No me importa si hay vida en Marte, o si París arde, esta noche llegaremos tarde.

VIOLADORES DEL VERSO

Borja era el líder indiscutible del grupo. Tenía el pelo rubio y los ojos claros. A sus veintiún años aún no le había crecido la barba, por lo que seguía pareciendo un niño. Poseía un gran don de gentes y sabía cómo adaptar su forma de mirar, hablar y actuar a la persona que tuviera enfrente. Con las mujeres se mostraba seguro de sí mismo y descarado; con los amigos, como un líder comunicativo e incluso flexible (aunque su criterio siempre acababa imponiéndose); con los profesores, humilde y respetuoso. Luis y Nico se habían pegado a él como una lapa desde aquella clase de Introducción a la Economía de la Empresa. Sabían que Borja conseguía todo lo que se proponía. Les pasaba los mejores apuntes y les invitaba a las mejores fiestas. Ellos, a cambio, le pagaban con su lealtad.

Luis, el segundo de abordo, era moreno, de ojos azules y unos centímetros más bajo que Borja. Había vivido desde niño a la sombra de otros, algo a lo que fingía no dar importancia. Muchas mujeres lo consideraban el más guapo de los tres, pero en la práctica todas elegían a Borja (a pesar de su mala fama con el sexo opuesto). Era también el que mejores notas sacaba, aunque nadie ponía en duda que Borja acabaría en un puesto de trabajo mejor.

Nico era el más tímido de los tres. Su carácter taciturno, su baja estatura y su piel morena producían rechazo entre sus compañeros (de manera consciente o inconsciente). A nadie en la facultad le interesaban los libros que leía ni las películas que veía. En cuanto a lo de visitar museos y exposiciones, era un vicio totalmente inconfesable.   

Borja y Luis iban vestidos de forma similar aquella tarde: con zapatos náuticos marrones, vaqueros ajustados de color azul oscuro y abrigos con capucha de plumas. Borja lucía además una bufanda marrón. La indumentaria de Nico contrastaba como siempre con la de sus compañeros: zapatillas de deporte blancas, pantalones anchos y la chupa de cuero heredada de su padre.

–Aún sigo pensando en el puto mendigo –dijo Borja mientras se servía una copa de Havana 7 con Coca-Cola–. Pásate unos hielos, tú, que no veo una mierda.

Eran sólo las siete de la tarde, pero la noche había caído ya sobre el Parque de la Virgen. Únicamente el Clínico y la parte de atrás del museo de América arrojaban algo de luz sobre su posición. Habían elegido unos arbustos situados un poco más abajo de la estatua de la Virgen. No querían ser descubiertos por la policía: la multa por beber en la calle era de seiscientos euros.

Luis tanteó el suelo con la mano hasta dar con la bolsa. Borja extendió su copa y su compañero le sirvió dos hielos con cuidado de no salpicarle.

–¿Qué pasa con el mendigo? –preguntó Nico, quien permanecía algo apartado, sentado sobre una roca.

–¿Cómo que qué pasa? –contestó Borja despectivamente–. ¿Es que no has visto qué maleducado? ¡Si ni siquiera nos ha dado las gracias!

–Bueno, tampoco es para tanto… –dijo Luis. A veces soltaba maquinalmente frases de ese tipo. Su intención no era enfrentarse a su amigo, sino darle pie para que siguiera hablando, como un actor de teatro a otro. A Borja no le molestaban las insustanciales críticas de Luis siempre que se mantuvieran dentro de una línea. Éste, por su parte, tenía la experiencia de toda una vida en no traspasar esa línea.

–Así que no es para tanto, ¿no? Si hay algo que no soporto es la falta de educación. El hecho de ser un despojo de la sociedad no te da derecho a tratar así a la gente. Mirad por ejemplo a Rubalcaba, el mendigo de mi barrio. Bueno, no sé si es exactamente un mendigo, creo que vive en casa de una vieja que le da de comer… El caso es que Rubalcaba se pone todas las mañanas a pedir en la esquina de mi calle. Siempre de pie junto al mismo quiosco. No voy a decir que vaya bien vestido, pero al menos no huele mal, y a las señoras del barrio les cae bien porque es muy educado. A eso es a lo que me refiero. Ya sabéis que uno de mis principios es que nadie debería vivir sin trabajar. Nosotros podríamos vivir del dinero de nuestros padres, pero a ninguno se nos pasa por la cabeza. Vale que mientras seguimos en casa nos pagan la universidad y nos dan pasta para nuestros gastos, pero eso es distinto… Lo que digo es que al menos Rubalcaba conserva parte de su dignidad. Aun así, no soporto a los mendigos. Me parecen seres detestables, parásitos de la sociedad. No tienen amigos y su familia no quiere saber nada de ellos. No hay razón para que existan. Si de la noche a la mañana se extinguieran todos, no derramaría ni una lágrima. Aunque os digo una cosa, cada vez que pasara por ese quiosco, me acordaría de Rubalcaba.

Se detuvo para dar un trago de su copa.

–Hombre, lo de matarles me parece un poco radical… –apuntó Luis.

–¿Te vas a poner ahora en plan sentimental? Es como lo que hablamos el otro día de deportar a los inmigrantes que vienen a España a robar. Al principio no estabais de acuerdo, pero os quedasteis sin argumentos y tuvisteis que darme la razón.

–Pues sí, en el fondo no hay tanta diferencia… Hombre, igual yo no los mataría, pero claro, a ver dónde encuentras un país que quiera acoger a tantos mendigos… –dijo Luis asombrado ante su propio ingenio.

Pero Borja ya no le prestaba atención. Su punto de mira se había desviado hacia Nico. Estaba seguro de que su compañero iba a decir algo.

–Creo que pasas por alto el “círculo vicioso del mendigo”.

