El cansancio de las agotadoras jornadas, la proximidad del rebaño, sus movimientos dentro del redil, los graves ladridos de la mastina Faustina hacia algún animal que rondaba por los alrededores, la convivencia con los insectos dentro de la tienda, más el recuerdo estomacal de los torreznos con cerveza, procuraron la sensación de no haber dormido nada.

-¡Que son las 6!, rugió con voz atronadora Vidal.

Roció esa mañana y el rebaño ya se agitaba nerviosamente. A la salida del sol, el disciplinado ejército de merinas avanzó a paso vivo comandado por los machos cabríos y el burro con víveres y pertrechos, los mastines camuflados entre el rebaño. Tres millares de balidos y berridos, alternando el sonar y zumbar de los badajos en los cencerros, esquilas y campanillas.

Por los encinares umbríos y rocas escarpadas de la Serranía de Cuenca, crecía el té de risco. Al principio en tropel, luego en vigorosas columnas, las ovejas aspiraban la hierba como máquinas segadoras, la hierba pequeña, diminuta, los pequeños tomillos, y toda suerte de aromáticas; las cabras por el contrario se ensañaban con espinos y zarzales, mientras el burro se atiborraba de hierbas altas y algún qué otro cardo. Bordeando cortados y hundidos, tajos y hoyas, cañones y desfiladeros. Tierra de pastores y de “maquis”, desde la teinada del Rojo se divisa una vaguada repoblada con pinos y un profundo y hundido cañón calizo que se rodea en cada una de sus curvas: las cabras y algunas ovejas suicidas que las siguen hacen equilibrios de funambulistas en los precipicios.

Ante mi asombro y preocupación por una funesta caída desafortunada, Ismael me tranquilizó diciendo que no las espantáramos, que ellas solitas salían del atolladero. Y así era, increíble la fuerza que poseen sus manos y patas, aparentemente enclenques, para soportar el peso de su cuerpo y subir y bajar pendientes. Superado el pedregal había que atravesar un terreno desolado, de cárcavas y barrancos de aspecto lunar, de colores blancos, grises y rojos, de calizas, arcillas y yesos.

Por el Arroyo de las Truchas, los pinos silvestres y cascalbos tiñen, con su corteza, el paisaje de naranja frente al verde intenso que dibujan sus copas. En las suaves vaguadas, silenciosos, los sauces esperan el paso de la invasión que se avecina.

Los acebos y los “bujos” (bojs, que se utilizan en las floristerías de difuntos) se abren paso lacia la Loma Atravesada, en los claros entre las sabinas a levante y los pinares en el cierzo y poniente. En la bajada hacia La Halconera y Los Chorros los altos riscos encajonan los arroyos, desde donde espían muflones y ciervos, en las alturas dominan de las buitreras.

Aquí algunas ovejas se quedan rezagadas, algunas afectadas por la “miasis”, enfermedad producida por la picadura de una mosca que deja unas larvas que se convierten en gusanos, comiendo la carne de las ovejas, devorándolas por dentro. La pericia de los perros “careas” (Margarita, Jessica y José Ángel) ¡corre José Ángel, corre!, azuzando a los rezagados empuja con velocidad al rebaño hacia abajo, atropelladamente.

Las hordas se desparraman por la ladera, en un ataque frontal, cada individuo sortea los peligros de una bajada trepidante, piedras y arenas resbaladizas, matorrales traicioneros, y arriba los buitres patrullando en las corrientes térmicas bajo el horizonte azul, en círculos concéntricos, simétricos, pacientes, a la espera de algún desafortunado accidente, acechando la carroña con su escrutadora vista.

Cruzado el Júcar en ejemplar formación, la tropa afronta sus últimas etapas frente a los Montes Universales, ajena a posibles ataques de la aviación, como relatan los pastores que ocurrió en la Guerra Civil.

Pero al comienzo de la subida por el Barranco del Judío el rebaño se para en seco. Se hace un silencio repentino. No quiere continuar. Ismael se desgañita silbando y dando órdenes a los careas, pero las ovejas no se mueven. Se agrupan en corros, como si murmuraran.

Los pastores se miran y comprenden: ¿dónde está el macho? ¡me cago en la puta! ¿dónde está el cabrón?

-Vamos a buscarlo, dice Urbano. Y me subo con él en el Land Rover de aprovisionamiento, mientras Ismael y Vidal se sientan a esperar con el ganado.

-No hay nada que hacer hasta que no aparezca el cabrón. Comentan resignados.

Y volvemos hacia los cortados, los tajos y cañones, las hoces y sus revueltas.

-¿Cómo lo vamos a encontrar?

-Se encargarán los perros y esos, dice señalando al cielo.

Cuando los perros empiezan a gemir y aullar desconsoladamente, bajamos del Land Rover y sobre nuestras cabezas cruzan aladas sombras veloces. Tenemos a los buitres prácticamente encima, muchos y concentrados. Frente a nosotros, bajo la pared vertical, sobre derrubios de piedras, tierras y zarzas, un enjambre de picos y plumas revolotea en una desgarradora orgía, entre graznidos repulsivos sobre el cabrón caído: los perros ladran pero no avanzan porque los buitres se encaran, andando y desplegando su poderosa envergadura, abriendo sus fauces, enseñando sus formidables picos donde asoman rojas lenguas, con sus cráneos pelados y sus largos cuellos púrpuras.

Armados de piedras y palos logramos desalojar a la masa de su presa: el cabrón seguía vivo y pataleaba, pero ya sólo quedaban dos cuencas sanguinolentas, le habían comido los ojos y rajado el vientre, por donde se desbordaban las tripas. Urbano, rápido como una centella, sacó la navaja y le rebanó el cuello.

-¡Vámonos ya!, urgió, asiendo la cabeza del macho por los cuernos.

Y huimos de la masa vociferante y cabreada, humanos y perros. Querían todo el trofeo.

Cuando llegamos donde nos aguardaba el rebaño enterramos la cabeza.

-Eran los ojos del rebaño. Sin él, sin sus ojos, no podía continuar. Ahora otro cabrón ha tomado su relevo, sentenció Vidal.

-Tenía que pasar aquí, en el Barranco del Judío, dijo Ismael. Los buitres son avariciosos, codiciosos y crueles. Ya lo dice la Biblia: es un animal impuro.

-Y enfiló hacia arriba con el burro, mientras que arengaba a la hueste: ¡A la vega del Tajo! ¡A Guadalaviar! Y nuevamente la milicia se puso en marcha, para recorrer la última etapa del viaje, la última batalla.

Se fue silbando y cantando una vieja jota serrana:

¡Y arrancando patatas te vi las ligas!

¡Y como eran colóras s’espantó el burro!

¿Y si quedo preñada Padre Fray Diego?

¿Y si quedo preñada?

¿Qué haremos luego?