Nota del traductor:

Este texto es la traducción completa y original de un manuscrito inglés adquirido a un guía local en algún lugar entre el Sahel y la cuenca del río Congo en octubre de 2011.

Las medidas espaciales se han convertido al sistema métrico decimal para mejor comprensión de los hechos que a continuación se detallan.

El traductor declina cualquier responsabilidad en la autoría de este documento y advierte que algunos pasajes pueden herir la sensibilidad del lector.


Han transcurrido exactamente dos años desde que estuve en la Casa del Diablo. ¡Dos interminables años en los que mucho he sufrido y mucho he hecho sufrir! Sin embargo, recuerdo ese lugar como si aún estuviese ahí dentro; puede que aún siga ahí; puede que nunca haya salido de ahí; puede ser que todo lo que he vivido desde entonces no sea más que una pesadilla que sueño mientras duermo aún en ese lugar. ¡Ojalá sólo fuera eso, un sueño! Pero por si no lo fuese, quiero dejar testimonio escrito de mi desventura; quiero que se pueda comprender el porqué de los actos que he realizado en estos dos últimos años aunque no se puedan excusar. No pido perdón, no lo tengo; tampoco compasión, no la merezco; pido, sabiendo que es mucho, que dediquen un rato de su tiempo a leer lo que a continuación describo, quizá así se me pueda comprender.

Hace dos años estuve en la Casa del Diablo e intercambié palabras, traductor mediante, con su propietario, el mismísimo Ángel Negro. En su momento, no tuve conciencia de la magnitud de aquel instante. La tomé a posteriori, debido a los efectos que ese encuentro provocó en mí. Interpretamos los estímulos que nos llegan del exterior para darles lógica, sentido, dentro de los límites del mundo que podemos concebir. Lo que se salga de esos límites, simplemente, no podemos interpretarlo, o mejor dicho, lo interpretamos de manera que quepa en la lógica de nuestra realidad. Y eso fue lo que me ocurrió a mí: en aquel momento, la casa era una gruta y el Diablo, sólo un viejo.

No diré el nombre del lugar en el que se encuentra la cueva para evitar absurdas tentaciones a los lectores ansiosos de viajar a lugares indebidos. También espero que la descripción del sitio que a continuación detallaré no sirva para aproximar a ningún ser humano a menos de cien millas de aquella cueva. Sin embargo, considero importante la descripción de aquel lugar para la buena comprensión de mi historia.

La expedición, en la cual participaba en calidad de médico, se dirigía hacia al norte después de salir de la mortal selva ecuatorial, atravesar una vasta meseta de clima suave y bajar por un valle que conduce directamente hacia la sabana. Las calamidades que sufrimos en esos lugares darían para varios libros de aventuras; fiebres tropicales, mordeduras de serpientes, tribus hostiles que nos acechaban y perseguían durante días, ataques de bestias salvajes… Algunos porteadores murieron, otros huyeron… teníamos que contratar constantemente los servicios de los indígenas de las zonas por las que pasábamos. La expedición estaba financiada por una gran institución que quería descubrir lugares recónditos en nombre de la Corona y la civilización. No se escatimaron medios para conseguir tan alto objetivo. Salimos más de ciento cincuenta personas, contando portadores y militares que protegían la expedición, sólo llegamos la mitad. No entraré en detalles sobre por qué huyeron los que huyeron y por qué murieron los que murieron. Si no lo hago, no es porque quiera proteger al lector de las más bajas pasiones del ser humano; no lo hago, simplemente, porque interferiría en la historia que deseo contar sin aportar nada a la misma.

La cueva en sí es una más de entre las cientos que hay escondidas entre las rocas basálticas, negras como el ébano, que un inquieto y variable río de aguas azules ha dejado al descubierto al erosionar un gran valle situado en el límite sur del Sahel. Habiendo una sola estación lluviosa al año, de tres meses, el caudal del río varía cíclicamente desde la inundación de todo el inmenso valle hasta su práctica desaparición en los últimos meses de la época seca. Así, cuando el valle está inundado, la inmensa masa de agua cubre por completo el laberinto de rocas basálticas, ocultando lo que hay debajo de la corriente. Ese laberinto queda totalmente al descubierto en cuanto el río pierde su caudal, quedando, en la época seca, un hilillo de agua como paupérrimo testimonio de la existencia del otrora impresionante río.

