La puerta de la buhardilla estaba abierta cuando llegamos. Mónica me lanzó una de sus miradas, yo asentí con la cabeza y entramos sin pensárnoslo dos veces. Era un viernes de madrugada. Nos acabábamos de conocer en una discoteca y buscábamos un lugar donde dar rienda suelta a nuestra pasión. A la mañana siguiente amanecimos allí arriba y decidimos quedarnos.

La buhardilla era un cuartucho de apenas cinco metros cuadrados. Tenía una ventanita sin cortinas orientada a un patio lleno de tendederos. La humedad había surcado las paredes y el techo de grietas. No había ningún mueble a excepción de la cama de matrimonio. El suelo de mármol te entumecía los músculos al menor contacto con él. Mónica y yo decíamos que sólo el calor del otro podía devolvernos la circulación en esos casos. Por eso íbamos siempre descalzos. Nos gustaba volver corriendo del “baño” en busca de unas piernas donde resguardar los pies.

No salimos de la buhardilla en todo el fin de semana. Hacíamos el amor, dormíamos, charlábamos sobre cualquier tema, trascendente o intrascendente, y volvíamos a hacer el amor. Mónica conseguía excitarme de una infinidad de maneras. Bastaba con que levantara una ceja, asomara un centímetro de su lengua y la arqueara hacia arriba o dijera alguna frase que para mí tuviera un doble sentido. Entonces volvíamos a la carga, unas veces despacio y con suavidad, otras con una violencia que aquellas tablas de madera no pudieron resistir.

El lunes por la mañana Mónica me dijo que se iba a trabajar. Estaba en el rincón, lavándose el pelo con la manguera. “Tú también tendrás que ir al almacén, ¿no?”. Tardé unos segundos en recordar que llevaba cinco meses trabajando como técnico de logística. “A la vuelta compraré algo de comida…”. Nuevamente me quedé sin palabras. A pesar del inmenso desgaste físico, no habíamos probado bocado desde el viernes.

Ese día vagué como un fantasma por el almacén. Me equivoqué con un pedido importante y estuve a punto de arrancar un par de cabezas con la carretilla. A la hora del descanso comí solo. “Cada minuto que pasas aquí es un minuto menos junto a Mónica”, me repetía una y otra vez. Trabajar puede ser reconfortante cuando llevas una vida miserable como la mía antes de conocer a Mónica. Sencillamente te ayuda a no pensar durante varias horas al día… Pero esa mañana yo veía el mundo de una forma totalmente distinta. Todo me resultaba ajeno, incomprensible y absurdo. Aquellos hombres embalando cajas, transportándolas de un sitio a otro, poniendo etiquetas para que otros hombres conocieran el contenido de esas cajas… No es que me sintiera superior a ellos, sólo infinitamente más afortunado. Era consciente de que volvería a ser uno más en cuanto Mónica desapareciera, y por eso precisamente debía disfrutar de ella mientras pudiera.

“¿Por qué no dejamos nuestros trabajos?”, le dije al volver a la buhardilla. “Así no tendríamos que salir más”. “No digas tonterías anda”, me respondió muy seria. Después de cenar, en lugar de tumbarse y abrazarse a mí, se sentó sobre el colchón con el portátil en su regazo. Se había traído también algo de ropa, su almohada favorita y unas velas aromáticas. “¿Para qué necesitas todo esto, Mónica? ¿Es que no te basta con tenerme a mí?”. Me miró de reojo y volvió a bajar la vista. Entonces sentí celos de su ordenador, descansando sobre esos muslos, acariciado por esos dedos, devorado por esos ojos… La indiferencia de Mónica me resultaba enormemente dolorosa. El día menos pensado se iría de la buhardilla y no volvería a verla. Era un momento que llegaría tarde o temprano, ¿pero por qué tan temprano? De pronto cerró el portátil y me lanzó una de sus miradas. Hicimos el amor tres veces seguidas.

