Tú sólo debes hacerte una pregunta: ¿cómo consigo que ellos se pregunten qué va a pasar? No hay que dar tregua al lector. Siempre debe estar en tensión. El lector es como el sultán de Sherezade. “Si me aburres, te corto la cabeza”. Pero dale una buena historia y el sultán te entregará su corazón; el sultán y quien sea, la gente necesita que le cuenten cuentos: la vida sin cuentos no vale nada.
Dans la maison

Los chicos y yo nos reunimos a las seis de la tarde en un pub del centro de Manchester. Celebrábamos una nueva edición de nuestro concurso anual de relatos sobre crímenes. Algunos veíamos en aquellas quedadas la excusa perfecta para no perder el contacto; otros, una competición en toda regla. En cualquier caso, todos lo pasábamos en grande compartiendo historias entre pintas de sidra y cerveza.

Nuestra amistad se había forjado durante los años de academia. Después las circunstancias de la vida nos habían desperdigado por todo el país. A grandes rasgos las cosas nos iban bien. Habíamos ascendido en la medida de lo posible. Teníamos esposa, hijos y una casa con jardín a medio pagar.

Las reglas del concurso, escritas en una servilleta durante nuestra fiesta de graduación, eran las siguientes. El lugar de las reuniones iría rotando de año en año. Cada uno de nosotros prepararía una historia a partir de un crimen real cometido en su ciudad. Por supuesto estaba permitido aderezar el relato con información confidencial. La última regla caía por su propio peso: lo que se dijera en las reuniones quedaba en las reuniones.

Todos los años yo quedaba el último invariablemente. La medalla de oro se la disputaban mis colegas de Londres y Blackpool. El resto nos moríamos de envidia al escuchar sus historias. Por extraño que suene, durante esas veladas todos soñábamos con vivir en ciudades plagadas de criminales despiadados.

Nos sentamos en una mesa grande junto a la ventana. Llevábamos un año esperando el momento, así que, tras el brindis de rigor, nos pusimos manos a la obra. Como siempre me preguntaron si no me importaba empezar. Querían quitarse de encima cuanto antes la historia más aburrida. Aunque ese año yo guardaba un as bajo la manga, acepté sin rechistar. “Ten paciencia”, me dije. “Los últimos serán los primeros”.

La historia real aparecida en la prensa es la siguiente. El 28 de septiembre del año 2016, a las 5.50 de la mañana, un hombre de 20 años acuchillaba a una mujer de 21 y a su novio de 33. La pareja acababa de terminar su turno de noche en la tienda de ropa Matalan, en pleno centro de Cardiff. En la comisaría tuvimos claro desde el principio que el agresor y las víctimas se conocían. Aun así, decidimos lanzar un comunicado que desvinculaba el crimen del terrorismo islámico y de la comunidad de homeless de Queen Street. Tranquilizar a la ciudadanía es prioritario en esos casos.

Mis colegas confirmaron estar al tanto del suceso. Después hubo un largo silencio durante el cual nos dedicamos a beber. Todos sabíamos que el crimen no tenía nada de extraordinario. Se había detenido al asesino una hora más tarde y el caso estaba a disposición judicial. ¿Había recorrido casi doscientas millas para volver a hacer el ridículo? Había llegado el momento de demostrarles que no.

 

A las dos semanas se presentó en la comisaría un inmigrante español de unos treinta años. Medía casi dos metros y estaba muy delgado. Llevaba el pelo corto y una frondosa barba le cubría toda la cara. Iba vestido completamente de negro, con zapatos, pantalones de traje, camisa de manga larga y delantal. Lo primero que pensé al verle fue: “Ha perdido el móvil o la cartera y viene a denunciar que se los han robado”.

–Buenos días. Vengo a hablarle del doble asesinato –me dijo para mi sorpresa.

–El caso está cerrado, joven.

–Para mí no. Tengo algo que aportar.

