Querido tío Amalfitano:

Tras mi visita a Sevilla para reclutar al talentoso a la par que extravagante Dilip Ícaro, circunstancias no menos absurdas y azarosas me han llevado a incorporar a un nuevo miembro para nuestra Sociedad. Se trata de la Chica del Escáner. Esta historia se desarrolla en Alemania, en la cultural y artística ciudad de Berlín.

Llegué a la capital un miércoles y dediqué los primeros días a recorrerla eficientemente. Como backpacker consagrado, había reservado habitación en un Youth Hostel de  Friedrichshain, uno de los barrios con más movida y rollo juvenil de la ciudad. Nada más aterrizar, me hice con un mapa y en una de las salitas comunitarias del hostel tracé un itinerario ajustado. ¡Tenía taaaanto que ver! En mis peripecias luché contra hordas de japoneses por hacerme una “foto limpia” frente a la puerta de Brandeburgo; sustraje un pedacito de Muro de la parte oriental (un extraño encargo que me hizo Shave en cuanto se enteró de mi visita a Berlín); me perdí entre las losas de hormigón del Monumento del Holocausto, y observé sobrecogido las estanterías vacías del subsuelo de la Bebelplatz, elegante memorial de repulsa a la quema de libros de Hitler. Pero he de reconocer que no estaba allí sólo por el “turisteo”. Otro motivo de gran importancia me había llevado a Berlín: reclutar a la Chica del Escáner.

Empecemos por el principio. Obviamente no podíamos crear una Sociedad Virtual y Clandestina sin una cobertura tecnológica y unas garantías de seguridad anti-hackeo. Necesitábamos a un especialista, alguien que nos asegurase una programación para la web y su mantenimiento, acercando a nuestros anticuados barberos al mundo virtual.

Pensé inmediatamente en mi amigo Tomás “el friki”, alias Tommy Why-five, uno de esos tecnoboys de mi generación que no levantan la vista de la pantalla, ya sea el móvil, la tablet o el portátil, y que responden a tus preguntas a través de secuencias monosilábicas de noes y síes, como siguiendo patrones de unos y ceros. Finalmente descarté su participación por las complicaciones comunicativas que se preveían y por su reacción alérgica al enterarse de que nuestro proyecto implicaba trabajar con personas de carne y hueso. No obstante, le enfrasqué en la búsqueda de alguien que pudiera desempeñar aquella importante labor. Le pedí que rastrease perfiles de hackers en la red relacionados de algún modo con la literatura, y a la semana me sorprendió con un dossier de links con referencias a una tal Chica del Escáner. A parecer no había encontrado nada de interés en un googleo normal y corriente, pero al aplicar su algoritmo propio y patentado (sí, es un poco fanfarrón este Why-Five), había descubierto patrones que señalaban a La Chica del Escáner como la mejor elección posible con un 85% de nivel de confianza. También me dijo que era tan escurridiza que sólo rebuscando mucho en la Deep Web había podido encontrarla y que, dado el riesgo que asumía en tales búsquedas y la dificultad de la labor realizada, se merecía una recompensa económica. Le transferí mil euros del fondo de reclutamiento y él, en rabioso tiempo real (expresado así por él mismo), los canjeó por bitcoins. Espero que no te moleste, tío, la chica lo vale.

Una vez realizado el trámite, me centré en inspeccionar con atención los links que me ofrecía. Eran noticias de periódicos digitales cuyo contenido me maravilló desde el principio: actos que algunos considerarían vandálicos, otros pura poesía, siempre en la delgada línea entre el bien y el mal, con la magia del hackeo por bandera y con un poso reivindicativamente romántico.

(…) Un hacker hace perder millones a los bancos al desarrollar Kronos, un software de tipo troyano que infecta y rapta ordenadores (…)

(…) Un grupo de hackers conocido como Movimiento Hood, liderado por la misteriosa Chica del Escáner, bloquea el sistema de e-commerce de Fnac y Casa del Libro y redirige automáticamente a librerías pequeñas (…)

(…) Un grupo hasta ahora desconocido de hackers que se hace llamar “Shadow Brokers” se proclama como el primero en acceder a la Agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (NSA) y haber extraído una gran cantidad de archivos que dan a conocer diversas herramientas de espionaje utilizadas en todo el mundo. Su líder, una tal Chica del Escáner, avisa que continuará haciendo públicos documentos clasificados hasta que exista una transparencia real y amenaza con (…)

El algoritmo de mi amigo estimaba, con un 60% de confianza, que podría encontrar a la Chica del Escáner en los alrededores de Berlín. Tommy me había comentado que aquel año se celebraba en la capital germana el DEF CON, el gran encuentro anual de hackers de todo el mundo. El lugar elegido para el evento era el paseo Unter den Linden (“Bajo los tilos”), un precioso bulevar en torno al río Spree que aquel sábado se encontraría atestado de freaks de todos los colores. Ella no podría faltar.

