¿Por que habéis leído “muchos miles de besos”
me llamáis marica?
A vosotros os daré por el culo y me la mamaréis.
Catulo (siglo I a. C.)

 

– Próxima estación, Vodafone Sol.

Con mucho esfuerzo y voluntad consigo abrir los ojos, pero una luz blanca, artificial, me ciega, obligándome a cerrarlos de nuevo. Me encuentro exageradamente mareado, somnoliento. Apoyo la cabeza en una barra vertical y siento el inconfundible traqueteo, de golpes secos y metálicos, del vagón cambiando de vía. Lo he vuelto a hacer: me he quedado dormido de camino a casa. Trato de recordar cómo he llegado hasta esta situación, pero es inútil… No sé cómo he llegado hasta aquí.

Tengo la boca pastosa y me muero de sed; me encuentro en ese estado intermedio en el que la borrachera va dando paso presto a la resaca.

Me enderezo en el asiento y hago un segundo y desesperado intento por situarme. Poco a poco, separando los párpados con ayuda de los dedos, las pupilas se  acostumbran a la luz: el vagón de metro, que cada vez se mueve más bruscamente, está lleno de pasajeros. No puedo fijar la vista en ninguno de ellos… ni tampoco en cualquier otra parte, el mareo aumenta exponencialmente cuando lo intento; demasiado alcohol en sangre. ¡Mierda! No lo voy a conseguir, no voy a aguantar hasta la próxima parada sin vomitar. La cabeza me pesa tanto que no puedo sostenerla erguida, se mueve de arriba a bajo y de derecha a izquierda sin control. Voy a joderles el viaje a todos. Aprieto los dientes y trato de concentrarme para que no suceda lo inevitable: pero lo inevitable es siempre inevitable si se considera inevitable. La saliva se vuelve amarga, extrañamente líquida, y entonces sé que no quedan más que unos pocos segundos para echar la pota. Me agarro al pasamanos que tengo a mi derecha con las pocas fuerzas que me quedan y me inclino sobre él. El estómago, el esófago y la garganta se contraen brutalmente; abro la boca todo lo que mis mandíbulas dan de sí pero no sale nada. Un momento de descanso; el cuerpo se relaja, respira, a la espera de la siguiente arcada, que llega de inmediato.  Ahora sí. La mayor parte de un líquido oscuro, viscoso, se desparrama por el suelo; la otra parte se me descuelga de la boca. Llega una nueva contracción aún más dolorosa que la anterior que hace que expulse una cantidad inmensa del mismo líquido. Me duele todo, noto las venas del cuello a punto de estallar, los pulmones disminuidos y un cosquilleo invade mis manos y mis pies. Una última arcada en la que ya no sale nada y por fin los músculos se destensan. Escupo los restos que me quedan en la boca y busco en los bolsillos un clínex que no tengo. Me limpio con la mano las babas y los mocos que siguen pegados a mi cara y los tiro al suelo. La mano la limpio en el pantalón a falta de algo mejor.

Me recuesto de nuevo en el asiento, me encuentro mejor, aliviado físicamente, las fuerzas y la claridad mental van regresando. Mi problema ahora es salir de aquí lo antes posible, librarme de las miradas de desprecio, acusadoras, de la gente que viaja junto a mí, pero las paradas no llegan, el tren no se detiene. Cierro los ojos a la espera.

En los asientos de enfrente están sentadas dos chicas jóvenes que se besan y se acarician con pasión. A su lado hay un gordo en chándal azul con gesto pervertido que no les quita la vista de encima. A ninguno de ellos parce importarles la pota que recorre de punta a punta el suelo del vagón. Las chicas son guapas, aparentan ser muy jóvenes, dieciséis o diecisiete años: un poco pronto para tenerlo tan claro y tan público. Una de ellas es rubia y lleva una minifalda verde tan corta que se le ven las bragas rosas. La otra es bastante más mayor de lo que en principio me había parecido, ronda la treintena. Tiene el pelo corto, castaño, muy bonito. Me recuerda a la hermana de una de mis exnovias… ¡Pero si es ella! ¡Y se está liando con una chica! Interesante. ¿Lo habrá dejado con el novio? Qué más da, están muy buenas. ¿Aceptarán a un tercero? La mayor baja la mano hasta meterla dentro de las bragas rosas de la rubia, ésta tensa el cuello y levanta la cabeza suspirando de placer. ¡Joder, cómo se está poniendo la cosa de buena! En ese momento me doy cuenta de que tengo la polla dura y que me la estoy agarrando fuertemente con la mano derecha por fuera del vaquero. Me pregunto si querrán un poco estas chicas.

