Egor Ivanovich Vavilenov llevaba un mes en San Petersburgo junto a su esposa Ilia Petrovna. Oficialmente estaba rehabilitado, aunque no le habían devuelto el carnet de militante comunista. Tampoco él lo hubiese deseado, aunque de joven había sido un entusiasta miembro del Komsomol y admitido en la organización con todos los parabienes en el Partido nada más cumplir los veinticinco años. Procedía de Lomonosov, de una familia de campesinos por cuyas venas corrían ritmos musicales y burbujas de miseria. Tanto su padre como su abuelo eran excelentes violinistas a los que llamaban para alegrar las fiestas, regocijar las bodas y solazar los nacimientos. La primera vez que visitó San Petersburgo tenía apenas trece años y la ciudad de los canales y los puentes le sedujo. Un importante dirigente celebraba sus bodas y varios músicos de la región fueron llamados para amenizar los bailes. Su padre era uno de ellos. Aquel día dijo a su padre que de mayor sería músico en aquella ciudad.

Durante todo este largo mes no se había atrevido a coger de nuevo el violín en sus manos. Paseaba por los bordes del Neva, impregnándose de la corta historia bicentenaria de la ciudad, de los recuerdos felices de aquellos años en los que tocaba en la Orquesta de Cámara más notable de la región. En una de las veladas musicales conoció a Ilia Petrovna, hija de un Comisario local. Residía, según le dijo, en Nevsky Prospekt, una calle de edificios nobles, aunque con las fachadas y patios descascarillados y comidos por la carcoma del tiempo, del descuido y de la lluvia insistente y cotidiana. Ilía Petrovna lo contempló durante toda la noche. Más tarde le confesaría que en los movimientos de la punta del arco del violín creía haber adivinado con total nitidez unos misteriosos diseños y lazos en el aire que interpretó como una solicitud de matrimonio. Egor Ivanovich replicaba que no había tenido la menor intención de pedir tal favor, pero, añadía, no le pasó desapercibida la mirada de consentimiento en los ojos de ella.

No podía evitar un estremecimiento cuando desde la margen izquierda contemplaba en la otra orilla elevarse desde la masa negra de la muralla la aguja de la catedral de San Pedro y San Pablo. En una diminuta celda de aquella fortaleza había pasado un año, hacía ya muchos. La torre y las nubes eran el único punto de referencia exterior a la celda. Aquellas nubes enfurecidas y tormentosas, negras y agobiantes, siempre agitadas y raudas, que imprimían a la afilada aguja un desmayo, un vértigo y una amenaza de derrumbe. ¡Cuántas noches no había soñado desde entonces cómo se desplomaba sobre su cabeza! ¿Por qué me salvará siempre de la catástrofe ese grito incontrolado y ese despertar colmado de angustia? A veces le venían ganas de dejarse matar en sueños y no despertar jamás. Pero en su recuerdo encarcelado tenía a Ilia, a la que quería volver, y su hija Nataschenka, que había cumplido quince años el mes antes de que le llevasen a aquella prisión y a la que había deseado muchos más cumpleaños felices. No sabía lo que sería de ella, lo que pensaría de él. Pero sin duda pronto volvería y le diría que no tenía que avergonzarse de su padre, que no había hecho nada malo. Y estaba Kolia, más pequeño, de apenas doce años, que se despertó cuando le arrestaron aquella noche y lo vio. Como toda explicación le susurró al oído que partía de gira por otras ciudades. Y el niño que preguntaba que por qué se marchaba en pijama a ese viaje tan importante y no se ponía el traje nuevo, como cuando cogía el violín y se iba a tocar con la orquesta.

