La maleta con la que Gael viajaba a la capital iba repleta de mierda, aunque sus clientes no pensaban lo mismo.

Todos los lunes a las siete y trece minutos de la mañana Gael llegaba a Madrid. Era un viaje corto, apenas un cuarto de hora desde Valencia. Junto a él, en el hipertransbordador de imanes, iba su mercancía, recién sacada del horno del laboratorio.

Al principio el viaje era peligroso. A Gael le gustaba, le resultaba excitante. Hace nueve años pasó a ser rutinario y aburrido. Los nervios y las manchas de sudor cuando le tocaba enfrentarse a un control de seguridad desaparecieron.

Fue cuando el Primer Ciudadano decidió legalizar el ELIX-90. Los cacheos dejaron paso a un trato de favor por parte de la policía de la Nueva Democracia. Desde entonces, la amabilidad de los agentes solía evolucionar siempre hacia la misma pregunta: ¿hacéis descuento a funcionarios públicos?

Antes de subir en el aerocoche oficial que le esperaba junto a la estación, Gael esbozó una sonrisa casi imperceptible, más bien una mueca. El escolta que le abrió la puerta era el mismo matón que casi acaba con él a golpes en los calabozos del Ministerio de Seguridad Ciudadana. Ahora, el guardaespaldas parecía unos treinta años más joven.

Ambos se saludaron con un par de palmadas en el hombro, después Gael subió al vehículo. Dentro, volvió a colocar su apreciada mercancía muy cerca de él.

Al igual que muchos de los grandes descubrimientos de la historia de la medicina, como los rayos-x o la penicilina, el ELIX-90 también era un producto nacido de la casualidad. “Los treinta son los nuevos veinte”, ese era uno de los lemas preferidos de la generación de los abuelos de Gael. Después, los cuarenta se convirtieron en los nuevos veinte, luego los cincuenta, los sesenta, así hasta los setenta. La esperanza de vida aumentaba y con ella la esperanza de diversión. Ese estado de inmadurez perpetuo necesitaba nuevas drogas que llevarse a la boca para ser alimentada. Así nació el ELIX-90. Bueno, más bien su antepasado: HEBEX. Cualquier persona con un par de gotas bajo los párpados podía volver a sentirse como un joven de veinte años y lo más importante, aparentarlo. Su efecto duraba unas 12 horas. La droga iba más allá de una cirugía estética indolora, sus resultados eran internos y extremos. Todo el cuerpo volvía a funcionar perfectamente. Por si fuera poco, la incorporación de una buena dosis de estimulantes ayudaba a despertar el apetito sexual.

El éxito de HEBEX fue inmediato. El caos que provocó también. La droga no aparentaba ser excesivamente peligrosa. No dañaba el sistema nervioso, no empeoraba el funcionamiento de ningún órgano vital, incluso aumentaba las defensas. Era como tomar vitaminas.

Por otro lado, los casos de violaciones o los embarazos no deseados con el HEBEX como factor determinante tampoco eran demasiados. El mayor efecto secundario estaba ligado a su desmedida capacidad de enganche y a su alto precio. Algunos clientes vendían todo lo que tenían para conseguir una nueva dosis, una nueva noche de juventud. Cuando el dinero escaseaba, robaban o mataban por ella. En poco tiempo fueron muchos los enganchados. Los más débiles, las mentes más sensibles y brillantes, solían suicidarse. Preferían estar muertos a volver a estar viejos.

La epidemia se extendió muy rápido entre la clase alta. Clubes de campo, restaurantes de lujo, embajadas, locales de alta costura o salas VIP, cualquier lugar que oliera a dinero era un buen sitio para encontrar la droga. Droga de ricos, clientes ricos. Algunos de los más célebres del HEBEX manejaban los hilos de la Nueva Democracia. Entre ellos, el gestor de la Banca Nacional, Emilio Saco y la Vicesecretaria de Comunicación del Partido Verdadero, Rita Fígaro.

Al Primer Ciudadano no le importó demasiado el asunto, hasta que no le cuadraron los números. Siempre había pensado que el dinero era lo primero que dejaba de cuadrar antes

de hacerlo el poder. Los creadores y traficantes del HEBEX se habían convertido en las personas más ricas de España Su influencia escapaba al control del Partido Verdadero. El Primer Ciudadano debía actuar.

La represión fue cruel y tenaz. En poco más de 6 meses la mayoría de los capos del HEBEX habían sido liquidados. No así sus creadores. Para no ser descubiertos confiaron la distribución de su mágico producto a delincuentes de segunda con ganas y talento para jugar en primera. Nadie sabía dónde estaban los auténticos amos del imperio HEBEX. Fue el momento en el que Gael entró en el negocio. El instante más peligroso y en el que mejor se pagaba. Tenía 29 años y ganas de forrarse.

El aerocoche se aproximaba a la sede del Partido Verdadero. La torre con forma de alfiler se vislumbraba a lo lejos, asomándose entre las nubes. La lluvia manchaba los cristales del vehículo. Mientras los altavoces de la ciudad emitían las señales horarias, el cielo se abrió, dejó de llover y salió el sol. Lo hizo con la misma puntualidad que llevaba haciéndolo veinte años. Todos los días una suave y tenue llovizna caía desde las dos de la madrugada hasta las ocho de la mañana. Siempre parecía abril, pero sin días malos, solo noches. Fue obra del Primer Ciudadano y del Partido Verdadero. Acabaron con la sequía, el hambre y la contaminación. A cambio, la población les entregó su alma.

