Revoloteaba sin rumbo. Mejor dicho, revoloteaba en zigzag haciendo ochos en el aire. A veces el revoloteo eran ochos perfectos; otras veces dobles y triples ochos como si de un avión de caza de la Segunda Guerra Mundial se tratara. Su vuelo era lento, insisto que sin aparente rumbo fijo; un vuelo tranquilo sin ninguna apariencia, desde luego, bélica.

La mañana era luminosa. Por entre los cristales del dormitorio entraban los rayos de sol. Para ese ser volador que revoloteaba entre visillos, colchas y sábanas deshechas, los rayos del sol transportaban diminutas briznas de polvo, aunque para él, para el mosquito de este relato, esas briznas de polvo no lo eran tanto: sino pequeños artefactos polvorientos transportados por el haz solar.

Al mosquito volador le gustaba jugar entre las sábanas, subir y bajar del suelo al techo y depositarse en lo que los humanos llaman almohada. Aquel día, el mosquito había trasnochado demasiado, no tanto porque buscase alimento nocturno sino porque tenía curiosidad por prolongar la noche y descubrir cómo se vivía por la mañana.

Los más expertos de su género ya le habían advertido: “No salgas de día, hijo mío. El día tiene mucho riesgo para nosotros porque esos seres grandullones, que generan con sus palmas huracanes, están ciegos por la noche pero lo ven todo por el día”. El relator debe advertir aquí, para la mejor comprensión del relato, que la madre de mosquito se refería como grandullones a los hombres y mujeres, unos seres que superan en alrededor de doscientos el tamaño del mencionado insecto volador.

¡Qué frialdad mencionar “insecto volador”, a nuestro querido mosquito! Sí, porque el relator -debe confesarlo y ya lo hará al final de este cuento- le había cogido cariño a ese mosquito mañanero, dispuesto a quebrantar las reglas de supervivencia frente a los grandullones con brazos ¡generadores de huracanes que harían temblar a un santo!

El mosquito osado se deslumbró con los rayos de sol de aquel dormitorio. ¡Era la primera vez que revoloteaba en el aire, buscando alimento, sin ser por la noche! “Ten mucho cuidado, hijo mío. No andes de día por aquellas casas”, le volvió a advertir. Él, erre que erre: “Quiero saber qué se siente por el día. Estoy harto de que me llamen vampiro noctámbulo cuando sólo quiero volar al alba”. Sonaba poético.

Pronto el mosquito descubrió lo que, sin saber, él probablemente buscaba. Se deslumbró, sí, con la luz, pero sobre todo porque vio tumbado un grandullón inmóvil. Se posó con suavidad sobre él, en una zona más obscura que el resto. Confirmó que lo que él llamaba grandullón contaba con una textura diferente a las sábanas, las almohadas o el suelo. Era, en este caso, mucho más cálido. Parecía tener vida propia. Subió por esa torre obscurecido, trepó por sus leves hendiduras suaves…, acarició la piel, llegó a la cima. No era una gran altura, apenas una atalaya para el mosquito, pero la vista era hermosa, muy hermosa.

Al mosquito matutino le gustaba sobre todo percibir el calor desde el que él divisaba el cuarto encendido de luz natural, las paredes bancas de la habitación, las sábanas deshechas, la cama revuelta.

No, para él, lo que hacía única esa experiencia, era pisar esa parte carnosa, redondeada, concéntrica de piel de manzana que cantó el poeta. Para él una atalaya de calor y fuego, una zona en donde el paseo se convertía en disfrute de los sentidos. Pensó: “¿En dónde estoy?”; “¿Sobre qué textura suave y sensual estoy caminando? ¿Cómo lo llamarán los grandullones con brazos; ellos que a todo ponen nombre?”, se preguntó. No hubo respuesta; sólo silencio. El grandullón seguía dormido plácidamente sin que el paseo de un pequeño ser le afectase demasiado.

