La ciudad de Iquitos sube y baja al son del Amazonas, durante medio año flota en sus aguas, durante el otro medio está varada en su orilla. Alrededor de ella, sólo agua y selva.

Fue fundada por el afán evangelizador de los jesuitas a mediados del siglo XVIII; explotó y fue explotada por los caucheros un siglo después; se llenó de buscavidas que la abandonaron tan pronto como el caucho fue reemplazado por el petróleo; y se hizo conocida gracias a dos escritores gringos que viajaron hasta ella en busca de algo que les hiciese viajar más allá, parece que lo lograron porque desde entonces no dejan de llegar más y más gringos con sus mochilas a la espalda para seguir viajando como ellos dos lo hicieron, tomando ayahuasca.

Iquitos es una isla urbana en mitad de un mar verde. No hay carreteras que la conecten con el resto del Perú, noventa kilómetros de asfalto son los únicos que entran o salen de esta ciudad, unen Iquitos con Nauta y Nauta con Iquitos. Tres enormes ríos navegables la rodean y por ellos se desplaza el hombre; son autopistas naturales formadas antes que nuestra especie y que nos animan a reflexionar sobre lo efímeros y pequeños que somos. Por sus calles rectilíneas, cuadriculadas, zumban los moto-carros en un orden muy poco ordenado, cual abejas encerradas en un panal chiquito. El viejo sol calienta como recién creado y la humedad se te pega sin ningún cuidado. Es una ciudad viva, alegre, luchadora, donde no llegó el terrorismo iluminado de Sendero Luminoso y que se enfrentó duro a la represión sanguinaria del ex-presidente y actual preso Fujimori.

La gente parece libre porque así se comporta. Hablan bajito, casi en un susurro, y muy rápido. Dicen un “no” alegre y confiado cuando tienen claro que no y un “tengo pereza” si les insistes; el “sí” es más relativo, es un “puede que sí, ¿quién sabe?”. Los hombres que quieren vestir de mujer se arreglan y salen a la calle, al trabajo, sin miedo; y sin complejos te muestran la mejor de sus sonrisas mientras te sirven una hamburguesa o te venden un seguro de motos.

Entre la algarabía de gente que va y viene y los que no se ven venir ni ir, porque andan lejos, allá por el inmenso mar verde, se diferencian algunos colectivos. Indígenas llaman a los hombres y mujeres que no se han mezclado con tribus distintas a la suya y que cuidan de su lengua y de sus tradiciones; algunos se disfrazan para los gringos que turistean en busca de algo más que de la famosa ayahuasca. Rivereños son aquellos mestizos, mezcla de sangres indígenas, que se asientan allá donde el río siga siendo generoso, si no lo encuentran, invaden terrenos improductivos alrededor de Iquitos. Los occidentales, compilación de sangres mezcladas, seguidores de un tal “capitalismo”, buscan y rebuscan lugares nuevos que esquilmar, gente aislada que explotar, para alimentar su insaciable y suicida sistema económico.

Hablar de Iquitos es hablar de Libertad, libertad de pensamiento y libertad de acción, donde uno es lo que quiera ser: hippie ambulante en el malecón, travesti de noche y de día, selvático invasor de terrenos vacíos, indígena por vía genética o por reconversión al amparo de las ayudas económicas, gringo ayahuasquero en busca del paraíso perdido, capitán de agua dulce en el Amazonas…