Para Dani Chinaski, cuyo relato El plan de Borja me inspiró un asco indescriptible.

 

La superficie del agua reflejaba la parte superior del edificio de su facultad, incluido el escudo de la Universidad Europea. Aunque el lago era artificial, se había creado, paradójicamente, para darle un toque más natural al recinto. Los tres compañeros habían terminado por fin la primera semana de clase post-Navidad. Sentados en un banco de piedra, debatían acerca del fin de semana. Borja acababa de proponerles un nuevo plan.

–El invierno llega a Madrid cada año más tarde… –observó Luis intentando cambiar de tema.

–Bueno, ¿qué coño es eso del muelle? –preguntó Nico.

–¿De verdad no sabes lo que es el muelle? –respondió Borja en tono sarcástico.

–¿Y por qué voy a saberlo? Bueno, me da igual lo que sea. No contéis conmigo. Y menos si es en casa del gilipollas de Chema.

Había pasado un mes desde el incidente del mendigo. Nico era incapaz de olvidar la miserable choza y el olor a orín que desprendía. Aquella noche habían ido demasiado lejos, o eso creía… ¿Era posible que no lo recordara? Podría habérselo preguntado a sus compañeros, pero no habría conseguido más que unas risas a su costa. Aunque con ellos exageraba su malestar, en su fuero interno sólo sentía remordimientos en momentos muy puntuales. Al fin y al cabo, quizás no hubiera nada de lo que arrepentirse…

–A ver si bajamos esos humos, Nicolás –dijo Borja–. ¿Qué pasa, Papá Noel no te ha traído lo que le pediste? –Luis soltó una carcajada silenciosa, expulsando el aire por la nariz–. ¿Y qué tiene que ver que Chema sea un gilipollas? ¿Te crees que a mí me cae bien? A veces hay que tragar con gente que no te gusta para conseguir algo a cambio. Es un principio básico de las relaciones humanas… Pero volvamos al muelle. Voy a contarte rápidamente cómo se juega. La primera regla es que todo el mundo debe desnudarse. No tendréis nada de lo que avergonzaros, ¿no? –preguntó con una sonrisa.

Luis y Nico no respondieron.

–Los tíos nos sentaremos en el suelo –continuó–, formando un círculo alrededor de las tías. Entonces pondremos música y ellas empezarán a girar como en el juego de las sillas. Cuando deje de sonar, tendrán que sentarse sobre el tío que esté en su posición y follárselo hasta que uno de nosotros se corra. Luego se le vuelve a dar al play y…

–Supongo que los tíos llevaréis condones, ¿no? –le interrumpió Nico.

–De eso nada –respondió Borja–. Se perdería toda la gracia.

–Muy bien. Esta vez os habéis superado –Se levantó del banco.

–Siéntate, Nicolás. Aún no te he dicho quién es el ganador.

–Hombre, quién pierde ya lo sé: la que se queda embarazada.

–Siéntate y déjame terminar. –Nico obedeció–. Así me gusta. Decía que hay dos categorías. Para los tíos, el que se corre se elimina, y para las tías… Chema quería eliminar a la que hiciera correrse al tío, pero yo propuse una solución mejor. ¿A que sí?

–La verdad es que sí… –respondió Luis asintiendo varias veces con la cabeza.

–Mi teoría –prosiguió Borja– es que las tías no se lo iban a pasar bien, y a la larga acabarían estropeando el juego. Si para seguir con vida tienen que evitar que nos corramos, está claro que van a hacerlo mal aposta. Por eso pensé que hay que hacerlo justo al revés: que gane la tía que haga correrse a más tíos. Así se esforzarán por hacerlo bien. Cada dos o tres rondas iremos eliminando a la que menos puntos lleve, para equilibrar el número. También se me ocurrió dejar una ronda de descanso después de cada corrida, por si la tía quiere limpiarse y esas cosas… Y por supuesto no pueden faltar los premios. El mismo para el ganador y para la ganadora: un polvete en la suite de los padres de Chema con la persona que elijan.

–¡Planazo! –exclamó Nico en tono irónico–. Y volviendo al detalle del embarazo…

–Ah, sí. Tranqui que está todo pensado, Nicolás. El hermano de Chemita sabe dónde esconde su viejo las llaves de la farmacia. Va a conseguirnos un cargamento de “píldoras del día después” a cambio de que le dejemos jugar.

