Va subiendo la corriente,

con chinchorro y atarraya…(dos tipos redes de pesca)

Lidia, sentada a popa, mira absorta a su abuelito remar en la punta de la canoa. Está maravillada por la facilidad con la que el viejito hace avanzar el pequeño bote contracorriente: hunde la pala del remo, ancha y puntiaguda, con tanta delicadeza que no salpica más que unas pocas gotas; no empuja el agua, tan solo la acompaña en su descenso, suavemente, acariciándola antes de separarse de ella; eleva el remo y lo cambia de lado, recolocando las manos; lo vuelva a sumergir dulcemente y así repite una y otra vez, con la canoa pegadita al canto, donde el agua baja más despacio que por el centro del río.

…la canoa de bareque,

 para llegar a la playa.

De derecha a izquierda y de izquierda a derecha, el abuelo acompasa el ritmo con una cancioncilla que a Lidia le suena muy linda. Él la canta cada vez que salen a pescar y la niña se sabe la letra de memoria, pero le gusta tanto escuchar al viejito entonarla que se deja llevar por esa voz áspera y al mismo tiempo acogedora, sin querer sumar la suya a la canción.

La canción del valiente,

del valiente pescador.

En el pueblo, a su abuelo le llaman Chato o don Andrés, depende de la edad de la persona que le trate: los jóvenes se dirigen a él con tanto respeto que parece más bien admiración, y los adultos se vuelven prudentes en su presencia; sólo los viejitos se atreven a bromear con él sin ningún complejo, es hombre de buen carácter. Lidia sabe que su abuelo es el mejor del mundo. ¡Cuánto le quiere! Y a su mamá también, claro. Pero con él va a todas partes, anzuelean en las cochas y tienden la trampa para atrapar los peces de noche, recogen frutas silvestres, copal para embrear la canoa… incluso, le ayudó a hacer un bote de un tronco grueso. A cazar no va con él, eso es peligroso. En cambio, su madre siempre está de mal humor y le grita mucho, sus únicas dedicaciones son lavar ropa, cocinar y sacar yuca de la chacra. A Lidia no le gusta hacer esas cosas, no por que sea cansado, sino porque prefiere el monte, grande y salvaje, para andar por todas partes. Su madre quiere tenerla a su lado a cada instante, pero la niña se escapa en cuanto ve al abuelo dirigirse al río; sin pensárselo dos veces, echa a correr tras él, subiendo de un salto a la canoa que éste ya ha botado al río.

Sabe mucho el abuelo, le cuenta todo lo que se debe conocer del bosque y de sus ríos. Como cuando le explicó la forma de hablarle al Tío viejillo, un diablillo del bosque, para que no se enfade con ella. Una vez, su abuelo la llevó a la chacra del diablillo, donde tiene éste su casa. Estaba muy adentro del monte, lejos del pueblo, hubo de andar mucho para llegar. Bien limpio de hierbas estaba, ni arbustos ni nada, sólo unos árboles muy altos y otros más bajitos llamados caimitillos, los cuales dan una fruta pequeña y muy rica. La chacra del Tío Viejillo se llama Shupachacra y hay en ella una hamaca hecha con dos lianas muy gruesas en donde el diablillo se mece y duerme cuando es de noche; también hay una mesita y una silla para sentarse a comer, y al costado, una quebrada limpia en donde tumbarse en la arena, cerca del agua. Si coges algo de aquella chacra, un fruto o agua o cualquier otra cosa, tienes que pedirle permiso o se puede enfadar. ¡Tíoooo!, le gritas, ¡Gracias por el caimitillooooo! No se debe hacer rabiar a los espíritus porque si se rabiaban te pueden hacer mal, llevarte consigo o matarte. Pero haciendo lo correcto, respetando las normas del monte, todo va bien.