Llegó el sábado. Carpas enormes y transparentes crecían como setas a lo largo de la calle, y el espectáculo de luces, pantallas y robots me abrumó desde el principio. Pregunté a unos y a otros si conocían a la Chica del Escáner, pero no hubo éxito. Mareado y a punto de vomitar tecnología, estuve muy cerca de golpear a un muchacho que empezó a hablarme de bytes, clouds, hardwares y no sé qué más. Descorazonado, me alejé unos metros hacia uno de los puentes y me apoyé en el muro. Entonces lo vi. Las aguas, quietas hasta ese momento, empezaron a moverse fruto de una vibración de desconocida procedencia. Para mi sorpresa, se fueron dibujando letras sobre la superficie hasta formar una frase: “Antigua fábrica de azúcar. 00.00 horas. Chica del Escáner”. Una duda ciertamente inquietante se apoderó de mí. ¿Quién buscaba a quién?

Cuando llegué al lugar, una fábrica abandonada coronada con una gran chimenea de ladrillo, me encontré con una cola larguísima que daba la vuelta a la esquina. Todo el mundo iba disfrazado menos yo, que acabé agenciándome una máscara de Joker que encontré por el suelo. Cuando llegó finalmente mi turno, vi que en el control había solamente dos vigilantes (un hombre y una mujer), además de un pastor alemán. Me llamó la atención que el perro, no sólo no llevaba correa, sino que hacía su trabajo sin recibir órdenes. Los guardas de seguridad iban armados con lo que parecían detectores de metales futuristas. Si el animal te ignoraba, como en mi caso, te sometían solamente a un chequeo manual y rutinario, tras el cual recibías un tirón de orejas que encontré desagradable, absurdo e innecesario. Pero la pareja que venía detrás de mí no tuvo suerte. El perro se puso a ladrar como un descosido, así que los jóvenes tuvieron que enfrentarse a los detectores. Éstos emitían una especie de pitido lento y constante que se aceleró al llegar a la zona de los calzoncillos del chico y del escote de la chica. Los vigilantes les indicaron con un gesto que sacaran lo que llevaban escondido. Él tenía una cajita con cuatro pastillas rosas y ella una bolsa de plástico con un polvo blanco pegada con celo a la parte interior del sujetador. Ambos fueron expulsados de la fiesta sin posibilidad de réplica.

Dentro no había demasiada gente, supuse que a causa de los férreos controles de admisión. La música electrónica me pareció espantosa, aunque debo reconocer que el sistema de luces me encantó. Verdes, azules y rojas, se proyectaban desde la cabina del DJ y sobrevolaban por encima de nuestras cabezas.

A las doce en punto, una chica que había junto a la barra (donde, por cierto, no servían alcohol) me hizo señas para que me acercara. Sólo podía ser ella. Iba vestida de negro de arriba abajo, en un estilo que yo definiría como gótico. Aunque la máscara me impedía verle la cara, tenía el cuerpo y la voz de una adolescente. Al poco de presentarnos, un tío se me tiró encima y me lanzó tal mirada de odio que acabé disculpándome, por si acaso.

–Parece que los controles antidrogas no funcionan muy bien –le dije a la Chica del Escáner.

–¿A qué te refieres? –me preguntó muy enfadada.

–Quiero decir… –respondí, confuso ante su reacción– que aquí hay personas realmente colocadas.

–Aaaaah, eso. Puedes estar tranquilo. No hay ni una sola droga en la fiesta. En caso contrario, yo no estaría aquí.

–¿Pero no has visto al tío que acaba de chocarse conmigo? ¿Y qué me dices de esos dos que se arrastran por el suelo? ¡Si parecen sacados de Miedo y asco en Las Vegas!

–El de antes estaba bajo los efectos del speed, y esos dos bajo los efectos del éter.

–¡Pero si acabas de decirme que nadie ha tomado drogas!

