En homenaje a  Celes y “Alejandrilla” , que me hicieron querer a Guadalajara como a mi segunda casa y a “Rela”, otro de sus hijos predilectos. A los que no estáis, vivís en mi corazón, y en mi recuerdo. 

Primer encuentro: la mirada del torero

La primera vez que supe del Capitán fue de niño, paseando con mis padres por la Plaza de la Concordia, en Guadalajara. Todos los domingos teníamos por costumbre recorrer lentamente sus caminos hasta llegar al quiosco de la música, mi lugar favorito en la plaza. Entonces mis padres se sentaban enfrente, en una de las terrazas, y tomaban un refresco mientras yo dejaba volar mi imaginación. Aquella mañana, ajeno a todo lo que ocurría alrededor de mí, me colgaba de las barandillas del quiosco, haciendo frente a las constantes embestidas ficticias de las olas del mar y a los disparos procedentes de un imaginario barco enemigo.

Unos gritos me sacaron de mis ensoñaciones marineras. “¡Oleé, Oooooleé, Ooooooooolé!”. En mitad del paseo, un hombre de edad avanzada y con apariencia desaliñada se comportaba de modo extraño. Con un cartón de vino abierto y chorreante en una mano y una manta rojiza en la otra, toreaba con ésta a los paseantes de la plaza, los cuales se esforzaban a duras penas por ignorarlo.

Me llamaron la atención dos detalles de su aspecto que contrastaban con el resto. Por un lado estaba su gorra: de marcado estilo militar, era de color marrón grisáceo, con tres estrellas. Por otro, era imposible no fijarse en la manta raída de color azul que llevaba anudada al cuello y que hacía las veces de capa, detalle del atuendo que terminaba de dotar al personaje de un estilo absurdamente grotesco. Recuerdo que se paró en seco y me miró fijamente. Era una mirada tan intensa y cargada que se me quedó grabada. Me sentí como embrujado por unos instantes, paralizado. De pronto, como si hubiera decidido que ya era suficiente, desvió la mirada y volvió a su actividad como si tal cosa,. Reconozco que me quedé asustado y no dije nada de aquel encuentro a mis padres: no me iban a creer, pensarían que era otra más de mis aventuras imaginarias.

Segundo encuentro: el arte de la guerra

No volví a ver a aquel hombre hasta unos años después, en los inicios de mi adolescencia. Eran malos tiempos, tiempos de pobreza en plena postguerra. Los jóvenes no teníamos nada y nos apañábamos con los desechos que encontrábamos para entretenernos. Nuestra zona de juegos era un viejo descampado de la Calle Castilla, para nosotros un mundo lleno de posibilidades, un oasis rico en desperdicios.

Era uno de esos días en los que jugábamos a la guerra. Nos enfrentábamos dos bandos y las reglas del juego eran claras: Hasta que se fuese el sol, el equipo que aguantaba, vencía. ¡Lanzamiento de piedras a discreción! Cada pandilla se parapetaba detrás de construcciones hechas de palés y materiales abandonados y la lluvia de “bombas” era una constante hasta que una persona mayor, una baja sensible o algún imprevisto, detenía el juego. Y así ocurrió en aquella ocasión. Un proyectil mal dirigido fue a caer muy cerca de un hombre que se alejaba lentamente calle abajo. El hombre se dio la vuelta y se dirigió hacia nosotros renqueante y con el puño en señal de amenaza.

Paramos la batalla y le observamos con una mezcla de temor y curiosidad. Un escalofrío me recorrió la columna. Era él. Su capa azul y gorra militar le delataban. Era un vagabundo extraño. Aún harapiento, conservaba un aura imponente…¡Y maloliente! Recuerdo que pensé que ese olor que desprendía alertaría de su presencia a una distancia más que considerable. Cuando llegó a nuestra altura, se plantó frente a todos y comenzó a pasear su mirada por cada uno, clavándola en todo aquel que no bajase la cabeza en señal de capitulación. De ojos profundos y penetrantes, cuando llegó mi turno me deshice pronto de aquella fijación poderosa. Era demasiado, ya conocía esa sensación de temor y desamparo. Recuerdo que bajé rápidamente la vista y me concentré en sus botas, duras pero desgastadas, por un momento me hicieron viajar en el tiempo y elucubrar los pisadas pasadas de aquel hombre misterioso.