En circunstancias normales lo habría dejado en manos de algún subalterno. El problema era que faltaban diez días para el concurso y yo seguía sin mi maldita historia. En Cardiff se habían cometido solamente dos asesinatos ese año. A finales de febrero, un hombre de 36 años había apuñalado a su vecina de 65 en la zona de la Bahía. La hipótesis del móvil pasional podría haber tenido algún interés (dada la diferencia de edad), pero fue descartada de inmediato. En cuanto al doble asesinato, el rumor más extendido apuntaba a que la chica había sido novia del agresor. Sin embargo, la cosa era más compleja. Efectivamente, habían mantenido una relación, pero de tipo cibernético (ni siquiera estaba claro que se conocieran personalmente). En la comisaría barajábamos otra hipótesis. El asesino se había enamorado de la chica, quien, con la complicidad de su novio, le había dado a entender que el sentimiento era recíproco. Al descubrir que la pareja se había estado burlando de él, el agresor se había tomado la justicia por su mano. Yo había estado presente durante la detención y el breve interrogatorio. Se trataba de un joven de gran envergadura, tímido y temeroso; uno de esos seres que parecen incapaces de hacer daño a una mosca. ¿Y si el crimen había sido una venganza por el bullying sufrido desde pequeño? En cualquier caso, se trataba sólo de hipótesis, y yo seguía sin mi maldita historia.

–Vamos a mi despacho –le dije al español–. Allí podremos hablar más tranquilos.

Me arrellané en mi sofá de cuero y le ofrecí una de las sillas plegables. Antes de sentarse, sacó un sobre de su bolsillo trasero, lo desdobló cuidadosamente y lo colocó en una esquina de la mesa.

–¿No sabe que es peligroso llevarse la mano al bolsillo delante de un policía? –le pregunté.

–Especialmente si vives en América –me respondió con una sonrisa.

Analicé rápidamente qué clase de sujeto tenía delante. La vestimenta dejaba bien claro cuál era su trabajo: kitchen porter. Sin embargo, aunque de modales bruscos, se le veía una persona inteligente (su respuesta había sido ciertamente ingeniosa). Descarté su pertenencia a la mal llamada comunidad de homeless de Queen Street. Aunque polacos en su mayoría, se habían unido recientemente al grupo algunos africanos y otros europeos, además de los drogadictos locales (los únicos homeless de verdad). A pesar de su aspecto no eran gente peligrosa. De hecho, aunque el asesinato se cometió a ciento cincuenta metros de la esquina donde se reunían habitualmente, en ningún momento lo asocié con ellos. Lo único que me inquietaba de esa gente era que nunca subieran el sillín de sus bicicletas de segunda mano…

–Yo podría haber evitado el crimen, pero no lo hice –dijo el español por segunda vez. Y viendo que había captado mi atención, añadió–: Era tan sencillo como hacer esto. –Arrastró el sobre hacia mí, pero, al llegar al centro de la mesa, tiró de él y lo devolvió a su esquina.

–¿Quiere decir… que estaba usted al tanto? ¿Acaso conocía al asesino?

–No, pero tuvimos un breve encuentro esa misma mañana, en el Radisson Park Inn.

El asesino trabajaba, efectivamente, como recepcionista en dicho hotel. Era una información que aún no se había filtrado a los medios.

–¿Trabaja usted allí? –le pregunté tratando de pillarle en un renuncio. Habíamos interrogado a todos los empleados y sabía que él no figuraba en la lista.

–No, yo trabajo enfrente, en la cantina del edificio Admiral.

Su respuesta podía ser una muestra de confianza o un descuido de principiante. En cualquier caso, no parecía un sujeto peligroso, sólo extremadamente irritante. Verle toquetear el sobre me estaba poniendo de los nervios.

–Era la primera que vez veía al asesino –prosiguió–. De hecho, estaba tan nervioso… que sería incapaz de identificarlo… –Arrugaba el maldito sobre y lo doblaba, lo arrugaba y lo doblaba…–. Voy a confesarle algo, agente. Mi novia y yo estábamos atravesando una mala racha. Ella me dejó la noche antes del asesinato.

–¿¡Qué diablos hay en ese sobre!? –le grité casi sin darme cuenta.

Se quedó mirándome con los ojos abiertos como platos, pero no respondió. En ese momento sólo me quedaban dos opciones: echarle de mi despacho o dejar que fuera él quien marcara los tiempos. Me decanté por la segunda, por el bien del concurso. Le indiqué con un gesto que continuara.

