“Creo que no nos juntaremos en la altura.

Creo que bajo la tierra nada nos espera,

pero sobre la tierra vamos juntos.

Nuestra unidad está sobre la tierra.”

Pablo Neruda.

 

Andaba yo de mañana, botella de ginebra con limón en mano, por el Parque del Buen Retiro, hablando pausadamente, incapaz de hablar de otra manera si quería que se me entendiera, con todo aquel que se acercara a mí en un radio de unos cinco metros, cuando acaeció un grandioso encuentro, incontablemente narrado por la literatura pero ficticio en la gran mayoría de ocasiones.

Trataré de ser lo más preciso en todos los detalles de los que me acuerde pues es bien sabido que, en este tipo de situaciones que se dan tan escasamente, todo lo sucedido será una y mil veces reinterpretado hasta que se vaya difuminando en la memoria de la historia, convirtiéndose primero en una leyenda y después en un olvido.

– Hachís, cocaína,… ¿Quieres algo, amigo? ¿Hachís? ¿Cocaína?- Era negro y grande; muy negro y muy grande.

– ¡Amigo! ¿Qué tal estás?

– ¿Hachís? ¿Cocaína?

– ¡Pero amigo! ¿No te acuerdas de mí?

– Yo no soy tu amigo.- Se intentó alejar pero yo le seguí.

– ¿Cómo que no? ¡Si te conozco de toda la vida!- Él no creía lo mismo, yo tampoco lo creía, y se hartó. Con un puñetazo en el estómago me envió al suelo y se pudo alejar sin mí. Me había dejado casi sin respiración. Fue un buen golpe, había que reconocérselo. Respiré hondo y le grité. – ¡Buen golpe, amigo!

El suelo puede llegar a ser un lugar extremadamente cómodo, créanme. Estuve un rato en posición fetal recuperando el aliento, se estaba de maravilla. Hubiese estado así todo el día si no llega a ser porque en esa postura no se puede beber y porque la gente no deja de preguntarte si estas bien o si necesitas ayuda. Me tumbé bocarriba para incorporarme y entonces le vi. Él también estaba semitumbado mirando al cielo, desde una columna de piedra. Me senté.

– ¿A ti te han tumbado como a mi? ¡Jajaja!- bebí un buen trago de mezcla.

La estatua se giró hasta mirarme. En ese momento me pareció lógico, es de buena educación responder a quien te habla.

– ¿Me comparas contigo, dipsómano?- Una potente voz para una estatua tan pequeña.

– ¡Un respeto por favor, caballero!- dije levantando el brazo y el dedo índice- Alcohólico, al-cohó-li-co…

– ¡A mí no me ha tumbado nadie! Me tiré yo.- Se sentó en la columna con las piernas colgando.

– Eso dice mi padre cuando se cae de la bicicleta.

– ¡Hombre, he dado con un gracioso!

– Es sólo cuando voy pedo.- volví a beber.

– ¿Sabes quién soy yo?- gritó.

– Sí, la estatua del Ángel Caído- respondí con decisión, como si fuera un examen.

– ¡No, insensato! Soy Lucifer.

– Ya…- yo no veía la diferencia.

– ¿No tienes miedo?

– Entonces, ¿qué diferencia hay entre usted y el Ángel Caído?- eso era lo que más me preocupaba.

– ¡Calla, mortal!- era la primera vez que me llamaban mortal y dipsómano, lo de insensato me lo habían dicho algunas veces.- Hoy tienes la oportunidad de conocer vuestro error.- ¿Nuestro error?

– Cuando dices “vuestro error”, ¿a qué te refieres?

– Al error que lleváis cometiendo los humanos desde que existís. Todo vuestro mundo es una gran mentira. ¡Vosotros sois una gran mentira! ¡Jajaja!- el suelo tembló con sus carcajadas, aproveché para beber.- ¿Quieres saber, entonces, la terrible verdad?- la expresión “terrible verdad” era demasiado atractiva como para negarme. Con valentía y aplomo dije:

– No. Quiero decir sí, sí,… Que sí quiero saberlo…

– Te lo contaré pero cuando termine has de morir.- No le di mucha importancia, todos hemos de morir pero me costaba creer que a mí me podía pasar aquel día tan bonito.

– Adelante, tú no te cortes por eso.- Y di un trago más.

