Para el comandante Lawrence la compasión es una obsesión. Para mí… es sólo buena educación. Juzgue usted cuál de los dos motivos es más recomendable.

Lawrence de Arabia (David Lean, 1962).

 

Me había despertado. No pude resistir la embestida de la afilada duna que había hecho detener al coche. Froté mis ojos. Despegué las pestañas que dejaban caer algo del polvo espeso que había abierto surcos de arado sobre mi rostro. Preciso fue que sacudiera el pelo y golpease con fuerza el cuerpo.Tenía que ahuyentar el frío acumulado en la noche en mi incómodo asiento del jeep. Aún respiraba la noche. Pronto surgió nítido el débil disco rojizo que amarilleaba arenas y restringía sombras. A lo lejos, todavía quedaban algunos fantasmas de montes, definiendo poco a poco su silueta, descubierta aquí y acullá en tintes multicolores.

Era necesario que reapareciera de nuevo el capitán: -¡Sujeta el volante Martín y mete la reductora cuando te avise!¡Hagamos cuña con esos rastrojos y empujad con fuerza cuando os diga!

Uno más de los múltiples atascos de mis vehículos en las arenas del desierto. Esta vez mi coche, uno de los dos Lan Rover que componían la patrulla mixta a mi mando de soldados españoles y nativos. Fueron los españoles los primeros que clamaron a su modo los fragores de tormenta:

-¡La madre que parió a la puta duna!

-¡La leche que mamaste desierto cabrón!

Alguien gritó su enfado al socaire nativo, no supe por qué:

-¡Me cago en todos los jodíos morangos!…

Siguieron los gritos:

-¡Si al menos nos dejaran cazar alguna gacela!

-¡Estamos hasta huevos de las asquerosas latas!

Liberado el coche, meditaba sobre la realidad de mi desperdigada unidad, con mis bases tan alejadas de la Plana Mayor de Compañía en Ausserd, a unos 500 kilómetros de la base más próxima, Bir Nzaran, y otra aún más alejada, Tichla, cerca de la frontera con Mauritania: “Será preciso que regresemos a Ausserd. No puedo demorar más la patrulla. Los hombres están rotos. Imposible seguir con las provisiones que nos quedan”. En mi refugio del jeep, desazonado por la lucidez del problema y a espaldas de oscuros ensueños, oía muchas veces las alusiones de mis hombres a la posible caza de una gacela. Me fingí dormido. De sobra sabía la prohibición de caza del Mando, aunque yo, como mis hombres, había tenido que espantar con fiereza los súbitos fogonazos del llagado estómago, vengativo tras la ingestión de aquella espesísima leche…

-“Ti no comer más leche de camella y dátiles y cazar gasiela”-me había dicho Yilhali, el sargento nativo. Nadie me advirtió sobre la prudencia en la avidez de la ingestión, culpable de mi vómito con aquellas atroces convulsiones. Encima tuve que apartar las moscas en su naufragio de pálpitos pajosos que sobrenadaban el cuenco de leche sostenido por el anciano pastor del rebaño…

-¡Con el Teniente Coronel Jiménez cazamos tres gacelas en los cinco días de patrulla y nos supieron a gloria! – alguien dijo.

Oyendo todavía el rumor de mis vísceras, un tiempo de treinta y seis años me corrió como una araña por la piel.-“¡Caramba! De manera que nos advierte que no se nos ocurra la caza y luego es él el primero en hacerlo…

El Teniente, mi segundo al Mando, me abordó ya abiertamente: – Mi capitán, creo que deberíamos cazar alguna gacela. Apenas queda algo comestible. Tú verás, pero supongo que sabrás que “otros” lo han hecho con mucho menos motivo…

Acusé el impacto. Contemplé a mis hombres: caras ansiosas, velados ojillos inquietos por la fatiga. Bajo la crujiente lona, en el velero del siroco viento, temporal de hambre y sed, sus ojos se apartaban instintivamente de “las asquerosas latas” y de las abrasadoras petacas de agua de los Land Rover. Amarilleaban cada vez más los súbitos fogonazos del ciego sol hiriente sobre sus encendidos cuerpos. Ni la holgura de las ropas protectoras detenía los pegajosos charcos del sudor adherido en suplicios de despegue. No reían, ni cantaban, como hicieran al inicio de la marcha. Tampoco se holgaban ya como antes en juveniles empeños de ruidosos juegos. Ya no ocultaban los gigantes silencios en miradas perdidas bajo el antiguo mar.

Como si no hubiera en este mundo más que calenturas ansiosas de anidar en sus enfermas mentes, suspiraban mis hombres a ratos su inmensa fatiga. Y pensé: “Al hombre pobre el sol se lo come”.

No pude más: – En cuanto avistemos una manada atraparemos una gacela- dije, y me arrepentí en seguida. Pese a los gritos de júbilo de los soldados, sentí una insondable culpa como un secreto arrancado en confesión.

No hizo falta esperar mucho para que apareciese la manada: eran unas quince gacelas conducidas por un hermoso macho, que serpenteaba el camino en brincos profundos, a uno y otro lado, apenas si deteniéndose, como no fuera para otear a sorbos el horizonte. Loco de angustia había olfateado al hombre. Los demás le siguieron acelerando el ritmo de carrera en abrigada esperanza hacia su jefe, hollando sus mismos puntos de paso.

Los dos jeeps se lanzaron en feroz persecución. Como objetivo, el último animal de la hilera. A unos 400 metros, el primer coche casi tropieza a bulto con el centro de la manada. Fijaron su presa: al animal apenas le quedan fuerzas para huir. Se detuvo en completo agotamiento.

Yilhali avanzó hacia él al frente del grupo, cuchillo en mano…

-¡Déjala vivir, no la mates! -grité de pronto con insostenible rabia. Me acerqué al pequeño ser, húmedos los ojos, en gesto de incontenible amor. Toqué su piel, deslizando los dedos sobre su lomo en prolongada caricia: -Tran…quila, pobrecita, tran…quiila. Vamos, respira. Así, despacito, despacito…

-¡Vamos, mi capitán, cárguesela de una vez! – escuché con espanto. No contuve mi furia: ¡Callaos de una vez! ¡Marchaos de aquí, pero ya, a hacer puñetas!

Dije estas palabras en sofoco de grito para no asustar al animal que gemía débilmente, muy abiertos los ojos, dilatados en principio de horror, húmedos y dulces después, en demanda de compasión.

Cuando esto escribo, ya en mi retiro, al cabo de tantos años transcurridos, jamás podré olvidar aquella dulcísima mirada. Me fui de aquel destierro. De mis hombres, perdido ya a su influjo, en la inquieta oscuridad de mis noches, escucho a veces, como aquel día hiciera sin oírlas, las palabras que entonces interpreté como una sentencia:

-Capitán maricón, mismo que mujera…

FIN

Un relato del Coronel Sinatra.