¿Recuerdas los tiempos en que bailabas con los pies rozando el suelo? Rodeado de tus amigos, repletos de caras desencajadas, mandíbulas vacilantes de aventuras. Ojos de animales asustados en la noche.

La discoteca era oscura. El templo donde las paredes sudaban manantiales de rocío y de los altavoces salían ondas que chocaban contra los cuerpos humanos, confundiendo el latido de tu corazón con el compás de la música excesivamente alta. Orcos golpeados por la noche.

Tus oídos luego, en la noche horizontal, con las persianas bajadas, se quejarían con una tonalidad aguda que se alargaría durante horas, mientras los pensamientos surgirían al alba, de la misma manera que brotan las cucarachas de la basura, a una velocidad descomunal y sucia, ingiriendo con sus pequeñas mandíbulas la escayola del techo.

Aun con eso, en la noche, mirabas a la nada, y bailabas, sin preocuparte por la tempestad venidera, fijando tu mirada perdida en las caras traspasadas por la angustia de los demás inquilinos. Allá está Laura, moribunda y demasiado flaca. Juanjo, enclaustrado en su ritmo acelerado y en mañanas de llamadas de socorro. Y Juan y Pedro. Y Marga. Sandalias arregladas con bolsas de basura. Emociones artificiales elucubradas como verdaderas. Conversaciones interesantes o lloros por pretextos.

Júbilo y destierro.

Todos en corro. Los de siempre.

Y allí, acompañado y solo, en medio de la nocturna batalla, surge ese pensamiento que se mete sin querer en tu cabeza, empapándote de un miedo tan atroz como incierto:

“Todos los de esta sala moriremos, no somos nada”.

En ese momento, tomas conciencia: cualquier acción, pensamiento y acto de nuestra existencia está supeditada a eso. Cada minuto mueres un poco, y desde la óptica de tu brevedad, los sucesos toman una importancia trascendente. La magnitud del instante te supera, por eso sientes el galope de los nervios del estómago a la lengua mordida y devastada. Quizás el ardor se sienta en la mente, pero la diversión artificial continúa y sigues “disfrutando”.

Sin embargo, esos tiempos pasaron.

Ya no machacas tu nariz en los lavabos. Ni tienes tiempo, tu bien más preciado. Ahora sólo estas aquí, viviendo tu vida. Una vida calcada a la de los otros.

Has estudiado y has trabajado. Y a estas alturas ya te has dado cuenta que esto no es como te contaron, esto no es Beverly Hills ni su sueño americano. Pero vas tirando. El primer salario, la primera patada del paro. Sigues bebiendo demasiado y vas de empalmada al trabajo. No vas a la huelga porque quieres conservar tu empleo. Tus compañeros se muerden entre ellos las manos. Sigues haciendo horas aunque tu horario ya ha terminado. En compensación, abasteces tus deseos consumistas con artículos con los que nunca habías soñado.

En unos años, o en cualquier momento de tiempo indeterminado, miras a la madrugada en los ojos de otro ser humano con el que has conectado. Sentado, se acerca y te besa los labios. Los primeros besos, los primeros abrazos. Los paseos nocturnos llenos de conversaciones líricas, su espalda desnuda al lado de tu cama. Las cajas de mudanza en tu casa. Y el pistoletazo de salida.

Comienzan: despedidas de “solteros vs solteras” con gente disfrazada. Invitaciones de bodas con número de cuenta. Coches de época. Vídeos caseros montados por tu mejor amiga. Un baile de fiesta perfectamente orquestado. Risas. Alegrías.

Luna de miel en Tailandia con todos los gastos pagados alineada a las fotos en redes sociales para visualizar lo bien que te lo has pasado.

Al cabo de poco, continúas trabajando todos los días. Compras una televisión gigante. El smartphone con la mejor cámara. Millones de megapixeles en tu cara. Y comienzas a representar el papel de tu vida. A hacer fotos de tus desayunos. Tumbada en la playa, piernas en forma de salchicha. Viendo el fútbol con cervezas importadas. Siempre felices. Él y ella. Tú y yo.

Y te preguntas, un día, cuándo cambiaste lo efímero de los atardeceres por los “me gustas” de tu selfie en Instagram.

La poesía que nos arrebató la tecnología.

Por eso, también, respuestas a emails a las 1:23 a.m. Ansiedad cuando se acaba la batería. Dinero en pastillas para dormir por la noche y en píldoras para “aguantar” la mañana. Amigas y amigos que se convierten en letras en vez de en caras. Recorrido de ansiedad en tu nuca por no llevar la vida que esperabas.