–¡Ya está el personaje éste con sus teorías extrañas! –respondió Borja dándole una palmada en el hombro a Luis. Éste movió la cabeza hacia los lados y puso los ojos en blanco–. A ver, sorpréndenos.

–No es ninguna teoría extraña –prosiguió Nico–. Imagínate a una persona que se queda en el paro. Llegará un día en que no podrá pagar el alquiler o la hipoteca, ¿no? Y si no conoce a nadie que le preste dinero, irá directa a la calle. Es algo que nunca nos va a pasar a nosotros, pero puede pasar. ¿Y quién va a darle trabajo a alguien que no tiene casa? Tarde o temprano se cansará de buscar y empezará a robar o a pedir limosna para sobrevivir. Es el “círculo vicioso del mendigo”. Una vez entras, es imposible salir.

–¿Y qué tenemos que ver nosotros en todo esto? –preguntó Borja. En su mente comenzaba a fraguarse un plan–. ¿Acaso es culpa nuestra que ese tipo se haya quedado en la calle? Lo único que le pido es un mínimo de educación.

–Con la gente pasa lo mismo. Puede que este tipo fuera como tu Rubalcaba hasta que un día perdió la posibilidad de ducharse y empezó a oler mal. Entonces la gente empezó a darle de lado, él se volvió borde con la gente, la gente borde con él… Lo que quiero decir es…

Un ruido de pisadas le impidió terminar la frase: el mendigo estaba de vuelta.

–Perdonad, chavales, necesito fuego otra vez… ¿Y no os sobrará una copita por ahí?

–Las copas son las últimas –respondió Borja mientras sacaba su caja de cerillas–. Y fuego… Aquí tienes. –Prendió una cerilla y esperó a que el mendigo se le acercase–. Todo el fuego que necesites.

–¿Seguro que no tenéis una copita? –insistió el mendigo. Ante el silencio de los jóvenes, decidió dar media vuelta. Pero, entre la oscuridad y las prisas, no vio la botella de Coca-Cola que se interponía en su camino.

Nico apartó los pies en cuanto sintió el líquido en los calcetines. Miró de reojo a sus compañeros. Esperaba que éstos hicieran o dijeran algo, pero no fue así. El mendigo desapareció entre los arbustos sin pedirle perdón.

–Bueno –preguntó Borja–. ¿Qué opinas ahora de tu amigo?

–Pues, ¿qué quieres que opine? –respondió Nico furioso–. Que es un gilipollas. Encima de que le damos un cigarro, viene aquí exigiendo más y me mancha las zapatillas. Ahora tengo que llevarlas sucias toda la puta noche. –Sus compañeros estallaron en una carcajada.

–Bueno, hablemos de cosas importantes, chavales –dijo Borja cambiando de tema. Sabía que, si seguía ahondando en lo ocurrido, su plan podría venirse abajo. Era mejor dejar que Nico enviara toda su rabia al subconsciente. Así sería más fácil manipularle cuando llegara el momento–. ¿Cómo veis la noche? ¿Tenéis en mente alguna pivita de clase?

–¡Yo a lo que caiga! –exclamó Luis.

–A mí esas cosas me la sudan –respondió Nico.

–Ya, al final van a ser verdad ciertos rumores que se oyen por la uni.

Nico amagó con levantarse, pero Borja le indicó con un gesto que no era buena idea.

–Y tú, Borja, ¿qué tienes pensado? –preguntó Luis.

–Pues está chunga la cosa. Tengo ahí a Mónica y a Eva, pero ¿sabéis qué? Creo que ya me he cansado de las dos. Me apetece carne fresca.

–Qué cabrón –dijo Luis tratando de esbozar una sonrisa. Todas las mujeres eran ganado para él: todas menos Mónica.

Siguieron divagando durante un par de horas acerca de sus compañeras y otros temas relacionados con la universidad. Terminaron con la mitad de la segunda botella y, cuando estaban a punto de encaminarse hacia la discoteca, Borja puso en marcha su plan.

–¿Sabéis lo que podríamos hacer antes de irnos? Vengarnos del mendigo.

–¿Qué estás tramando? –preguntó Luis algo asustado.

–Pues quemar esos cuatro cartones a los que él llama casa.

–Ni de coña –balbuceo Nico bajando la mirada.

–Es un poco radical… –apuntó Luis.

–A ver, es sólo una pequeña lección. No veo qué hay de malo en quemar cuatro cajas mal puestas. Mañana puede construirse una igual.

–Hombre, visto así…

–¿Tú qué dices, Nico?

–Haced lo que queráis, pero no contéis conmigo… –empezó a decir, pero de pronto se le cruzó otro pensamiento. ¿Qué coño le importaba a él el mendigo? Así aprendería a tratar mejor a la gente.

–¡Bah! –dijo levantando bruscamente la cabeza. Se mareó un poco al ver las caras de sus compañeros–. ¿Sabéis lo que os digo? Que él se lo ha buscado, por mancharme las zapatillas.

Se adentraron entre los arbustos en la dirección por la que había huido el mendigo. Borja iba delante, seguido muy de cerca por Luis. Nico caminaba con dificultad unos metros más atrás. Finalmente encontraron una fortificación hecha a base de sacos, cuerdas, cajas de cartón y palés de madera. Borja se asomó para asegurarse de que no había nadie dentro. El olor le hizo reafirmarse en su propósito.

–Pásame la botella –ordenó a Luis.

–Toma –contestó éste.

–Y tú, pásame el mechero.

Mientras estiraba el brazo para coger el mechero de Nico, hizo chocar la botella contra el bolsillo donde guardaba las cerillas. Había encajado todas las piezas del plan como un maestro relojero. Nunca se había sentido tan poderoso.