Finalmente, una vez terminado su repaso a la formación de chicos asustados y cabizbajos, con gesto satisfecho y en un acto de gallardía, se ajustó la gorra, estiró su “capa” y nos dijo a voz en grito:

–¡Chavales, al enemigo hay que tenerle respeto, pero nunca miedo!

–¡Si no le matas tú, te mata él!

–¡Es como los perros, adivina tu miedo!

–Yo soy el Capitán Simancas. Os pido respeto.

Dicho esto se dio media vuelta y se alejó lentamente. Los niños permanecimos en silencio. Algunos volvieron pronto al juego, pero yo me quedé pensativo. ¿Quién era ese hombre?

Pasó el tiempo y alcancé la mayoría de edad. Mis padres me mandaron a probar fortuna en Madrid como aprendiz de zapatero a casa de mi tío Tomás, el hermano de mi padre. Viudo y sin hijos, le vendría bien algo de compañía y ayuda con los encargos.

Recuerdo esta etapa de mi vida como una época de mucho trabajo y cansancio, compensada por las lecturas nocturnas propiciadas por mi amistad con el librero del barrio, Miguel, El Migue, un ancianito entrañable que presumía, con razón, de saber localizar a los que sabían de cualquier cosa.

Se puede decir que fui progresando en mi vida. Con mis libros y mi aprendizaje en el taller, fui poco a poco haciéndome adulto. En cuanto reuní los suficientes ahorros me casé con Juana, una chica pecosa y pelirroja que conocía desde mis inicios en la ciudad. Su encanto natural y su energía me encandilaron desde el principio. No pudo darme hijos, así que simplemente nos centramos en nosotros. Fueron años felices.

En mi profesión de maestro zapatero las cosas me iban bien y al cabo de los años terminé por montar mi propio negocio. Empezó siendo una zapatería al uso y terminó por convertirse en una zapatería-librería, una mezcla de mis aficiones que resultó ser un negocio redondo. Los clientes recibían un tratamiento especializado y al mismo tiempo podían adquirir libros. Con el tiempo, empezaron a acudir personalidades literarias de la época y en mi local se realizaban con frecuencia reuniones y tertulias entre intelectuales. Sin embargo, aunque todo marchaba bien en mi vida, algo seguía obsesionándome y se me aparecía en mis sueños, a menudo en forma de pesadilla.

¿Quién soy? ¿Qué soy? El Capitán me mira fijamente, sonríe y se aleja a carcajada limpia. Trato de seguirle, pero desaparece pronto en el horizonte, dejando sus huellas. Todas las veces me acerco a ellas y mágicamente resultan ser enormes y profundas como gigantescos cráteres. Es frustrante, nunca le alcanzo.

Un día, hace años, en una conversación trivial cuando estaba de visita en Guadalajara, salió el tema del Capitán. Un amigo de la infancia nos recordó la anécdota del descampado informándonos de que llevaba desaparecido más de un año. Interesado, empecé a preguntar en mi círculo y todos coincidían en que un día desapareció sin más y no se supo más de él. Esto sin duda contribuyó a la creación de un mito popular y a una gran variedad de leyendas en torno a su persona, la mayoría, debo decir, poco positivas. La noticia me produjo tristeza y frustración. Necesitaba saber más sobre ese extraño individuo porque el sueño persistía y mi inconsciente me pedía a gritos que zanjase aquel asunto. Y me puse manos a la obra.

Tras las huellas del fantasma

Inicié mis pesquisas por la vía formal, en los archivos municipales, censos… No encontré nada. Al final, tras muchos años insistiendo sobre el tema en las conversaciones de bar y forzando visitas a vecinos del barrio, logré averiguar algunos retazos de la vida del Capitán. Mi obsesión era tal que hasta me animé a dibujarlo…

Boceto del Capitán atribuido al mismo autor de la narración.

