El recuerdo me hablaba desde la caja negra fúnebre de zapatos. Me hablaba todos los días, a cada rato, pero sobre todo en días nublados en que solicitaba asilo político en mi piso.
Lo había escondido lo más alejado posible, en aquel espacio mundano de la estantería, debajo de diferentes libros con diversas líneas temáticas. Enterrado entre cuestiones del pasado, en el espacio más interno de subconsciente físico de mi salón.

Aquel recuerdo no me dejaba avanzar, me dejaba quieta en la nada, moviéndome solo por el rotativo punto que nos mueve a todos en el mundo, el eje de la tierra respecto al sol y respecto a sí misma. Ese ritmo casi inapreciable nos desplaza bajo nuestros pies, aunque nosotros no lo percibamos, no deseemos permanecer en movimiento. No obstante,  el recuerdo me dejaba varada. Inmóvil.

Y eso que a mí, el movimiento de las cosas a veces me conmueve. Me pasa desde muy pequeña, cuando escrutaba a mi madre en sus quehaceres diarios y me atolondraba el vaivén de sus ademanes caseros. Me sigue pasando ahora, pedaleando sola por caminos de tierras en medio de la niebla, descubriéndose ante mí montañas acariciadas por las nubes; y sentirme pequeña ante la inmensidad del paisaje. Solo, conmigo y mi bicicleta; y la poca mano del hombre en las tierras donde se posan mis ojos. A veces, corriendo cuesta arriba al lado de un acantilado, viendo cómo la playa maneja olas bravas contra los escasos bañistas.

Lloro por dentro cuando viajo en el metro, y lo digo muy alto, porque ya he sobrepasado la edad en la que importaban los matices sociales, y sí, lloro por dentro cuando veo las historias de vida comprimidas entre parada y parada. Todavía hoy recuerdo al chico que destilaba luminosos rayos azules, mientras bailaba y cantaba en medio del vagón, porque en mi recuerdo sonreía aunque fuese un loco extraño y, además, esa emoción me dio la excusa necesaria para escribirle a Encina (Encina es real, no inanimada) y empezar a quererla por el juego que pactamos de inventar historias a partir de hechos cotidianos, como tertulianas de la realidad mundana.

Aquello desembocó en la lluvia de su pelo rizado golpeando mi piel unos días más tarde, mi tripa que fue sintiendo el cosquilleo de la VERDAD y demasiado pronto, el gran bang, resonó como un trueno en la noche, luminoso a la vez, para avisarme de que el momento había llegado.

Era la maldita felicidad extrema. Tan sufrida como colosal.

El día quince de mayo había una flor rojo clavel en mitad de mi salón. En realidad había dos flores rojo claveles en medio de mi salón huérfano de madre, pero una se posó en el pelo de Encina aquel día y ya no volvió nunca a su lugar. A esas alturas del mes, había escuchado unas cuantas veces en la mini cadena “Daylight” a un volumen superior de euforia y, ese día,  Encina bailó para mí con una pierna rota y, de repente, los dos recuerdos se fusionaron: el chico del metro azul era Encina y Encina era la música de Matt and Kim. Era un salón con un sofá-cama surfeando encima de los mavericks. Eran seis orgasmos en una noche. Era, simplemente, los cohetes de los que hablaba Kerouac.

Y ese recuerdo se volvió fotografía el día veintisiete de mayo cuando salió de la ranura de un fotomatón. El día era nublado y los coches caminaban por los asfaltos como si nada, la gente sacaba a sus perros a pasear. El mendigo miraba a la nada pidiendo pan.

El recuerdo me habló durante muchos meses desde la foto que rompimos a la mitad aquel día, con la mentira de los procesos químicos que congelaron esa mirada irrepetible. Nunca más volvieron los cohetes de Kerouac, y eso que nos encontramos una vez más, un par de días después. Sin embargo aquella vez no había ojos serpenteando ni miradas cómplices. Sólo rabia y tristeza. Abrazos más fríos que mudanzas en California. Una terminal y unos ojos carentes de savia de encinas.
Adiós, adiós.

Y a eso me refería cuando decía que la felicidad puede ser “tan sufrida como colosal” porque el viento cambió, formando tsunamis y olas salvajes que por fin rompieron, y me arrastró hacia el fondo, golpeó mi cabeza y me dejó aturdida largo tiempo, básicamente en coma.

No desperté hasta el día que presencié la muerte en las favelas. El  resto del tiempo fue un continuo navegar arrastrándome a la deriva por la vida.

Durante ese tiempo, las fotos y claveles conversaban habitualmente conmigo. No eran conversaciones agradables, la mayoría de las veces. Mas hablaban. Sobre acontecimientos y recuerdos pasados, que giraban en torno a una misma idea que se repetía y volvían a mí, en remolinos de pensamientos que yo hacía cada vez más grandes. Una masturbación constante del dolor.

Y parece que hablo sobre el amor cuando de lo que hablo es del sentido de la vida. No existe, en realidad, sentido de la vida, tal y como nosotras lo entendemos. Es un invento de la religión y de la filosofía existencial. Es hambre de palabrería y de autoengaño que todo el mundo trata de saciar cuando encuentran una pared natural en su trayectoria o  cuando llegan a ese camino en la meseta de nuestra existencia donde el terreno es casi baldío y debemos realizar siempre el mismo recorrido, reconociendo día tras día la mismas pisadas, las idénticas manchas en las paredes de las pocas casas que nos encontramos, la misma forma de los árboles que se circunscriben alrededor del camino. Los mismos colores en el paisaje que pasa ante nuestros ojos, rostros repetidos de seres humanos que se cruzan en nuestro caminar.

