Cansado y desesperado de dar vueltas sin rumbo, encontró una nave en las afueras en la que se divisaba un cartel desdibujado donde a duras penas se leía SE PRECISA…

Atravesando una puerta entreabierta se introdujo en una sala donde fue invitado a desnudarse y tumbarse sobre una especie de cristal con tapa, rodeado de toda suerte de aparatos de formas geométricas.

¡SERÁ UN MOMENTO! ¡NO SE PREOCUPE! ¡RELÁJESE!

Una vez metido en la fría urna, sintió cómo una luz caliente le recorría de abajo arriba, produciendo un extraño y ensordecedor mugido, como el del libro de un rumiante a la hora de la siesta.

¡YA ESTÁ! ¡PUEDE SALIR! ¡VÍSTASE!.

Boquiabierto, al verse en una pantalla, comprobó cómo andaba por pasillos hasta ahora desconocidos y entraba en un lugar donde miles de “mujeres-máquinas de coser Singer” tejían sin parar hilos metálicos y transparentes, apenas visibles.

Sonó la sirena y automáticamente estas mujeres se deslizaron sobre sus ruedas, ordenadamente, hacia la salida, donde sus “maridos-centauros-motocarros”, esperaban para cargarlas en sus lomos. Al llegar a casa les recibían con júbilo múltiples y liliputienses soldaditos de plomo que desfilaban sin descanso, precedidos por bandas militares.

En una estancia contigua había una multitud de bizcos sometidos a un proceso de recolocación de ojos mediante extrañas máquinas que proyectaban en monitores los resultados que los operarios corregían mediante técnicas llamadas de “retoque fotográfico por ordenador”. También había secciones de cirugía plástica en las que caras y miembros eran sustituidos por el mismo mecanismo.

De pronto, unas azafatas le condujeron amablemente a unas duchas para recibir un “Baño de Paro” (*) pues, le dijeron, tenía una cita con el director.

En el transcurso de la entrevista le mostraron el interés que su caso había despertado y las muchas posibilidades de futuro que tenía.

Al salir, descubrió que pasando bajo los haces luminosos cualquier objeto que se interponía quedaba sistemáticamente grabado en su piel: mesas, sillas, lámparas, etc., todo el mobiliario se impresionaba en él.

 

Histérico, salió al exterior, recobrando algo la tranquilidad por el respiro estético que suponía ver representados árboles, hojas, insectos, en fin vida animada…: aunque el reflejo metamórfico de las rocas musgosas y las imágenes refractadas y ondulantes del agua le iban devolviendo a su inquietud inicial.

Reconducido por el personal “sanitario” a un gabinete oscuro y frente a un cristal opaco, le iban practicando una serie de pruebas, en especial tests proyectivos, para poder determinar el origen de la dolencia.

 

 

 

El efecto iba quedando atenuado, borrándose las inscripciones al cabo del tiempo si no quedaba expuesto ni a luces, ni a objetos ni a personas. También contribuyó a tranquilizarle la comprobación de que al exponerse bajo un foco y en sitio vacío frente a un espejo, volvía a su anterior aspecto.

Poco tiempo duró la calma, el proceso parecía imparable, ahora se sumaban como tatuajes periodísticos las frases pronunciadas por sus interlocutores, no quedando otra alternativa que el absoluto ostracismo. Pero esta presumible solución se vio alterada por la sensación y posterior certeza de que los pensamientos de las personas que le observaban quedaban a su vez inscritos en tiras helicoidales.

Ahora una empresa llamada CESID está interesada en alquilar sus servicios para servir como traductor de altas personalidades.  Los asesores dudan entre adiestrarle en un curso intensivo de idiomas, o bien, someterle a una complicada intervención para que lo grabado lo sea internamente, en algo que llaman “memoria”, y no externamente como hasta ahora. Después y a través de unos electrodos descargaría la información a las máquinas registradoras.

Pensó, por su apego a la vida, en que hay que ser optimista y positivo.

Está de suerte, gracias al “baño de paro”, por fin tiene el deseado trabajo.

(*) Paro: líquido empleado fotografía para detener el proceso de revelado.

Viajer Bagdad