Mi nombre es Philip Morse, vivo en el año 2.223 d. C. y ésta es mi historia:

Hace doscientos años estalló en la Tierra una Gran Guerra que enfrentó a las potencias más poderosas del planeta en una lucha fratricida y cruel durante más de sesenta años. Murieron millones de personas, inocentes en su gran mayoría. Los horrores todos los conocemos. Los crímenes de uno y otro bando fueron inimaginables. Hombres y mujeres marchaban al frente para no regresar jamás. Las armas nucleares borraban del mapa ciudades y contaminaban para la eternidad las tierras, volviéndolas yermas. Finalmente, tras décadas de conflicto, los pocos que quedaron vivos ya no tenían razones para seguir luchando.

Llegó la paz. Los supervivientes, que apenas llegaban a los 900.000 en todo el globo, decidieron romper con el mundo anterior que los había llevado a casi la extinción. Se determinó la supresión de los países y las fronteras. La humanidad se dividió en tres grandes núcleos de población en aquellas zonas menos dañadas y contaminadas. El resto de territorios se convirtieron en zonas restringidas, aunque algunos se negaron a abandonar sus lugares de origen. Por norma general no hubo problemas para trasladar al resto con la promesa de comida y seguridad.

La dirección del nuevo rumbo quedó en manos del llamado Quorum, formado por quince personas que representaban a las antiguas culturas, en su mayoría ancianas, que habían sobrevivido al horror. Entre las primeras medidas se decretó la desmilitarización y la destrucción de todas las armas de fuego, de todos los misiles balísticos y de todo el arsenal nuclear.

Fueron tiempos de trabajo físico y reconstrucción que pronto dieron sus frutos. El conocimiento que la humanidad había recopilado durante siglos fue muy útil para la formación de una nueva sociedad. Esta se basó en tres principios: Libertad-Respeto-Conciencia. La religión perdió todo su antiguo esplendor e influencia. El poder económico quedó en el olvido con la supresión del dinero y la instauración del Nuevo Orden.

Poco a poco las heridas fueron cicatrizando. El río de sangre y lágrimas se tornó en ilusión y esperanza. La vida se alzó de nuevo con fuerza. Los recursos naturales no eran muy abundantes pero más que suficientes para una población pequeña.

El sistema de convivencia estaba muy bien estudiado y todo habitante tenía sus necesidades básicas e intelectuales cubiertas. La tecnología también experimentó grandes avances, en parte gracias a los desarrollos militares de la Guerra. Transporte no contaminante y veloz, nuevas terapias médicas y el Behapp, un medicamento que convertía a las personas en seres felices sin alterar su estado de consciencia.

Pero había algo que realmente escaseaba: la cifra de ciudadanos varones. La proporción con respecto a las mujeres era de veinticinco a uno. El nuevo sistema de repoblación obligatoria convirtió a los pocos hombres que quedaban en instrumentos de fertilidad y los antiguos estamentos familiares dieron paso a fórmulas complejas de relaciones personales.

Transcurridos cuarenta años del final de la Guerra surgió el problema. Médicos de los tres núcleos se percataron de una anomalía hormonal en todos los niños recién nacidos; éstos presentaban índices extraordinariamente bajos de testosterona. Los tratamientos ideados no funcionaron, las investigaciones no daban resultados. Algunos lo achacaron a mutaciones genéticas de la radiación que inundaba el planeta. Los críos crecían afeminados, sin apenas vello corporal, con voces agudas, faltos de agresividad y apetito sexual. Esto llevó a la humanidad a una crisis de identidad. El Quorum reorganizó en pocos años un nuevo sistema de fertilidad a través de técnicas con células madre que no hacía necesario el semen propiamente dicho.

Según los textos históricos, a partir de ese momento la sociedad cambió radicalmente. Los índices de asesinatos y delincuencia en general prácticamente desaparecieron. El matriarcado se instauró. Las siguientes generaciones de hombres y mujeres maduraron como si jamás hubiera existido lo que los antiguos llamaban guerra de sexos. Todos, dentro de sus diferencias personales, eran muy parecidos. Las relaciones de tres o más personas eran la regla general, formándose las primeras cumilias (hogares comunales y colaborativos). Desapareció el estamento familiar y a cambio aparecieron los cumilos (miembros del mismo grupo). El plano sexual también se transformó. No había reglas. Practicar sexo con las personas de tu entorno era lo mismo que charlar o tomar un refresco.

