Dios creó a los maharajás para que la humanidad pudiera disfrutar del espectáculo de las alhajas y los palacios de mármol.

RUDYARD KIPLING

 

Ironías de la vida, mi primer trabajo tras abandonar la universidad fue precisamente en otra universidad. Mi llegada a Leighton coincidió con la vuelta a clase de los estudiantes. Los edificios de facultades, bloques de ladrillos salpicados con decenas de ventanas negras, se extendían en hilera junto a las vías del tren. La Business School ocupaba la última posición de la fila. Situado en la planta baja, su coffee shop era un lugar angosto y sin ventanas, no apto para trabajadores claustrofóbicos. Mi jefa había colocado estratégicamente los estantes y neveras para que yo pudiera vigilarlos desde la caja registradora. Podría decirse que mis ojos, siempre bien abiertos, eran la diéresis, y la tienda se desplegaba en torno a mí como una U: las máquinas de café self-service justo enfrente; los sándwiches fríos y las chocolatinas a mi izquierda; los refrescos, las bolsas de patatas y los wraps calientes a mi derecha. Estudiantes y profesores llegaban en tromba cinco minutos antes de las horas en punto, formando largas y serpenteantes colas frente a mi caja. El resto del tiempo se producía un goteo lento y cansino de personas, y yo aprovechaba para reponer existencias. En los ratos muertos, bastantes a lo largo del día, me daba media vuelta y hacía lo que todo escritor debe hacer: observar lo que ocurre a su alrededor. A pesar del carácter multicultural de Leighton, y salvando algunas excepciones, los estudiantes se agrupaban en nuestras mesas como presos en la cantina de una cárcel: formando ruidosos guetos. Los chinos, aproximadamente el 50% del alumnado, llevaban en la ciudad desde principios del verano, asistiendo a cursos de inglés organizados por la propia facultad. La otra mitad del pastel demográfico se la repartían entre Malasia, la India y Pakistán y Oriente Medio, concluyendo con un pequeño porcentaje de británicos.

El Maharajá se pasaba las mañanas en una de nuestras mesas, tomando un café moca detrás de otro frente a su ordenador portátil. Supe de su linaje real gracias a mi jefa, una leightoniana de gran envergadura, obsesionada con su trabajo y, a sus cincuenta y cinco años, madre de cinco hijos y abuela de ocho nietos. Me lo señaló durante mi primer turno en la tienda, pero yo estaba tan nervioso que paseé mi mirada dos veces por todas las mesas sin ver nada. Finalmente, en un desesperado tercer intento, mis ojos se posaron sobre un chico moreno de piel, indio a todas luces, con gafas de aviador, bien vestido, peinado con gomina y raya al lado. Las gafas no llevaban cristales, según descubrí más adelante. Su bigote, cuidado con sumo esmero, le confería un aire viril y señorial. “Su padre es el rey de la India”, me aseguró mi jefa, quien consideraba el cotilleo como una parte más del trabajo, casi tan importante como hablar con los proveedores o contar obsesivamente el dinero de mi caja antes del cierre. Yo respondí educadamente que la India es una república, aunque me arrepentí al instante. ¡Hay que ser estúpido para morder la mano que te da de comer en tu primer día de trabajo! Jackie se encogió de hombros y se recluyó en su despacho durante treinta interminables minutos.

Resultó que ambos teníamos parte de razón. En 1947, tras casi un siglo bajo el dominio británico, la gran India contaba aún con más de quinientos principados independientes que se remontaban a tiempos inmemoriales. En unos pocos meses, Lord Mountbatten, último virrey del país, consiguió que todos los príncipes firmaran la adhesión de sus reinos a la nueva Unión de la India o a Pakistán (la mayoría por voluntad propia; los pocos que se resistieron, con las armas o bajo la amenaza de que jamás serían reconocidos por la Commonwealth). Como compensación, se prometió a los príncipes que mantendrían importantes prerrogativas. Pero en 1971, Indira Gandhi promulgó una ley que abolía todos aquellos privilegios económicos, incluida la financiación estatal vitalicia.

El Maharajá no perdonaba sus cinco mocas diarios, ni uno más ni uno menos. Una mañana le pregunté por qué tomaba tanto café. Llevaba como siempre sus zapatos de piel de punta fina, sus pantalones chinos ajustados de colores chillones (rojos en este caso), su casaca gris de botones enormes y su maletín. “No duermo por las noches”, me contestó sin entrar en detalles. Lejos de saciar mi curiosidad, su respuesta la disparó. ¿Por qué no dormía el Maharajá? ¿Echaba de menos a su familia? ¿Le costaba vivir sin tantas comodidades y riquezas? ¿O había quizás una razón más mundana? ¿Serían sus compañeros de piso tan escandalosos como los míos?