– Desde que fuisteis creados, porque lo fuisteis, habéis imaginado dioses, seres omnipotentes a los que venerabais como si ellos os fuesen a dar lo que pedíais. Primero, concebisteis que había un dios único que lo había creado todo, eso ya no lo recordáis. Esa idea os duró hasta que comenzasteis a explorar vuestro mundo y a descubrir fenómenos que no podíais explicar, desde ese momento, cada montaña, cada río, cada mar, cada bosque, cada isla,… tuvo su propio dios al que adorar, ahí os alejasteis de la verdad. Después, volvisteis a creer en un dios único al que le disteis unos valores iniciales que en la práctica vosotros mismos le arrebatasteis. Le disteis la generosidad eterna, la caridad, la resignación, el amor,… vosotros creasteis un movimiento alrededor de esos valores que luego convertisteis en avaricia, egoísmo, envidia, odio,… Mitificasteis a un charlatán convirtiéndolo en el hijo de vuestro dios para darle más credibilidad a vuestra historia. Y el resto de movimientos religiosos hizo cosas parecidas. Vosotros no sois capaces de cumplir esos valores, ni como norma general, ni en ningún caso en concreto, porque no podéis. Vuestra naturaleza os lo impide, vosotros no fuisteis creados por una fuente de bondad de la que os separasteis y ahora tenéis la misión de volver, no. Vosotros fuisteis creados por mí ¡Jajaja!- el suelo retumbó de nuevo- ¡Fuisteis creados para destruirlo todo! ¡Para destruir donde vivís! ¡Para destruiros a vosotros mismos! ¡Jajaja! Para destruirme incluso a mí. Y lo estáis haciendo muy bien.

– Yo no creo en Dios, ¿por qué iba a creer en ti?

– Esto no es una discusión teológica. Tú me estás viendo y escuchando.

– Con la que llevo podría estar viendo y escuchando muchas cosas que no existen.- Dije sabiamente. Un trago más.

– Vosotros sois unos seres curiosos. Me gustáis. Sois capaces de llegar a la conclusión cierta de que un ser superior os ha creado a su imagen y semejanza sólo a través del intelecto, sin embargo, vuestra soberbia os empuja a no daros cuenta de cómo sois realmente y decidís que vuestro creador ha de ser pura bondad, al igual que vosotros. ¡Jajaja!- Ahora sí que se había hecho gracia a sí mismo. ¡Cómo se movía todo!

– ¿Nosotros somos tus hijos?

– Sí, y oyéndote a ti me doy cuenta de que no salisteis muy listos- balanceaba los pies, que le colgaban, como un niño pequeño.

– ¿Y por qué quieres destruir… todo?

– Yo no voy a destruir nada, lo haréis vosotros. Os detesto tanto como a mí mismo. La vida es una plaga que ensucia el universo. Sois como los hongos que crecen en las piedras y que las van corrompiendo hasta deshacerlas. Me encanta la vida y, sobretodo, las personas. Acabaréis con todo con mayor rapidez de lo que había pensado.- No entendía nada.

– ¿Nos odias y nos quieres a la vez?

– Vosotros no sabéis qué es amar, no podéis sentirlo, como tampoco puedo sentirlo yo. Amar… vosotros mezcláis muchos sentimientos en eso a lo que llamáis amar. Sentís un deseo de posesión física pero sobretodo de posesión espiritual de la persona que es el objeto de vuestro amor. Intentáis, por otra parte, sentiros acompañados en la vida porque la soledad os asusta. No son sentimientos altruistas, son egoístas pues simplemente os importáis vosotros mismos. Cuando os separáis de vuestra parejas descubrís que era una más pero que no soportáis ver que está con otro. Siguen siendo vuestro objeto, os siguen perteneciendo, su alegría no os provoca más que rabia; la envidia, el egoísmo,… lo llena todo. Es mucho más sencillo, reconfortante y falso, una vez organizada toda la parafernalia, amar a un ser perfecto que está contigo en cada instante, que no te abandonará jamás y que te saludará con todo su amor cuando te mueras. Como ves, todo sentimiento de amor que creéis sentir esconde tras de sí un sentimiento de desamparo, incluyendo esta última manera de amar.

– Yo no creo eso- y moví la cabeza de manera negativa para reafirmar mis palabras-, creo que hay muchos sentimientos que no son malos, la amistad,…

– ¿Dónde están tus amigos ahora?- Miré a mi alrededor y no estaban ninguno de ellos, hacía horas que se habían ido a dormirla.

– Qué cabrones…- farfullé.

– La amistad es otra manera de intentar engañar a la soledad.

– Cuando yo necesito algo, ellos se la juegan para conseguirlo si es necesario.- Repliqué.

– Dime uno, sólo uno que haya hecho lo que dices.- Busqué inútilmente en mi cabeza durante unos segundos.

– Nunca se ha dado el caso pero estoy seguro de que lo harían.

– Si lo hiciesen sería por otras razones.

– Lo que dices es mentira, hay gente que ayuda a otra sin esperar nada a cambio.

– Tampoco tú crees eso. Sabes que siempre hay otros intereses detrás. Está la vanidad, a la gente le gusta que le digan lo buenos que son por ayudar a otros que lo necesitan, les sube la autoestima; está el propio interés por darle sentido a una vida que no la tiene; la soberbia, al sentirse importante con respecto a las personas a las que ayuda. Hay tantos intereses egoístas como personas hay en el mundo, cada una con sus matices.

Estaba bastante desconcertado, tanto como lo puede estar alguien con mi mismo nivel de alcohol en sangre, y no encontraba una contradicción en esas palabras, que no hacían más que contradecirse.