El martes me mandaron a por unos papeles a la otra punta del almacén. Tenía que encontrar a un tal Marcos de documentación. La primera media hora fue toda una aventura. Aquel pasillo interminable se me antojaba plagado de secretos. “Detrás de esas cajas la secretaria Betty y el carretillero Fernando están haciendo el amor”, pensé, y al detenerme creí escuchar unos gemidos ahogados. Más adelante el pasillo se bifurcaba y yo seguí las indicaciones de un matrimonio de la época de los dinosaurios. “Concepción y José”, me dije. “Se conocieron en el almacén y han jurado no jubilarse hasta que el otro la palme…”. Entre tanto iba preguntando por el tal Marcos a cada persona con la que me cruzaba. ¿Quién era ese tipo? ¿Existía de verdad o era sólo una excusa para que yo continuara mi aventura? Mis compañeros me seguían el juego como adultos incapaces de quitarle la ilusión a un niño. Mi felicidad y mi energía eran contagiosas. Por mucho que deseara salir del almacén y volver a la buhardilla, seguía proyectando la imagen de un hombre que ha vuelto a nacer. Entonces pensé que los lugares no son tristes ni alegres de por sí, sino que reflejan los estados de ánimo de quienes los habitamos. En sólo media hora había conseguido arrancar un montón de sonrisas y transformar el almacén en un lugar mucho más interesante. ¿Y si, de ahí en adelante, seguía compartiendo una porción de mi inmenso pastel de felicidad? Deseché la idea de inmediato. Era una traición hacia Mónica. Mi felicidad se la debía a ella, y no debía compartirla con nadie más. En ese momento se rompió la magia y la realidad volvió a mostrarme su verdadero rostro: monótonos pasillos con estanterías plagadas de cajas, lugares donde jamás había ocurrido (y jamás ocurriría) nada interesante. El tal Marcos resultó ser una persona de lo más vulgar y antipática. A las cinco en punto salí corriendo del almacén.

 

En la buhardilla había dos hombres vestidos con monos azules. Mónica les estaba dando instrucciones. “¡Esteban! Mira, he llamado a los fontaneros. ¡En un par de días tendremos váter y ducha!”. Aquella invasión me pareció intolerable. Una profanación de nuestro templo sagrado. Les dije que se fueran inmediatamente, que en nuestra buhardilla no había espacio para baños. Nos miraron extrañados, primero a mí y luego a Mónica. “Podéis iros, chicos. Volved mañana a la misma hora. Quedaos con la copia de la llave”. A continuación tuvimos nuestra primera discusión. Mónica se echó a llorar en cuanto le recordé el pequeño tamaño de la buhardilla. Me gritó que, si yo la veía así, era mi problema. “La buhardilla es del tamaño de nuestro amor, Esteban”. Aunque no entendí a qué se refería, tampoco soportaba verla triste. “Haz lo que quieras, Mónica, pero a mí me gusta como está”.

Las obras se prolongaron durante casi dos meses. Los fontaneros terminaron el baño y fueron relevados por una cuadrilla de albañiles rumanos. Llegaban por la mañana y “trabajaban” hasta las siete de la tarde. Mónica cogió confianza con ellos enseguida (sobre todo con Emil, el jefe de la cuadrilla). Cada vez que apoyaba su mano en aquel hombro tatuado, yo sentía que me clavaban un cuchillo en el corazón.

Nos instalaron electricidad, gas natural e Internet. Cambiaron el mármol por parqué. Arreglaron y pintaron las paredes. Tiraron y construyeron tabiques porque Mónica prefería “una distribución con un pasillo en medio”. Después de la cocina, vino la sala de estar. Después de la televisión, llegaron la bañera, la nevera, el microondas y la lavadora. Mónica estaba entusiasmada con todo aquello; a mí me horrorizaba. Dormimos entre escombros, inhalando pintura y barniz, amanecimos cubiertos de serrín… pero no abandonamos la buhardilla ni una noche.

 

Mónica y yo entendíamos el amor de maneras muy distintas. A mí me apetecía estar con ella las veinticuatro horas del día. Iba de casa al trabajo y del trabajo a casa. Corté relaciones con todo el mundo. Nadie de mi entorno conocía nuestra dirección ni mi nuevo número de teléfono. Mónica, por el contrario, seguía con su vida social como si yo no existiera. Los domingos iba a comer a casa de sus padres y entre semana quedaba con amigas o compañeros del trabajo. A veces traía gente a la buhardilla, y yo me comportaba como el peor de los anfitriones. Bebía más de la cuenta y no hablaba con nadie que no fuera ella. Sabía lo mucho que le dolía mi comportamiento, pero era incapaz de fingir agrado por todos aquellos intrusos.