El pescador habla con la luna…

El río está muy crecido y bajan infinidad de palos de todos los tamaños procedentes de varios kilómetros más arriba. Se internan por la tranquila Cocha del Paiche, de aguas oscuras, bajo la sombra de ramas que se cierran sobre sus cabezas. Avanzan despacio, desgarrando la quietud de la tarde, abriendo la superficie atestada de palitos y hojas muertas que flotan en un caldo espeso y turbio. Tras de sí, la estela que la canoa abre con su proa se va cerrando hasta desaparecer.

…el pescador habla con la playa…

El abuelo le pide a Lidia que le alcance la trampa. Ella le acerca un saco sucio y pesado. El viejito, sin dejar de cantar, extrae una red verde, enrollada sobre sí misma, y ata uno de los extremos a una rama que sobresale del agua. Después hace avanzar la canoa aún más lentamente mientras tiende la trampa en el agua, desenrollándola con mimo hasta dejarla bien desplegada. Cincuenta metros después se termina la red y busca otra rama para atarla.

…el pescador no tiene fortuna…

Ella no tiene padre… bueno, lo tuvo pero ya no, se fue. Lidia no sabe por qué se fue, ni a dónde. Su madre sólo habla mal de él y su abuelo le dice cosas raras que ella no entiende. “Tu padre no tuvo suerte en la vida” ¿Qué es suerte, abuelito?, le pregunta ella. “Suerte es lo que se necesita para que te vaya bien, nietita.” Sigue sin entender. Suerte. ¿Tendrá ella suerte en la vida?

…sólo su atarraya.

Lo que está claro es que Lidia tiene a su abuelito y a su mamita, y aunque ésta le riña, y alguna vez, incluso, le haya golpeado en la cara al portarse mal, les quiere mucho a los dos. El mundo de los adultos es complicado, lleno de cosas que la niña no comprende, es difícil saber cómo comportarse. No sabe por qué su madre llora y se queja por las noches, ni por qué los vecinos hablan mal de su padre. Los recuerdos que Lidia tiene sobre él son buenos: le cantaba por las noches antes de dormir y cuando regresaba del monte la levantaba del suelo y la lanzaba hacia el cielo, hasta casi tocar las nubes, para luego descender más y más rápido y ser recogida entre sus fuertes brazos… Oyó decir a los vecinos que su papá era un hombre malo y que por eso se había ido, pero eso no es verdad, un hombre malo no se ríe ni canta tan bien como lo hacía su padre. A Lidia no le gustan las personas, no son buenas las unas con las otras, chismosean sin parar. Prefiere la libertad del monte, no le da miedo, gracias a su abuelo conoce sus secretos y sabe lo que tiene que hacer en cada momento.

Revisan la decena de anzuelos que colocaron el día anterior: dejaron atados varios cordeles en diferentes ramas y colocaron en el extremo que iba a quedar sumergido un trocito de yuca engarzado como cebo. Comprueban con calma cada uno de ellos, haciéndolos emerger, sin ninguna fortuna. “Ves, nietita, esto es no tener suerte.” Lidia comienza a entender. El abuelo pone rumbo al puebo; rema tranquilo y sin esfuerzo parece danzar lentamente, moviendo los hombros y la cabeza al son de su inseparable canción.

...sólo su atarraya.

A la salida de la cocha, el viejito queda inmóvil con la vista fija en el centro del río. Hay algo raro ahí en medio… parece un plástico blanco, reluciente, que baja arrastrado por la corriente. ¿Qué será? Comienza a remar al encuentro del extraño objeto. Deja el remo en la canoa y saca el bulto del agua. No es un fardo grande pero sí pesado y compacto, envuelto todo él en plástico blanco. La canoa desciende a la deriva arrastrada por la corriente. El abuelo inspecciona el paquete. Lidia está ansiosa por preguntar lo que es, pero espera a que su abuelo se pronuncie primero. El hombre deja el bulto en la canoa y alza de nuevo el remo. Esta vez rema mucho más tenso, olvidándose incluso de cantar, saliéndole a relucir unas gruesas venas en los antebrazos. Ante este cambio de actitud, la niña pregunta, ¿Tenemos suerte abuelo?, a lo que él contesta: “No lo sé todavía, nietita, pregúntamelo dentro de unos días.”