–Antes no me habías dicho lo de las píldoras… –intervino Luis–. Visto así, la cosa cambia.

–Pues claro –dijo Borja–. Realmente no hay ningún peligro.

–Entonces estoy dentro. Es como la botella pero para adultos…

–Ése es el espíritu. ¿Tú qué dices, Nicolás? ¿Te va convenciendo el asunto?

–Va a ser que no. Por cierto, ¿alguno de vosotros ha oído hablar de las ETS?

–Joder con lo que sale éste ahora –respondió Borja despectivamente–. Pues, teniendo en cuenta que me he follado a la mitad de la clase sin condón, ¿por qué iba a tener remilgos en follarme a la otra mitad? Mira, Nicolás, vamos a hablar en serio porque éste es un tema que me revienta –dijo levantándose bruscamente. Su tono de voz se volvió agresivo y empezó a gesticular exageradamente con los brazos. Luis y Nico le miraban algo asustados–. No pongáis esa cara de idiotas. ¿Es que soy el único de este banco que folla sin condón? –No les dio tiempo a responder–. Mi dilatada experiencia me dice que, a la hora de la verdad, casi ninguna tía te pide que te lo pongas. ¿Y cuál es el problema? ¿Enfermedades de transmisión sexual? ¡Coño, que no estamos en África! Para que te contagien aquí el SIDA tienes que ser maricón, o follarte a una yonki o a una puta, o pincharte con una jeringuilla usada. Pero ¿por follarte a una tía normal? Ni de coña. Y vale, puede que haya un 0.0001% de que la marcha atrás no funcione. Si tienes esa mala suerte, pues a cortar por lo sano. Eso sí, el aborto se paga a medias: un hombre debe apechugar con sus actos.

Hubo un silencio incómodo de casi un minuto. Borja miraba fijamente el escudo de la universidad. Luis y Nico no se atrevían a levantar la cabeza.

–¡Puf! ¡Qué tarde se ha hecho! –exclamó Luis, quien no soportaba los momentos tensos.

–Sí, vámonos –dijo Borja retomando su tono de voz habitual–. Espero no haberte molestado, Nicolás. No es nada personal, sólo expresaba mi opinión. Me molaría que vinieras esta noche, aunque sea a echarte unas copas y unas risas.

–No pasa nada –respondió Nico amablemente–. Pero no creo que vaya, la verdad.

 

Chema vivía en una callecita perpendicular a Arturo Soria. Sus padres les habían dejado, a él y su hermano, a cargo del chalet durante el fin de semana.

–Pensaba que ya estábamos todos –dijo al escuchar el telefonillo. En la pantalla apareció la cara de Nico–. Es tu amigo el rarito, Borja. No me dijiste que fuera a venir.

–Claro que te lo dije –respondió Borja sin inmutarse–. Ábrele, anda.

Nico lanzó un “hola” al aire y recibió un par de saludos con la cabeza. Había unos quince compañeros de clase sentados alrededor de una gran mesa de madera. Borja fue el único que se levantó a darle la mano.

–¿Todo bien, Nicolás? –le preguntó.

–Sí, ¿puedo echarme una copita?

–Claro, vamos a preparar otra mezcla. –Cogió el barreño que había sobre la mesa y le indicó que le siguiera.

–¿Cómo es que estáis con mojito? –preguntó Nico al entrar en la cocina.

–Porque es mi bebida favorita, ¿no te jode? –respondió Borja mientras se deshacía de las sobras de la mezcla anterior.

Sobre la encimera le esperaban los ingredientes para preparar un nuevo barreño. Echó varias hojas de hierbabuena y azúcar en abundancia. A continuación, exprimió un par de limas. Al tiempo que removía todo con un cucharón de madera, informó a Nico del plan que había trazado junto a Chema. Después colocó el barreño bajo un grifo de hielos triturados y añadió dos botellas de ron blanco y tres litros de zumo de limón. Por último, sacó de su bolsillo trasero una bolsita con pequeños cristales de color marrón claro y la vacío sobre la mezcla.

Nico, que no había perdido detalle del proceso, preguntó por el contenido de la bolsita.

–La clave para que el muelle sea un éxito –respondió Borja con una sonrisa.