Aunque nuestra relación quedó confinada entre las paredes del coffee shop, lo cierto es que llegamos a intimar bastante. Con el codo sobre mi mostrador, removiendo cuidadosamente su café moca, el Maharajá hablaba sobre su vida sin ningún reparo. En 1947 su abuelo cometió un grave error: anunciar que incorporaría su principado, de mayoría hindú, a lo que hoy conocemos como República Islámica de Pakistán. No lo hizo movido por la fe (era un ateo de firmes convicciones), sino porque el país vecino le ofrecía licencias gratuitas para importar, exportar y tener armas. El virrey Mountbatten se reunió personalmente con él por miedo a que su ejemplo se contagiara a los estados de alrededor, volviendo la Partición aún más confusa y sangrienta. Cuenta la leyenda que el abuelo del Maharajá recibió al británico con una pistola en el bolsillo, aunque finalmente accedió a anexionar su principado a la India. Los habitantes de la zona, pastores en su mayoría, jamás perdonarían aquel conato de traición religiosa. Si no le asesinaron fue por pura superstición, ya que consideraban a la familia real descendiente de los mismos dioses. Esto no les impidió expulsarles del palacio (que ahora servía para resguardar a los rebaños en invierno). De todos modos, Lord Mountbatten había ofrecido al abuelo del Maharajá una modesta pensión vitalicia que Indira Gandhi no encontraría en los registros veinticuatro años después. Además, la familia había ido amasando una gran fortuna durante siglos, aunque lo que antaño había sido ostentación, ahora era un estilo de vida recatado. El Maharajá no había asistido nunca a la escuela. Se había pasado gran parte de su infancia encerrado en casa, aprendiendo con tutores particulares. Al alcanzar la mayoría de edad, se había casado, en una pequeña ceremonia, a escondidas del pueblo como dos proscritos, con la princesa del estado vecino, cuya familia había sufrido una evolución similar a la suya. El Maharajá tenía ahora veinticinco años y dos hijos.

Pero hubo una pregunta a la que no quiso responderme: ¿Por qué no dormía por las noches? Lo descubrí de la manera más penosa un sábado de principios de febrero. Como cada viernes yo había estado de fiesta en el Forever Young, la discoteca universitaria por antonomasia. Durante la noche soñé que me bebía una botella de Aquarius detrás de otra, y me desperté con ganas de expulsar todo aquel líquido onírico. Afuera, en el pasillo, escuché a mi compañero Jim despidiéndose de alguno de sus amantes. Normalmente esperaba a que salieran de casa para evitar situaciones incómodas, pero esa mañana no pude aguantar. Giré el pestillo y el pomo, asomé la cabeza y… volví a encerrarme. Apoyé la espalda contra la puerta y, en un absurdo acto reflejo, eché el pestillo. El corazón me latía con fuerza. Me golpeé el muslo y me di varias bofetadas en la cara.

¡El Maharajá… en mi casa… hablando con Jim! ¿Cómo era posible? Busqué todo tipo de explicaciones. Me dije que el pasillo estaba oscuro… que acababa de despertarme… que sólo le había visto de espaldas… que él jamás vestiría con esa ropa tan… tan… ¡tan gay!

En cuanto escuché la puerta de la calle, fui directo hacia el salón sin pasar por el baño. Encontré a Jim tumbado en el sofá con su albornoz rojo, el que utilizaba para recibir a sus ligues del Hearts y de Grinder, unas doscientas veces al año según sus cálculos.

–¿Quién era ese chico? –le pregunté.

–El plato exótico de la semana –respondió con un bostezo, sin retirar la vista de la pantalla.

–¿Cómo se llama? –Cogí el mando de la mesa y apagué la televisión.

–¿Qué te pasa, Igor, estás celoso?

Giró la cabeza y creo que se asustó al ver mi cara de enfado.

–¿Y qué importa su nombre? Anoche estuvimos bebiendo unos cócteles en el Hearts y me lo traje a casa. Esperaba más de él, la verdad.

–¿Te dijo a qué se dedica?

–¿Quieres decir por el día? No lo sé… ¡Espera! Creo que estudia en la universidad… Sí, me parece que sí… Mira, si quieres salir de dudas, ¿por qué no vienes esta noche al Hearts y se lo preguntas tú mismo?

–¿Y cómo sabes que estará allí?

–Estará –respondió con una sonrisa–. Créeme.

El Hearts se encuentra situado al principio de Queen Elisabeth Street, más conocida como la calle Castro. A simple vista no se diferencia mucho del Forever Young: una discoteca de dos plantas con una barra alargada y música comercial de lunes a domingo. Al entrar, Jim me guio directamente escaleras abajo. En el centro de la pista había un círculo de gente bailando. Con una sonrisa triunfante en la cara, mi compañero me sugirió que nos acercáramos. Nos abrimos paso entre dos tíos descamisados y descubrí horrorizado la razón de ser de aquel corrillo.

