El día es soleado y frío. El ligero viento norteño procedente de la cercana Somosierra mueve la bandera del ministerio de Gobernación. Las nubes, de un azul velazqueño, navegan con prisa por el cielo madrileño. La puerta del Sol es un continuo ir y venir de gentes dispares y los carromatos tirados por mulas conviven con los nuevos automóviles de motor. Entre la multitud emerge Agapito Sánchez García, un mocetón de Torrelaguna. El calendario marca 12 de noviembre de 1912.

Agapito lleva sombrero sobre un cuerpo de hortelano. El reglamento de la Benemérita obliga a su servicio de vigilancia a “ir trajeao”: traje de franela gris o azul, corbata y sombrero a juego. Su porte es magnífico, como dice su novia Paquita, aunque tanta etiqueta sorprende en un muchacho de poco más de veinte años, de cara sonrosada y manos grandes, encallecidas, que trabajó como hortelano antes de hacer el servicio militar y reengancharse a la Guardia Civil.

La galería de Tobogán es el epicentro de la moda de la capital. “Carmena, Carmena se llama el sastre”, “Sombrerería Pozo”, “Joyerías Alexandre” son los establecimientos que se han decidido a establecerse en la recién estrenada galería comercial. El propio alcalde inauguró las galerías comerciales comparándolas con la Galleria Milano, un ejemplo de “los nuevos tiempos de modernidad y esplendor que vive la capital del Reino, centro del comercio de España y las tierras hermanas de Hispanoamérica”. Las señoras de la burguesía madrileña son las principales visitantes de estas tiendas recién inauguradas; llegan y salen con sus criadas cargadas de sombrereras grandes y redondas; además de mantones de Manila, vestidos de fiesta para ir al Casino y sombrero de última moda para el marido ocupado.

El mozo de Torrelaguna entra con paso firme por el pasillo central de Tobogán. Se encuentra primero con una bella criada, de ojos obscuros como los retratados por el pintor de moda Romero de Torres, tez y pelo moreno; ella aguanta la mirada pero él se fija en la señora. Desde que entró en Servicios Especiales de la Benemérita y se codea, aunque sea a la zaga, con “gente importante”, como dice su Paquita, él trata de aparecer como un señorito algo castizo. En este caso, la señora le mira con altivez y descaro, y él le responde con una pizca de modales aprendidos: se toca el vuelo del sombrero y la saluda con indisimulada chulería. Pero Agapito va con prisa porque tiene que hacer el relevo de escolta de un personaje principal de las Españas.

Avanza hasta el final de la Galería. Antes de subir las escaleras se coloca el cinto y esconde la pistola que su trabajo le obliga a llevar debajo de la chaqueta de franela gris. Tiene que estar en perfecto estado de revista para su diario servicio de protección.

Las escaleras son de madera y sus peldaños recién barnizados son anchos y hermosos; la madera traída de Valsaín ha costado un verdadero potosí, según suele alardear el propio alcalde. Como los peldaños no son demasiado altos y la barandilla de hierro forjado permite apoyarse en el pasamanos, Agapito los sube de dos en dos, y cuando la simetría de pasos y esfuerzos lo hace necesario, de tres en tres. Se siente atlético y, aunque la corbata casi siempre le ahoga, piensa que tiene todo lo que un hombre de principios del nuevo siglo puede añorar.

Sube hasta el descansillo del segundo piso, ya el ruido de la galería es apenas un susurro lejano y él es el único que sube por la escalera. “Caballero, ¿tiene fósforos?”. “Desde luego, señorita”, ensaya Agapito a decir entre dientes, aunque probablemente ella sólo observe que saca los fósforos del bolsillo de la chaqueta, enciende uno frotándolo con la pared del descansillo y le da fuego para encender el cigarrillo.

“Las mujeres bonitas no deben fumar”, acierta Agapito a decir con una media sonrisa. “Ni los muchachos jóvenes suelen llevar pistolones en el cinto”, se atreve ella. “No, señorita, la pistola es como la azada de trabajo para el campesino; es mi instrumento de trabajo”. “Ah, sí” dice con descaro ella, “¿qué trabajo tiene usted….acaso es usted cazador? Agapito ríe con ganas. “Oh, no, señorita, yo solo cazo……cazo mujeres bonitas como usted”

“Muy atrevido es usted, para ser cazador de animales indefensos, como nosotras el sexo débil”

“No la veo muy débil a usted, al menos de palique”

“No soy débil ni de palique ni de seso, ni de lo otro…”

La frase es tan rotunda, tan inconfundible, tan poco recatada que Agapito se abalanza sobre ella. Como obnubilado por la repentina pasión olvida que su destino es el tercer piso en donde se encuentra el Centro de Instrucción Comercial e Industrial y que ya llega cinco minutos tarde para su misión, ya que cuando entró en Tobogán oyó tocar las campanas en el reloj de Gobernación.