En lugar de sentarse junto al resto, Nico decidió pasear por el salón con su copa en la mano. En las estanterías encontró una amplia colección en tapas duras de libros de todas las épocas. Estaban La Biblia, La Divina Comedia, El Quijote, las obras completas de Shakespeare, La comedia humana, Los episodios nacionales, La Regenta… Pensó en la gran cantidad de libros que él había leído y sus compañeros no… Finalmente, se unió al grupo, pero las conversaciones le parecieron tan triviales que desconectó de inmediato y siguió pensando en sus cosas mientras se emborrachaba en silencio.

Dos barreños más tarde, todo el mundo tenía la sensibilidad a flor de piel y reinaba el buen ambiente.

–Podríamos jugar a algo, ¿no? –dijo Chema al recibir la señal de Borja.

–¿Cómo qué? –preguntó Eva haciendo un esfuerzo por vocalizar–. A mí mientras no sea un strip póker como la última vez… ¡Vaya coñazo de juego!

–¡Qué va! –respondió Chema–. Tengo una idea mucho mejor.

A los hombres se les iluminaron los ojos, tanto a los que conocían el muelle como a los que no. Las mujeres se miraban de reojo unas a otras. Sus caras de póker sólo se alteraron, tornándose en caras de asco, con la intervención de Antonio. Éste intentó explicar cómo había conseguido las píldoras, pero Chema le gritó que “cerrara la puta boca y le dejara terminar”. Al ver que el plan estaba a punto de venirse abajo, Borja decidió intervenir.

–A ver, que creo que no ha quedado muy claro –dijo levantándose de su silla.

El muelle parecía algo totalmente distinto contado por él. Tanto su lenguaje gestual como su tono de voz expresaban calidez, incluso inocencia. El mensaje entre líneas era: “Yo tengo las mismas dudas que vosotras, pero, al fin y al cabo, es sólo un juego. Vamos a probar y, si no nos gusta, pues hacemos otra cosa y listo”. Su discurso dio resultado. Eva fue la primera en caer, y el efecto dominó se encargó del resto. Mónica y las dos Anas habían encabezado el movimiento de oposición, pero, viendo que se quedaban sin apoyos, acabaron por ceder a la presión social.

 

Reinó la deportividad durante todo el juego. Algunas mujeres quisieron descalificar a Nico por sus repetidos problemas de erección, pero Borja se negó en rotundo. Nico, quien lamentaba profundamente haberse unido al muelle, se defendía arguyendo que había bebido demasiado. Eva se puso en cabeza tras eliminar a Antonio y ya no volvió a ceder el liderazgo: a falta de una ronda, era la ganadora matemática con cinco puntos. Mónica se esforzó al máximo por alcanzar a su eterna rival, pero llegó a la final con sólo tres puntos. Aparte de ellas dos, quedaban Luis, Nico y Alba. Mientras Eva estaba en su ronda de descanso y Alba trataba de introducirse el flácido miembro de Nico, Luis soltó un alarido de placer al correrse dentro de Mónica (haciendo que ésta consiguiera su cuarto punto). En ese momento detuvieron el juego: Nico y Eva eran los ganadores. Borja pidió una ovación para ellos.

A nadie le sorprendió que Eva eligiera a Borja como premio. Nico, por su parte, se decantó por Mónica.

–Mira, Nico –le dijo Mónica al entrar en la suite–. Yo creo que ninguno de los dos queremos hacer esto. Te propongo que esperemos unos minutos y salgamos. Nadie tiene por qué enterarse.

–De eso nada –respondió Nico furioso por el comentario–. Son las reglas del muelle.

La tumbó boca abajo sin mediar más palabra y la penetró con violencia sujetándola de las muñecas. Mónica hundió la cabeza en la almohada y permaneció inmóvil durante todo el proceso. Al terminar, Nico se vistió de espaldas a su compañera y salió de la habitación.

Borja se levantó a darle la mano en cuanto reapareció por el salón.

–Enhorabuena, campeón –le dijo.

–Me piro a casa –respondió Nico secamente.

Caminó tambaleándose hasta la puerta y se fue sin despedirse de nadie.

Cuando Borja y Eva entraron en la suite, Mónica seguía en la misma posición. Al despegar su cabeza de la almohada y ver que lloraba desconsoladamente, Borja la cogió en brazos y la sacó del cuarto. Unos segundos después regresó junto a la ganadora del muelle, que le esperaba desnuda bajo las sábanas.

HENRY ROMANOV