La época de lluvias había terminado hacía dos meses cuando paramos a descansar en aquel extraño lugar. Era mediodía y el sol, vertical, asfixiante, impedía continuar la marcha. Mientras cada uno buscaba refugio bajo los escasos árboles que allí mal crecían, uno de los indígenas que hacía de traductor y con el que había entablado cierta amistad se acercó a donde me encontraba.

Mi pueblo natal no está lejos de aquí.−dijo. Dos días de marcha. Se puso en cuclillas. Mi madre era del pueblo que está aquí cerca. Mi padre se la llevó a su pueblo, a dos días de marcha. Hizo una larga pausa mientras miraba hacia las rocas negras que tenía enfrente. Ahí delante hay un río. ¿Lo escuchas? Lo conozco bien. Hay allí una cueva que se llama la Casa del Diablo. ¿Quieres conocerla? Dudé. Hay que atravesar el río continuó. ¿Sabes nadar?

La posibilidad de refrescarme en el agua me convenció.

El río de aguas azules descendía violento encajonado en una garganta profunda; atrapado entre dos altas paredes de rocas brincaba en crestas de espuma. En los puntos más estrechos de la garganta se veían gran cantidad de peces plateados que saltaban en desorden remontando las bravas aguas del río. El guía bajó por una grieta, casi vertical, hasta que se sumergió en un remanso donde el agua le llegaba a la altura del pecho.

Ven. dijo.

Descendí trabajosamente, me quité las botas y las dejé entre las rocas. Él, con tres brazadas ágiles se presentó en la otra orilla. Sin estar seguro de conseguirlo, le imité. Me tendió la mano cuando la fuerte corriente ya me estaba arrastrando río abajo. Me agarré con fuerza y conseguí poner los pies sobre el lecho arenoso. Escalamos por una pared de piedra y dimos a una explanada donde el suelo ardía bajo mis pies desnudos; tenía que ir dando saltitos rápidos para poder avanzar sin abrasarme. El dolor en la planta de los pies era agudo y las carcajadas del guía también. Me resguardé en la sombra del único árbol que había en la zona. Era un árbol viejo, con el tronco retorcido y una espesa copa que nos cobijaba del sol. Estuvimos allí un par de minutos mientras se me pasaba el dolor de la planta de los pies. Cinco metros más allá del árbol, el suelo rocoso se abría en una estrecha y profunda hendidura que terminaba en una poza. Bajamos, no sin dificultad, hasta ella, donde el agua era tibia y azulada, como la del río que acabábamos de cruzar. Era una poza amplia de unos diez metros de diámetro. En algunos puntos no hacía pie pero en general el agua llegaba a la altura de la cintura. En el lado opuesto de la poza por el que habíamos entrado, había una cascada de unos dos metros de altura y metro y medio de anchura. Justo a la izquierda de ésta se abría un hueco en la roca por la que un hombre podía entrar de pie. Nadamos hasta la cascada y nos sentamos debajo de la caída de agua, la cual nos golpeaba en la espalda con fuerza pero sin daño alguno. Detrás de la cascada había un hueco en el que nos podíamos poner de pie. Estábamos a la sombra viendo como el sol doraba con sus oblicuos rayos el agua que caía ante nosotros. Pasé largo tiempo contemplando aquel espectáculo.

¿Has visto los peces que están a tu espalda? Dijo el guía.

Me giré y delante de mí, a la altura de mi cabeza, había unos pequeños peces plateados pegados a la pared que subían lentamente por ella ayudándose de sus aletas. Eran parecidos a las sardinas y el mayor de ellos era poco más grande que mi dedo pulgar. Mi compañero me dijo que se podía hacer buenas comidas con ellos; cuando volviésemos al campamento cogería la red y la tendería en el río.

Ahora, vamos a la cueva.

Salimos de detrás de la cascada y nos adentramos en la cueva que había a su lado. El agua me llegaba cerca de la cintura. Anduvimos un par de metros por un corredor que daba a una pequeña sala inundada, circular, cerrada toda ella menos en un punto donde la roca se abría en un agujero que sobresalía unos dos palmos sobre el nivel del agua; una intensa luz atravesaba el agujero desde el otro lado. Para cruzarlo había que hacerlo a gatas y solo la cabeza quedaba fuera del agua. El guía fue primero, yo le seguí.

