El Leighton City Stadium se construyó en 1999, tras el ascenso del equipo a la Football League Championship (la Segunda División inglesa). Alex Jones, alcalde de la ciudad por aquel entonces, vació las arcas municipales para levantar el estadio más grande de todos los condados al sur de Londres. Las consecuencias del proyecto fueron desastrosas, no sólo para Leighton, sino también para el club. En tres años, éste descendió dos veces de categoría y terminó en la English Football Two (la Cuarta División). Allí permanecería durante la década que precedió al Milagro Arcoíris. Los cambios de entrenador y de alcalde se sucedieron a gran velocidad en esos diez años, sin que unos lograran ascender al equipo ni los otros reducir la astronómica deuda del ayuntamiento. El número de socios cayó en picado, y los buenos jugadores, como suele ocurrir en estos casos, se vendieron a mejores postores.

El Milagro Arcoíris “sucedió” en el verano de 2012. En realidad, lo llevó a cabo el colectivo LGTB de Leighton, el segundo más numeroso y mejor organizado de todo el país. Entre sus artífices había muy pocos aficionados al fútbol, y ni un solo socio del equipo. Jimmy Parker y otros representantes de la comunidad se reunieron con el alcalde Seth Rich y le propusieron un plan para salvar el estadio: traer a artistas reconocidos internacionalmente –por su talento y/o por su compromiso con la causa de la diversidad sexual– para que actúaran en el estadio. A cambio de tan complicadas gestiones, “solamente” pedían que el ayuntamiento colocara, junto a las banderas institucionales y la del equipo de fútbol, una tela arcoíris “no más grande, pero tampoco más pequeña que las otras”. El alcalde se negó rotundamente. Pensó que los socios se le iba a echar encima y que su equipo se convertiría en el hazmerreír de la liga. Su respuesta provocó una gran controversia en las redes sociales, que como siempre lo sacaron todo de quicio. Seth Rich no tardó en volver a reunirse con los representantes del colectivo LGTB. Por supuesto, no iba a dejar que le tomaran el pelo. No quería pasar a la historia como el segundo peor alcalde después de Alex Jones. Aceptó el trato con una condición: primero un gran concierto y luego la tela arcoíris. Un mes después, para sorpresa de todos, Madonna vino a tocar a la ciudad. Las sesenta mil entradas se agotaron en un tiempo récord. Pero no sólo eso. La recaudación de los conciertos subsiguientes –Cher, Elton John, Lady Gaga o Beyoncé entre otros– trajo consigo nuevos jugadores para el equipo, dos ascensos de categoría y a muchos de los viejos socios. El dinero empezó a fluir, y la tela multicolor se ganó un hueco indiscutible entre sus compañeras. A día de hoy, todo artista que no ha manifestado públicamente su deseo de tocar en el Leighton City Stadium es sospechoso de tener ciertas fobias. Gracias al Milagro Arcoíris, el campo de fútbol se ha convertido, para horror de no pocos hooligans, en un icono nacional de tolerancia y diversidad en el deporte.

 

Durante mi trepidante año en Leighton trabajé varios domingos en partidos de la English Football League. Mis compañeros de Blue Dragon y yo recorríamos cabizbajos los pasillos del ala norte, donde se encontraban los puestos de cerveza, patatas fritas, perritos calientes y hamburguesas. Armados con bolsas de basura y bastones con pinza incorporada, oscilábamos como péndulos entre dos de las puertas del estadio. Nuestra misión consistía en recoger la basura de aquellos espectadores que preferían utilizar el suelo antes que los múltiples contenedores colocados a tal efecto. Sobre las ocho de la tarde, cuando el árbitro daba el pitido final, nos encerrábamos en el cuarto de la limpieza a esperar a que saliera la marabunta y los de seguridad cerraran las puertas. En ese momento, los focos del estadio volvían a encenderse para recibir al equipo suplente: los limpiadores de Blue Dragon. Siguiendo un desorganizado movimiento de zigzag, peinábamos las gradas maldiciendo a los niños esparcidores de Haribos y otros dulces. A las once en punto de la noche, con independencia de que el trabajo estuviera o no terminado, se apagaban los focos y volvíamos a casa sin tener la más remota idea del resultado del partido.

