quede grabado: cuanto más hable mejor para rastrearla por internet, será más fácil de encontrar. No se le ocurre nada que preguntarle. “¡Rápido, piensa en algo!”

– ¿Sabes por qué han cortado el árbol que estaba en la esquina de Nuevos Ministerios?

La mujer da un ligero respingo y sonríe alegre; sin embargo, al instante vuelve a ruborizarse.

– La verdad es que no… 

– ¿Sabes de que árbol hablo? Del pino ese que era bajito y con muchas ramas retorcidas que estaba plantado en el jardincito que hay en la esquina de Nuevos Ministerios cuando bajas por la calle Ríos Rosas y te cruzas con Betancourt. ¿Sabes?

– ¡Sí!- se emociona ella- Un árbol horroroso. Era muy muy feo. Estorbaba a la vista. Parecía más muerto que vivo. Ya era hora de que lo quitaran y pusieran algo más bonito. ¿A que sí?

El hombre hace un esfuerzo por mantener una sonrisa natural y ocultar su decepción, pero se da cuenta de que no lo ha logrado al ver cómo ella muda su gesto alegre por otro de preocupación. 

– Bueno- dice Joaquín dolido, perdida toda esperanza de entendimiento-, a mí me gustaba. 

Coge la bolsa con la botella y se da media vuelta sin despedirse. A los pocos pasos, escucha tras de sí:

– La verdad es que sí tenía cierto encanto.

Él sonríe de espaldas a ella sin hacer ademán de volverse, ya no tiene ganas de continuar charlando, ha grabado suficiente.

Se apresura por llegar a casa: le apremian las ganas de descubrir la identidad de la dependienta: ¿Cómo se llamará? ¿De dónde será? ¿Cuáles serán sus aficiones? Sigue siendo preciosa aunque no le guste el árbol. “No existe la persona perfecta, el cuento de la media naranja es una estupidez.” El gusanillo de la novedad le corroe… Necesita averiguarlo todo sobre ella. ¡Quién se acuerda ya del árbol cortado! Se sonríe por lo estúpido que puede llegar a ser: ¡ponerse tan nervioso por una planta! La prioridad es la chica de la tienda. ¡Le encantaría estrecharla entre sus brazos en ese momento!

Abre la puerta de la casa y al instante le embriaga un olor a comida recién preparada. 

– ¡Hola, cariño! ¿Qué tal estás?

Almudena sale de la cocina a paso ligero y se dirige hacia él. Lleva puesta una camiseta larga que le cubre hasta medio muslo, sin nada visible debajo. Ella le mira de la cabeza a los pies un par de veces y después fija sus ojos azules y penetrantes en el rostro de él.

– Pareces cansado…- Y añade- Déjame que te quite el chaquetón.

– Gracias.

En cuanto lo cuelga en la percha se le acerca de nuevo y le acaricia la nuca. Al instante percibe su excitación y se pega a su cuerpo; le susurra al oído:

– Déjame a mí…

Se agacha en cuclillas y comienza a desatarle el cinturón. Joaquín la detiene.

– Luego. Déjame pasar.

Ella le mira extrañada y se pone en pie.

– Sé que te apetece- insiste.

– Sí, es verdad… pero más tarde, ahora quiero mirar una cosa. Tú ve poniendo la mesa para la cena.

– Muy bien, cariño.

Joaquín se sienta en el sofá, deja la botella de whisky encima de una pequeña mesa de madera que tiene a sus pies y conecta la enorme pantalla de la pared de enfrente con una orden de voz. Acto seguido solicita al móvil que se conecte con la pantalla y reproduzca la grabación que acaba de realizar. Todo conforme: las voces de ambos se escuchan muy claras. Recorta los fragmentos en los que se le escucha a ella y los introduce en una aplicación que rastrea las redes sociales en busca de información sobre la persona que aparece en la grabación. De forma escalonada, con una diferencia de pocos segundos, va apareciendo la información que la aplicación encuentra: Gema; 30 años; oriunda de Valencia; profesión: administrativa; lugar de residencia: Madrid, desde hace 10 años; estado civil: soltera; número de hermanos: 2; Aficiones principales: treking, runner, baile latino.

La información se extiende mucho más allá: desde los nombres de sus progenitores y hermanos, los viajes que ha realizado durante su vida, el nombre de sus amigos íntimos, lugares que suele frecuentar, nombre de las instituciones educativas en las que estuvo inscrita… y un largo etcétera. Así mismo, también van apareciendo infinidad de fotos y vídeos de Gema clasificadas por actividades: fiesta, playa/piscina, reunión familiar, ámbito laboral, actividad deportiva…

Esto es justo lo que Joaquín buscaba. ¡Ya lo tiene!

– Tráeme un vaso, Almudena. 

– ¡Voy! ¿Cómo lo quieres?

– Para el whisky.

– Muy bien, con hielo entonces.

La mujer deja el vaso sobre la mesita de madera, junto a la botella de whisky. Él la observa alejarse de nuevo hacia la cocina, meneando la cadera bajo la fina camiseta gris a la par que su cabello rubio, recogido en una sencilla coleta, recorre su espalda de lado a lado. 

Joaquín se sirve un vaso de whisky y lo vacía de un trago. Se sirve otro. Compara a el físico de Almudena con el de Gema a través de las imágenes que se suceden de ella en la pantalla gigante de la pared. Los pechos de ésta parecen algo menores, pero no es un problema: mandará agrandarlos cuando haga el pedido. ¡Que no se le olvide especificarlo!

Almudena regresa de la cocina:

– La cena ya está, cariño.

Él no contesta y continúa revisando fotos y vídeos mientras no deja de dar sorbos cortos al whisky.