En el tema del trabajo también discrepábamos radicalmente. Intenté hacerla entrar en razón de todas las maneras posibles, pero fracasé. Mónica se negaba tajantemente, no sólo a dejar su trabajo, sino a que yo dejara el mío. “Yo no odio mi trabajo”, me dijo una noche. “No digo que lo odies, Mónica, pero reconoce que si lo comparas con estar conmigo…”. “¿Y por qué tengo que compararlo todo contigo, Esteban? ¿Quieres más a tus padres o a mí? ¿Te lo pasas mejor con tus amigas o conmigo? Yo tenía una vida antes de que tú aparecieras, ¿sabes? Y el hecho de que no renuncie a ella no significa que te quiera menos. A ver si lo entiendes de una vez”. “De acuerdo, tenías una vida… pero piénsalo… ¿No ves que nos roban casi cincuenta horas todas las semanas? Estos primeros meses no volverán, Mónica, y si no los aprovechamos nos vamos a arrepentir. ¿Qué importa lo que pase después? Encontraremos otro trabajo o moriremos de hambre, pero habremos vivido felices…”. “Esteban”, me interrumpió. “No me he atrevido a preguntarte esto hasta ahora, pero… ¿tú sabes en qué trabajo?”. “¿Cómo no voy a saberlo? Eres arquitecta”. “No soy arquitecta. Soy diseñadora de interiores”. “Bueno, en vez de diseñar edificios por fuera los diseñas por dentro. Tampoco hay tanta diferencia, ¿no?”. “Claro que hay diferencia, aunque es un poco tarde para explicártela. Para ti el trabajo es algo secundario, que haces por pura supervivencia, pero para mí no. Me ha costado muchísimo llegar adonde he llegado, y no pienso dimitir sólo porque a ti te parezca el súmmum del romanticismo”.

Pasamos por muchas dificultades, pero aguanté. Aguanté porque estaba locamente enamorado de ella. Aguanté porque, en la intimidad de la buhardilla, seguíamos siendo Mónica y yo. Aguanté porque no dejaba de repetirme que la buhardilla era del tamaño de nuestro amor y yo no soportaba verla triste. Aguanté porque cada noche hacíamos el amor y dormíamos abrazados hasta que sonaba su alarma de las siete de la mañana.

 

Mónica llegó más pronto de lo habitual aquella tarde. Yo estaba sentado en el sofá del salón, esperándola. Abrió la ventana, como cada día, y se acurrucó junto a mí. Me miró tímidamente y, con su tono de voz más dulce, me soltó lo de la habitación. Para mí fue la gota que colmó el vaso. Desfilaron por mi mente aquellos dos meses de locura. Lo había aguantado todo sin rechistar, pero mi paciencia también tenía un límite. “¿Para qué coño quieres otra habitación, Mónica?”. No me respondió. Se levantó del sofá y empezó a pasear por la casa. Entró en nuestra habitación, volvió al salón y luego se metió en el baño. Miraba a su alrededor con cara de sorpresa, inspeccionando la buhardilla como si la viera por primera vez. Se acercó al sofá y, al pasar su mano por el respaldo, lo transformó en nuestro viejo colchón. A continuación siguió acariciando objetos mientras se movía como inducida por alguna droga alucinógena. A medida que sus manos se posaban sobre ellos, los muebles y electrodomésticos iban desapareciendo. Atrajo hacia sí las paredes del pasillo hasta que éste dejó de existir. Repitió la misma operación con la cocina y el salón. La buhardilla quedó finalmente reducida a un cuartucho de apenas cinco metros cuadrados. En ese momento volvió gateando hacia mí y rodeó el colchón dos veces, dejando a su paso un suelo de mármol. “Me voy, Esteban”, dijo poniéndose en pie. Su voz sonó cansada y muy lejana. “A ver si lo he entendido, Mónica. Después de todo lo que he sacrificado por ti, ¿te vas porque no quiero otra habitación?”. “Efectivamente, no has entendido nada…”. “Encima no intentes echarme la culpa. Nunca me has querido. No sé cómo he podido estar tan ciego”. “No te atrevas a decir eso, Esteban. Eres tú el que nunca me ha querido. Sólo buscabas a una mujer para satisfacer tus deseos románticos (y los no tan románticos). Pero en realidad no sabes nada de mí. Nunca te interesó mi trabajo. Nunca te preocupaste por conocer a mis amigos y a mi familia. Y por supuesto nunca quisiste construir nada juntos. Te bastaba con vivir en este cuartucho. Ahí lo tienes. Una buhardilla del tamaño de tu amor”.

Dejé que se fuera sin mover un dedo. Aunque mis motivos eran contradictorios, todos apuntaban en un mismo sentido. Estaba enfadado y dolido, pero sabía que Mónica tenía razón. En cualquier caso, era el fin.

Mientras observaba embobado el techo y las paredes, reparé en un pequeño detalle: Mónica no les había devuelto sus grietas originales. Al salir de la buhardilla me aseguré de dejar la puerta abierta, tal y como la habíamos encontrado nosotros.