Pero mis veladas favoritas eran sin duda los conciertos de los sábados. El primero en el que trabajé fue el de Rihanna. A los de Blue Dragon nos distribuyeron en distintos puestos de cerveza, sidra Dark Fruit (el producto estrella durante los conciertos) y refrescos. La mayor dificultad consistía en estar atento con la edad de los asistentes. En el Reino Unido, los dependientes que venden alcohol deben pedir la documentación a toda persona que parezca menor de veinticinco años. El procedimiento a seguir en el estadio era el siguiente: primero se preguntaba al sospechoso por su edad (de este modo, en caso de mentir, la responsabilidad recaía sobre él); acto seguido, se le pedía un documento acreditativo; por último, se apuntaban sus datos en una ficha que solía terminar empapada de cerveza y, por ende, ilegible. Nuestro manager, un paleto inglés muy poco dotado para las matemáticas, nos habló de un estudiante de derecho que había visto truncada de por vida su carrera como abogado por servir alcohol a un menor. Dudo mucho que alguien se tragara la historia. Aun así, para cubrirse las espaldas, mis compañeros de las cajas registradoras se emplearon a fondo en pedir DNIs, y su obsesión se vio recompensada por las muestras de agradecimiento de no pocos treintañeros. Para quienes estábamos en los grifos, el trabajo era mucho más sencillo. Las cervezas y las sidras no se tiraban en el acto, sino que se iban acumulando –calientes y sin fuerza– en los mostradores situados detrás de cada caja registradora. Nuestra misión consistía en ordenar por colores los vasos que íbamos llenando.

Si tuviera que destacar un incidente del concierto, sería sin duda el de la adolescente caribeña de mi barra. Rihanna era una especie de diosa para ella, y con cada canción entraba en trance, bailando y cantando a voz en grito. Con la intención de que se tranquilizara un poco, el manager le dio un break de diez minutos para que se asomara al concierto desde la grada. La joven no volvió a la barra, y francamente todos nos alegramos mucho. Una compañera de Blue Dragon firmó por ella al terminar la noche y allí paz y después gloria.

A la salida, entre miles de personas que intentaban abrirse paso, me encontré con mi flatmate Jimmy. Me dijo que él y sus amigos iban a continuar la fiesta en un piso con terraza, y decidí unirme al plan. Estaba eufórico después del concierto, y por nada del mundo quería volver a casa y meterme en la cama. Al día siguiente trabajaba en la fábrica de Guts, ¡pero sólo se vive una vez!

Creo haber mencionado previamente que Jim es homosexual. La mayoría de sus amigos y amigas también lo son, y si algo aprendí de los gays en el Reino Unido, es que saben disfrutar como nadie de una buena fiesta. El piso al que me llevaron estaba situado encima de un restaurante jamaicano, y la prometida terraza resultó ser el tejado del local. Al entrar me serví un vaso de Capitán Morgan con Coca-cola e hice lo posible por integrarme en el ambiente. Pero las conversaciones –superficiales, inconexas, interrumpidas cada vez que sonaba “un hit“–, terminaron por agotarme. A la segunda copa, opté por salir al tejado a tomar el aire. Mi euforia estaba decayendo y mi decisión de volver a casa era firme cuando escuché una voz a mis espaldas:

–Me ha dicho Jim que eres escritor.

Giré la cabeza y me vi frente a un tipo de facciones viriles, una media melena rizada, barba pelirroja y pecas. Musculoso y ancho de espaldas, iba vestido con una camisa hawaiana que dejaba entrever un pecho recién depilado y una cadena de plata. Completaban su atuendo unos pantalones rotos en las rodillas y unas Converse All Star.

–Soy Jack.

–Yo Igor.

Nos estrechamos la mano.

–¿Igor el escritor?

Me sonrió y yo asentí con la cabeza. Francamente, me sorprendió que mi compañero de piso, quien jamás se había interesado por mis relatos, hablara de mí con sus amigos.

–¿Crees en las casualidades, Igor? Porque yo creo que el destino ha querido que nos encontremos hoy. ¿Puedo sentarme?

–Por supuesto.