Sólo ellos dos están en la amplia escalera de madera. El cigarro, recién encendido, cae de los dedos de ella tras el brinco emocional de Agapito. Adela parece asustarse ante el empuje del joven de Torrelaguna. Aparta la boca ante el impulso de él, él entonces la abraza y muerde su cuello. Ella le rechaza para ofrecerle, ahora sí, su boca entreabierta, carnosa, recién pintada de rojo carmín como la bandera de la clandestina CNT. Se funden en un beso arrebatador e interminable.

La penumbra y soledad de la escalera ayudan a la pasión de la pareja. Ya todo es silencio salvo los jadeos y el movimiento de sus cuerpos apenas separados por sus ropas. Ella viste un traje de chaqueta, con falda marrón por debajo de la rodilla, y una graciosa gorra de lana acoplada en la cabeza, a medio lado. Él la empuja hacia el asiento de madera que se encuentra en el descansillo; ella deja resbalar su espalda por la pared y se deja caer hasta sentarse en el asiento de madera. Inevitablemente, ella entreabre las piernas descubriendo el blanco paño. Él le termina de abrir las piernas con fuerza.

Nunca él volverá a sentir ese desbordamiento de la razón; la irrefrenable e irreflexiva fuerza de lo arrebatador; de sentir todo sin saber ni dónde ni por qué ni hasta cuándo. Ella, mientras tanto, abre su mundo; sus muslos delgados y febrilmente jóvenes; abre su antesala del placer más codicioso. Agapito rasga sus bragas con tal violencia que Adela vuelve a asustarse ante la pasión desatada.

Pero ya es tarde para casi todo. Agapito se ha bajado el pantalón hasta dejarlo caer al suelo, se escupe las manos como cuando coge el azadón en el huerto y se lo lleva al sexo de ella ya húmedo. No hay tiempo de caricias sino de zarpazos, de embestidas de minotauro, de abrazos de amazona desbocada.

Él la penetra mientras la joven se abre de par en par; agarra sus manos a las molduras del asiento para poder contrarrestar las embestidas del guardia, y luego vuelve a poner sus manos, convertidas casi en zarpas, en la espalda de él; le desgarra la espalda pero él no lo nota; todo para sentirse los dos, aunque sea en un instante, en uno. Uno en dos, y dos fundidos en una misma cosa.

No se han besado, casi no se han tocado; ni tan siquiera saben sus nombres.

Él tampoco sabe lo que vendrá después, en esa maldita tarde de otoño cuando dejó de cumplir su obligación porque una joven anarquista se le cruzó en la escalera de la famosa galería de Tobogán. Cuando Agapito Sánchez iba camino hacia el Centro de Instrucción Comercial e Industrial, en calidad de escolta de su jefe quien participaba en una rutinaria reunión como patrono de la institución dependiente de la Unión Mercantil. Allí donde tenía el servicio que prestar como retén de la Guardia de Asalto para proteger a Canalejas, presidente del Consejo de Ministros del Reino de España.

Después de la aburrida reunión en el Centro de Instrucción Comercial e Industrial, Canalejas se dirigió a Sol, y como gran aficionado a la lectura, se paró frente a la Librería San Martín. Y allí es donde un revolucionario de las pistolas disparó contra el primer ministro matándole al instante.

12 de noviembre de 1912, Madrid. La multitud observa en silencio el cuerpo de Canalejas caído en la acera, frente a la librería San Martín.

12 de noviembre de 1912, Madrid. La multitud observa en silencio el cuerpo de Canalejas caído en la acera, frente a la librería San Martín.

Eran quince minutos más tarde de la hora en la que Agapito Sánchez debía acompañar al escolta jefe Amadeo De Santiago…….. El diario del día después mencionaba que los primeros indicios apuntaban a que el asesino era un anarquista que había tiroteado al primer ministro. Y que el asesinato se había visto facilitado porque la protección habitual de “dos números” de la Guardia Civil se había reducido a uno por razones que a la hora de cerrar la edición del periódico se desconocían. También se daba noticia de la detención de una joven, Adela Cifuentes, que parece que en connivencia con el asesino, un tal Pardinas, había ayudado a perpetrar el magnicidio.

A.S.G fue juzgado y condenado un año después por un tribunal militar. Mientras tanto, en Tobogán siguen vendiéndose las famosas estilográficas de Sacristán y las pitilleras de plata “para el hombre elegante que a la mujer conquista con su distinción”. En Colegiata de San Isidro.