Describir el lugar más bello de la tierra es una quimera y que ustedes entiendan lo que yo sentí durante mi estancia en él es simplemente otra. De todas formas, intentaré, con mi torpe mano, acercarles hasta allí. Era una sala circular de unos cinco metros de diámetro toda ella iluminada por un esplendoroso haz de luz que atravesaba vertical la estancia, desde el techo, a una docena de metros de altura, hasta el agua azulada. A la derecha de la única entrada, un torrente de agua caía con estruendo, levantando miles y miles de pequeñas gotas que se elevaban hacia el hueco por el que entraba la luz. El aire caliente ascendía y se escapaba por la abertura, llevándose consigo el vapor de agua. Los rayos del sol, al incidir sobre esas miles de minúsculas gotas, las transformaba en sublimes partículas doradas que flotaban y escapaban lentamente hacia el cielo. ¡Estaba lloviendo oro hacia arriba! Me acerqué a la pared de roca y recosté mi espalda en ella. El torrente de agua traía decenas de peces plateados como los que subían por la pared de la cascada; estos saltaban y saltaban a mi alrededor. Yo estaba en éxtasis, casi llorando de la emoción, incluso creí desmayar. Perdí la noción del tiempo. Si volví en mí fue porque el guía me zarandeó con fuerza y me gritó que nos fuéramos. ¡No podía moverme! No es que no quisiese o que me faltasen las fuerzas, es que no tenía voluntad. Todo yo era un peso muerto que miraba fascinado aquel lugar. Fue el guía quien, arrastrándome por el brazo, me sacó de allí. En cuanto salimos por el pequeño agujero, volví en mí; pude volver a moverme con normalidad. Sabía que me estaba alejando del lugar más bello del mundo y que no volvería a verlo nunca más. ¡Nunca más! Mientras recorría el camino de vuelta con esta idea en la cabeza, una profunda desazón se apoderó de mí. Sin darme cuenta estaba de nuevo bajo la sombra del viejo árbol de tronco retorcido. Aunque esta vez, tumbado encima del tronco, había un anciano del lugar. Tenía la piel muy negra y perilla blanca. Vestía con chilaba de blanco brillante, impoluto, y portaba sobre la cabeza un gorro árabe a juego. Me dirigió algunas palabras en su idioma, el cual no comprendía. Le hice un gesto de afirmación con la cabeza.

Quiere saber tradujo el guía si ya no te quema el suelo.

No, no me quema.

Me encontraba aturdido y con pocas ganas de entablar una conversación. Sólo deseaba llegar junto a mis compañeros de viaje lo antes posible. Que el suelo ya no me quemase, que ni siquiera sintiese calor en las plantas de los pies, aunque solo hubiera transcurrido una hora desde que me había achicharrado allí mismo, no provocó en mí la menor sorpresa en ese momento. Me limité a levantar las manos hacia el anciano en señal de respeto y me di la vuelta. Él continuó hablando pero yo estaba ya alejándome.

Quiere saber dijo el guía alzando la voz si te ha gustado su casa.

Sin girarme ni detenerme, cabizbajo, levanté el brazo en señal de despedida.

Lo que quedaba de viaje fue empeorando conforme pasaban los días. Nada había cambiado en la expedición, excepto yo. Los mismos conflictos con la población local, fiebres, deserciones, negociaciones con los porteadores, robos… nada nuevo. Pero en mí, algo se había instalado reemplazando a una parte importante de mi ser. Se había instalado la melancolía, que fue haciéndose más y más grande, y nunca paró de crecer; conforme mayor era ésta, menor era el gusto que yo sentía por lo que me rodeaba. Al principio, no me di cuenta de lo que me sucedía. Notaba una leve opresión en el pecho que se extendía hacia la garganta; coincidía, además, que había perdido el apetito. Pensé que estaba incubando alguna enfermedad tropical y tomé para prevenirla algunos productos que llevaba en el botiquín. No sólo no mejoré sino que también comencé con insomnio. Dormía apenas un par de horas al día. Me pasaba mucho tiempo dando vueltas y más vueltas en la hamaca sin poder conciliar el sueño. Y cuando por fin me dormía, lo único que aparecía en mis sueños era aquella cueva; estaba magnífica, tal y como la había dejado aquel día. Recorría cada uno de sus rincones fijándome hasta en el más insignificante de los detalles, podía contar cada gota de agua que subía en dorada columna, cada plateado pez que saltaba… ningún recoveco podía escapar a mi mirada. Me despertaba sonriendo de felicidad, emocionado por lo que había visto en el sueño… pero era una sensación pasajera. A los pocos minutos volvía a mi apatía; a la desgana por lo que me rodeaba. El día era para mí un mero trámite sin interés alguno. Nada me apetecía hacer y nada hacía. El viaje duró lo suficiente como para que el jefe de la expedición notase mi negligencia en el trabajo y me comunicase que esa sería la última vez que yo volvería a ir como miembro de una expedición de la que él fuese responsable. Me encogí de hombros; no me importaba.