Una vez en el pueblo, jugándose un fuerte cocacho, Lidia logra meter la cabeza entre el grupo de hombres que, apelotonados en la playa, admiran el extraño paquete. Lo rajan por un lateral y se preguntan qué puede ser. Uno de ellos afirma que es pasta de coca, no tiene dudas. La niña no sabe que es eso de la coca, nunca antes lo ha escuchado, pero los hombres sí que lo saben y sin más palabras corren hacia sus canoas y comienzan a surcar el río. El abuelo cierra el paquete y se lo lleva a casa. ¡La locura ha comenzado!

Durante tres días seguidos no hay hombre en el pueblo que se acuerde de ir a cazar ni a pescar, ¡no tienen tiempo para ello! Salen de madrugada en sus botes y remontan el río, regresando entrada ya la noche. Traen consigo muchos paquetes, igualitos al primero que encontró su abuelo. Primero, porque después de ése, su abuelito trajo muchos más.

Durante el día no queda nadie en la comunidad, pues todos los moradores de El Fin se encuentran río arriba buscando y rebuscando los preciados paquetes. Sin embargo, durante la noche, cuando están ya de regreso, reina en el lugar una excitación y algarabía inusitadas, como si todos ellos hubieran ganado un premio en el bingo. Lidia les escucha reír y bromear dando voces de casa en casa. Las mujeres también abandonan sus quehaceres cotidianos, dejando de ir a las chacras para sumarse a la intensa búsqueda. Así que no hay nada para comer más allá de frutas y un poco de carne seca. Pero no parece importarles pasar penurias, todos los comuneros sin excepción se encuentran de muy buen humor, incluido los niños, que, como es habitual, se han contagiado del ánimo de los adultos. Lidia también está muy contenta y ríe a cada rato, esto de buscar por el río paquetes sorpresa le resulta un juego muy divertido y emocionante.

Cada vez tienen que subir más y más corriente arriba para encontrarlos, compitiendo entre ellos, haciendo carreras, alejándose mucho del pueblo. Hasta que al tercer día, tras una de las mil vueltas del río, se topan con un amasijo de chatarra bien grande, blanco y azul, que se mantiene medio hundido, atrapado entre las ramas de un árbol caído.

Algunos hombres se acercan. ¡Es un avión!, exclama uno de ellos. Al instante un joven se lanza al agua, manteniéndose sumergido durante varios segundos, y, cuando sale, explica tembloroso, Un muerto. El piloto, parece. Una exclamación de espanto surge al unísono de las canoas. Los comuneros se santiguan y rezan lo que saben. Ante el pánico de sus mayores, los niños se asustan mucho. Lidia también, aunque no sabe la razón. El mundo de los mayores es complicado, tan pronto están alegres como al segundo parecen temblar.

Se abandona la búsqueda de golpe y regresan al pueblo sin demora. De repente la situación ha dado un vuelco y donde antes todo era barullo y alegría, ahora se impone el silencio y el miedo. La falsa apariencia de triunfo se ha desvanecido. Nadie habla, sólo se oyen murmullos confundidos con el discurrir del agua en su descenso. Lidia está asustada, mucho, todavía más que cuando su madre se enfada con ella. Siente que en cualquier momento va a pasar algo grave, violento. Observa con preocupación a sus mayores, dispuesta a saltar y a huir al más mínimo signo extraño. Pero este no llega. El pueblo se sume en una profunda parálisis: no se escuchan voces salir de las casas, los niños no juegan en el campo de fútbol, los hombres no van al monte, las mujeres barren sus casas de puntillas, tratando de que ni una tabla cruja bajo sus pies.

Al principio el ruido es como un rumor, casi inaudible, sin lugar de procedencia, pero crece y se extiende por encima del pueblo con ávida rapidez, encogiendo todavía más los corazones de los moradores. Se acerca un deslizador. Algunos hombres no pueden resistir el impulso de cargar su escopeta y dejarla a mano, oculta tras la puerta de la habitación. Lidia ve a su madre meterse en la cocina y a su abuelo sentarse tranquilamente en la escalera de la casa fumando un mapacho. ¡Qué hombre más valiente!, se admira la niña.

