La cebolla cayó sobre la encimera de la cocina. Eran las once y cuarto de un día demasiado tórrido, en Madrid, mes de julio. Se oían los ruidos de claxon desde la calle. La cebolla no era demasiado lustrosa. Una cebolla cualquiera, con sus capas foráneas castañas, algún deshilache de sus capas más atrevidas pero sobretodo, y principalmente, aparecía con la redondez que sólo lo natural es capaz de formar. Robusta, redonda y tersa. Y envuelta en piel de bronce y oro. Dice el diccionario que la cebolla es una planta liliácea, cuyos bulbos blancos están formados por capas superpuestas y tiene sabor y olor fuerte y picante. Pero Cebolla era mucho más que eso.

Ella siempre tenía dudas. ¿Habré engordado demasiado? Me dicen que parezco dos tetas apretujadas. Y sobre todo lo que más daño me hace es ver cómo “la gente llora cuando está un rato conmigo”. Esto le llevaba los demonios a la pobre Cebolla.

Desde fuera, sin embargo, la cebolla aparecía lustrosa, casi con ricitos rubios y amarronados, cuando aún la cebolla está en toda su integridad. Parece un ser marchoso, que da juego tan redondito y tersamente curtido.

Los padres de Cebolla le habían enseñado a ser especialmente servicial. Casi una gheisa para los demás. Dispuesta siempre a que los otros se sirviesen de ella. La mayor felicidad de las hermanas de Cebolla era hacer feliz a los otros, aunque éstos empezaran a desmadejar el cuerpo redondo y circunvalado de los bulbos. Primero un corte, luego otro; más tarde los aros y finalmente el cogollo central casi como el de las lechugas, tan rico, tan crujiente, tan servicial.

Pero Cebolla no era feliz. No es que no sintiera afecto por los otros, ni tan siquiera que le disgustase servir sólo al disfrute de los demás; no, no era eso. “¿Cómo explicarlo, papá, en palabras?”. “A mí esto me agobia, me pesa”. “Siempre tener que hacer lo que me han enseñado que debo hacer, siempre dejando para lo último lo que yo quiero ser…. que no; pero que no es esto”. Su padre, tradicional y demasiado inflexible, se desesperaba. “Cebolla, esto siempre ha sido así: tenemos que oír, ver y callar” ¿No ves qué guapos quedamos troceados en la fuente de la ensalada junto al rojo tomate, las espabiladas lechugas y las picantonas aceitunas que esconden en su seno los huesos? Nosotros valemos para todo, Cebolla.

Y era verdad. La cebolla ilustra los platos. El cocinero, además, talla su cuerpo siempre con mimo. No es comparable a cuando se cortan las patatas y se tiran amontonadas hasta que se lavan en el fregadero, arrugadas como para ir a un funeral. ¡Nadie habrá visto a alguien maltratar a una cebolla! Su talle redondo, adaptado incluso a la mano torpe y al cuchillo errante, ayuda a que se le acaricie, se le mime, se le quiera….pero el disfrute es tan corto, tan cruel incluso, que pronto los troceados trozos de la cebolla se desperdigan y mezclan con sus primos hermanos que condimentan la ensalada de ricas verduras.

Cebolla, erre que erre. “Yo me siento demasiado pesada, tengo demasiadas corazas”. ¡Eso era, eso era! Cebolla sentía tener demasiadas corazas en su cuerpo, demasiadas capas; primero las a veces rubitas y otras castañas, casi un suspiro; luego las primeras capas del inicio, más tarde las esféricas….Demasiadas capas, demasiadas corazas y siempre pensando en complacer a los otros; no tener tiempo de sentirse una, de sentirse ella. No, se acabó. “Yo así no puedo vivir. ¡No soy feliz!”, se atrevió a gritar, sin que nadie le escuchara.

Cebolla trazó un plan para liberarse de sus corazas. ¡Qué bonitas eran esas capas concéntricas pero, sin embargo, cuánto daño provocaban a la joven Cebolla!

“¡Voy a buscar la complicidad de los lloricas!”, se dijo en voz baja Cebolla. Sus hermanas relucían, mientras tanto, con sus rizos rubios. “Eso es, a los lloricas les gustan mis hermanas porque son vistosas, dóciles, son fáciles de desnudar sus primeras capas; yo tengo que hacer todo lo contrario para quitarme el lastre que me oprime”.

El llorica, como decía Cebolla, –o lo que en el mundo de los bulbos se denomina los “suaves domadores de nosotras, las cebollas”- parecía contento. Estaba allí, en la cocina. Sacó de su enorme caja rectangular blanca la fábrica heladora, los consabidos tomates rojos, el pepino alargado y verde, las lechugas (que ahora enjaulaban en bolsas transparentes) y las aceitunas negras. “Lo peor que llevo es que terminemos enjauladas como la rúcula o las lechugas en esas horrorosas bolsas transparentes mezcladas todas las legumbres como si fuésemos un “pensamiento único”, que dicen ellos; además, los lloricas a veces ante su impotencia por romper el saquito se lo llevan a la boca y, con su cara monstruosa tan cerca, dan un susto de muerte”.

Las hermanas de Cebolla, las primeras capas del bulbo, ya estaban dispuestas a que el domador las cogiera con la mano izquierda y empezase a desmadejar primero a la seductora Rita, la de rizos castaños, y después a Eva, cuando la cebolla ya aparece en todo su esplendor a punto de ser troceada, bien en círculos concéntricos o en cuadraditos, y cuando el domador piensa que ya ha desbrozado todo lo inútil, todo lo superfluo. Cebolla puso todas sus fuerzas para que el llorica (perdón, el domador) cortase a sus hermanas en círculos concéntricos.

