Ken Finkelstein

Amigo Viajer:

Hace tiempo que no nos vemos, pero te cuento un cuento de mis últimas aventuras.

Disculpa mi español, además con su toque mexicano y sus dosis de tequila, mezcal y mari. You know, algo de Malcom Lowry

Me Fui, sencillamente me fui, no sabia exactamente por dónde pero daba igual. El mar, el sol, selva y pirámide, buscando la línea entre tú y yo, yo y ellos, la política y la vida.

Recuerdo el concierto. ¡ya te digo!, no es nada fácil contarlo, fui con ella: yo con la melena y los porros, siempre los porros. Y buen ojo, eso sí, dieciocho o veinte años: ella un poco mayor, tenía todo lo que hacía falta a una mujer. Tuvimos un par de rollos, ¡qué cuerpazo, madre mía!

Fuimos a ver a John Mayall, Blue Mitchell tocaba con él. Uptown Chicago. Uptown es un barrio, que en aquel entonces, como hoy, tenía de todos: el barrio con más indígenas de toda la ciudad, quiero decir indios, ya sabes, como de las películas del oeste; de otra parte, paletos de la ciudad, que siempre hay, y los que siempre están. Pisos oscuros de familias apartadas del sueño americano. Estuvieron como siempre han sido, por ahí. La poli, la oscuridad. El concierto en un viejo algo, tenía su encanto. Tocaban poco, pero bien.

Imagen del Uptown Theatre. Chicago, Illinois.

Era una noche de invierno, al salir hacía frío, abrigos con cuellos levantados, el viento del lago que no perdona en la ciudad de los vientos.

Ella pensando en no sé qué y yo queriendo pasar la noche con ella, ¡qué follable, sensual y caliente debajo de tanto abrigo! Andando, hacía frío. Salía gente del concierto, un poco calladitos, más por el frío que nada. Después de un ratillo no había nadie, estábamos en una de esas calles paralelas, poca luz, poca cosa. Se me olvidó dónde había aparcado.

De repente estaban detrás de nosotros: ella y yo, con las melenas sueltas, aún con tanto abrigo se notaba su calor. No sé, tal vez se pudiera ver el vapor encerrándola por el choque del frío y su esencia vital. Ellos tenían la pinta de malotes del barrio: se pusieron en fila detrás de nosotros; una sombra negra, un presentimiento de mala pata; empezaron a cerrar la distancia y a silbar; llevaban botes de cerveza congelando las manos, sin guantes; esto iba a salir mal. Ella me agarró del brazo, me apretó y me miró; una tía que vivía y conocía la vida de la ciudad, esta ciudad tan cojonuda y violenta, tanta oportunidad y tanta mierda desperdiciada. Empecé a mirar portales, ¿por dónde meternos?, si tuviera que pasar la movida quería elegir el terreno, esto iba en serio.

Entonces salió de no sé dónde: pelo negro, oscuro, largo, cara ovalada, abusada por el tiempo y los tiempos; un indio. Y los hijos de puta que nos iban a joder cambiaron de opinión, su odio racista era más fuerte que su odio cultural, fueron a por él, y yo, el cobarde que soy, salí corriendo con la chavala. Sanos y salvos sí, pero picados con la sangre del otro que fue sacrificado al odio americano: odio racista, odio clasista, odio universal.

Soy americano. Me compré una pistola.