Querido tío Amalfitano:

Ardua es la tarea que me ha encomendado, a veces desesperante. Pero también a veces la suerte se cruza en mi camino y surgen encuentros inesperados y productivos. Éste fue el caso de Viajer Bagdad, aunque no sin desembolsar cierta cantidad de dinero que me ha dejado la bolsa semivacía. Espero de su generosidad para reponer los fondos, ya de por sí casi exhaustos.

De vuelta a la ciudad después de varios viajes de reclutamiento para nuestra Sociedad, fui a parar en una noche de invierno, mejor dicho perdido entre la niebla, a los suburbios del extrarradio madrileño.

Agotado y confundido de dar vueltas como Hansel y Gretel, encontré una casita de chocolate, en este caso un local con luces verde fosforito, ya sabe, de esos de ocio nocturno, de alterne vamos.

Algo extraño me llamó la atención, ese click que no sabes qué significa pero que sugiere algo: una pintada en la pared del local que decía escuetamente SICARIOS (con un número de teléfono).

Pensé que eso era lo que quería mi tío, sicarios, sicarios de la literatura, y me dije ¿por qué no parar a echar una cerveza?

El interior se presentaba al uso, semioscuro, ambiente opresivo, denso y ahumado, olor dulzón, mezcla de perfume, desodorante y fregasuelos. Música de reguetón a todo volumen, parejas acarameladas, una pequeña pista sobre la que derramaba sus reflejos su luz multicolor una bola discotequera y donde una stripper evolucionaba en la barra vertical. Tres o cuatro individuos poblaban en banquetas la barra servida por una joven escotada y repintada.

Me acomodé en una banqueta al lado de un individuo con gafas negras que parecía tomar un gin-tonic y pedí una cerveza: ¡Glups! Siete pavos del ala.

Las chicas formaban un heterogéneo conjunto de eslavas muy blancas, delgadas y rubias, con otras, supuse sudamericanas, más bien bajitas y del estilo culo respingón y fuerte pechonalidad.

Me giré para observar el resto del salón y vi, estupefacto, una TV gigante donde se proyectaba una película en blanco y negro, sin sonido, creo que una policiaca, sí, El sueño eterno, con Humprey Bogart y Lauren Bacall. La curiosidad me llevó a preguntarle al tipo de las gafas oscuras, haciéndome oír a duras penas, si ése era el género de películas que se exhibían.

Las traigo yo dijo displicentemente.

Y se volvió otra vez a ver a la contorsionista de la barra, que barría el suelo con el pelo en una posición inverosímil.

El tipo era de mediana edad, caneado por los años, fumaba tabaco de liar y se sacaba intermitentemente frutos secos de los bolsillos entre calada de cigarro y trago de gin-tonic.

A una señal suya la camarera desapareció tras unas cortinas y volvió con tres chicas vestidas con impermeables y paraguas, que ocuparon la pista desalojando a la stripper. Comenzó a sonar Dancing in the rain y las chicas la bailaron estupendamente desprendiéndose poco a poco de los impermeables y la ropa interior, quedándose desnudas con los paraguas.

Una vez acabado el numerito y tras unas palmadas poco calurosas, la música cambió hacia un ritmo lento, desde el que se alzaba una voz cavernosa, poco a poco reconocible.

¡Tom Waits! exclamé.

¿Cómo has dicho chaval? respondió el tipo de las gafas oscuras.

Time, de Tom Waits insistí. Muy a propósito para este ambiente.

¿No habrás venido aquí por mal de amores? me preguntó.

¡Qué va!, me he perdido, pero también vengo por un encargo de mi tío.

Pues ya te has encontrado.

Me presenté y él hizo lo mismo. Se llamaba Viajer Bagdad y al preguntarle sobre sus actividades se definió como maestro y empresario. Por añadidura, me extendió un papelito publicitario: MAESTRO MA DJENEBA, ESPECIALISTA EN EL AMOR (regreso de la pareja de forma inmediata, atracción, impotencia sexual, amarres, etc). Captando mi estupor, me endosó a continuación un fajo de papelitos semejantes: Profesor SIDICK (adivinación completa y clara,…problemas con la justicia,); Maestro OMAR (gran espiritualista,…); Profesor IDALI (curandero,…, dolor, amuletos, alcohol y tabaco, drogas); Maestro CISSE (gran ilustre sabio de la alta magia africana,…, protección contra el mal de ojo); Maestro MUSA (auténtico vidente africano moderno,…,suerte, trabajo).

