El proceso de embarrilado de la cerveza Guts Real Ale requería de nueve operarios en total. Un conductor o drayman recogía puerta por puerta los barriles vacíos y los traía a la fábrica en un camión. El carretillero Smith los elevaba hasta la planta, donde los dos africanos de Blue Dragon esperaban armados con sus “extractores”, martillos metálicos con una punta cilíndrica de pequeño diámetro. Malou y Chris descargaban con furia la herramienta sobre los dos tapones de plástico que cubren cada barril de tipo cask, les quitaban los restos de pegatinas de embarrilados anteriores y los incorporaban a la línea con un certero lanzamiento de bolos. En la primera parada, seis máquinas rociaban con agua hirviendo el interior de los barriles, que llegaban “limpios” hasta el veterano de la fábrica y jefe en funciones. La misión de Tony el Viejo consistía en colocar la nueva pegatina y el tapón superior (keystone) con un mazo de goma. En el siguiente punto, Harry y James inyectaban la cerveza en los barriles a través de varios pistones de metal conectados con los enormes tanques de fermentación. A continuación, les colocaban el tapón lateral (shive) y los devolvían a la línea de una patada. En el último tramo, gracias a un sistema de rodillos y sensores, los barriles descendían hasta mi posición agrupados de seis en seis. Tras cubrirlos con un grueso tablero de plástico con media docena de agujeros, el equivalente industrial de los “anillos atrapa-peces”, esperaba pacientemente a que Jones dejara su móvil en la guantera y viniera a recogerlos con su carretilla. El galés se colocaba frente a mi plataforma como un matador frente a un toro. Con un sencillo movimiento de joystick, las tres horquillas inferiores se intercalaban entre las dos filas de barriles mientras las mordazas superiores descendían sobre ellos. Ante mi atónita mirada, los barriles quedaban aprisionados y, desafiando la gravedad (pues no había nada que los sujetara por abajo), eran transportados de vuelta al camión, donde el drayman los distribuiría a cada cliente.

La fábrica es el único edificio del puerto que resistió a la desindustrialización. Desde la chimenea troncocónica de ladrillo ennegrecido, el comecocos gigante de Guts ha vigilado la ciudad durante los últimos ciento cuarenta años, actuando a modo de silencioso minarete. El carácter de los leightonianos que acuden a la llamada ha sufrido una gran evolución desde que los hermanos Guts fundaron la fábrica. La transformación se inició durante la primera década del siglo XX con la llegada de inmigrantes no europeos: perseguidos al principio con palos y piedras por las oscuras calles del puerto; contratados después por los empleadores de las fábricas, que vieron una mina en aquella masa desorganizada de hombres fornidos y obedientes; aceptados finalmente en sus nuevos trabajos y en los pubs de la zona por quienes meses atrás los sometieran a brutales emboscadas. Durante la Primera Guerra Mundial, a pesar de las amenazas de Prohibición por parte del gobierno; de la marcha de los hombres al frente y la incorporación de las mujeres como productoras y asiduas consumidoras de cerveza; de la escasez de malta y trigo y la consiguiente pérdida de fuerza de la Guts Real Ale; a pesar de todo, la fábrica siguió funcionando contra viento y marea. La situación remontó en los sesenta, y los bisnietos de los hermanos Guts ampliaron el negocio adquiriendo varios pubs en la ciudad. Dos décadas después, Margaret Thatcher emprendió una cruzada personal contra la Guts, pero ésta resistió heroicamente a los embistes de la policía mientras el resto de fábricas quedaban abandonadas, reduciendo el legendario y próspero puerto a una pequeña ciudad sin ley, un apéndice viejo, feo y apestoso de la nueva Leighton. Así, los leightonianos del siglo XXI trabajan en los modernos edificios de oficinas del centro; en hoteles, restaurantes, call centres y supermercados. Pero si algo se ha mantenido durante ciento cuarenta años, es su devoción a la silenciosa llamada del comecocos de Guts.

 

¿Quién no ha soñado alguna vez con trabajar en una fábrica de cerveza? Cuando me comunicaron la noticia en Blue Dragon, apenas me lo podía creer. Mi jefe me proporcionó unas botas de seguridad y me dirigí hacia la Guts muy emocionado. Al pasar bajo las vías del tren, línea divisoria entre las dos Leigthons, tuve la sensación de que el cielo se volvía más oscuro, como si el sol también tuviera miedo de dejarse ver por la zona del puerto. Atravesé a toda velocidad la hilera de casas de protección oficial de la avenida Henry V y llegué finalmente a la fábrica. Desde el exterior se veía solamente la gran chimenea, los tanques de fermentación y el edificio de ladrillo destinado al personal de oficina (aproximadamente el doble que los operarios, según pude comprobar el día que saltó la alarma de incendios). Tony el Viejo me esperaba en la garita de seguridad. Me dio un chaleco reflectante, me acompañó hasta la planta y me fue presentando uno por uno a todos mis compañeros. Al llegar a mi puesto, me explicó rápidamente mis funciones y, de ese modo, pasé a ser un eslabón más en la producción en cadena de barriles tipo cask.