Ella sabe que le ha escuchado y no insiste. Se sienta junto a él en el sofá y pregunta:

– ¿Quién es?

– Gema, la dependienta de la tienda de alimentación de la esquina.

– Es muy guapa.

– ¿Te gusta?- Pregunta algo perplejo.

– Sí. Podríamos hacer un trío. Propónselo- suelta ella como si tal cosa.

– ¿Sí? No lo había pensado.

Joaquín se plantea las posibilidades reales de llevarlo a cabo: Jamás sería capaz de decírselo a Gema, ¡con la vergüenza que pasa cada vez que la mira! Y por otro lado, sus medios económicos no alcanzan para una nueva inversión.

– No va a poder ser- concluye.

Almudena se recuesta en el sofá y pone sus pies sobre el regazo de Joaquín. Pregunta:

– ¿Por qué no?

Él se sirve un tercer whisky y fija sus caricias y atención en uno de los tobillos de ella: pálido y redondeado, suave y cálido… ¡Es tan natural! 

– Pues, porque tú eres perfecta, ¿sabes? Y eso cuesta dinero, mucho dinero. Ya debo un préstamo al banco por ti. No puedo tener dos como tú.

– Es una lástima… ¡Gema es tan guapa!

– Sí, lo es- vacía medio vaso de un solo trago-. Por eso voy a cambiarla por ti.

– ¿Sí? ¿Eso se puede hacer?

– ¡Claro! Es mucho más económico que tener dos como tú. Además, tú no eres la primera.

– ¿No?

– No. Antes tuve a Luna, una mujer muy guapa también. 

– ¿Y qué pasó?

– Pues que después apareciste tú en mi vida y la cambié por ti- apura el vaso y se sirve otro. Siente la cabeza embotada y la melancolía agarrada al pecho.

Ella se incorpora y le acaricia la nuca. Afirma:

– Estás triste.

Él le da la razón razón, siempre la tiene. 

– Túmbate, Joaquín- le atrae suavemente hacia ella y el hombre se deja llevar hasta posar la cabeza sobre sus muslos desnudos- Cuéntame qué te pasa.

No sabe por dónde empezar. Piensa en el pino negro desaparecido, arrancado sin misericordia. Después piensa en Luna, la última mujer con la que estuvo… Recuerda con tristeza cómo después de pasar más de media hora besándose y acariciándose desnudos en la cama del hotel, él no logró excitarse, agarrotado por un absurdo temor del que no logró deshacerse.

– No pasa nada- trató de consolarlo ella.

¿Qué añadir después de eso? Joaquín ni siquiera pudo esgrimir que estaba borracho, simplemente se vistió en silencio y se marchó a su casa. Jamás volvió a verla.

Con las verdaderas Almudena y Gema, en cambio no llegará nunca a encontrarse en una situación parecida, están muy muy lejos de sus posibilidades…

– Hoy no te has pintado la línea de los ojos- le dice a Almudena.

– ¡Sí lo he hecho! ¿No te has fijado?

Joaquín ni la mira:

– No, no lo has hecho. Lo comprobé esta mañana- y rememora ese momento-. ¿Sabes una cosa? Tu tobillo es más real que el de mi jefa.

Ella se ríe, y su risa es aguda y nerviosa, exactamente igual que como ríe la verdadera Almudena en los vídeos colgados en internet y que Joaquín visualiza concierta frecuencia. Pero la risa de su Almudena es artificial…

– ¿Qué más te preocupa, cariño?- Le acaricia la cabeza.

– ¿Sabes? Hay una cosa que me gustaría contarte, pero no lo entenderías.

– Bueno, inténtalo.

– No, no lo entenderías. Estoy borracho.

– Sí, lo estás.

Él la ignora:

– No lo entenderías. Porque…- un dolor repentino le oprime la garganta y los ojos comienzan a humedecérsele- Es una tontería. Es por el árbol ese que ha desaparecido. No debería afectarme de esta forma pero…- se le quiebra la voz y estalla en un torrente incontrolable de lágrimas- es que no puedo evitarlo, ¿sabes? ¡Qué tontería! Sé que no pasa nada: solo es un árbol feo y esmirriado que ya no existe… Da igual que fuera el único de su especie en la ciudad… Eso es lo de menos… Lo habían podado mal y por eso su ramaje era retorcido y denso. ¡Pero estaba vivo y ahora ya no! Alguien, qué más da quien, lo mandó arrancar y ya está. ¡Pluf!- agita las manos- Se terminó todo para él. Desaparecido sin más. Sé que es una tontería…- Almudena le acaricia la cabeza y él trata de calmarse, pero no lo consigue.- ¡Qué llorera más tonta, oye! Pero es que ¡me da tanta pena! ¡Y no sé ni por qué! Por un árbol de mierda que a nadie le importa… ¿Por qué me iba a importar a mí? ¡A mí, que no he pasado por ese sitio en meses!- carraspea y se seca las lágrimas con la camiseta de ella- Pues eso… Que es una puta mierda. No sé por qué, pero siento que su muerte es la muerte de todos nosotros. No me hagas caso, voy muy borracho.

– No te preocupes por eso. Necesitas un vaso de agua y algo de comer- dice ella mientras se levanta del sofá-. Voy a calentarte la cena que se habrá quedado fría.

Él queda tendido de costado y la ve marchar moviendo un trasero redondo y firme, ligeramente bronceado, como lo solicitó al encargarla.

– ¿Pero has entendido lo que te he contado?- Le pregunta alzando la voz.

– Claro que sí, cariño- contesta ella desde la cocina.

Joaquín se estremece, encogiéndose en posición fetal, y susurra:

– No, no lo puedes entender… eres demasiado perfecta.