Norias viejas de nuestra rutina que nos marean en su círculo de ahogo.

II

Soy abogada y hace un año tenía un esposa maravillosa, un trabajo estable, una vida digna de ser vivida. Sin embargo, California se levantó un día del sillón y me dijo que me abandonaba.

Las consecuencias psicológicas fueron devastadoras y más cuando esa suave intuición que me avisaba de que se había enamorado de una amiga en común fue certeza. En ese punto, me era difícil no pensar que había sido reemplazada, sustituida por un nuevo modelo con una serie de características mucho mejores que las mías y, de igual manera, sabía que eso no es así, que era en demasía simplificar el problema; pero no sé si saben que el ser humano tiende a desgranar la información en premisas más sencillas capaces de procesar, y que me sintiera un objeto que regresa al estante por tener peores prestaciones que otro, sé que es una idea que no me abandonará nunca, aunque reconozca (como casi siempre) que es muy posible que sea una trampa de mi pensamiento.

Fuera como fuese, el caso es que California me abandonó y con ella se fueron todos los sueños de actrices que van en busca de triunfo a Hollywood y terminan sirviendo tarta de manzana en cafés 24 horas. Y me ahorraré contaros las patéticas luchas internas que acontecieron dentro de mí y el profundo duelo al que asistí sobre lo que yo pensaba que era la felicidad imperecedera, mi compañera para siempre. Y ya está. Se fue. Ya fue.

Sólo añadiré que de California no albergué al principio recuerdos inanimados que recobraban vida porque era demasiado pesado y me hubiera dejado hundida en las arenas movedizas. Las catarsis en aquellos días fueron tan extremas que pude vaciarla casi por entera. Sin embargo, aún me sigue hablando la camiseta amarilla que tenía la primera vez que nos besamos. Está quemada, casi desdibujada, pero me sigue obsequiando con palabras pasadas transmutadas en un minúsculo rencor.

Y pasó el tiempo y conocí a Encina y la historia se repitió de diferente modo. Porque la vida es eso. Sonidos que se escuchan un día tras otro en diferentes frecuencias. Y ahí sí que los objetos no dejaron de hablarme, también las canciones de Izal, las chicas del club de poesía, los cojines que habíamos apartado mientras sujetaba fuertemente sus piernas entre mi cabeza.
Había veces que los objetos se arremolinaban en una esquina de la casa, mirándome como si fueran un gato de extraños colores que no se dejaba apabullar por nada. Me escrutaban de arriba a abajo, con desdén y exceso de confianza y, de vez en cuando, me atacaban.

Después, se quedaban varios días así, mirando ocasionalmente por la ventana cuando el día era blanco.

Por eso tomé la determinación de contenerlos en la caja negra fúnebre de zapatos. Sin embargo, aunque no los viese, yo sabía que seguían estando allí.
Contagiado de su tenue presencia, comencé a angustiarme por sentirme permanentemente observada por ellos y entonces los minutos empezaron a durar setenta y cinco segundos y el pasar de los días se hizo más pesado. Hasta el día que comencé a follar con otras, para salvarme. Pero yo seguía buscando a Encina.

Y a California.

Así que tome otra determinación para no enloquecer: huir.

A cualquier otra parte.

Me levanté meses después en resacas de aviones, playas desiertas y amaneceres en camas ajenas sabiendo que había muerto en las favelas. En todo ese tiempo el recuerdo de Encina no dejó de hablarme. Y aún hoy la foto que rompimos juntas y la flor que puse en su pelo, todavía se cuelan en mis sueños y me dicen: “Te devasté en el desierto”.

No sé qué coño significa eso, pero siempre me levanto con un frío extraño.

Sin embargo, morí en las favelas porque una brasileña me miró a los ojos llorando después de besarnos y me dijo: “Parece que te estás esforzando”. Y tenía razón. Me estaba esforzando. Me esforzaba en follarme a cualquier tía que me hiciese un mínimo de caso, para acallar a esos objetos que tenían vida.

Pero morí en las favelas porque me dí cuenta de que tenía pegados esos objetos inanimados al recuerdo y que ya no podrían despegarse dado que ya eran parte de mi. Como los lunares que formaban una constelación en mis piernas en ese cielo diferente del sur. Así que acepté ser una extraña humana con decenas de objetos colgados por todo mi cuerpo, y, gracias a eso, pude resucitar al cabo de los meses convertida en una nueva humanoide, llena de llagas con flores.  

Una máquina semiautomática más racional y menos emocional.

Y al poco tiempo, dejé de viajar pues supe con certeza que no iba a encontrar ese algo que estaba empeñada en buscar. Que no eran ni Encinas ni alcornoques. Ni los objetos que había construido a lo largo de esos meses con ellas. Ni siquiera la persona que fui.

Lo que buscaba era el sentimiento de lo que fui junto a ellas, ése que ahora sentía que nunca llegaría a despertar igual.

Y sí, morí y a nadie le importó. Sólo a mí.

Y a mis objetos inanimados, que, aún hoy, siguen hablándome más pausadamente, en la órbita de mi espacio inmediato, atraídos por mi conciencia gravitacional.