No tardé en comprobar que mis tareas eran sumamente aburridas y repetitivas. Además, un enorme reloj de pared me recordaba lo lento que puede llegar a pasar el tiempo. Mi puesto estaba prácticamente al aire libre, lo cual tenía sus inconvenientes y sus ventajas. Por un lado, el frío me obligaba a estar en constante movimiento (todos mis compañeros iban en manga corta, y yo no podía ser menos). Por otro, los ruidos y los olores apenas se percibían, aunque se me revolvía el estómago cada vez que atravesaba la planta. Lo único que me sacaba de la monotonía era desatascar los barriles abollados de la línea. Mi posición era la penúltima del proceso, por lo que llegaban llenos de cerveza y la operación no resultaba sencilla para un joven enclenque como yo. Por suerte había dos fornidos africanos dispuestos a ayudarme. Sólo tenía que apretar el interruptor de seguridad y esperar. En una de esas ocasiones, me puse más nervioso de la cuenta. En lugar de detener primero la línea, fui a buscar a mis compañeros a su plataforma. Chris vino corriendo y pulsó el interruptor, pero había ya varios barriles haciendo cola a la entrada del túnel con sensores. Uno de ellos se había volcado y el resto, cada vez más, lo presionaban. El africano apoyó su bota en la línea, enganchó el pie de cabra en la base del barril, hizo palanca con todas sus fuerzas y… con el impulso cayó de culo hacia atrás. La mitad de su cuerpo se quedó fuera de la plataforma, suspendido en el aire. En un desesperado intento por salvarse, metió los dedos en las grasientas rejillas sobre las que yo patinaba cada día. Su movimiento fue inútil. Ante mi atónita e impotente mirada, Chris voló en caída libre y se estampó contra el suelo de cemento, situado dos metros más abajo.

Tony el Viejo, fumador empedernido, canoso y con bigote, estaba al cargo de la producción ese día. Tras avisar a la ambulancia, mandó detener las máquinas hasta nueva orden. Los operarios abandonamos nuestros puestos y nos reunimos con él en el lugar del accidente. El herido seguía consciente, aguantando estoicamente el dolor. Harry, el backpacker de la fábrica, decidió “inyectar” un poco de humor a la situación. A pesar de su delicada situación –necesitaba un ascenso a £25000 anuales para que su mujer hongkonesa pudiera quedarse en el Reino Unido– Harry no desperdiciaba ninguna ocasión para bromear sobre lo que fuera y con quien fuera. “¿Por qué no avisamos a la gente de los despachos?”, preguntó, anudándose una corbata imaginaria. Lo hizo en tono irónico, claro. Los operarios y el personal de oficina llevan vidas tan inmiscibles como el agua y el aceite. Por mucho que odie su trabajo y reniegue de él a diario, un blue-collar jamás se cambiaría por un white-collar, y viceversa. “¿No sabes que ésos se desmayan al ver la sangre?”, respondió el carretillero Jones, un galés calvo y fornido. “Hay que proteger a las mujeres y a los niños”, añadió Tony el Viejo. Todo el mundo se rio de buena gana, yo incluido. Y es que no podía evitarlo: soñaba con formar parte de aquel club de operarios a medio afeitar y sin más abrigo que el chaleco de seguridad. Mi virilidad se disparaba. El ritual de llegar a casa cada día con la ropa negra y agujetas por todo el cuerpo; entrar por la puerta apestando a sudor, vapores causados por la fermentación y aceite de maquinaria pesada; desplomarme en el sofá, abrir una cerveza Guts y encender la televisión para desconectar: la liturgia del trabajador manual, en definitiva, me erotizaba hasta límites insospechados.

Cuando llegó la ambulancia y se llevaron en camilla al herido, Tony el Viejo decidió que era la hora del descanso. En un ambiente de inusual camaradería, nos dirigimos a la sala del break. Ésta consistía en una mesa alargada con varias sillas, una encimera en forma de L, una pila para lavar los platos, un microondas y una kettle. Mientras Harry ponía a hervir el agua del té, el resto de compañeros hicieron cola pacíficamente para calentar sus latas de comida prefabricada.

–¿Alguien vio anoche lo de la escuela de ladrones en ITV? –preguntó Jones con su marcado acento galés.

Era mi momento de soltar alguna frase ingeniosa, un comentario brillante que me abriera definitivamente las puertas del club de los operarios… Desgraciadamente, no había visto el maldito programa.

–El de los rumanos, sí –dijo Smith, el otro carretillero, igualmente calvo y fornido.

–Ése –respondió Jones mientras removía su humeante lata de judías con tomate.

–¿Otro “especial” sobre los inmigrantes? –intervino Harry el backpacker, rascándose la barra, sin levantar la vista de su ejemplar diario del Metro.

