El desahucio. Carta al Sr. Amalfitano

Viajer Bagdad.

A veces al repasar la prensa aparecen noticias aparentemente irrelevantes, aisladas, fuera de contexto, se cuelan… y refieren algunos hechos luctuosos ocurridos en lugares cercanos de nuestra geografía y que tienen que ver con la continua contradicción de carácter antropológico entre arte, naturaleza y modos de vida.

Me refiero al reciente y comentado juicio de nuestro paisano D. Acacio Casimiro Casas por “apalear en público a una vaca avileña negra protegida, después de que la susodicha comiera arena y defecase sin descanso, arena con la que el denunciado preparaba cemento para construir una estancia en su propiedad… argumentando para justificar tal agresión la mala calidad de la mezcla obtenida en esas condiciones”. Revista Estiércol nº 13.

Nuestro convecino, que a la sazón no oculta su manía de tallar cualquier piedra que le viene a mano, se empeñó – en contra de la docta opinión de arquitectos, secretarios, concejales, planes de urbanismo, confederaciones hidrográficas, constructores, psiquiatras, contratistas de obras, registros, albañiles, compañías eléctricas, y un infinito etcétera., en fin, la Opinión Pública – en levantar su morada con sus propios medios, utilizando para ello todos los materiales que iba encontrando, algunos de ellos naturales y otros digamos que reutilizados, frutos del desecho comunal, extraídos de la desidia y del abandono, de la basura, transformando algunos de ellos en dóciles esculturas de libre acceso y disfrute.

Pero lo más sorprendente de todo no son estas contravenciones a lo estipulado, defendido a dentelladas leguleyas por los representantes de las profesiones de administraciones antes reseñadas. Lógicamente actitudes como la de nuestro valeroso y admirado D. Acacio, dañarían irremediablemente el Plan Nacional de Empleo y las perspectivas de Crecimiento Económico.

No!!!, lo que deja perplejo y a la vez me anima a luchar contra la hipocresía, es la combinación de intereses inconfesables de todo tipo; personándose en este proceso desde el ecologismo radical, flanqueado esta vez por ganaderos y cazadores (en defensa de la vaca) hasta la agresiva inmobiliaria, en connivencia con las cementeras (salpicadas en el caso) participadas accionarialmente por las grandes empresas eléctricas (sector estratégico nacional defendido por el Gobierno, que a su vez ha puesto en marcha su sector de comunicaciones para informar a la opinión pública, ¡la información es un derecho de todos y tal…!).

Sorprende también la utilización del Jurado para este caso, y del interés despertado por algunas TV en la retransmisión del evento. Sorprenden los nombres del jurado: Angustias, Dolores, Ascensión, Consuelo, Encarnación, Remedios, Venancio, Restituto, Salvador, Facundo, Cándido, Silvestre… que unidos al de su Señoría: D. Máximo Severo Privado, me hacen temer lo peor y conjeturar por estos indicios lo que ha de suceder si alguien no lo remedia….

Porque estamos ante un caso de artista imaginativo que simplemente no sigue las normas establecidas, ni las del consumo, y choca, con incomprensiones manifiestas.

Estoy estudiando seriamente la conveniencia de personarme en la causa, no sólo con el pretexto de la defensa del que considero un “colega” amenazado, sino con la doble misión de preservar siempre la prioridad del arte frente a otras manifestaciones que aunque meritorias y legales no dejan de tener un marcado carácter espurio….

Consultado su sobrino Igor, me remitió, sin duda dándome largas, a la plataforma Change.org, pero pasado el tiempo parece ser que nadie había firmado la petición de denuncia. Lo que es peor, ahora no paran de llegar por parte de esa plataforma innumerables peticiones de mi firma para todo tipo de reivindicaciones extraordinarias.

Es más Sr. Amalfitano, pienso que la asociación que Vd. dirige debería ser parte acusadora contra todo el entramado caótico, que curiosamente dice defender a la sociedad frente al caos encarnado y engendrado por D. Acacio; y como lección moral y para escarnio de muchos se haga justicia, solicitando que un  representante de cada organismo implicado trabaje a las órdenes de D. Acacio, por supuesto, en la construcción de su morada y en la colocación de todos aquellos elementos necesarios para su disfrute, rodeados de carteles en los que figure una leyenda que data del Código de Hamurabi (Vid: transcripción de Al-abad-o sea-el Señor, Obras Completas, 1996, p. 69) :

“si una casa se cae y muere el hijo del dueño se matará al hijo del arquitecto…”.

Porque señor Amalfitano:

¿Qué hubiera ocurrido si nuestro amigo hubiera dejado hacer a la vaca todos sus quehaceres?

¿Y si la famosa especie protegida hubiera invitado a sus amistades?

¿Se habría considerado como “genocidio” la acción de D. Acacio?