El Capitán Simancas había sido militar, posiblemente un héroe de guerra, por las historias bélicas que contaba en sus “delirium tremens”, aunque nunca se supo a ciencia cierta el bando al que pertenecía ni nada concreto de su participación en la Guerra Civil. Había diferentes rumores sobre las causas de su locura, ninguno confirmado, pero todos coincidían en que seguramente arrastraba algún trauma de la guerra del que no se había repuesto, dándose por ello a la bebida y sumergiéndose en una alucinación perpetua. También se decía que antes de marchar a la guerra se preparaba para ser torero…

Por lo que se sabía, durante años acudió con una lata vacía a recoger su “sopa boba” al Auxilio Social y solía transitar entre la plaza y el Torreón de Alvar Fáñez de Minaya, donde hacían guardia los soldados. Tal vez por nostalgia, o quién sabe si por razones de otra índole, casi siempre dormitaba sobre cartones entre las ruinas del “Cuartel de Globos” (Colegio de Huérfanos del Ejército), un antiguo alcázar medieval destruido en la guerra. En cualquier caso, allí los militares le dejaban estar. Se sentiría protegido. Otro misterio era dónde conseguía el vino. Siempre bien provisto, nadie reconoció jamás habérselo suministrado.

Y la vida siguió y siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido, que diría Sabina. Durante un largo periodo no volví a tener noticias del Capitán y, aunque seguía apareciendo en mis sueños, conseguí aceptarlo como una parte irreconciliable de mi ser. Y entonces, cuando menos lo esperaba, se presentó el mismo día que cumplí ochenta años.

Último encuentro: conexiones

Me había convertido en un anciano solitario, en todo un vejestorio. Desde hacía años, era como un fantasma en vida. Mis padres habían muerto tiempo atrás y no tenía hermanos. El cáncer se llevó a mi Juana hacía ya unos años y yo me había quedado solo. Muy solo. Ojalá me hubiese podido cambiar por ella. Sin mi faro, me había vuelto un viejo amargado en una ciudad en la que aún me sentía un extranjero. Hace unos meses había decidido volver a la casa de mi infancia y dedicar los últimos años de mi vida a la lectura y a los paseos impregnados de recuerdos por mi “Guada querida”, saboreando así la agridulce nostalgia de tiempos mejores.

Todas las mañanas, me levantaba con el sol y recorría las calles de mi infancia siguiendo el mismo itinerario para desembocar en mi plaza y sentarme en mi banco. Todos tenemos nuestro banco, ¿verdad? Y allí me sentaba, en el momento en el que el sol empezaba a alumbrarlo. Era el mejor momento del día.

Aquel día no hice nada especial. Cumplía ochenta, pero no tenia nada que celebrar. Miraba a los chiquillos jugando en el quiosco completamente embobado y, fiel a mis costumbres, iniciaba el viaje matutino a mis recuerdos, cuando, de repente, de un destello del sol emergió una figura que comenzó a acercarse lentamente. No me lo podía creer, ¡era el Capitán, mi Capitán! Cuando llegó a mi altura se inclinó suavemente mostrando una sonrisa cercana y me cogió de las manos.

Nada más entrar en contacto lo sentí, nos habíamos conectado, ¡estábamos sintonizados! Mágicamente mi mente se convirtió en un cine en el que se estaba proyectando una película, la película de los recuerdos del Capitán.

En la primera escena, dos jóvenes enamorados se abrazan y se besan apasionadamente. El muchacho se despide de la chica con palabras de consuelo y promesas de amor eterno. Parte a la guerra. Penélope promete ser su Penélope.

El joven de la escena anterior ahora va vestido con ropas militares y con un fusil a la espalda a modo de bandolera, caminando por un sendero. Mientras avanza, silba despreocupado, sujetando en cada mano una garrafa de agua.

En la siguiente escena la cosa se complica. El joven aparece rodeado de otros militares con un uniforme diferente, de color caqui .Todos le apuntan con sus fusiles máuser.

Las visiones posteriores se desarrollan de forma rápida y entrecortada. Se ve al joven jurando lealtad ante una multitud de soldados. En otra se le ve en plena batalla disparando junto con sus compañeros. Se cierra esta secuencia con una repetición de las noches en vela que pasa el muchacho, llorando a escondidas, lleno de remordimientos por su traición y de dolor por las injusticias de la guerra. Sólo le consuela una cosa, su amada Penélope, nombre que repite entre murmullos, una y otra vez.

En la siguiente escena el joven soldado vuelve a casa en busca de su Penélope y no hay nadie. Pregunta a los vecinos y encuentra pocas respuestas. Se dirige al taller de Cerban, el amigo de su padre. Si alguien tiene la respuesta debe ser él. Cerban, el zapatero ciego, está sentado en un pequeño taburete puliendo las suelas de unos botines. Cuando el muchacho se aproxima, el zapatero le reconoce la voz y le cuenta el triste devenir de los acontecimientos desde su partida.