Ni siquiera los crudos años de Siberia, doce, según le dijeron al volver, habían logrado destruir las recalcitrantes pesadillas. No sabía muy bien dónde había dejado aquellos dos lustros y medio de trabajos forzados. El lugar no tenía nombre. “Campamento número 36”, así lo llamaban. De su identidad no quedaba tampoco más que una cifra en el brazo. Treinta y seis y cinco números más tatuados. Una zona de pantanos donde se hundían al caminar, donde la huida era una muerte segura, de hambre y de frío. En una ocasión, trajeron a dos fugitivos, taladrados a balazos, y dijeron que habían perecido ahogados en el Konda, pero nadie sabía que existiese tal río. Los llamaban de modo eufemístico los pioneros, los que abrían rutas nuevas hacia el norte y hacia el este, la avanzadilla de los trabajadores que algún día pondrían aquellos territorios a producir. Corrían leyendas y decires sobre minas fabulosas, sobre yacimientos de minerales preciosos y sobre las riquezas que ocultaba la taiga, escapatorias fantásticas para olvidar las heladas y las noches de invierno que congelaban y agarrotaban sus miembros. La única planta que brotaba áspera y con fuerza en aquella tierra era el odio, una inquina difusa, dirigida contra todo y contra todos porque el mal de la injusticia no es sólo responsabilidad de los jueces y policías, sino de la sociedad entera.

Apenas había notado algunos cambios en San Petersburgo. Ilia vivía con sus padres y Kolia y Natascheñka ya no estaban en casa. A poco de casarse tuvieron que abandonar la ciudad. Semion Sergeich Peplov, su marido, un diminuto funcionario sin importancia, fue destinado un mes después de la boda con Natascheñka a Kos-Agac, una villa nueva y perdida, no lejos de la frontera con Mongolia. Todos vieron en el nuevo destino un castigo y una advertencia a Semion Sergeich por haberse casado con la hija de un proscrito. Pero, a juzgar por las cartas que guardaba Ilia de ellos, no les iba tan mal y no pensaban volver. Incluso, cuando dos años más tarde se casó también Kolia, le buscaron un puesto como capataz en una granja para vigilar los grandes trabajos de roturación y nuevos cultivos que, con un desfase de más de dos planes quinquenales, el Estado finalmente llevaba a buen término. También le chocó mucho a su regreso lo que había subido la vida durante todo ese tiempo. ¡Cinco kopekas el viaje en metro o en autobús! Y ¡qué decir de los alquileres!

Ilia Petrovna trabajaba de dependienta en unos almacenes y con su sueldo vivían ahora cuatro personas, pero ¡a costa de qué sacrificios! Quiso ponerse a trabajar a su regreso, buscar un puesto en los astilleros o en el servicio de Obras Públicas, pero su mujer le insistió en que debía continuar su carrera como músico. Allí tenía aún su violín y podía volver a tocarlo cuanto quisiera, el tiempo que lo deseara, hasta recuperar la habilidad y los reflejos perdidos en los años de trabajo forzado y embrutecedor. Pero él, Egor Ivanovich, no se atrevía. Miraba sus rudas manos, llenas de callos, una y otra vez. Sin duda les faltaba la vieja sensibilidad y las sentía paralizarse cuando las acercaba a la hermosa caja de cuero repujado donde guardaba su instrumento. No había reunido aún el coraje suficiente para abrirla.

Durante toda la noche Ilia Petrovna oyó moverse a Egor Ivanovich, dar vueltas inquieto en la cama. A pesar de los años de distancia y separación le conocía cabalmente y sabía que junto a ella se libraba un combate entre aquel hombre y la pesadilla de algún ángel atormentador. Tal vez a la primera sangre o quizás a muerte.

Nada más clarear el día por entre las celosías despintadas de la ventana y de los visillos rozados y amarillos, Egor Ivanovich se levantó y fue hacia la diminuta sala de estar. Abrió de par en par la ventana y le sorprendió no oír ni a un solo pájaro saludar la salida del sol. Una extraña sensación le subió hasta condensarse en su pecho, dura como un diamante. De lo más profundo de sus entrañas crecía engolfándolo todo, la ola de una marea anegadora y sombría. Tardó en identificar su naturaleza. Cuando poco a poco se fue retirando y dejó desarbolada su alma advirtió que al tiempo le faltaba encanto. Había perdido el ritmo. Golpeó el suelo con su tacón, como picando espuelas para que el blanco jinete de la luz cabalgase de nuevo. La aurora no salía de su aturdimiento y aunque la sangre corrió de sus ijares sobre el horizonte, nada parecía moverse, eternizado ese instante entre el día y la noche, palidez blanca y encendida sangría inútil. Corrió hacia el estuche donde guardaba el violín y lo tomó entre sus manos, demasiado deformadas e insensibles y el arco se movió sin la menor cadencia ni gracia. Eran tiempos de perdición y confuso desasosiego.