Una vez en mi casa de Londres, la situación no mejoró. Seguía sin recuperar el apetito y el único momento en el que me sentía a gusto era durante las dos horas diarias en las que lograba conciliar el sueño… el Sueño. Siempre el mismo sueño que lograba reanimar mi espíritu. Durante un tiempo, unos meses, se mantuvo exactamente igual todas las noches, sin ningún cambio.

Mi familia se preocupó. Mi mujer habló con mis padres sobre la transformación que había sufrido; decía que estaba siempre ausente, como ido, que no podía reconocerme. Al principio, ella intentaba entablar conversación pero yo no tenía ganas de hablar con nadie; sólo me contaba cosas insustanciales que me resultaban tediosas. Yo trataba de reducir a lo mínimo las conversaciones y le contestaba con monosílabos, pero ella insistía hasta que finalmente se enfadaba y se iba malhumorada. A parte de mi sueño, solamente después de tener relaciones íntimas con mi mujer sentía algo parecido al bienestar; pero apenas duraba unos pocos minutos antes de desvanecerse. Un día me dijo que estaba embarazada. Sonreía tímidamente mientras me miraba suplicando con los ojos una reacción mía. Me di cuenta de que ya no era tan bella como cuando nos casamos, le habían aparecido bolsas debajo de los ojos y algunas arrugas en la frente. No supe qué decirle y se marchó llorando. No la seguí, dejé que se fuera. ¿Qué podía hacer si no me importaba su llanto? Nada me afectaba, ni para bien ni para mal. Ni siquiera el nacimiento de mi hijo, meses después, alteró mi ánimo. Mi mujer acabó yéndose a casa de su madre llevándose el niño con ella, desesperada por mi actitud. Mis padres hicieron venir a casa a un médico especialista en enfermedades del ánimo.  Era un antiguo profesor del que había recibido clase en la universidad años atrás. Todo lo que pudo concluir es que sufría un shock por alguna experiencia traumática o por algún golpe fuerte que hubiese recibido en la cabeza (aunque esto último era poco probable puesto que después de una exploración física no había encontrado cicatriz alguna), el cual me había bloqueado la capacidad de sentir. En ese momento me pareció una tremenda estupidez pero tiempo después he tenido que reconocer que no iba tan desencaminado.

Sin mi esposa, me vi obligado a recurrir al pago de los servicios de otras mujeres para poder tener relaciones íntimas. Al principio, frecuentaba salones discretos creados para la alta sociedad. Pero poco a poco dejaron de atraerme esos ambientes de muñecas y me fui inclinando por la calle. Aquello era algo totalmente execrable para un hombre de mi posición y perteneciente a una familia de buena posición. Si algún conocido me hubiera reconocido andando por aquellas calles a esas horas, hubiese sido una deshonra para mi familia. Y eso era parte de lo que me atraía de aquello; la emoción de hacer lo que no se debe hacer, el riesgo a que alguien me descubriera. El riesgo en sí mismo. En esos momentos en los que recorría la calle eligiendo a la chica con la que me iba a acostar, como un lobo acecha a un cervatillo, mi corazón revivía. Tenía que moverme con cautela, como el que pasa por allí por casualidad. Observar sin ser observado. Una vez elegida la chica, le mandaba ir diez pasos por delante de mí y la seguía hasta el portal de algún sucio edificio. Las habitaciones estaban llenas de chinches, cucarachas y ratas; eran oscuras y sucias. Las relaciones eran frías y violentas, cada vez más violentas, y la posterior sensación de bienestar cada vez duraba menos. Para compensar esta pérdida de intensidad, la violencia tenía que aumentar.