Su familia, al enterarse a través de rumores de su traición al bando republicano, decide repudiarle y se marcha a las Américas a probar fortuna, ya que temen represalias de los nacionales después de su victoria en la guerra. En cuanto a Penélope, la realidad es aún peor. Tras saberse de la traición del soldado, la familia de ella, también republicana, le impide casarse con él. Ella, muerta de pena y víctima de algún rumor malicioso que le asegura la muerte de su amado, decide poner fin a su vida lanzándose desde el punto más elevado del Torreón de Alvar Fáñez de Minaya.

Las siguientes escenas son un repaso del dolor y el sufrimiento del muchacho. Está solo, sin esperanzas ni razones para vivir. Pero en la guerra le han enseñado  a sobrevivir y eso hace. Los primeros años continúa su carrera como militar y llega a ascender a capitán, aunque eso no consigue aplacar su tristeza y su remarcada soledad, la cual va alimentando con el paso del tiempo, alejándose de todos sus conocidos.

Termina por caer en la bebida, ya su única amiga, y cada vez se va haciendo más patente su decadencia. A los pocos años es expulsado del ejército por su “comportamiento inadecuado” y le queda una pequeña pensión que malgasta principalmente en vino.

Con el tiempo su cabeza ya no puede más y todo se mezcla. El guerrero, el amante, el torero… se funden en un ser singular que vive en la calle, en un fantasma de otra época que deambula y que, tan pronto toreaa coches y personas, como aconseja a chavales sobre “el noble arte de la guerra”. Así, se convierte en El Capitán Simancas, el eterno vagabundo loco, el Capitán Fantasma.

Entonces lo entendí. Estaba conectado con aquel hombre. Nuestra vida fue diferente y parecida. A los dos las circunstancias nos habían arrebatado a un ser querido y nos habíamos sentido solos y abandonados, cada uno a su manera. Nuestra conexión profunda la establecía sin duda el único personaje de la historia que identifiqué: Cerban, el zapatero ciego. Nunca lo conocí, pero era el padre de mi padre. Mi abuelo. De él siempre escuché historias fantásticas relacionadas con sus poderes ocultos. Su magia tenía que estar detrás de todo esto.

El Capitán me miró a los ojos con una mezcla de ternura infinita y respeto. Lo supe, por fin le había alcanzado. Con un leve gesto de despedida se caló la gorra, dio media vuelta y se alejó lentamente por donde había venido, desapareciendo entre los haces de luz del sol. Ésa fue la última vez que lo vi.

Desde aquel encuentro clarificador, noto que se acerca mi fin, y cuando llegue lo abrazaré con alegría. Mi vida no ha sido tan terrible después de todo. Quiero dedicaros esta historia a vosotros, los hijos que nunca tuve, para ayudaros a aceptar lo que sois y lo que os ocurra, para que disfrutéis de vuestro tiempo y de vuestras pasiones, para que no os dejéis llevar como hizo mi fantasma, para que viváis con dignidad las realidades de la vida y, sobre todo, para que nada os frene a hacer lo que os llene de verdad. El conocimiento me libera, ya sé quién soy y qué soy. Ahora yo soy el Capitán Fantasma.

El Capitán Fantasma

En Guadalajara, a 16 de marzo de 2015

 


Nota final del traductor: esta carta anónima fue enviada en la fecha que arriba figura a los principales periódicos nacionales y regionales del país, los cuales no dieron o no quisieron conceder demasiado crédito al asunto por lo improbable de los fantásticos sucesos que en ella se describen y, quizás con más razón, por su contexto centrado en la Guerra Civil española, aún herida abierta y que sigue resultando un terreno minado para la opinión pública. Ciertos o no, los hechos y la historia de la relación de este hombre con su sombra fantasmal me cautivaron desde el principio. Tras hacerme con un ejemplar de la carta, me he esforzado por rescatar su esencia sin omitir ni modificar el texto original, permitiéndome sólo la pequeña “licencia” de dotarle de títulos y subtítulos que sirvan de guía al lector. Como defensor de las causas perdidas y en memoria de los héroes olvidados, era mi deber que esto saliera a la luz.

Don Shave.