Los dos individuos se hallaban bajo el toldo de “la Juanita”, el bar del barrio del que ambos eran asiduos parroquianos. Habían salido a fumar y conversar, protegidos de las fuertes lluvias que asolaban aquellos días la capital. Era una noche de perros. La lluvia, fría e incómoda, atacaba con furia y no daba tregua, racheando en múltiples direcciones de forma que nunca quedaba uno a salvo.

Uno de los hombres, alto, desgarbado y de complexión delgada, se afanaba rebuscando dentro del bolsillo de su gabardina. Mientras, el otro, un caballero regordete, de anchas espaldas y ojos chispeantes, esperaba a que su compañero le encendiese el cigarro que tenía en la boca.

Finalmente, Andrés, el tipo de la gabardina, encontró las cerillas y en un gesto rápido no exento de cierta habilidad, prendió el cigarro de su compañero y el suyo al mismo tiempo, dejando traslucir una ligera mueca de satisfacción. Tras una pausa, dio una profunda calada y expulsó el humo con una expresión soñadora que su acompañante no pudo dejar de percibir.

¿En qué piensas? preguntó Miguel.

Estaba pensando en el tiempo. ¿Has pensado en cuánto dura un minuto? inquirió Andrés.

Pues no mucho… ¡un minuto dura un minuto!

Andrés sonrió para sí. Conocía a su amigo desde hacía años y siempre le había parecido un tío agradable, el clásico amigo leal, comprensivo y bien dispuesto, con una personalidad fácil de llevar; un complemento perfecto para él, más enrevesado, individualista, en definitiva, complejo. Miguel por contra era más bien sencillo, por no decir simplón, no le daba tantas vueltas a las cosas como él. Era un tipo práctico y bastante ingenuo. A menudo se sorprendía con los aspectos más cotidianos de la vida y esto a Andrés le divertía. Era fácil gastarle bromas a su amigo gordinflón, aunque no abusaba, no era cuestión de perder a su único amigo.

Lo había conocido en “la Juanita” hace años. El solía ir allí a beber sus dos o tres copitas de coñac Peinado (el único lugar de Madrid donde lo seguían sirviendo) al salir de la carpintería. Era su única concesión diaria, el gusto de un hombre solitario que buscaba quemar sus demonios en el alcohol. Un día, hacía ya diez u once años, se le acercó Miguel con una sonrisa y empezó a hablarle. Fue todo un acontecimiento, pues en todos los años que llevaba acudiendo al local, nadie le había dirigido la palabra (a excepción de los camareros o algún cliente para decirle que se apartase). En realidad, ni le importaba ni lo buscaba, y siempre recordaba cómo le incomodó en aquel momento la presencia de ese hombre rollizo y dicharachero. En aquel primer acercamiento, Miguel apenas consiguió arrancarle monosílabos y tal vez su nombre, poco más, y se sintió aliviado cuando el “pesado” sonriente se largó. Pero a partir de ese día apareció casi cada jornada y, testarudo, buscaba entablar conversación con él. No entendía qué podía haber visto en él.

Al final se acostumbró a su presencia, incluso lo echaba de menos cuando no aparecía. Tras la muerte de su mujer, ya no tenía a quien contarle sus teorías y pensamientos extravagantes, y en Miguel encontró a un oyente de primera, siempre sorprendido, siempre halagador. Se sentía a gusto narrándole sus fantasías y sueños, incluso podía incurrir en alguna que otra mentirijilla, pues su amigo el inocente caía, una y otra vez. Lo cierto era que se complementaban muy bien, su amigo conseguía hacerle reír con sus chistes y su espíritu alegre, y él le entretenía con sus historias y reflexiones. Formaban un buen tándem. Además, lo poco que supo de su vida privada (en sus temas personales era muy discreto) también les uniría definitivamente.

Una noche de borrachera Miguel le hizo una oferta que no pudo rechazar. Resultó que era dueño de una funeraria y, aquella noche, entre brindis y confidencias, su amistad se forjaría a fuego cuando le encargó de manera exclusiva la manufactura de sus ataúdes. Andrés, que por aquellos tiempos estaba perdiendo clientela por su depresión y auto-aislamiento forzado, no olvidaría jamás el gesto de Miguel. Serían amigos para siempre.

Sonrió para sí y se dispuso a explicarle a su amigo, sabedor de que le escucharía atentamente, aunque no entendiese una palabra.

–No me refiero a cómo lo percibimos, sino a nuestra propia percepción del tiempo.