–Nada de eso, listillo. –Jones se quemó la lengua con las judías, pero siguió hablando como si nada–. Al parecer hay una banda de rumanos desvalijando el país. Ayer entraron en una mansión de Londres y se llevaron tres mil libras en joyas. ¿Os lo podéis creer?

Nadie respondió a su pregunta retórica. Jones se metió otra cucharada en la boca y prosiguió, sin molestarse en masticar y tragar:

–Lo curioso viene ahora. Resulta que los forman en una escuela de ladrones. Los meten en un coche con los ojos vendados y los llevan a una casa. Allí reciben un entrenamiento militar especializado en este tipo de atracos. ¿Sabéis cuánto tardaron en sacar todas las joyas de la casa? Noventa segundos. ¿A quién no le gustaría unirse a la banda?

Me sumé gustoso a la carcajada general. Harry me dio un codazo de complicidad que me supo a gloria. Acto seguido, tomó la palabra.

–Mirad lo que dice el Metro, chicos: “Una pareja podría ir a la cárcel por mantener relaciones sexuales en un Domino´s de North Yorkshire”.

Desplegó el diario en el centro de la mesa para que todos pudiéramos ver las fotos. Aprovechando la confusión, me levanté para coger mi propio ejemplar de la encimera. Cuando volví a la mesa, Malou, el otro africano de Blue Dragon, me había quitado el sitio. El carretillero Jones, por su parte, había encontrado una jugosa noticia que compartir con el grupo:

–“Estudiante “demasiado inteligente” –dijo marcando las comillas– para ir a la cárcel es puesta en libertad después de apuñalar a su novio”. ¿Os lo podéis creer?

Efectivamente, una estudiante de Oxford le había clavado un cuchillo a su novio durante una discusión “provocada por las drogas”. Al parecer, se trataba de una universitaria brillante, aspirante a cirujana cardiovascular. El juez, que aparecía en la foto con su peluca gris y su toga negra, no había querido truncar la carrera de la joven.

Mientras mis compañeros despotricaban contra jueces y cirujanos, acusando a unos de realizar “juicios rápidos y privados” con las acusadas, y a los otros de robar drogas de los hospitales (“un material financiado por todos los contribuyentes”); mientras comparaban las fotos de la chica de Oxford y la de North Yorkshire, debatiendo acerca de a cuál “se llevarían al Domino´s para un 2×1”; mientras sus comentarios y sus risas iban, en definitiva, subiendo de tono, yo seguía buscando un titular que me abriera las puertas de su club. En la portada encontré lo siguiente: “Brexit Warriors, el brazo armado del New Lib-Lab”. La noticia desvelaba las presuntas conexiones entre la banda de matones de extrema derecha y el Nuevo Partido Liberal de los Trabajadores, a pesar de sus diferencias ideológicas, su estética y, por su puesto, su modus operandi. Me pareció interesante y muy reveladora, pero poco apropiada para ese contexto. ¿Y la huelga de pilotos de la página 5? Las declaraciones de Ryan O’Leary eran como siempre jugosas: “Soy un payaso, pero no abandonaré Ryan Air”. El presidente de la compañía instaba a sus trabajadores a que explicaran públicamente “qué dificultad tiene conducir un avión, o cómo pueden sufrir fatiga cuando la ley les prohíbe volar más de dieciocho horas semanales”. En cuanto a la huelga, concluía: “No veo cómo podría haber acciones industriales en Ryan Air. Ni siquiera tenemos sindicatos”. ¡Bingo! La noticia lo tenía todo para un buen debate: un jefe cínico y arrogante frente a unos trabajadores privilegiados que exigían todavía más…

Estaba a punto de alzar la voz cuando sonó el móvil de Tony el Viejo. Lo tenía al máximo de volumen, como todas las personas mayores. Abrió la pantalla intentando guardar la calma. Ante la atenta mirada del resto de operarios, mantuvo una breve conversación a base de monosílabos. Finalmente dio las gracias a la persona al otro lado del teléfono y colgó.

–Tres meses –dijo tras unos segundos de silencio absoluto.

–¿Mujer e hijos? –preguntó Jones.

Las miradas de la sala se dirigieron hacia Malou.

–Dos niñas –respondió el africano con su vozarrón–. Y una tercera en camino.

Se instauró de nuevo silencio.

–Qué jodida mala suerte –me escuché diciendo–. En Blue Dragon no nos pagan las bajas. Y en la fábrica ni siquiera tenemos sindicatos.

Me arrepentí al instante de mis palabras, pero ya era tarde.

–Se acabó el descanso –sentenció Tony el Viejo, acudiendo en mi ayuda, levantándose de la silla–. A trabajar todo el mundo.

De nada sirvió que me mezclara entre mis compañeros para volver a la fábrica: las puertas del club de los operarios se me habían cerrado definitivamente.