La caza a la que fueron sometidos los traficantes del HEBEX provocó que Gael ascendiera rápido. En apenas dos años pasó de ser un simple camello a transportar grandes cantidades de droga. Los propios creadores del HEBEX quisieron conocerlo y tener un trato más directo con él. Gael les sedujo con su don de palabra y su chulería. El problema era que no sabía ni quería delegar. Le encantaba mancharse las manos y transportar el mismo la droga. Sentir la adrenalina, el riesgo de poder ser atrapado. Cada entrega con éxito le parecía una carcajada en la cara del Primer Ciudadano. Se creía más listo que nadie, se equivocaba.

Cuando le cogieron Gael ya sabía lo que tenía que hacer. Un clásico teórico de todas las mafias: aguantar las torturas y no revelar nada.

Fueron tres semanas largas y poco agradables, hasta que algo cambio.

A Elisa le quedaba poco de vida. Noventa años y un cáncer de pulmón en estadio III no son el punto de partida ideal para pasar una noche loca, pero es lo que había. Aunque la quimioterapia a la que se estaba enfrentando la dejaba agotada pensó que a su vida todavía le quedaba una gran noche.

Elisa decidió tomarse el HEBEX que unas amigas le habían comprado como regalo de despedida. La edad, el cansancio, la cabeza, algo le falló. En vez de echarse un par de gotas en los ojos, le dio un buen trago al frasco. La sobredosis fue instantánea.

Elisa no era la primera persona que tomaba el HEBEX de manera errónea. Una sobredosis de la droga no era letal. El afectado quedaba inconsciente, transformado en un joven de 20 años durante un par de días. Al despertar, el sujeto ya había recuperado su apariencia real, mostraba pérdida de memoria momentánea y en los análisis posteriores podía observarse una leve disminución en el número de neuronas.

Elisa despertó; sin embargo, cuando miró sus manos no vio arrugas.

A Gael la Policía de la Nueva Democracia le ofreció un trato sencillo. Si les decía dónde estaban los creadores del HEBEX el Partido Verdadero le haría presidente de un futuro negocio de distribución relacionado con la droga. Gracias a las indicaciones de Gael, los productores del HEBEX fueron cayendo uno a uno. A todos ellos les dieron el mismo ultimátum: trabajar para el Partido Verdadero o juicio instantáneo. Eligieron la vida.

La quimioterapia fue la clave, es lo que impidió que Elisa volviera a su forma original de anciana y prorrogó los efectos del HEBEX. Mató la mayor parte de las células débiles y viejas y permitió sobrevivir a las fuertes y jóvenes. Elisa tenía otra vez veinte años y su cáncer se había curado.

El Partido Verdadero puso de inmediato a los mejores científicos de la patria a investigar el caso de Elisa. Comprobaron que para que el efecto se perpetuase, Elisa debía seguir recibiendo sesiones de quimio y tomando HEBEX cada 6 semanas. El efecto secundario era que poco a poco a nivel psiquiátrico Elisa se iba transformando. Por la pérdida paulatina de neuronas su cociente intelectual iba menguando. Elisa se fue convirtiendo en un ser menos inteligente y más banal. Solo le interesaba la siguiente fiesta.

Para el Primer Ciudadano era una fórmula ganadora. Le concedería a su pueblo lo más parecido a la vida eterna, el fin de las arrugas, y los transformaría en una macro tribu de lelos. Un perfil de votante ideal.

Los científicos del Partido Verdadero incluyeron en la fórmula del HEBEX las trazas necesarias de quimio. El cóctel lo transformaron en una pastilla. En homenaje a Elisa, el HEBEX fue rebautizado como ELIX-90. El Partido Verdadero lo legalizó como medicamento y lo financió. Su coste era irrisorio en comparación con el resultado que prometía. Fue anunciado con el lema “Elix-90, el elixir de la vida”. En apenas dos años, casi toda la población tenía facciones de veintañeros. Los únicos que tenían otro aspecto o eran niños o eran repudiados.

El presidente del laboratorio ELIX- 90, Gael Agudo entró en el despacho del Primer Ciudadano. La sala era amplia. Al fondo sentado sobre su escritorio esperaba el máximo líder de la patria. Lo único que se escuchaba era el sonido que hacían las ruedas de la maleta de Gael. Dentro estaba el último desarrollo del ELIX-90.

–Primer Ciudadano.

–Buenas Gael, te estaba esperando ¿Has traído las muestras?

–Sí, aquí están.

–Espero que hayamos solucionado el problema. La gente se está volviendo tan tonta que hasta está olvidando tomar su dosis.

–Sí, he notado que algunos sujetos han empezado a envejecer.

–Lo malo es que otros están dejando de ser válidos para su trabajo. Los números están dejando de cuadrar.

–Creo que lo hemos arreglado señor.

–Antes de marcharte Gael recuerda repartir algunas muestras gratuitas para mis ministros.

–¿Y para usted señor?

–¡Gael deja de insistir cojones! Sabes que soy igual que tú. Yo no tomo esa mierda.

Diego F. Martín