La cara que puso Miguel reflejaba incomprensión y sus ojitos lo miraban atónitos, mostrando una curiosidad que iba en aumento. Andrés encontró lo que buscaba en la expresión de su amigo.

Déjame contarte una historia…

 

El sueño

Ayer tuve un sueño, un sueño muy extraño, pero demasiado real por raro que parezca.

Todo comenzó cuando me levanté de la cama para ir al baño. Luego fui a la cocina y mientras me servía un vaso de agua noté que una voz me estaba hablando. Yo buscaba su procedencia y no la encontraba, hasta que pude identificar que venía del microondas.  

En un primer momento todo me pareció normal porque ya sabes que mis sueños suelen ser así de raros. Lo que me sorprendió era que este microondas, que me hablaba por mi nombre, me dijo que se trataba de un sueño. Al despertarme recordaba demasiado bien lo que me dijo. Esto es lo que me transmitió:

Amigo, tengo poco tiempo porque la frecuencia comunicativa que acabo de establecer es un canal inseguro y poco estable. Disculpa la forma que he elegido para establecer relación, pero es la única manera. Tengo algo importante que decirte.

Vengo de un planeta a millones de “parsecs” de distancia del vuestro e infinitamente más grande en tamaño, recursos, nivel de desarrollo tecnológico y de conocimiento en todas las ciencias que podáis conocer.

No voy a perder el tiempo en hablarte de todos nuestros avances, pero si voy a tratar de ponerte en perspectiva acerca de la situación en la que estáis los pobladores de la Tierra.

En mi mundo, pertenezco a la “Liga contra las prácticas abusivas del control mental” (LCPACM), y nos dedicamos a perseguir a aquellos individuos y organizaciones que realizan un uso indebido de esta capacidad que nuestra civilización ha desarrollado.

Seguramente sea duro para ti escucharlo, pero debes hacerlo. La cuestión es la siguiente:

Nuestra civilización, al igual que la vuestra, tiene un sistema basado en la producción y el consumo. Nuestro planeta no era de por sí rico en recursos y cuando estos se agotaron, tuvimos que invadir otros planetas para conseguir metales, fuentes de energía, materias primas, etc.

No quiero entrar en detalles, pero la cuestión es que la acción directa no funcionó porque, tarde o temprano, los habitantes de los planetas nos planteaban problemáticas que nos dificultaban un abastecimiento pacífico y sistemático.

Por ello, hace aproximadamente 10.000 años según vuestros parámetros temporales, creamos la ciencia del control mental. Con este poder, conseguimos controlaros y guiaros en la vía adecuada de desarrollo que nosotros necesitábamos y así conseguimos suprimir el problema principal que nos encontrábamos para vuestro desarrollo: vuestra razón.

Aunque suene paradójico, tiene sentido. Según fuisteis evolucionando como especie, sentíais que iba mejorando vuestra calidad de vida, que estabais limitando los riesgos a contraer enfermedades y lo mejor, que estaba aumentando vuestra expectativa de tiempo de vida. Sin embargo, lamento tener que decirte que siempre habéis vivido un periodo de tiempo establecido.

Nuestros desarrolladores establecieron el ciclo de vida útil de una persona entre 262. 800 y 306.660 horas, lo que sería el equivalente a 30-35 años. La idea que estaba detrás consistía en que exprimieseis de la forma más óptima los recursos del planeta en las generaciones oportunas a un ritmo aceptable y adecuado a nuestros estándares.

No obstante, pronto nos dimos cuenta de que a los seres humanos no era recomendable asignarles un ciclo tan corto porque no se aprovechaba todo su potencial mental. Además, esa necesidad natural vuestra de buscar el desarrollo para mejorar las condiciones de vida y durar más os acabarían por desmotivar para las grandes empresas si no os generábamos algún tipo de ilusión.

Por estas razones, mantuvimos el cuerpo o la carcasa, dicho de otra forma, por motivos meramente productivos modificamos vuestra perspectiva del tiempo desde el control mental, creando el engaño para que duraseis por causas “naturales” cada vez más años, siempre desde vuestra perspectiva.

De esta forma teníais la carcasa más eficiente en cuanto a costes y la mente estructurada temporalmente de la mejor manera para poder extraeros el máximo potencial como generadores de recursos. A los prototipos viejos, aun siendo improductivos, los mantuvimos en funcionamiento hasta un nivel aceptable para seguir ofreciéndoos esa ilusión.

Este cambio entre vuestro tiempo real y vuestro tiempo mental se introdujo en la llamada Edad de Bronce y desde entonces ha sido cuidadosamente transformado para que sintáis esa sensación de mejora en la expectativa de vida.