–Para ser un aprendiz de escritor, prestas poca atención a las palabras. He dicho que están bajo los efectos, no que las hayan tomado. ¿Te has fijado en los detectores de la entrada? –Asentí con la cabeza–. Los he programado y diseñado yo. Localizan el lugar exacto donde hay drogas, por pequeña que sea la cantidad. El problema es que tienen un error del 5%. Para eso está Linux, mi pastor alemán. Me sabe muy mal traérmelo al trabajo, pero si lo dejo solo en la cabaña se pasa toda la noche llorando. Y ahora, voy a enseñarte algo…

Sacó un móvil de su bolsillo. Aunque de menor tamaño, el diseño era idéntico al de los detectores de los vigilantes. Me pidió que acercara la cabeza a la pantalla. Sobre un fondo negro, había una serie de letras procedentes de distintos alfabetos, incluyendo símbolos egipcios y muchos otros que no fui capaz de identificar.

–Perdona, Igor. Olvidaba que tú no sabes nada de programación. En realidad este código sólo lo entiende una persona en el mundo: yo.

Sin darme tiempo a replicar, acercó el dedo a la pantalla y me mostró una vista en planta de la discoteca. En ella aparecían varios círculos de colores en movimiento que, según comprendí de inmediato, representaban a cada uno de los asistentes.

–¿Qué significan los colores? –pregunté, intuyendo la respuesta.

–Distintos tipos de drogas.

–¿Pero cómo…?  

–El proceso es relativamente sencillo. Las drogas alteran las conexiones químicas del cerebro. Yo he diseñado un programa que hace exactamente lo mismo a través de ondas. ¿Recuerdas el tirón de orejas de la entrada? Los vigilantes os colocan un chip y os lo quitan a la salida. Además, como ves, es muy manejable. Por ejemplo, esos dos ya han tenido suficiente éter por hoy. Vamos a probar con otra cosa.

Con un sencillo movimiento táctil, los dos círculos se tornaron azules en la pantalla. Acto seguido, los dos hombres empezaron a besarse apasionadamente.

–¿¿Pero qué droga les has dado??

–Yo lo llamo la droga del amor. Aún estoy perfeccionando la fórmula. De momento funciona sólo en un 63% de los casos.

–¿Y los efectos secundarios?

–Ninguno. Verás, Igor. Soy una enemiga acérrima de las drogas y todo el universo que las rodea. Si de mí dependiera, las prohibiría todas. Como no es posible, estoy desarrollando una tecnología que elimina por completo los efectos secundarios y no crea ningún tipo de adicción, ni física ni psicológica. Mi idea es venderla a través de Internet junto con un grupo de hackers cuya honradez esté a prueba de bombas, como la mía. Yo misma he filtrado la noticia a la CIA, para ponerles los dientes largos. Me han ofrecido un cheque en blanco, pero yo no trabajo por dinero, y menos para un presidente como Trump. ¿Has visto su último tuit? (*)

Me encontraba totalmente aturdido. No tenía ninguna esperanza de que una mujer así tuviera tiempo o ganas de colaborar en nuestra Sociedad. De todas formas, recordé, era ella quien se había puesto en contacto conmigo. Decidí que no perdía nada por intentarlo.

–Señorita Chica del Escáner, ¿te gustaría…?

–Por supuesto que sí. ¿Por qué crees que te he convocado?

–¿Cómo sabes lo que voy a preguntarte?

–Porque cuando tú vas, yo ya estoy de vuelta, Igor. Desde el instante en que tu amigo Why Five comenzó a rastrearme por la Deep Web, le monitoricé, y a partir de él llegué a ti. Conozco toda la huella digital que has dejado en las redes y tengo un perfil completo de tu personalidad, intereses, motivaciones, etc. Te conozco mejor que tú a ti mismo…

–¿Pero entonces…?

–Ya habrá tiempo para las explicaciones. Lo importante es que sé lo que pretendéis con las Barbas de Platón, y está claro que me necesitáis. Puedes contar conmigo. Ahora debo seguir trabajando, Igor.

Me despedí de ella y caminé vacilante hacia la puerta con la intención de volver a mi hostel. Pero de pronto sentí cómo se me aceleraban las pulsaciones. La música, insoportable para mí hasta ese momento, cobraba ahora un nuevo sentido. Los bajos latían al ritmo de mi corazón, en perfecta sintonía, y las luces… Tenía las emociones a flor de piel. Necesitaba compartir con alguien cómo me sentía. Busqué a la Chica del Escáner por todas partes, pero no la encontré. Me acerqué a un grupo de personas que enseguida me acogieron como a uno más. Sin desvelar ninguno de los detalles secretos, les hablé de cierta chica de negro a la que había conocido en la fiesta. Y mientras les tocaba las caras y los brazos, pues sentía esa imperiosa necesidad, comprendí que me había enamorado por primera vez en mi vida.

 

(*)  (@POTUS): La Chica del Escáner tiene más peligro que tú, Rocket Man.

Tuit dirigido al presidente Kim Jon-Un desde la cuenta de Donald Trump.