En el año 2123 murió el último varón no afectado por las alteraciones hormonales. Algunos lo consideraron la extinción de una especie; otros, una consecuencia inevitable de la evolución humana. Las mujeres copaban la gran mayoría de cargos de responsabilidad de la estructura del Quorum. El mundo no había vivido época más prolífica, pacífica y estable.

Setenta años más tarde llegué a este mundo. Mi madre y el resto de mi cumilia me educaron en los valores del Nuevo Orden y crecí feliz entre numerosas personas que cuidaban de mí y me querían. A los catorce años comencé mis estudios en la Universidad Histórica y aprendí la fascinante aventura de la humanidad y su barbarie. La enseñanza estaba altamente politizada y ambientada en los valores sociales adquiridos tras la Gran Guerra. Pronto conseguí un puesto en la biblioteca de la facultad, realizando tareas de catalogación y clasificación.

En mis dos años allí me dio tiempo a conocer sobre las costumbres antiguas y comencé a apasionarme por los siglos XX y XXI. Épocas de despreocupado crecimiento pero que sentaron las bases de la edad moderna. De tanto leer, fui cogiéndole el punto a lo soez, a las tramas violentas y al sexo natural. Si un autor se llevaba la palma en estos tres apartados era un tal Bukowski.

Al finalizar mis estudios, decidí no aceptar el puesto de profesor que la universidad me ofreció, y presenté un proyecto de estudio para ir a las tierras salvajes y documentar las costumbres de las gentes que habían quedado aisladas de los Tres Núcleos. La respuesta fue un no rotundo. La excusa de la contaminación del mundo exterior no me valió. Me había obsesionado con la antropología y con la historia, en concreto con la figura poco nítida que ya solo se recordaba en los libros: la figura del hombre.

Me escapé. Las primeras semanas fueron duras vagando campo a través, alimentándome de comprimidos de supervivencia. Pero lo peor fue cuando se acabó el Behaap. Estuve casi diez días sin poder caminar, con fuertes dolores que salían de mis entrañas, sudores y mareos que reconocí como un verdadero síndrome de abstinencia. Caí en un profundo sueño.

Al despertar me encontré en una rudimentaria cama de paja. Un ser con una frondosa barba me despertó y me contó que me había encontrado mientras estaba cazando. Noté que me hablaba con la benevolencia con la que se habla a un niño. Lo entendía bien a pesar de que su lenguaje era bastante antiguo, parecido al de los libros que solía investigar, pero más rudo y vulgar. Pasé varios días hasta que me recuperé del todo. Además del hombre de la voz grave había una mujer y cinco niños, uno de ellos sin un brazo. Al parecer los cánones de higiene no existían. Cuando le pregunté por una ducha para asearme me miró con displicencia, me sacó de la casa y me señaló un río.

Me trataron muy bien y pasadas unas semanas fui adquiriendo fuerza y confianza como para comenzar a indagar. Hank, que así se llamaba, me explicó que en aquella zona vivían unas doce familias desperdigadas y separadas por muchos kilómetros. No tenían una organización y cada asentamiento era un reino en sí mismo. Me sorprendió lo rudimentario del entorno en el que vivían, lo sucios que estaban y su forma salvaje de comportarse.

Poco a poco, fui aprendiendo de ellos y me acogieron como a uno más. Ayudaba con las tareas domésticas, el ganado y la recolección. Al principio me daba bastante miedo comer aquellas hortalizas contaminadas, pero mi cuerpo no experimentó nada extraño. Bueno, en realidad sí. Una mañana, un par de meses después de llegar a aquel lugar, noté algo extraño en mi cara, como si se me estuviera poniendo áspera. Al preguntarle a Hank sobre qué podría ser, él me contestó:

—Te estás haciendo grande, hombrecito, pronto te saldrá barba.

—¿¿Cómo?? —respondí—. Pero si tengo treinta y dos años. Me sonrió como si me estuviera burlando de él.

Efectivamente, me estaba haciendo mayor, pero de una manera que no podía comprender. Primero, la pelusa en la cara y otras partes; después la voz se me tornó grave, y, finalmente, mis músculos fueron adquiriendo masa.

Pensé en cuál podría ser el motivo, y casi mientras me formulaba la pregunta, caí en la cuenta. Mi mundo se desmoronó. El Behaap no era un narcótico para la felicidad, sino un inhibidor de testosterona. Alguien quería que los hombres desaparecieran tal y como eran antes. Entonces vi la luz. Tenía que volver y contarlo todo, tenía que despertar a los hombres del mañana.