–La mañana del crimen me presenté con esto en el Radisson. –Levantó el sobre, lo agitó en el aire y volvió a apoyarlo en la mesa–. Mi novia tiene una amiga trabajando en la recepción. Me acerqué al mostrador a preguntar por ella y sus compañeros me dijeron que ese día entraba más tarde. En realidad sólo hablaba uno de ellos, el asesino no dijo una palabra (recuerdo que bajaba la cabeza cada vez que le miraba). Me chocó ver a una persona tan sumamente tímida desempeñando ese trabajo… El caso es que no me atreví a darles el sobre, y desde entonces no dejo de pensar que yo podría haber evitado el asesinato.

–¿Le importaría hablarme ahora del contenido del sobre? –le pregunté lo más educadamente que pude.

–Una carta de amor para mi novia –respondió tranquilamente.

–¿Y por qué cree que una carta de amor de un desconocido iba a evitar un asesinato?

En ese momento abandonó su tono irónico y se puso serio.

–¿Ha pensado alguna vez en asesinar a alguien, agente?

–Por supuesto que no.

–Ése es el problema de la policía. Ustedes ven a los asesinos como bestias sin sentimientos. Son incapaces de entender su psicología, de meterse de verdad en sus mentes… ¿Cómo cree que se sentía el asesino la mañana del crimen?

–¿Adónde quiere ir a parar, joven?

–Imagine que usted ha decidido matar a dos personas. Supongamos que es usted una persona de carácter firme y que está convencido de sus razones. Además es metódico y perfeccionista. Conoce los horarios de las víctimas, así que elige cuidadosamente el momento y el lugar. Tiene una buena coartada y un plan de fuga… Y aquí viene mi pregunta. ¿Le parece que su decisión sería inamovible? ¿Verdad que no? Pues imagine ahora que es usted un chaval de veinte años tan inseguro como el recepcionista. ¿Entiende a qué me refiero? El gesto más insignificante podría hacerle replantearse su decisión. Pongamos que un desconocido le entrega una carta de amor la mañana del crimen. ¿No lo vería como una señal de que NO debe cometer el asesinato?

 

Me sequé el sudor de la frente y pegué un buen trago de sidra. Aunque la lectura me había dejado agotado, me sentía muy satisfecho. Pero, al mirar a mis compañeros, se me borró la sonrisa de golpe. La expresión de sus caras me resultaba demasiado familiar.

–¿Has terminado, Jones? –me preguntó Bill exagerando su acento cockney. Y sin darme tiempo a responder, añadió–: ¿Quién quiere ser el siguiente?

–¡Vamos a comentarla al menos! –exclamé indignado.

–No hay nada que comentar –dijo Carl, nuestro compañero de Blackpool–. Has vuelto a incumplir una regla no escrita.

–¿Qué regla? Sabéis que el crimen es real. ¡Ha aparecido en los medios!

–No estamos hablando del crimen, sino de tu historia.

Me quedé perplejo al ver que todos asentían con la cabeza.

–¿¡Pensáis que me la he inventado!?

–Hay que ver, Jones –respondió Bill en tono paternalista–. Tantos años y sigues sin entender de qué va este concurso. Nosotros no tratamos de ser fieles a la realidad. Para eso están los medios de comunicación… No te rías, estoy hablando en serio. Hasta el periódico más embustero y sensacionalista se ve limitado por la realidad en cierto modo. Nosotros partimos de crímenes reales, sí, pero, a partir de ahí, cada uno es libre de contar lo que quiera y como quiera. Esto es un concurso de relatos, no de crónicas de sucesos.

–Entonces, ¿cuál es el problema de mi historia, Bill? Te juro que no lo veo…

–El problema es que nos has aburrido, no sólo por la historia en sí, sino por tu forma de contarla.

–Y el aburrimiento –sentenció Carl– es el único crimen prohibido en un concurso como éste.

No estaba dispuesto a dejar que siguieran humillándome. Me levanté con la intención de coger un taxi de vuelta al hotel. Pero antes necesitaba ir al baño. Mientras me secaba las manos frente al espejo, caí en la cuenta de que había olvidado mi jersey en la mesa. Peter había empezado su relato sobre un simple robo cometido en Brighton. Me pareció de mala educación interrumpirle, así que me senté a escuchar. Mi enfado se fue mitigando a medida que avanzaba la historia. Aunque me doliera, tenía que reconocer que era mucho más entretenida que la mía. Cuando acabó, me ofrecí voluntario para ir a por otra ronda de pintas. El siguiente relato era el de Carl y no quería perdérmelo.