A la memoria de un amigo del alma, y del cuerpo, Jorge Relaño,"Rela".

                                                                                                                            Viajer Bagdad.

Cuando los inspectores de la brigada étnica, Auxibio Ngwema (ex-profesor) y Evergislo Mba (ex- boxeador) llegaron al local, se encontraron un espectáculo sórdido y desolador: el cuerpo de una chica negra se balanceaba suavemente al ritmo de las aspas del ventilador: zashh, zishhh, zashhh…, colgando de una corbata con un nudo perfecto. La sangre resbalaba y goteaba lenta, rítmicamente, sobre una caja en la cama.

[1] Thomas Stothard. The voyage of de sable Venus, from Angola to the West Indies (1801). Dos delfines arrastran la barca: Tritón dirige uno mientras hace sonar su adornado cuerno; dos amorcillos juegan con el otro delfín; mientras diversos querubines revolotean sobre los cabellos de Venus, abanicándola con plumas de avestruz. Sale del mar una orca y Cupido, desde el cielo, dispara una flecha a Neptuno.

La chica estaba ataviada como el cuadro [1] que colgaba de la pared: una Venus negra, suave y sensual, sentada en un trono de terciopelo, que excepto los brazaletes y el collar de perlas, no conservaba más ropa que un pequeño ceñidor bordado. Presentaba, aparte de las heridas en las muñecas, cicatrices en el esternón y una concha sujeta con un imperdible que atravesaba su pezón derecho (un fetiche de protección muy usado por las prostitutas nigerianas).

Junto a la cajita había una nota:

Una familia de Edo compró esta cajita para la “consagración” de su hija. El artesano se suicidó. La caja fue vendida después a una “madame sacerdotisa” que también se suicidó. La caja se la dieron a su madre, que murió la semana después. Su hermana, más joven, comenzó a utilizarla y fue atropellada por un coche. Muchos más “propietarios” ya no viven.

¡Prohibido abrir esta caja!

 

 

– ¿Qué tenemos Ever?

– No sé Auxi, parece que se ha cortado las venas.

– Yuyu, me huele a chamusquina.

– Habrá que abrir la caja ¿no?

– Ábrela tú ¿no te jode?

– Está bien ya haremos que alguien la abra en comisaría sin que se entere del dichoso cartelito. Llama a la científica y al forense.

– Ah, y ve preparando la rueda de interrogatorio de todas esas desgraciadas. Y a sus chulos.

– Será mejor hacerlo en comisaría. Están muertas de miedo.

– ¿Te has fijado? Va vestida como la del cuadro.

– Sí, como si fuera una apología de los tiempos de la trata de esclavos, una alegoría de las virtudes de las jóvenes negras, preferibles en las noches a las blancas, por su accesibilidad y apasionamiento. Añadió Auxi con aire distinguido y guiñando un ojo.

Kelechi Alala, las hermanas Asemota, Ikponwosa y Osatohanmwen, Ufuoma Asiuwhu, Adesuwa Efosa, Enabulele Lucky, Idenha Nwaka corroboraron y firmaron la declaración: los chulos hacían ceremonias donde bailaban y brincaban desnudos y armados de machetes, sobre un solo pie, parodiando el corte de hierbas o el golpeo del martillo en el yunque, dando vueltas como en un remolino, riendo a carcajadas, en contorsiones voluptuosos, en éxtasis permanente, lamiendo a continuación a las chicas como posesos, intentando chuparles pústulas imaginarias. En el centro de la estancia colocaban las respectivas cajas que contenían los “pelos del coño” de las susodichas. Posteriormente las amenazaban y violaban en grupo.

De aspecto amenazador y desafiante, los chulos: Ekhosuhei Aiminecho, Idowu Orion, Tiamiyu Olamide y Nikeiro Anoniwu, negaron la mayor y mantuvieron un hermetismo gremial, a pesar de las convincentes técnicas de persuasión del inspector Mba. Sólo admitieron ser intermediarios de los orishas (dueños de la cabeza) que se relacionan con los muertos, con los antepasados: con Shangon (el rayo, el trueno): Osain (la selva, las enfermedades psíquicas); Shamkpana (que castiga el incumplimiento de las promesas bebiendo la sangre de la víctima); Elegua (el que abre o cierra los caminos); Obàtálá (dueño de los pensamientos y los sueños); Yewuá (orisha del cementerio, que vive dentro del féretro en el sepulcro).

Evergislo Mba se retrepó en el sillón del despacho, y cruzando sus manazas se dirigió expectante al inspector Ngwema: – A ver Auxi, por favor, reconstruye la historia.

La familia de Loweth Egbon, así se llamaba la desdichada (agobiada por las deudas, ya que su padre mantenía a varias esposas), había comprado la cajita al artesano Edo Suki para la consagración de su hija: decorada con tallas hieráticas de madera cruku, con dibujos de reptiles e incrustaciones de insignias de hierro y figurillas de devoción femenina en marfil.