¡Ah, querido lector, qué despiste del relator! Cabe decir que las cebollas, como el resto de los bulbos, nunca mueren definitivamente. En realidad, se reencarnan en otras cebollas siempre con una condición: que hayan servido a los otros; que sirvan a nuevos domadores para hacer ricas ensaladas o presentar en cualquier buen plato como acompañamiento. Así que, nada de dramatismos cuando leamos que la “cebolla fue troceada” porque ésta rápidamente se reencarna en otra aunque tenga textura y forma diferente. El relator no entra en si esta reencarnación del mundo bulbar es extensible al reino animal, y en concreto a los mamíferos, porque ya tiene suficiente con terminar esta historia sin que decaiga el interés del lector.

Pues bien, el domador acariciaba las capas concéntricas, y después, también con mimo, fue rebanando los círculos; por un lado, por otro. Se veía que lo hacía con cariño, con amor, como diciéndose a sí mismo: ¡qué bien me está quedando! Cebolla quedose quieta, sin respiración porque su pretensión era que el domador no cortase el corazón de la cebolla; es decir, no la cortase a ella. El familiar instrumento metálico, lleno de oleadas estrías, iba acercándose: primero Rita cayó en sus manos; ella siempre con una sonrisa y su seductora melena al viento desmadejada sobre la mesa de cocina. Luego, Eva, también servicial pero más madura, se dejó manosear por el domador; ella siempre decía que los lloricas la acariciaban con sensualidad, con mimo, y esa dulzura era lo que le permitía ser verdaderamente una gheisa; un ser entregado al otro. Cebolla entendía a sus hermanas, con las cuales ya había vivido decenas de escenas como la actual, pero a ella le costaba darse al otro jugando un papel tan pasivo. En definitiva, ella era el corazón del bulbo y sólo disfrutaba una leve y fugaz caricia final del domador.

El enorme instrumento metálico ya se acercaba inexorablemente hacia Cebolla. Pero, en ese momento, cuando la última capa, previa al corazón de la cebolla, había sido extraída por el domador, éste dejó a Cebolla, junto a las deshilachadas partes de sus hermanas situadas a la izquierda, y se quedó quieto. Cebolla lo tenía más cerca que nunca. En verdad que era monstruoso, y tan de cerca….El llorica empezó a llorar. No era el lloro habitual de otras veces sobre la encimera de la cocina. A Cebolla le pareció que el domador daba sistémicos saltitos, pequeños gritos ahogados por el llanto. Y éste se hizo más profundo, más intenso. Daba pena verlo tan abatido, con los hombros levantados sobre su cuello, los brazos sosteniéndole sobre la encimera.

Las gotas no estaban aisladas; era una verdadera lluvia torrencial, una gota gorda sobre Cebolla y las deshilachadas extremidades de sus hermanas. Cebolla, entonces, empezó a intentar contonearse para esquivar el chaparrón que, además, iba acompañado de ruidos atronadores y gritos secos del domador que ya se había abandonado al desasosiego y buscaba en el lloro la manera más rápida de desahogarse de la pena que le corrompía por dentro.

Hubo un momento mágico. Cebolla consiguió que su contoneo esquivase alguna de las gotas del domador. Éste se percató de que ese último trozo de cebolla por triturar, el corazón del bulbo, no era completamente redondo. Era imperfecto. “Una especie de balón de rugby”, pensó el domador de cebollas. Y percibió, entre llanto y llanto, que el corazón de la cebolla se movía; casi podría decirse que bailaba al son de la canción de sonaba en el tocadiscos de su casa.

Entonces, levantó las manos de la encimera, convencido de que ese leve movimiento era producido por sus propias manos que movían la mesa de la cocina. El corazón de la cebolla seguía moviéndose, la canción continuaba sonando y el llanto empezó a diluirse, en ese estado en el que el domador ya se siente, cuando menos, parcialmente desahogado. La curiosidad, además, en el leve movimiento de Cebolla al son de la canción de Joe Cocker le ayudaba a olvidar sus penas fijando la atención en ese hecho curioso.

Cebolla contoneaba con fuerza sus caderas. Sus formas, es verdad que no perfectamente redondas como las del resto de los bulbos, hacían de ella un ser único, atractivo, realmente sexual. Diríase que si estuviese entre bambalinas, detrás de una cortina semitransparente, Cebolla bien podría bailar Nueve semanas y media al son de la bella canción “You can leave your hat on”.

A parte del movimiento, Cebolla se sentía feliz principalmente porque por primera vez se sentía libre, sin ataduras. Desnuda de las otras capas que como fajas le oprimían, Cebolla se sentía un ser único, con capacidad de movimiento propio, libre para dar y darse. Ella solo quería disfrutar de ese momento mágico, quizá irrepetible, pero vital por los cuatro costados.

También se sentía observada, quizá un poco querida, pero lo que le daba de verdad la vida era ser ella misma: pequeña, un poco ovalada, dulce y levemente picante.

El domador paró de llorar. No dejaba de mirar a Cebolla, que ya exhausta había dejado de bailar, felizmente, en el mismo momento que terminaba la canción. El domador parecía tranquilo, en paz consigo mismo. Se frotó los ojos con sus manos pero no lloró. Seguía ensimismado con Cebolla, con ese corazón de bulbo viviente que le había apartado momentáneamente de sus penas. No apartaba los ojos de ella. Entonces, abrió levemente la comisura de sus labios y mostró una leve sonrisa que era, a la vez, de asombro y de agradecimiento. Con ternura, como si de una frágil pieza de porcelana se tratase, el llorica cogió con exquisito mimo a Cebolla entre sus dos dedos, puso su otra mano debajo como si de una red de trapecista se tratase, la acercó a sus carnosos labios y le dio un beso profundo, cuidadoso, el más delicado que el domador haya dado nunca y que jamás dará.

En Madrid.