– Pero el ser humano ha descubierto un montón de cosas con las que puede vivir mejor. Hay muchos inventos que nos hacen la vida más fácil y larga.- Me pareció un buen contraataque. Pero me lo desmontó igual.

– Esos inventos no fueron creados para ayudar a la gente en general, fueron creados para satisfacer el ego de los que los crearon. Dinero, fama,… ¿Dónde están los sentimientos altruistas?- Me negaba a creerlo- Además, realmente esos inventos han mejorado la vida de las personas o simplemente ha mejorado las de una minoría que no se ocupa de los que no pueden poseerlas, siendo, encima, la envidia de estos últimos. Esta emoción tan poco cristiana es la que le hace salir de su tierra en busca del otro mundo, mundo en el que les recibís con la misma calidad de valores cristianos con los que ellos salen, incluso es menor.- Se expresaba tan bien que escucharle me impedía aclarar mis propias ideas; sus palabras se repetían una y otra vez en mi cabeza estrangulando a las mías.

-¡No!- alcancé a gritar en un último intento de oposición desesperada.- O sí…- Me estaba rindiendo. No tenía más que decir aunque lo que había dicho antes no era muy brillante. Apuré el culo que quedaba en la botella.- ¿Dios existe?- Me di cuenta de mi derrota en cuanto hice esa pregunta.

– Vosotros estáis solos. Nadie os ayuda ni os acompaña en vida, ni os espera tras la muerte. Antes de nacer no existís, mortal, y después de morir tampoco.- En ese momento, al oír esas palabras, mi mente se despejó, todas las ideas deshilachadas que se ahogaban se unieron entre sí para salir a flote, tuve lo que los alcohólicos llamamos un “momento de lucidez”.

– ¡Ya está! Tú mismo lo has dicho. Supongamos que eres la estatua del Ángel Caído, digo, de Lucifer…

– ¡No juegues conmigo, mortal!- Cuánto le gustaba esa palabra. Se puso de pie sobre la columna y aumentó de tamaño. Ahora medía unos tres metros. Comencé a sentir miedo.

– No, no,… si no juego. Lo que quiero decir es que si no hay ningún ser superior que nos vaya a echar una mano y tampoco va a haber un castigo o recompensa por nuestros actos en vida…- Me envalentoné al oírme- Somos libres. Podemos elegir. Tú no puedes hacer nada, ni Dios tampoco, para que nosotros vivamos mejor o peor, eso sólo está en nuestras manos. Somos los dueños de nosotros mismos y vosotros no nos lo podéis impedir. ¡Jajaja! ¡Somos Libres! ¡Y vuestra existencia, o no, es indiferente!- La estatua comenzó a empequeñecer.- No importáis y cuando la gente sea consciente y se independice de vosotros comenzaremos a ayudarnos los unos a los otros. Estamos solos así que sólo nosotros podemos ayudarnos. De momento no estamos haciendo las cosas bien pero eso va a cambiar. Tú has sido nuestro creador, de acuerdo, nos has transmitido tus horribles valores y nosotros los hemos asumido como buenos hijos pero estamos creciendo y comenzamos a pensar por nosotros mismos, dentro de poco nos emanciparemos y nos quitaremos tus cadenas de encima- recuperó su tamaño original-, dentro de poco seremos capaces de crear un mundo que sólo has visto en tus peores pesadillas y nosotros en nuestros mejores sueños.

– Eso es lo que tú crees. Pero no seréis capaces de hacerlo.- Sentado de nuevo en la columna, la estatua meneaba los pies, cabizbaja.

– Te han vuelto a tirar, ¿eh?- Empiné el codo otra vez, no quedaba nada dentro. – ¡Toma un trago!- le tiré la botella que se quebró en pedazos contra su cuerpo.- Púdrete en tu infierno, padre.

– ¿Qué coño haces? Ven pa´ ca´.- Dos uniformados agentes de policía me sujetaron con fuerza.

– ¿Qué hacen?

– Cállate.

– ¿Es delito ir borracho? Ya sé, estos son tus secuaces.- Le dije a la estatua.- Está claro, la policía trabaja para el Demonio. ¿Cómo no me he dado cuenta antes? ¡Podrás acabar conmigo pero no podrás acallarnos a todos por muchos maderos que nos mandes!

– Cállate niñato- me dijo suavemente uno de los policías.

– No te metas que estoy hablando con tu jefe.- Le respondí y me eché a reír. A él no le hizo tanta gracia como a mí, regresé a la posición fetal con otro certero golpe en el estómago. Me levantaron en volandas, me llevaron hasta una de las puertas del Parque del Buen Retiro, allí me depositaron cual paquete común, no como se depositan los de “CUIDADO FRÁGIL”, y me aseguraron que la próxima vez me enteraría de no sé qué. Cuando pude respirar casi con normalidad, me tumbé bocarriba, me cercioré de que, aunque lejos, podían escucharme y les grité:

– ¡Buen golpe, secuaces!

Miguel Martí