Entre tanto, mi sueño mutó. De pronto, algo había cambiado en el interior de la caverna. Todo seguía siendo espectacularmente hermoso y embriagador pero algo se había ido. Faltaba… la esencia. Cuando me despertaba por las mañanas, apenas sentía una leve sensación de satisfacción. Al principio, no supe qué  había ocurrido. Recorría la estancia de arriba a abajo, desde el fondo del agua hasta el agujero del techo por el que entraban los oblicuos rayos del sol, buscando lo que se había perdido. Pero no lo localicé. “¿Qué es lo que falta? ¿Por qué tengo esta sensación de desasosiego?”, me preguntaba. Quizá no había algo de menos… sino de más. Y si era así, ¿por qué no lo había visto ya? ¿Qué es lo que había? Una noche lo sentí. Lo que había cambiado en mi sueño, en esa cueva, era que ya no me encontraba solo en ella. Había algo conmigo; algo que no podía ver pero sí sentir. Esa presencia se había llevado la esencia de la sala, la había eclipsado, extinguido. Desde entonces, la cueva, mi sueño, dejó de ser un santuario de felicidad y se convirtió en un lugar en el que la inseguridad y el miedo me acechaban sin tregua. La dorada luz del sol que hacía resplandecer la estancia se mitigó, una luz pálida se apoderó de la caverna, y los plateados peces dejaron de saltar fuera del agua, limitándose a nadar en círculos. Fuese lo que fuese lo que ahora me acompañaba allí dentro, no se dejaba ver. Lo perseguía sin cesar por todos los rincones pero era más rápido que yo y cuando llegaba hasta un recoveco en el que sentía su presencia, ya no estaba allí, se acababa de marchar.

La noche en que por fin lo encontré fue la misma en la que maté a la primera prostituta. Mientras ella y yo nos acostábamos, la situación se descontroló y, cuando quise darme cuenta, estaba tendida en el suelo, inerte. Su cabeza se había golpeado con algo, quizá con el cabecero de la cama o con la cómoda, quizá con otra cosa. Tampoco pude determinar el momento exacto del golpe, me pasó inadvertido, tal vez llevaba un par de minutos muerta cuando tomé conciencia del hecho, no lo sé. Allí tumbada, desnuda, con un hilillo de sangre que le salía por el oído, con la mirada perdida, tenía un aspecto absurdo, cómico. Salí de la habitación precipitadamente con el corazón palpitando con fuerza. Oía un bum-bum que me golpeaba las sienes. Durante el trayecto a mi casa no dejé de mirar hacia atrás frenéticamente por si alguien me seguía. Una vez en la seguridad de mi apartamento, disfruté de las emociones que sentía: había mezcla de miedo por ser descubierto, repulsión hacia lo que había sucedido y lástima por la persona que había perdido la vida. Cualquiera de estas emociones me hubiera hecho sentir terriblemente mal en otra época de mi vida, pero en esos momentos era muy gratificante sentir algo tan intenso. ¡Volvía a sentirme vivo! Seguía siendo humano.

Cuando me dormí, despuntaba el alba. En el sueño, en la cueva, sentía la misma presencia que en noches anteriores, esta vez con mayor intensidad. Supe que la encontraría, que estaba esperándome. Recorrí lentamente toda la caverna temiendo el momento del encuentro. Sólo me quedaba un sitio en el que mirar y estaba seguro que estaría allí. Mi corazón volvió a latir con violencia por segunda vez en aquel día. Sentí miedo. Me acerqué a la oquedad que había sobre la cascada y allí, tumbado, estaba el mismo viejo con el que hablé al salir de la cueva aquel fatídico día en el que mi vida se hundió. Iba vestido igual que entonces, con chilaba de blanco impoluto. Me fijé en las profundas arrugas que surcaban el negro rostro, en contraste con las tupidas y blancas cejas y la perilla de chivo. Los ojos eran vidriosos y amarillentos. Me sonrió. Descubrió una dentadura sorprendentemente perfecta y me preguntó en inglés, con mi propia voz, como si fuese yo quien estuviera hablando:

¿Te gusta mi casa?