Ya veo, es Vd su representante.

Por toda respuesta me enseñó una mochila repleta de móviles. “Uno para todos y todos para uno”, dijo enigmáticamente.

¿Quieres un gintoni? me espetó.

No sé, no quiero envenenarme con un garrafón de mierda.

Ya, por eso no has de preocuparte. ¿Ves esa botella en la estantería? Duke, me la trae mi hija de Munich regularmente. Es mi botella, sólo bebo de esa.

Acepté gustosamente la oferta y continué indagando acerca de sus actividades.

Así que se dedica a esto de las adivinaciones, adivinanzas, curaciones y religiones.

No veas lo necesitada que está la gente de estas cosas. En realidad sólo quieren que los escuches, y mientras, corre el minutero. No veas lo generosas que son las compañías telefónicas. Una forma como otra de ganarse la vida.

¿Pero siempre se dedicó a esto?

Uy, ¡qué va chaval!, en mi azarosa vida he tenido que practicar toda suerte de habilidades: profesor, criado, corre ve y dile, descuidero, cambista, conseguidor, ayudante de proxeneta, estibador, lazarillo, mozo de taberna…

Pare, pare, ya me hago a la idea.

Aproveché para ir al tigre, elevado en un trono en el centro de los WC. Por el camino se oían músicas más particulares en los reservados.

Ya en el segundo gin-tonic, conseguí encauzar la conversación por derroteros convenientes a mis objetivos.

Supongo que viene aquí a desconectar de tan ajetreada vida en sus múltiples ocupaciones. ¿Tiene algún hobby particular?

También me sirve de inspiración. Aunque estas “lolis” son unas putas más bien tristes, me proporcionan una dosis de “saudade”, una cierta melancolía. También les preparo pequeñas coreografías musicales a las chicas de la barra libre como la que acabas de ver hace un rato en Bailando bajo la lluvia.

Cada cierto tiempo se nos acercaban  un par de prostitutas y restregaban sus culos contra nuestras entrepiernas; pero en cuanto la erección se hacía evidente, el Sr. Bagdad las despachaba al instante, no sin cierto disgusto por mi parte, diciéndoles: “¡Hala, id a empolvaros un poco la nariz!”. Y les proporcionaba unas bolsitas con unos polvos blancos. Las chicas desaparecían al instante entre risas y pequeños chilliditos, abrazándole y besándole hasta que las despegaba. Volvían al rato, ejecutando frenéticas contorsiones en la barra al son de la música que Bagdad le indicaba a la camarera. Una mezcla variopinta y heterogénea: tangos, punk, música disco, pop, un poco de todo.

Así, poco a poco, el tiempo dio paso a la fase de confidencias que proporciona la ingesta de alcohol:

Te diría que sí tengo una vocación oculta. Igor te llamabas ¿verdad? Verás, cuando me aburro me dedico a escribir cuentos o lo que sea. A veces los mando a concursos literarios, pero luego no los recojo.

No le interesa el resultado?

No. Ya sé que no me van a premiar, entre otras cosas porque nunca cumplo las bases de los concursos: escribo de mi puño y letra con una pluma gastada que además supura tinta, con lo cual los manuscritos salen algo emborronados.

Pero hoy día están los ordenadores y esas cosas, que permiten más limpieza, y correcciones…

No me interesan nada las correcciones y mucho menos la limpieza. La escritura en tinta china, a ser posible azul, debe ser una prolongación de la sangre que fluye por las venas, surgida del cerebro pero impulsada por el corazón. No te digo más, pero alguna vez he mezclado mi sangre auténtica con la tinta, con un resultado que te cagas.

Sorprendido y confuso, en este punto, ya el tercer gin-tonic, creo, opté por explicarle el objeto de nuestra  SVCRL (Sociedad Virtual Clandestina de Relatos Literarios). Alguna fibra toqué, pues advertí, no en su mirada, que se le erizaba el vello de los brazos. Se lo comenté. “Piel de gallina”, me dijo.