Embutido en unas mallas grises salpicadas de purpurina, el Maharajá se movía de forma sexual y desvergonzada. Su bigote, hasta entonces símbolo de masculinidad, me recordaba ahora al de Freddy Mercury. Llevaba el pelo de punta, fijado con espuma, y sus gafas de aviador sin cristales. Su flexibilidad era asombrosa. Al ritmo de la canción Believe de Cher, se abrió totalmente de piernas. En cuanto sus genitales tocaron el suelo, arqueó la espalda y los brazos hacia atrás como una gimnasta. Los hombres que le rodeaban le aplaudían y jaleaban con una mezcla de admiración y desprecio. Uno de ellos le llamó “perra” en inglés. Como respuesta, el Maharajá se chupó el dedo índice y se masajeó el pezón. A continuación, recuperó la verticalidad con un salto y continuó con su baile provocativo hasta que terminó la canción y se dirigió hacia la barra. Un jamaicano de barba recortada y camiseta de marinero a lo Jean Paul Gaultier le tocó el culo, y la camarera le recibió con un beso en la boca. Se tomó un chupito de tequila y volvió al centro de la pista. Yo no tenía estómago para seguir viendo aquel espectáculo, así que me fui a casa sin avisar a Jim.

El lunes llegué al trabajo de muy mal humor. Mi enfado era injusto e irracional; lo sabía, pero no podía evitarlo. No volvería a confiar en el Maharajá. De ninguna manera. Al menos ya no tendría que especular sobre los motivos de su insomnio. Por otro lado, necesitaba saber más. Pero si abría la boca, me estaría delatando. Opté por mantener las distancias sin dejar de ser amable y educado.

Mi decisión de no hacer preguntas indiscretas se vino abajo en cuanto lo vi aparecer por la puerta. El Maharajá llegó al coffee shop ayudado por dos muletas. Llevaba moratones en la cara y en los brazos y la montura de las gafas de aviador doblada. Se sirvió con dificultad su café moca y vino hacia mi mostrador, donde me encontró totalmente petrificado.

–¿Pero… qué te ha pasado? –le pregunté con voz temblorosa.

–Anoche me dieron una buena paliza.

–¿¿Quién… dónde… cómo… por qué??

–Los Brexit Warriors me abordaron volviendo a casa del Hearts. Una hora después de que tú te fueras.

Me recorrió un escalofrío al escuchar el nombre de la banda. No supe qué responder.

–No me mires así, Igor –continuó–. Tú también tienes tus secretos. Intuyo que no estás aquí sólo para ampliar tu currículum de escritor.

En ese momento comprendí una triste verdad sobre los escritores. Cuando vemos un incendio, no nos acercamos para socorrer a las víctimas, sino para ser capaces de describirlo a posteriori. Y no hablamos con los supervivientes para consolarles, sino para poder plasmar sus emociones sobre un papel. Un escritor es un ser sumamente egoísta que haría cualquier cosa por conseguir una buena historia.

–No intentes desviar el tema –le interrumpí. Mi lado más humano, más compasivo, era incapaz de contener el torrente de curiosidad–. No me entra en la cabeza. Puedo entender que te gusten los hombres, y que en la India no esté bien vista la homosexualidad. ¿Pero qué necesidad tienes de bailar delante de un grupo de borrachos? ¿Acaso no escuchas lo que te gritan?

–Me excita excitar a otros hombres.

–¿Y para ello tienes que humillarte?

–Buscas explicaciones para todo, Igor. Y hay cosas que se escapan a la razón. En mi región todo el mundo me conoce. No puedo salir a la calle sin que me insulten o murmuren sobre mí. Aquí, sin embargo, me siento libre. Puedo ser quien quiera y hacer lo que me dé la gana. –Sin soltar la muleta, levantó la mano y se colocó las gafas de aviador justo antes de que se le cayeran–. Aun así, he elegido seguir siendo el centro de atención –añadió, visiblemente confuso–. De todas formas, no estoy dispuesto a arriesgar mi vida a cambio de mi libertad. Vuelvo a casa junto a mi mujer y mis hijos.

Una enorme tristeza, fundida con un terrible sentimiento de culpa, se apoderó de mí. Lo único que acerté a preguntar fue:

–¿Por qué no tiras de una vez esas gafas?

–Son un recuerdo de mi abuelo. De joven fue piloto de la Royal Air Force. Perdió un brazo combatiendo a los nazis en la Segunda Guerra Mundial. La pensión vitalicia de Lord Mounbatten era, en parte, una compensación por aquello.

–¿En serio? ¡Nunca me habías contado esa historia!

–La valentía no se transmite de generación en generación. Mi abuelo fue un héroe para este país, y yo…

No quiso que le viera llorar. Se dio media vuelta y se alejó cojeando del coffee shop. En cuanto a mí, me puse a reponer existencias mientras trataba de ordenar mis ideas. Al llegar a casa esa tarde, encendí mi ordenador portátil y estuve escribiendo sin descanso hasta la hora de la cena.