Ilia Petrovna le había sorprendido en ese estado de excitación, pero se retiró, respetando su soledad y su ansiedad. Preparó el desayuno y calentó agua en un puchero para el té. Egor Ivanovich vino a sentarse cabizbajo y silencioso a la mesa. Golpeó con la cucharilla la taza, en un intento de recuperar la medida y el acento, lo fuerte y lo débil de las horas, el haz y el envés de los segundos, la dimensión hueca y la convexa plenitud de los instantes. Imposible romper la banalidad e insipidez del momento. Había perdido el ritmo, la oscilación, la gracia del guiño, el tic-tac y la sístole y diástole de la existencia. Cada segundo era sinónimo del anterior, desolado sobre un páramo interminable. Incluso el café y el beso de despedida de Ilia que partía a su trabajo, le supieron insípidos, sin el mínimo realce, la menor emoción.

A las once bajó a la calle y tomó el autobús. Descendió en la calle Sadovaya, entre el museo de Lenin y el Palacio de Verano de Pedro el Grande. Junto al río advirtió a su derecha, anclado en la otra orilla, el Crucero Aurora y más abajo la inconfundible aguja clavada como una espina en la fortaleza de San Pedro y San Pablo. Una fortaleza ideada para defender la ciudad de los enemigos que muy pronto se tornó en ajorca de esclavitud en el corazón isleño del Neva. En los jardines del Palacio de Verano la primavera remoloneaba abrumadora, sin esperanza de otoño que la ahogase y dejara brotar a torrentes la añoranza desvalida, sin la nostalgia blanca del invierno ciego de nieblas y noches aceradas, con los árboles pelados y los horizontes cerrados por opacas auroras boreales. Le sorprendió en estos ensimismamientos uno de aquellos chaparrones de mediados de junio, de los que dejan las nubes exhaustas y sin agua, como abultados vientres con preñeces histéricas.

Al llegar a la altura del Palacio de Invierno le sobrecogió el recuerdo, o tal vez la premonición, de un solsticio sin hogueras que animaran con sus lenguas de fuego al sol a renacer, a no dejarse aniquilar por la noche polar. La azuda celeste había perdido la curva marcha regular y se movía no con el ritmo acariciante de la ondulación, sino renqueante y lisiada. El eterno retorno derivaba tangencial a la esfera del reloj, flecha recta e hiriente. Nunca había retorno. Era una pura ilusión óptica. Él, Egor Ivanovich, nunca había regresado de sus trabajos forzados. Aquella ciudad no era la suya, la de su infancia y juventud. Pero, sobre todo, nunca podría regresar al ritmo creativo de la música, la patria de la que había sido exiliado para siempre. Muchas heladas habían pasado por la punta de sus dedos, destrozándolos con honda y metódica tortura, transiéndolos de una llama fría y blanca. Ahora sus manos temblaban como las hojas amarillas de los álamos, con los movimientos convulsos, espasmódicos y con el ritmo del animal sacrificado, en sus últimas.

Entró en la catedral de San Isaac. Apenas media docena de turistas contemplaban el fulgor dorado de la bóveda inmensa posada sobre un tambor que la alejaba del alcance humano. De la clave esculpida, como un cordón umbilical, colgaba el péndulo de Foucault. Se acercó lentamente. Sus manos recobraban el latido antiguo. Soltó la péndola y se anudó con minuciosa precisión la cuerda al cuello. Con un fuerte impulso lanzó su cuerpo fuera de la plataforma donde estaban marcados los trescientos sesenta grados en los que se divide el ecuador terrestre y comenzó a oscilar a uno y otro lado con una cadencia medida. Al cabo de cuatro minutos, la tierra había girado imperceptiblemente un grado sobre su eje y el zapato de Egor Ivanovich Vavilenov derribó, en la regular oscilación, el pequeño indicador de madera que mostraba el rítmico discurrir del mundo. Fuera, la primavera comenzaba también a pudrirse y ajarse en el verano esperado. Sobre el espejo dorado de la cúpula oscilaba de nuevo el binario compás de la muerte.

Un relato de Cosme Vitale.