¿Clandestina dices? Eso me recuerda tiempos juveniles de resistencia antifranquista.

Me pareció que no entendía muy bien el concepto virtual ni colaborativo. Eso de reelaborar conjuntamente, esa pulsión constructiva en equipo.

Adorable, pero no es mi estilo comentó–. Yo soy un lobo solitario. ¿Te acuerdas del Solitario? ¿Aquel enemigo público nº 1 que ocupó páginas y páginas de los periódicos durante un tiempo? ¿Que atracaba bancos y nunca le cogían? Me hubiera gustado ser ese. Sin violencia claro, que no me va mucho.

Pero ¿qué me dice de la propuesta de incorporación a la Sociedad? ¡Por las barbas de Platón! –sugerí en el brindis.

Y de Senaquerib añadió él.

Y brindamos. ¡clink! ¡clink! ¡clink!

¿Eso significa un sí?

¿Sabes una cosa? Me recuerdas, me recuerdas, me recordáis a mi hijo, con sus ideas fraternales y filantrópicas… Por cierto que hoy, ¿16? Escuchó la hora de su reloj de mano–. Es ya su cumpleaños.

A ver niña –prosiguió, dirigiéndose a la camarera–. Pon La batalla de Vitoria. Sí, la victoria de Wellington frente a las tropas de Napoleón, de ese disco del señor con peluca (Beethoven, Ludwig van), el minuto 2.

Y sonó primero, estruendoso y atronador, un redoble de tambores, para luego continuar con la marcha triunfal, que ¡oh sorpresa!, contenía las notas de: ¡PORQUE ES UN MUCHACHO EXCELENTE, PORQUE ES UN MUCHACHO EXCELENTE, PORQUE ES UN MUCHACHO EXCELENTEEEE Y SIEMPRE LO SERÁAAAA…!

Y lo cantamos, alborozados, a dúo, entrechocando repetidas veces las copas, entusiasta, acaloradamente.

Ya perdí la cuenta de gin-tonics, pero sí recuerdo que volvió a sonar Tom Waits (Swordfishtrombones): underground. Relajante.

Cuando salimos, el invierno había desaparecido. El sol, rutilante, repartía sus rayos entre el tapiz cristalino del rocío y los nevados almendros. Le ofrecí un porro madrugador que aceptó sin pensárselo dos veces.

Se arrancó por peteneras, con voz grave:

¡Aaaaayyy!

Debaaajo de un almeeeendro

me puse a consideraaaaaar

cuántos amigos tieeeeeenes

de veeerdaaaaad!

Bueno señor Bagdad, espero que nos volvamos a ver. Por cierto ¿cómo contactamos?

Mira en tu bolsillo izquierdo.

Encontré escrito en una servilleta de papel: Viajes “El juego de la bola”, Camino a la perdición, s/n. Reserva un viaje a la isla Tortuga y cuando vengas a recoger el billete encontrarás, probablemente, un relato.

Una última pregunta: ¿Le veré alguna vez los ojos?

No sé, confórmate con atisbar mi alma en los escritos que recibas –contestó sonriente. Mira en tu bolsillo derecho.

Encontré un cd de un grupo chicano de R&B, ¿Question Mark and the mysterians?, donde el cantante solista exhibía, como el Sr. Bagdad, las mismas gafas negras.

Atentamente, su sobrino Igor.

 

Pdata: Querido tío, ni que decir tiene que fui a la dirección encomendada, donde fue atendida mi solicitud viajera y en correspondencia me entregaron un paquete con algunos textos manuscritos, que por ahora estoy transcribiendo al formato requerido. La dirección se correspondía con lo señalado en la servilleta: un lugar alejado, en los confines de la ciudad, zona casi rururbana. Después del edificio de “Viajes El juego de la bola”, sólo había campo, un horizonte plagado de flores azules y amapolas. Como la tinta de Bagdad, azul y roja.

Al cabo de poco tiempo me sobresaltó una noticia en TV: Incendio en un puticlub en las afueras; parece un ajuste de cuentas; quedó destrozado tras el incendio…, parece obra de sicarios.

No pude por menos que comprobarlo. Y efectivamente, todo estaba destrozado, asolado, como si un vendaval, un ciclón, hubiera dejado caer su fuerza devastadora.

(Mando fotos al respecto).