Al hacerle un hueco a mi lado, capté una mezcla de olores que sólo podría definir como “champú afrutado y colonia cara”. ¿Cómo podía ir tan aseado después de un concierto?

–¿Conoces Esperando a Godot? –me preguntó, sin venir a cuento.

–Desafortunadamente –respondí, confuso; y en uno de mis ataques de franqueza, añadí–: Es el libro más aburrido que he leído en mi vida.

–A mí también me lo pareció la primera vez –dijo Jack, sonriente, sin ofenderse lo más mínimo–. Pero esta tarde lo he vuelto a leer con otros ojos. ¿Por qué me miras así? ¿No esperabas encontrar un lector en esta fiesta? Yo tampoco, la verdad. Siempre he sido la oveja negra de mi grupo.

Me sentí muy identificado con sus palabras. Ni a mis amigos del instituto, ni mucho menos a los de la universidad, les gustaba leer. Hasta que conocí a los miembros de Las Barbas de Platón, solamente podía hablar de libros con mi tío Amalfitano.

–¿También escribes? –le pregunté, siguiendo una costumbre recién adquirida.

–Lo intenté… hace tiempo… un relato que nunca terminé –respondió–. Después de leer Esperando a Godot, pensé: “Cualquiera puede hacer esto”. Y hoy he comprendido que no me equivocaba. Godot podría ser cualquiera de nosotros.

En ese momento tuve que interrumpirle. Mi vejiga estaba a punto de explotar y mi cuerpo necesitaba combustible. Le pregunté a Jack qué bebía y me dijo que vodka con Sprite. Cogí los dos vasos y me interné en la cocina pensando en sus palabras. “Godot podría ser cualquiera de nosotros”, me dije mientras servía las copas. Todo el mundo bailaba a mi alrededor, y muchos hombres se habían desprendido ya de sus camisetas… Por lo que había leído en Internet, Godot podría ser Dios, la Nada, la Esperanza, la nostalgia por un tiempo perdido… El propio Becket no aclaró nada al respecto. Lo único que dijo fue que “si hubiera querido hablar de Dios (God), lo habría llamado Dios, y no Godot”. Volví al tejado tan rápido como pude y me senté junto a Jack:

–¿Qué quieres decir con que “Godot podría ser cualquiera de nosotros”?

–No seas impaciente, Igor. Antes deja que te hable del relato que nunca terminé.

Aunque me mataba la curiosidad, le dejé que continuara.

–Al principio no tenía ninguna idea concreta, así que empecé con dos personajes a los que llamé X e Y. No eran más que dos monigotes sin rostro, sin pasado, que no hacían nada y apenas abrían la boca: como Gogo y Didi en Esperando a Godot. Aun así, me propuse pasar tiempo con ellos: horas, días, semanas, meses. ¡Lo que hiciera falta! Pensar también en ellos cuando me retirara del ordenador. ¡Hablarles a mis amigos de ellos, aunque no les interesara! “Si los ocultas”, me dije. “Si ocultas a la gente que eres escritor, tus monigotes pensarán que te avergüenzas de ellos o que los has olvidado y dejarán de confiar en ti. Pero si, por el contrario, los tienes siempre presentes, acabarán por abrirse a ti. Pronto te mostrarán su verdadero rostro y te contarán su historia”.

Me quedé pensativo, fascinado por sus palabras. Jamás pensé que encontraría un oasis como Jack en mitad de aquel desierto de frivolidad. Varias preguntas se agolparon en mi mente.

–¿Y no tenías miedo de que te salieran dos personajes iguales? ¿O de que sus vidas fueran un tostón? ¿O de que hablaran de cosas que no te interesan?

–¿Como en Esperando a Godot? –Me dedicó una sonrisa cómplice–. Te recuerdo, Igor, que eran mis personajes, y era a mí a quien iban a hablar. Estaba convencido de que se parecerían a mí y a la gente que me rodea; de que compartirían mi visión del mundo y mis inquietudes.

Se quedó mirando al infinito, sujetando la copa entre las manos.

–¿Y… te hablaron?

–No tuve paciencia –respondió, apenado–. Les abandoné. Me puse a hacer otras cosas y… no he vuelto a escribir desde entonces.