Llegan tres deslizadores con enormes motores fueraborda, cargados de hombres de uniforme verde, cada uno de ellos con un rifle en las manos. “Militares“, dice el abuelo tras expulsar una bocanada de humo. Diez de aquellos hombres descienden y se quedan de pie en el puerto, de cara a las casas, en formación. Dos deslizadores continúan surcando. El Chato se levanta, apaga el mapacho pisándolo con la sandalia y se dirige al grupo de militares. Ningún otro comunero se atreve a acompañarle. Lidia teme por su abuelito, quien es mucho más bajo que cualquiera de los hombres vestidos de verde. Habla con uno de ellos, el único que lleva gafas oscuras y chapas doradas en el pecho. Se entretiene largo rato con él. Transcurridos unos minutos eternos, un deslizador de los que surcó regresa ansioso. Lidia no puede escuchar lo que en el puerto se dice porque está demasiado alejado de su casa, pero sí sabe interpretar que el hombre de las gafas negras se ha enfadado mucho tras hablar con uno de los militares que acaba de regresar de lo alto del río. A gritos manda a los soldado sacar de sus casas a todos los comuneros y llevarlos al centro del campo de fútbol. Lidia no quiere ir, está asustada, pero su madre la jala fuertemente del brazo y se la lleva a rastras. La niña llora a gritos, berreando de miedo.

Comienza a llover con fuerza y la improvisada concentración queda empapada en un instante. El oficial permanece impávido ante las súplicas de los comuneros por resguardarse de la lluvia en el colegio. Mientras algunos soldados les custodian, los restantes se introducen en las casas y van sacando los paquetes de pasta de coca que encuentran en ellas, amontonándolos cerca de los deslizadores. Se forma una gran pila.

– Andrés Pacaya… Debería llevarte conmigo, viejito, por mentiroso- amenaza el oficial al abuelo de Lidia-. Pero ya me voy contento con todo esto. Sigan con su caza y su pesca, esto no va con ustedes. Les queda grande.

A toda prisa, cargan los paquetes en los deslizadores y se van por donde vinieron… Lidia abraza a su abuelo, prieta la cara contra el muslo. El anciano le acaricia la frente y le limpia las lágrimas.

– No llores, nietita, todo está bien- la levanta por los hombros y se encamina a la casa-. ¿Sabes?, con tanta bulla se nos olvidó revisar la trampa que colocamos hace tres días. ¿Vamos?

La niña cambia su expresión y asiente con la cabeza. Al poco, están de nuevo surcando con la canoa como si nada hubiera sucedido, su abuelito cantando y remando con suavidad y ella escuchándole con una sonrisa enorme en el rostro.

La canción del alegre,

del alegre pescador.

– No es alegre, es valiente- le interrumpe Lidia.

– ¿Cómo?

– Que la canción no dice alegre pescador, dice valiente pescador.

El viejo ríe con fuerza.

– La canción es como cada uno la canta. Yo la canto como yo quiero… así es la canción.

Llegan a la cocha del Paiche y encuentran la red destrozada. El abuelo no se sorprende.

– Mucho tiempo ha estado tendida, los lobos de río se han comido los peces y han roto la trampa. Hemos descuidado nuestro trabajo de pescadores.

Sacan lo que queda de la red y la suben a la canoa. Hay tres peces enredados en ella. El abuelo sonríe a Lidia.

– Con esto ya tenemos para un panguito de cena.

Ella sonríe también, tiene mucha hambre. Ponen rumbo al pueblo. El abuelo entona como sólo él sabe hacer, despacito y dulce, acompasando el remo. A la salida de la cocha, cuando ésta se abre al río, la niña recuerda algo que todavía le queda pendiente de averiguar:

– ¿Hemos tenido suerte, abuelito?

El viejo no se inmuta y sigue cantando:

El pescador no tiene fortuna…

Sólo su atarraya…

Sólo su atarraya…