Bueno, volviendo a la raíz del asunto, quiero que quede claro que sois un producto con un ciclo de vida útil, con una perspectiva del paso del tiempo desajustada y con un fin determinado, abastecernos de bienes y recursos que, creéis, producís sólo para vosotros. Sin embargo, la realidad es otra.

La realidad que creéis es que estáis consumiendo el planeta y que éste todavía tiene reservas. Lo cierto es que ya no tenéis casi nada que ofrecer. Vuestros cálculos y previsiones están completamente distorsionados y manipulados.

Sinceramente no existe ninguna razón económica para vuestra existencia. Así es. Vuestro dios, es decir, mi sociedad, está decidiendo qué hacer con vosotros, ya que en este momento no suponéis más que un coste en mantenimiento, servicios de seguimiento y control, etc. Te adelantaré que actualmente se debate en la Cámara acerca de tres planteamientos para abordar la situación:

El primero consiste simplemente en esterilizaros para eliminar la generación de nuevos productos y en dejaros a la deriva, al libre albedrío para que os extingáis de forma paulatina e indolora. Esta iniciativa la promueven las clases elitistas de mi mundo con una ligera conciencia sobre el sufrimiento de las masas humanas.

El segundo planteamiento aboga por la desactivación inmediata de todas las mentes eliminando todo tipo de coste asociado. Esta solución la apoyan en su mayoría los partidos emprendedores que buscan la conquista de otros mundos, siendo actualmente la visión más popular, aunque me cueste admitirlo.

En tercer lugar, existe la solución que proponemos los miembros del LCPACM, que consiste en haceros conscientes de la realidad, liberar vuestras mentes y dejaros resolver vuestros problemas. En todo este tiempo os hemos cogido cariño y creemos que merecéis una oportunidad para emanciparos y sobrevivir por vuestra cuenta. Por otro lado, somos conscientes del rencor que nos tendréis si optamos por esta solución, pero no sabríais nunca quiénes somos, de dónde venimos ni adónde vamos, así que no creo que exista un riesgo en este sentido.

La última opción sería destruir vuestro planeta con vosotros incluidos, pero está descartada por ser la solución más costosa.

Desgraciadamente, he de advertirte de que el Consejo Superior está a punto de decantarse por la segunda opción debido a su mayor apoyo popular. Al fin y al cabo, somos una sociedad práctica y ambiciosa ¿Qué se podía esperar? No les culpo, pero si queremos impedirlo no tenemos tiempo que perder.

Puedes creerme o no, pero si quieres que triunfe la tercera opción, al menos haz el experimento. Te hemos elegido porque eres especial y eres la persona idónea para iniciar la cadena iluminando al resto. Reúnete mañana con alguien de confianza, en un lugar solitario y cuéntale esta historia…

Andrés, que mientras relataba su historia miraba al infinito con una expresión perdida, se volvió inesperadamente a Miguel y le espetó de forma afectada:

El microondas me dijo… No te creerá, pero cuando termines, recita estas palabras:

Comprar, usar, tirar…. Comprar, usar, tirar…Comprar, usar, tirar

Andrés recitó aquel extraño mantra.

De repente, Miguel, le miró a los ojos con una expresión serena y aparentemente compasiva, que fue evolucionando hacia una frialdad creciente, lo nunca visto en su amigo. Tras quedar unos segundos, que pudieron ser años, conectados, Andrés se desplomó y cayó de bruces. Sus ojos estaban en blanco.

La inteligencia que estaba detrás de aquel Miguel se desvaneció satisfecha. El experimento había sido todo un éxito. Sólo haciéndoles pronunciar el código de desactivación podían destruirlos, y lo había logrado tras años de ganarse su confianza. Este prototipo era especialmente complejo y resultaba ideal para la prueba del método del “Shock Morpheus”.

Estaba orgullosa de sí misma. Gracias a sus altos conocimientos del producto se había convertido en su bien complementario y con sus propias reglas lo había logrado destruir. ¡Qué alivio! Por fin se había deshecho de aquella carcasa inmunda y pesada. La actuación se había terminado.

Se auto exploró. No sentía ningún remordimiento, el producto se les había ido de las manos y se había pervertido. Nada más. No merecían sobrevivir. El proceso sería lento, quizás algo cruel, pero justo, muy justo. Habría a partir de ahora muchos sueños como aquellos, el preludio a un sueño eterno, el sueño del fin de la humanidad.