Me desperté de golpe. Estaba en la habitación sudando a borbotones y mirando con angustia en todas direcciones en busca del viejo, del Diablo. No podía moverme, estaba paralizado temblando de terror. Volví a notar su presencia; estaba en el cuarto de baño. La habitación estaba en penumbra, la puerta del cuarto de baño entreabierta y el Diablo allí dentro, esperándome. No podía moverme de la cama. No sé el tiempo que pasé en esa situación, varias horas seguramente, incapaz de afrontar otro encuentro. Por fin, recobré algo de ánimo y, tiritando, agarré la lámpara de noche de la mesilla. Con ella en las manos me sentía más seguro, al menos podría arrojársela cuando lo encontrase. Me levanté muy despacio y descorrí las cortinas de la ventana de la habitación para que entrase la luz del sol. Llegué hasta la puerta del cuarto de baño y la empujé para abrirla. Inspiré profundamente y entré de golpe. Allí no había nadie. Miré detrás de la puerta. Nada. Suspiré de alivio. Me giré para verme en el espejo y, en lugar de mi reflejo, allí estaba el Diablo, sonriéndome. Creo que grité. Le tiré la lámpara y el espejo estalló. Salí corriendo. Llegué al salón y le volví a ver dentro del espejo ovalado que estaba pegado a la pared, suplantando mi imagen, carcajeándose de mí. Levanté una silla y se la tiré, atravesó el espejo, el cual explotó en cientos de fragmentos. Me dejé caer al suelo y grité con todas mis fuerzas, asiéndome la cabeza con ambas manos. Creo que lloré durante largo rato. Lo siguiente que recuerdo es que me desperté ya de noche, la casa estaba en la más absoluta oscuridad. Estaba tumbado boca arriba encima de los restos del espejo, con varios cortes en los brazos y en las manos. Ahí tirado, tomé conciencia por primera vez de que mi mundo estaba deshecho. Todo lo que yo había sido, se había esfumado, ya no existía. Ahora era otro yo. Y al ritmo que iba no quedaría nada de este yo dentro de unos días. Iba degenerando cada vez más rápido. ¿Pero hasta dónde iba a llegar? ¿Hasta dónde puede un hombre llegar una vez que ya no queda ninguna barrera moral dentro de él que ponga límites a sus actos; cuando ya nada ni nadie le importa? ¿El pozo del horror tiene fondo? Me estaba hundiendo en el abismo y me preguntaba si lo que había sucedido con la chica era realmente tan malo. Había sido un golpe fortuito y ella no era más que una prostituta que no hacía ningún bien a la sociedad. Pero no. Aquello era terrible. Era el fin de una vida, el fin de los sueños y las ilusiones. Me debatí durante un par de días entre ambas posiciones hasta que las sensaciones desaparecieron y entonces dejó de importarme la cuestión. Volvía a no sentir nada. Quise estar así unos días, dejando atrás el recuerdo de la chica muerta, pero no pude hacerlo por mucho tiempo. Ese recuerdo era lo único que me hacía sentir algo, por tenue que fuese; lo único que lograba reanimar levemente mi espíritu. Además, ya no soñaba, la casa del Diablo se había desvanecido. Buscando recobrar sensaciones y olvidar el accidente, regresé a la calle, a otro barrio, en busca de mujeres. Tuve varias relaciones y ninguna de ellas me satisfizo. Comencé a imaginar, de forma involuntaria al principio, que asesinaba a las prostitutas que había conocido y esto me producía placer. Mi cabeza fue dando forma a distintos planes de asesinato, no parecía muy complicado realizarlos. Me lancé a ello.

La zona de Londres que escogí cumplía con las características necesarias, era un barrio de extranjeros pobres, irlandeses en su mayoría, infectado de delincuencia, con robos y crímenes casi diarios, donde nadie conocía ni quería conocer a nadie. Con una indumentaria adecuada pasaría desapercibido.