El mosquito volador elevó anclas. Quería, no sólo sentir esa textura, pasear por ella, sino observar, como invitado principal, la belleza ajena. Observó cómo aquella piel -sí porque era piel humana- tenía poros, cavidades y cuando le acariciaban los rayos del sol se encabritaba. Incluso quiso ver cómo su propio revoloteo, muy cercano a ella, a la piel, le erguía y dibujaba unos pequeños granitos tersos; un mar granuloso en esa textura carnosa, encapotada en un bosque de pelos.

El relator de este cuento, como el de todos los cuentos, no hace otra cosa sino lo mismo que un mosquito observador: revolotear; revolotear sobre las palabras. ¡Imagínense la escena! Un grandullón tumbado en la cama, el mosquito revoltoso que revolotea sin ánimo de picar -tan solo de observar-, y un narrador, que observa la escena; la vive en sus ojos aún sin derecho a intervenir: sólo a escribir la escena como mejor puede.

En este caso, además, se gana el sueldo por partida doble. Es traductor, ¿porque no habrán aceptado los lectores, por más que esto sea un relato de ficción, que el mosquito -además de volador, osado, observador- disponga del don de la palabra? ¡Ni el narrador del don del lenguaje de signos!

Y aquí cabe decir ya al lector que el grandullón con brazos no es otra cosa que una grandullona. Y que la cama es la cama; y las sábanas, desde luego, están revueltas, limpias y son blancas.

Con toda probabilidad, ese lector avispado habrá descubierto que la zona areolar por donde caminó el mosquito, cual Ulises hacia Ítaca, no es ninguna parte del satélite lunar, sino el pezón de un seno femenino. Y que si hubiese que titular el cuadro (por más que se siente tentado a decir simplemente: Modigliani, Nu couché, 1917; lo titularía algo así como Hermosa Mujer Tendida en la Cama, dormida aún, a la espera de que su pareja le haga un rico desayuno inglés (único de los alimentos que los británicos saben cocinar).

Pero centrémonos en el mosquito. El mosquito aventurero, sorprendido por aquella piel de manzana, no olvidaba, sin embargo, su sino y su condición de vampiro nocturno por más que fuese de día. La tentación era grande. Los mosquitos detectan pronto dónde chupar y adónde es absurdo hacerlo. Los párpados de un grandullón o grandullona, detrás de eso que ellos llaman orejas oidoras, en la frente arrugada….

Sí, sí, él había ido allí a ver, contemplar, y descubrió que el espectáculo merecía la pena. Ahora nuestro mosquito permanecía tan embelesado revoloteando alrededor de su cuerpo a menos de un palmo de sus largas piernas, las caderas o el terso cuello femenino.

 

Pero no olvidaba que él también buscaba desayunar una chupadita de sangre fresca. ¡Es la condición mosquitera! Aún recordaba aquel manjar griego en tierras de Lepanto años atrás pese a que muchos de sus compañeros yacían con las tripas abiertas en las paredes de aquella casona blanca. Más de uno se empachó aquella noche.

Dudaba. Dudaba mucho. No sabía bien si admirar la belleza a vuelo de mosquito estaba reñido o no con disfrutar un poquito de un chupito de sangre roja. Se debatía entre transgredir su propia esencia o disfrutar de aquel momento único. Y optó por disfrutar. No, no, no era una cuestión de alimentarse como otras veces porque no tenía hambre. Era un acto de amor. Era un beso robado. Un gesto de respeto y ternura hacia la grandullona; algo -reconozcámoslo- de irresistible pasión. Él tenía que ser él, mosquito chupóptero; renegar de su condición, era una traición a sí mismo.

Mosquito le dio un pequeño picotazo en el pecho al ser inmóvil, muy cerca de la areola “lunar” amoratada.

En eso la grandullona, aún medio dormida, se giró bruscamente en un acto reflejo, con tan mala fortuna que Mosquito quedó atrapado para siempre entre su cuerpo y la sábana. Y se volvió a cumplir el verso: “Serán ceniza, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado”.

[FIN DEL “MOSQUITO ENAMORADO”]