Nota al lector: este relato tiene banda sonora propia (ir al final para verla). Su autor recomienda escucharlo a continuación de leer el texto para evocar los paisajes y sensaciones que se describen. Otra posibilidad, es elegir alguna de las canciones para que acompañe la lectura.

Abrió la cancilla y salió a correr. Un paso detrás de otro, por el camino que llevaba de su viña a la dehesa, galopando entre las paredes de piedra que demarcaban los diferentes terrenos, algunos baldíos, llenos de pastos y de solitarios árboles y otros con ovejas que, horas después, se aglutinarían alrededor de la poca sombra que una encina o una higuera pudiera brindarlas.

Siguió corriendo sin pensar en nada, hasta que cruzó la canadiense, y fue virando por todos los caminos que se alejaban del principal, para perderse en la dehesa. Al poco, ya no se escuchaba nada más que las zapatillas chocando con la arena del camino, la respiración acompasada, ocasionalmente, el crujir de la hojarasca de alguna higuera y la explosión mínima de los higos pequeños que este año habían caído demasiado temprano por la caló.

Allí, en soledad, fue cuando el sonido del oboe comenzó poco a poco a escalar por el ambiente introspectivo de su mente, un sonido providente que comenzó a zozobrar por la partitura, hasta que resonaron los violines y entró una mágica melodía en el compás que fue cayendo por su pierna hasta llegar a la punta de sus dedos en movimiento.

Unos segundos después, el concierto mental se vio interrumpido por el ruido de un Land Rover cargado de alpaca que partía, en dos mitades, el camino. Los habitantes de aquel carro observaban desde el otro lado la escena de una mujer corriendo por el campo, dejando una estela de mirada curiosas y patriarcales.

A los diez minutos, la corredora seguía inmersa en las veredas de la dehesa. La sonata que imaginaba en su cabeza había entrado en un tono melancólico, que le ayudaba a concentrarse en el esfuerzo. La respiración proclamaba danzas de extrañas piruetas. Justo antes del momento crucial de su obra improvisada, la percusión comenzó a tomar un inesperado protagonismo, algo que la desconcertó. Primero empezaron los redobles de los timbales que iban escalando poco a poco y, de repente, un sonido ajeno a la orquesta sinfónica imaginaria resonó en su auditorio cerebral.

Un bang de escopeta.

En el suelo, un pequeño charco de sangre comenzó a empapar la arena membrilla. La espalda ya completamente mojada, hizo el ademán de moverse, sin éxito. A continuación, algunos acordes del Réquiem de Mozart inundaron el sonido ambiente tomando la iniciativa. De la boca de la corredora, emergieron susurros de borbotones de sangre similares a los pequeños botijos llenos de agua, reclamo de pájaros, que su abuelo le regalaba de pequeña. Sin embargo, luego se hicieron menos melódicos, y el golpeteo era más parecido a una olla llena de salsa que borboteaba a fuego lento.

Pasos. Apresurados. Sus ojos buscaban su mirada en la nada y en el todo y, de repente, un cazador con la escopeta en mano, apareció recio en medio de la escena. Respiraba entrecortado y ahogaba las maldiciones cortando los maleficios con su mano. Se acercó despacio: “Sólo le queda un hilito de vida”, dijo. Entonces, fresca, sonó La mañana de Edvar Grieg, sin que el resto de su vida pasase antes sus ojos. Los instrumentos sonaron cada vez más bajos, hasta que, pasado unos segundos, la última flauta travesera dejó de hilvanar su sonido.

Silencio.

Él se quedó todo el tiempo allí mirando, en estado de shock, viendo cómo se iba desangrando. En un momento determinado, se acercó lentamente al cuerpo, para tentar de palpar el pulso. Alargó la mano al cuello, escrutó, mas no pudo encontrarlo. Para entonces, su mirada comenzó a desplazarse hacia los ojos de la corredora y cuando llegó allí, no vio más vida que la de los conejos que llevaba sujetos al morral. Al poco, aquella certeza tomó la palabra y masculló: “No hay luz en su rostro”. Actuó en consecuencia y le dio la vuelta, para que su mirada inerte no le atormente en los meses de invierno.

Llamó al perro, que se había quedado lejos intuyendo que algo había ido mal. Se le acercó un poco, pero mantuvo las distancias con su amo.

Pensativo, el cazador rumió algo, y posteriormente, decidió arrastrarla fuera del camino, cogiéndola por las piernas. Pesaba poco. Detrás de ella, escurría un reguero de sangre.

La ocultó detrás de una roca. Sacudió con las botas el bermellón del camino, cubriendo la sangre con arena y miel. Miró hacia todos los lados y fijó su mirada en un árbol para recapacitar si era mejor enterrarla allí o llevarla en el coche hacía algún lugar más inhóspito.

Una semana después, él se levantó sin apenas sueños, y bajó por las escaleras hacía la cocina. Comenzó a hacer un café bien cargado, puso la radio del salón y, posteriormente, se metió una de las galletas de la Marisa en la boca.

Al rato, ya había salido de casa, arrancado el Pajero y puesto radio ole en el coche. Condujo por la carretera, luego por la pista principal, y finalmente por un camino que pronto le llevó a su campo, donde ya le esperaba el Tino, el hombre que le ayudaba a mover el ganado. Cuando llegó hasta él se cruzaron algunas palabras y comenzaron sus quehaceres. Propusieron el parón de la media mañana un rato más tarde de lo habitual y ya no arrancaron hasta las seis de la tarde, puesto que la caló de aquel día impedía el esfuerzo físico continuado.

Hacia el final de la faena, el Tino vino para despedirse. Él se paró un momento y subió las cejas en forma de saludo antes de que se alejara. Mirando el reloj se percató que los días comenzaban ya a ser más cortos, pero todavía quedaba cierta claridad en el campo.

Poco después, decidió guardar las herramientas e hizo la última ronda. Dio de comer al perro y se montó en el coche.

A mitad del camino, le embriagó un tenue arrebato y decidió dirigirse hacia la dehesa. No estaba nervioso. Apagó la radio para poder escuchar mejor el tintinear del coche por los caminos rurales. Fue serpenteando senderos cada vez más pequeños, hasta que en una determinada curva, se salió de lo establecido, y haciendo campo a través, aparcó detrás de una peña. Se apeó del coche y echó andar.

A los diez minutos largos, se paró debajo del árbol. “La arena todavía parece movida”.

Hablo con el árbol y tal y como le dijo la vieja curandera, echó encima de la tierra el brebaje que había preparado. Posteriormente, la pidió perdón.

Contemplativo, se quedó allí unos minutos, mirando al frente, mientras la noche comenzaba a vencer al día.

El ruido del campo.

Y de repente, de entre las ramas, el suelo y la noche, sonó una sonata de Bach (canción 9 de la lista Spotify).

Lista Spotify: La dehesa