El plan era muy simple, de madrugada, para que hubiese menos gente por la calle, salía de mi casa y me dirigía hacia la zona que había seleccionado. Trataba de no entretenerme demasiado eligiendo a una u otra chica para que mi presencia en el barrio no se hiciese notable. Una vez que había tomado contacto con ella la enviaba unos pasos delante de mí hacia su apartamento y, estando seguro de que no había gente por los alrededores, la tomaba por detrás y la degollaba. No había gritos. No debía haberlos, ya tomaba muchos riesgos haciéndolo en la calle y no en su habitación. En la habitación sería demasiado fácil, no sería estimulante. Después le rajaba el vientre y extirpaba algún órgano interno. Era necesario hacerlo, prorrogar aquel horror, no podía ser tan rápido, tenía que arriesgar. ¡Sin riesgo no hay triunfo! La extirpación de los órganos representaban el hecho diferencial, la marca distintiva. Luego, en mi casa, servían de recordatorio de lo que había hecho y de cómo me había sentido al hacerlo. No tuve grandes problemas con las dos primeras chicas, en cambio con la tercera no pude completar lo planeado porque creí oír a un grupo de borrachos que se acercaban. La dejé tendida en el suelo, degollada, con su vientre intacto. Me alejé contrariado y dudé si debía regresar a casa. Pero no soy una persona acostumbrada al fracaso. No podía irme así, de vacío. Unas calles más allá encontré otra chica y esta vez pude resarcirme.

Los periódicos, tanto de mi país como del extranjero, trataban sobre estos asesinatos diariamente. Publicaban todo tipo de datos falsos e invenciones con tal de vender ejemplares. Me pusieron varios sobrenombres, todos muy ridículos. Hubo gente que enviaba cartas a los periódicos y a la policía haciéndose pasar por mí. En la calle, la gente no hablaba de otra cosa. Algunos sentían miedo por sus hijas y mujeres. En Londres se cometían crímenes con asiduidad y sólo una ínfima parte de ellos tenía que ver conmigo, pero la gente, los periódicos e incluso la policía me los achacaban a mí. Cuando no podían resolver algún crimen, concluían que había sido yo. Los periódicos atacaban a la policía por inútiles; la policía se cobraba antiguas deudas con los delincuentes mientras decían que buscaban al asesino; la población compraba periódicos y pedía socorro a sus políticos.

Aunque la noche en la que maté a las dos chicas había tenido alguna dificultad mayor que las habituales, al final, había sido relativamente sencillo. Podría haber seguido así durante años y no me hubiesen detenido nunca. Pero yo no quería matar por matar, no sentía esa necesidad, simplemente al hacerlo me sentía vivo. Desgraciadamente, me fui acostumbrando a asesinar y cada vez sentía menos intensidad después de llevarlo a cabo. Así que decidí introducir una variación para probar algo distinto. Esta vez no sería en la calle sino en su habitación, así tendría tiempo de recrearme sin ser molestado. Cuando terminé con ella, me llevé su corazón de recuerdo.

Ese fue el final. No valía la pena continuar. Ya no sentía nada. Ya no había nada en todo el planeta que pudiese revivirme, excepto… la cueva, y ya ni siquiera soñaba con ella. Sólo podía hacer una cosa, regresar hasta allí. Sabía cómo llegar pero tenía un problema. No quería que nadie supiese adonde había ido, ni que se pudiese rastrear mi pista tiempo después, y sabía que nunca conseguiría llegar hasta ella sin ayuda de una expedición. Cogí los ahorros de toda una vida, cambié de nombre, y salí hacia el continente europeo para ofrecerme como ayudante médico en alguna expedición que fuese al centro de África. No tardé mucho en lograrlo, sabía a donde dirigirme, tenía experiencia y no pedía dinero, sólo manutención. Los responsables de aquellos viajes no entendían (ni podían entender) mis motivos, pero se sentían afortunados de poder contar conmigo.

Hace unos pocos días dejé la expedición y me aventuré, con un guía local que pagué bien, en busca del río azul encajonado entre rocas negras. Ayer llegué. Ahora espero que el caudal del río vaya menguando, porque de momento está demasiado crecido y la cueva está inundada.

Este es mi testimonio, lo he escrito de una sola vez, en un día con su noche. Se me han escapado algunos detalles por plasmar pero la esencia ha quedado. Se lo entregaré a mi guía con el encargo de que no se lo muestre a nadie hasta dentro de dos décadas, esperando que para entonces mis crímenes hayan sido olvidados. Dentro de poco regresaré a la cueva, es ahí donde está todo lo que necesito, la felicidad. Nunca tendría que haberme alejado de ella, ahora que lo sé, una vez que entre, no volveré a salir.

Miguel Martí