Y decides tener niñas y niños, y por un momento, todo recobra sentido.

Nauseas matutinas. Sesión de body paint para embarazadas. Doulas. ¿Parto en casa? Pintar la habitación de azul. Nace, crece, se reproduce y mueres y renaces. ¿Cómo puedo querer tanto a alguien que acabo de conocer? Llevarle a la guardería. Jugar con ella en el parque. Las primeras risas. Mamá y Papá. No comas eso. No toques. Sí, ese es tu tío. Dale un besito a la abuela. Te quiero.

Pero la rutina otra vez llama. Y tu momento relajante del día pasa a ser ver una serie en Netflix después de que se acuesten los niños. Sólo diez minutos de visionado antes de dormir. Cada tres semanas, un poco de sexo mecánico con alguien que antes adorabas en la cama.

Un viernes al mes, una cerveza furtiva con las compañerxs después del trabajo. Y el del departamento de marketing que te pone ojos de garza a punto de ser devorada. Y la compañera de despacho que te acaricia el pelo después de una jornada nefasta.

La tentación. Y después, el drama.

Y un día decides que todo se acaba. Y te divorcias. Y te vas a vivir a un piso solx. Y tus amigxs no están y tienes que buscar gente debajo de las alfombras.

Y pruebas con el amor digital, más efímero que los atardeceres de Instagram. Piel y sentimientos con obsolescencia programada. En tu pantalla, algoritmos de fotos uno tras otro. Match. Citas. Más Fotos.

Amor líquido.

Te dejas barba hipster. Adquieres camisetas feministas compradas en Zara. Comienzas a ir al gimnasio. Las ingles brasileñas. Tomas zumos ecológicos y comes shushi. Eres runner porque es mainstream. Vas a los mejores restaurantes que te dicta Google. Un nuevo móvil por Amazon aún más grande que el último ladrillo, aquél que te dejó perdido en Burgos cuando tratabas de encontrar Palencia.

Fotos. Sí. No. Sí. No.

Y follas. Y no follas. Y te sientes vacíx.

No obstante, sigues sin tiempo. Para ver a tus padres, ya demasiado mayores y agotados. No reconoces a tus amigos en la boda si no han actualizado su foto de perfil. Planeas parar un segundo a contemplar el horizonte que llamas utopía en el 2020. Sigues trabajando, aún más que antes. Quieres un coche más grande, una pareja más inteligente y atractiva. Unx hijx que no te hable tanto de tu ex. Quieres todo.

Hasta que un día dices “ya basta”, porque te das cuenta de que tus sueños se acabaron y tú no hiciste nada. Que los políticxs son patrañas. Que votar es un derecho inútil. Que gastar es miel para mantener a las moscas bien calladas. Y tratas con desdén a la gente, porque eres el único ser humano que sabe la verdad. El resto de las personas son vacías y estúpidas. Te aburren, su levedad, sus conversaciones vacuas, su pensamiento único.

Decides volver a nacer. Enmendar todos los errores de tu pasado. Así que te introduces por un agujero oscuro y al otro lado vuelves a emerger. Desde la incubadora, ya no pierdes el tiempo en las cosas que no importan. Y no te agarras a nada porque todo es efímero. Así que vives la vida disfrutando cada momento en tu infancia y adolescencia porque sabes que va a ser tu mejor época. Y después, de joven, viajas, sueñas, descubres, conoces, duermes bajo las estrellas, miras a las personas por encima de los prejuicios, estableciendo lo que en realidad son.

Y vives.

Así que viajas, surcas los mares y las tierras de este planeta, este minúsculo punto del universo que se expande, adherido a las manos de tu diario. No obstante, dejas de escribir poesía porque quieres ser poesía: Vivir, joder, vivir. Y gritas a todos los otros cómo deben de vivir y despertar de ese sueño de capitalismo y tecnonihilismo. Así que pedaleas en bici por los acantilados del Cantábrico. Surcas las playas de Arradial Do Cabo corriendo descalzo en Brasil. Escuchas el rugir de los leones en la alguna reserva de Zimbabwe. Y van pasando los años, experiencias, falta de rutina. Mas en la mochila no queda nada. No queda absolutamente nada.

Pero un día, perdidx, en un sitio frío, con el dolor de los huesos y la piel del pasar de los años, sueñas que alguna vez tuviste un bebé. Cuando despiertas, una lágrima de tu rostro despega, la emoción de tristeza que la luna embriaga, te atrapa. Te sientes solx, recapacitas y piensas:

“He perdido el tiempo. Ojalá pudiera empezar de nuevo”.