–¡Deberías retomarlo! ¡Estoy seguro de que tienes mucho que contar!

–Es tarde para eso, Igor. Me he convertido en un Godot más.

Le miré sin saber qué decir.

–Todavía no has entendido quién es Godot, ¿verdad? –Se levantó con tanto impulso que casi se cae por el tejado–. ¡Siempre hay algo interesante que escribir sobre cualquier persona! –Estaba de pie frente a mí, clavando sus ojos verdes en los míos, gesticulando como un mal actor de teatro–. ¿Por qué Gogo y Didi iban a ser una excepción? Los dos vagabundos de Becket son los X e Y de mi historia. ¿Qué diablos hacen junto a ese árbol? Esperar a que alguien les dedique tiempo y los escuche; esperando a que alguien les ponga rostro; esperando a que alguien les dé vida, esperando a… ¿lo entiendes ahora? ¡Godot es Samuel Becket!

–¿Quieres decir que Esperando a Godot es una obra inacabada; una barra de pan sacada del horno antes de tiempo?

Como respuesta, se puso en cuclillas, sujetó mi cara entre sus manos y acercó sus labios a los míos. Se apartó un poco para ver mi reacción –que fue cerrar los ojos y asentir con la cabeza–, y volvió a besarme, esta vez con más pasión.

–Vamos a mi casa –balbuceé–. Aquí hay demasiada gente.

Salimos a la calle y pedimos un taxi. El centro de la ciudad estaba abarrotado a causa del concierto, así que tuvimos que cruzar las vías y rodear por la zona del puerto. Las miradas de reojo del taxista se desvanecían frente a la adrenalina del momento y la sensación de anonimato. Pensaba en Jack Kerouac y en Neal Cassady y en William Burroughs y en todos esos escritores que, siendo heterosexuales –o quizás bisexuales– habían tenido experiencias similares sin que ello fuera en menoscabo de su hombría.

Subimos a mi casa y nos metimos en mi habitación. Al ver a Jack sin camiseta, tuve la impresión, por primera vez en toda la noche, de que podría llegar hasta el final. Sus abdominales no tenían nada que envidiar a los de cualquier futbolista. Mi escuálido y peludo pecho daba lástima en comparación con el suyo. “Si alguien tiene que dar gracias por estar aquí”, pensé, “ése soy yo”. Me empujó contra la cama, se puso de rodillas y trató sin éxito de hacerme una mamada. Mi bandera seguía a media asta, y yo empezaba a arrepentirme de haberle invitado. De pronto, se detuvo.

–Déjame probar una cosa –me sugirió, y salió de mi cuarto.

Mientras lo escuchaba rebuscar en los cajones de Jim, intenté desesperadamente preparar a mi soldado para la batalla. Jack regresó con un bote de lubricante, tal y como yo había esperado.

Dispuesto a terminar lo que había empezado, me puse a cuatro patas sobre la cama. Jack me giró ciento ochenta grados, me colocó frente a él y me atrajo hacia sí. Levantó mis piernas formando un ángulo recto con el colchón. Se untó un poco lubricante en los dedos y yo me acordé de los supositorios de mi madre. En cuanto sentí el contacto del pegote frío y viscoso, le pedí que parara. Bajé las piernas y me hice a un lado. Jack se puso los calzoncillos y se tumbó junto a mí.

–Haría falta un milagro para levantar esto –dijo, sujetando mi flácido miembro entre sus dedos.

–Un milagro arcoíris –respondí, y los dos nos echamos a reír.

–Lo siento, Jack…

–No te preocupes. ¿Quieres que me vaya?

–No hace falta. Cabemos los dos de sobra.

Y es que, por increíble que parezca, no me sentía incómodo compartiendo mi cama con un completo desconocido. Más allá del fracaso a nivel sexual, Jack y yo habíamos conectado. Nos quedamos una hora más despiertos, hablando de literatura y riéndonos mucho. Lo último que recuerdo, justo antes de que el sueño me venciera, fue una voz susurrándome al oído:

–Has sido muy valiente, Igor. Y los escritores tenéis que ser valientes.

Me dio un beso en la mejilla, se abrazó a mí y dormimos de un tirón hasta el domingo al mediodía.