El brujo, Ekas Edusi, les había prometido allá en Nigeria, prosperidad y seguridad para el clan. En la ceremonia de “consagración”. A Loweth, una vez bañada con la sangre de una gallina negra decapitada y comer el corazón crudo de un pollo, el brujo le cortó las uñas de las manos y los pies; mezcló la sangre de varias incisiones en distintas partes del cuerpo con vello de las axilas, y la de la primera menstruación unida al vello del pubis. Envuelto todo ello en las bragas de la conjurada, lo guardó todo en la cajita, para en caso de no satisfacer la deuda “hacérselo pagar”.

Repetía el brujo incansablemente salmodias del tipo: ki se ko de la mi wo; oru ti ikú o ni le pa; ora yen lo dum mi l’okan moran se s’oyibo.

– Traduce que me pierdo, urgió nervioso Evercislo.

– (yo espero pacientemente el pedido); (es un esclavo que la muerte no podrá matar); (es lo que me impulsó a enviar a alguien al país del blanco). Tradujo el erudito Ngwema.

Mediante el ritual en el que estaba presente toda su familia, a Loweth le hicieron jurar que no se iba a escapar, el juramento permitía que los dioses les protegerían del mal. Un pacto de silencio y una deuda a saldar de 60.000 euros mediante lael que quedaba exonerada de sus futuros pecados de prostitución, algo muy mal visto en la etnia yoruba. La amenaza de la ceremonia vudú quedaba de manifiesto si traicionaba su promesa.

Emprendió viaje a través del desierto, a través de Agadez a Teneré (donde durmió bajo el árbol solitario), cruzando las montañas de Ahaggar hasta llegar a Argelia y luego Marruecos, donde esperó, escondida en los bosques rifeños, el mejor momento para embarcar en una patera, previo pago del pasaje al “pasador”. Consiguió el pasaje a cambio del contrabando de droga en su culo y su coño, envuelta en paquetes romboides con letras árabes en las aristas (protección mágica hechicera).

Una vez en la península llamó al número memorizado de su “Mami”, o madame, que le diría lo que hacer, y a quien le había llegado misteriosamente la cajita. Convivió varios años con su madame (prostituyéndose de 19,00 h a las 7,00 h), hasta que se ganó su respeto y confianza, y lograr el cargo de coordinadora de las nuevas chicas que iban llegando. De los invernaderos de El Ejido, al club Glamour en Córdoba; la Rosa Élite y el Venus en Valdepeñas (donde adoptó el sobrenombre, se hacía llamar Venus); de allí al Leidys en Denia; París en el Puerto de Sagunto; Las Palmeras en Castellón; el Privé en Tarragona; Estel en Vendrell; y Cuatro Hermanas en Puxol… Es posible que en alguno de esos tránsitos fuera vendida, revendida y que fuera recobrando su libertad, pero nunca su cajita.

Durante este tiempo la ceremonia del vudú se volvía a realizar repetida, regularmente, por los brujos secundarios de manera colectiva: rituales con cuencos, ungüentos, arenas, cenizas, restos biológicos, recortes de papelitos con los nombres de las chicas, etc. La cajita se volvía a abrir exclusivamente para ella, renovándose el pacto secreto, interminable. A pesar de sus protestas, algún brujo la roció con un líquido maloliente diciéndole que iba a morir, y enfermó verdaderamente, hasta que el hechicero fingió romper el hechizo convenciéndola de que le había sacado un lagarto de su cuerpo, y amenazándola de que eso mismo le pasaría a su madre y hermanas si no seguía colaborando.

Finalmente obtuvo su libertad para regentar su propio negocio: el mismo, ella sería la madame. Pero aquí la renovación del embrujo fue su pequeño Idowu: temía por su vida y la de su hijo, no tenía ningún control sobre su vida, sólo intentaba sobrevivir y mantener vivo a su hijo; pues la separación de su bebé, secuestrado repetidamente, le causaba dolor, angustia y preocupación por no poder protegerlo. Muchas veces lo encontraba en una habitación del burdel atado a una cama y sedado.

– En definitiva, intentó escapar, pues ya había pagado la deuda. Pero no podía dejar la cajita, tenía los pelos de su coño ahí dentro. Finalizó Ngwema.

– ¿Entonces no podemos acusar a ninguno de esos chulo-brujos? Exclamó desesperado Ever.

– A todos y a ninguno, concluyó Auxi. La defensa argüirá que no hay pruebas de asesinato e inclinará al tribunal por la tesis suicida.

– ¿Y se cortó las venas, antes o después de colgarse?, gritó Ever.

– Sí, se las cortó por no poder recuperar su cajita. Sentenció enigmático Auxi.

– Mira esta foto que nos manda la embajada de Nigeria. En el domicilio del brujo Ekas Edusi colgaba de de un ventilador una soga con un pequeño busto de cerámica africana extrangulado por el cuello.

– Parece una cabeza de Odùduwá (orisha creador del mundo), como las  cabezas de bronce de “cera perdida” amarillento-rojizas, piezas de Ifé, legendaria ciudad yoruba. Como las máscaras de Epa, Egúngún y Gèlèdé. No sé…, tartamudeó Auxi.

– Tú siempre con el prurito académico, Auxi.