Vuestra vida corre un peligro mortal y lo sabéis. Lo olfateáis. Y no me refiero al peligro que conlleva el mero hecho de haber nacido seres humanos y no dioses, elfos o vampiros… Me refiero al peligro inminente y genuino que agarrota cada músculo, ligamento y tendón de vuestro cuerpo al ser sentido por primera vez y que ya no os abandona, acompañándoos cada segundo de cada minuto de cada jornada, despertándose en la noche, abrasando vuestro pecho durante el día. Es éste el tipo de peligro que sugiero y describo. ¿Lo habéis notado alguna vez corriendo por vuestras venas? Puede que no hayáis sido conscientes de su presencia pero os aseguro que ahí ha estado en ocasiones innombrables e incluso me atrevo a ir más allá: ahí está. Sí, tenedlo por cierto, ahí sigue, ahí perdura, ahí persiste y persistirá. Se alimenta de vosotros. De vuestros miedos. De vuestras inseguridades. De vuestras culpas construidas a través de los tiempos, llegadas a vosotros mediante el legado de vuestros ancestros. ¿Tembláis? No lo suficiente. Es menester que lo conozcáis más a fondo. Que os sumerjáis raudos y prestos bajo la sombra. Sólo en el inframundo podréis asomaros a su verdadera naturaleza, que es la vuestra.

¿El temblor ha pasado a tiritona con algún espasmo muscular aislado y gotas de sudor resbalando por la superficie cutánea humedeciéndoos y aumentando la sensación de frío a pesar de las mantas y estufas con las que tratáis de paliarlo? Ja, ja, ja. No es la clase de frigidez que imagináis. Es el frío glacial que precede a la muerte. Porque el peligro escondido y latente en vuestras entrañas comienza a despertar al escuchar mi llamada de ultratumba. Ja, ja, ja, ¡pobres ilusos! Sois tan insensatos como cándidos, y es por eso que vuestra carne tierna y sonrosada me vuelve tan loco como para perder mi preciado tiempo en urdir un plan para engañaros y arrastraros a mi guarida con cantos de sirena envueltos cuidadosamente en una falsa promesa de salvación, que resuene como un eco esperanzador en vuestros corazones amedrentados y palpitantes, presos del desasosiego y el pavor que os infunde la sola aparición de mi silueta iluminada por la luna roja que turba el sentido y embravece las aguas y os arrasa con sus devastadoras mareas. Luna roja. Mi favorita. Cubierta de SANGRE. Tal y como estaréis vosotros tras un instante.

Vuestro corazón se paraliza por el terror insoportable y exacerbado. Paulatinamente os dejáis ir. Cobardes, ¡luchad por vuestras vidas! Pero preferís entregaros a la muerte dulcemente, entre susurros, como en un sueño. No os culpo por ello. Ninguno estaba preparado para descender al reino de la oscuridad. Cegados, aturdidos por el hedor, desorientados, embotados, perdidos. Me disteis la mano dócilmente y os dejasteis guiar al abismo sin preguntas. Sin fuerzas. Sin poder. Ay, pobres de vosotros, si supierais ver y valorar la luz, la gracia, la llama que atesoráis cada uno en vuestro interior. Pero, si no la protegéis; si, como en este caso, no estáis listos para enfrentaros a la batalla, se consume y se desvanece rápida e imperceptible como la batida de alas de un colibrí. Y no seré yo quien os desvele cómo avivarla. Mis intereses y mi perfidia me posicionan en el lado contrario. Soy un maestro apagando ilusiones y anhelos. Aprovecho la debilidad para asolar vuestra fe y así eliminar la chispa de vuestros calderos. Me muevo sigilosa y serpenteante amparada por las tinieblas y la negrura de vuestros más recónditos temores. Pero basta ya de palabrería insulsa e innecesaria. Nada os debo. Llegados a este punto sólo deseo darme un festín con vuestros jugosos cuerpos y devorar pedazo a pedazo vuestras almas. Cerrad los ojos y os garantizo que no os dolerá…pero, ¿acaso os podéis fiar de mí?

Os concedo una última petición antes de ejecutar mi excitante cometido de verdugo. ¿Saber mi nombre, queréis? ¿Es ésa vuestra última voluntad? Ja, ja, ja. ¿No me habéis reconocido ya? Yo creo que sí. Cuando el gélido acero desgarre vuestra carne y hueso y exhaléis en ese momento vuestro último aliento, entonces, sin atisbo de duda, ocurrirá. Comprenderéis, demasiado tarde, que las apariencias engañan. Que los mandatos escritos en vuestros genes pesan demasiado. Que no teníais escapatoria posible. Que vuestra confianza ya estaba hecha añicos. Entonces, y sólo entonces; EVOCARÉIS MI NOMBRE.