El gordo de gesto pervertido se ha metido la mano dentro del pantalón y se la está cascando, con la otra mano le toca una teta a la rubia. ¡Joder, qué cabrón! ¡Qué pinta de cerdo! ¿Tendré yo esa misma pinta también? Bueno, en cualquier caso le daría una buena paliza. Me miro la mano con la que me agarro la polla y descubro que ahora acaricia un enorme revolver plateado que destella estilo. Mi polla se ha transformado en un arma de fuego gigante. Da qué pensar. Pesa mucho así que si no tiene balas le atizaré con ella en la cabeza al gordo. Todo lo que conozco sobre revólveres lo he aprendido en el cine, no sé si sabré disparar. Apunto al pervertido a la cabeza y con el pulgar trato de llevar hacia atrás la clavija, que creo que se llama martillo, pero está muy duro y no lo consigo. Bajo el revolver y me ayudo con ambas manos para lograrlo. Vuelvo a apuntar al gordo, que sigue sin percatarse de que va a morir, y le disparo en toda la cara. Le explota la cabeza como si hubiese sido dinamitada. ¡Mierda! Hay sangre, cachos de cerebro y de cráneo por todas las paredes del vagón. Del cuello sin cabeza sale un chorro de sangre a presión, como un surtidor, que se mezcla en el suelo con mi vómito. Las chicas están empapadas en sangre pero siguen a lo suyo… ¡Y el gordo también! Sigue pajeándose y metiéndole mano a la rubia como si nada. Me levanto de mi asiento indignado y le pego cuatro tiros más en el pecho, reventándoselo hasta casi hacerlo desaparecer: pero da igual, el tío ni se inmuta, sigue cascándosela. Esta vez le apunto a la polla y se la reviento con un par de tiros. Ahora sí. Ya no se mueve, pero ahí sentado me estorba. Le cojo de un pie y le arrastro por el pasillo, alejándolo un par de metros. Después me giro hacia las chicas, se están desnudando la una a la otra en una frenética pasión pasada por sangre y vómito. Ya no hay vuelta atrás, la he liado a lo grande. O todo esto es un sueño o me queda poco tiempo de vida, así que hacia delante, hasta el fin con lo que sea que esté ocurriendo. Me bajo los pantalones y les pongo la polla en la cara. Las dos paran de besarse y me miran con desagradable sorpresa. No me inmuto, me quedo ahí parado, agarrándome hasta que entiendan que nos apetece a los tres. ¡Y claro que nos apetece! Dos segundos después la rubia está probando mi polla mientras la hermana de mi exnovia le chupa las tetas. ¡Qué pelo corto tan bonito tiene! Se lo acaricio y un impulso crece en mi pecho hasta sofocarme. ¡Tengo que metérsela cuanto antes! Aparto a la rubia y levanto a la otra, la pongo de espaldas y con la polla busco entre sus nalgas un agujero húmedo en el que entrar. Sé que está ahí esperándome pero por más que lo intento ¡no lo encuentro! En ese momento el tren llega a una estación llena de gente esperando para subirse. ¡Joder! ¿Y ahora qué? Las puertas se abren y la sangre sale a chorros por ella. Hay gritos de pánico y carreras. ¡Mierda y más mierda! ¿Qué cojones hago yo ahora? Ya no me apetece estar aquí, no quiero enfrentarme a las consecuencias de lo que he hecho. Me encuentro de pie delante de decenas de personas en estado de pánico, desnudo, empalmado, cubierto de sangre coagulada y con un revolver entre mis ropas. No me queda otra que tomar de nuevo el arma y volarme la cabeza. Me meto el cañón en la boca y aprieto el gatillo sin pensármelo más: se escucha un débil chasquido… ya no quedan balas.

Abro los ojos y veo en las alturas el lavabo de mi casa. Estoy recostado en el suelo del baño, con la cabeza descansando en la taza del váter. Me invade una sensación de alivio y confort y no sé a qué se debe. Algo que me estaba oprimiendo, casi asfixiando, se acaba de marchar y no recuerdo lo que era, aunque ¡qué más da lo que fuese!, ahora estoy de puta madre. Creo que me he meado encima; tengo una mano sumergida en el váter, dentro de en un líquido negro y pastoso, mezcla de whisky y kalimocho, en el que flotan trozos de macarrones a medio digerir. Sin cambiar de postura, saco la mano de la pota y busco a tientas la cadena de la cisterna. Un agua fresca y cristalina arrastra parte de mis miserias, las más superficiales. Con esa misma agua purificadora que gira velozmente por el desagüe me limpio la mano manchada de bilis y la cara impregnada de vómito seco. Puede que mi váter sea un agujero inmundo pero en este momento es mi salvavidas. Vuelvo a tirar de la cadena y repito el proceso de lavado. Tengo el rostro empapado y fresco, noto como voy recobrando fuerzas para levantarme. Con una mano en el canto de la bañera y otra en la taza del retrete consigo ponerme en pie. Tomo aire y desde ahí hago un salto al vacío, suelto a la vez las manos de los apoyos y vuelo a colocarlas directamente al lavabo. ¡Éxito! No me he caído, estoy mejor de lo que pensaba. Abro el grifo y me lavo la cara. No encuentro la diferencia respecto al agua del váter.

Levanto la cabeza y me miro al espejo, directamente a los ojos, manteniendo fija la vista en ellos. Los analizo: están inyectados en sangre, hinchados y llorosos; el borde exterior del iris es verde, tornándose progresivamente marrón conforme se acerca a la pupila. Obviando su estado actual, son un par de ojos normales, sin capacidad para la promesa ni el engaño.

No muevo ni un músculo, pues sé que dentro de poco aparecerá si permanezco inmóvil. Solo debo continuar con la pupila clavada en la pupila del espejo para hacer que él se muestre. Estoy preparado, no siento temor. Le reto: ¡qué se enfrente a mí! Me sumerjo con firmeza en el vacío que se ensancha en mis pupilas… Y ahí viene, ya llega surgiendo de la negritud que va tomando forma. Ha regresado, o mejor dicho, nunca se fue. Simplemente permanecía silencioso, agazapado, esperando un momento de debilidad para imponer su voluntad… ¿Y qué decir de este yo que acecha desde las profundidades de mi ser y que ahora mismo se desvela tal cual es? ¿Cómo describir a esa parte monstruosa que palpita sordamente en nuestro interior? ¿Cómo afrontar lo que en verdad somos y que con insistencia hemos negado? Negado hasta convencernos de que en realidad no existe…

La borrachera me ha dado el empujón que necesitaba para enfrentarme contra él, y estoy seguro de que me salvará en esta lucha, no dejará que me desmorone. Contemplo al ser que se concreta sobre mi rostro, cada vez menos el mío, y le permito que me observe con curiosidad, sin intermediarios, para que me diga lo que tenga que decirme; ahora no puede dañarme, no le tengo miedo, y le invito a pasar. Y él no me rehuye. ¡Oh, se está riendo! ¡Riendo de mí! Pues que ría cuanto quiera, yo me reiré con él. No debo titubear. Sé que voy hacia la nada, pero creo que puedo controlarlo, creo que no podrá conmigo. Y entonces pregunta:

– ¿Quieres ver lo que eres? ¿Lo que realmente eres? ¿Estás seguro?- Y su gesto se deforma contrayéndose al hablar.

– Claro que quiero- respondo con firmeza.

– ¡Ah, pues asómate!- Ruge.

Su rostro, que no deja de ser obstinadamente el mío, se vuelve brutal, inhumano, despojado de toda piedad. Lo sabía: ¡Es un monstruo! Y me hundo en las profundidades de sus ojos de serpiente; en las realidades terribles y demonios que conforman mi ser.

¡Soy un monstruo!

Y caigo de rodillas. ¡Oh, claro que caigo! Y lloro sin consuelo; y me agarro de nuevo al váter, desesperado, vomitando odio y desprecio por lo que soy. Sí, lloro. Lloro porque ya no podré olvidar su rostro, que es mi rostro, y su cruel verdad, que es la mía.

Romanov, el viejo.