Ningún creador estuvo impulsado por el deseo de servir a sus hermanos, porque sus hermanos rechazaron siempre el regalo que les ofrecía, ya que ese regalo destruía la rutina perezosa de sus vidas. Su único móvil fue su verdad. Su propia verdad y su propio trabajo para concretarla a su manera: una sinfonía, un libro, una máquina, una filosofía, un aeroplano o un edificio; eso era su meta y su vida. No aquellos que escuchaban, leían, trabajaban, creían, volaban o habitaban lo que él realizaba. La creación, no sus usuarios. La creación, no los beneficios que otros recibían de ella. La creación que daba forma a su verdad. Él sostuvo su verdad por encima de todo y contra todos.

AYN RAND, El manantial

 

Dicen que todo tiene un principio y un final, y Las barbas de Platón no podía ser una excepción. Lo que comenzó hace dos años como un proyecto fresco y cargado de ilusión ha llegado inevitablemente a su ocaso. Una parte de mí lo acepta como algo inevitable, mientras que la otra apela desesperadamente al primer principio de la termodinámica. ¿Se contradicen aquí el refranero popular y las leyes de la física? No necesariamente. Para que algo se transforme, debe haber primero una pequeña muerte. En unos casos es instantánea y definitiva (o peor aún: crece hasta convertirse en algo crónico o terminal); en otros, volviendo a la sabiduría popular, nos enfrentamos a ella y nos hacemos más fuertes.

¿Y en qué ha consistido para mí la pequeña muerte de Las Barbas de Platón? Lo diré claramente y sin rodeos: en la muerte como proyecto colectivo. Para los concursantes de Gran Hermano, un día en la casa equivale a un año en la calle. Como buen escritor, deformaré a mi antojo lo que dijeron otros: “Un día participando en un proyecto conjunto –especialmente con amigos– desgasta más que un año trabajando solo”. Afortunadamente, poseo el optimismo infantil del viajero (la creencia patológica de que “todo va a salir bien”) y la fe ciega del escritor en el progreso (en el progreso personal, claro). Por eso quiero pensar que hemos aprendido algo de nuestra experiencia. Es más, estoy convencido de que muchos barberos y colaboradores os embarcaréis en nuevos proyectos literarios, ya sea colectivos o individuales. Os deseo la mejor suerte del mundo. Yo, por mi parte, seguiré mi camino en solitario.

No es todavía el momento de buscar culpables. Antes de sacar mi dedo acusador, quisiera compartir algunas reflexiones. Que nadie piense que son el fruto de un calentón momentáneo: las he ido madurando durante estos dos años. Invito desde aquí a todos los barberos y colaboradores, así como a la Máxima Autoridad de este proyecto –de aquí en adelante me referiré a él con este nombre– a que me rebatan sin tapujos. Que nadie tenga miedo de decir lo que piensa ahora que todo esto se desmorona. En Las Barbas de Platón no censuramos a nadie, ¿o sí?

Mi primera reflexión gira en torno al poder. Es bien sabido que las organizaciones de cualquier tipo –políticas, culturales, sociales, incluso aquellas sin ánimo de lucro– tienden a corromperse. Si el barco se dirige hacia buen puerto, se suceden las luchas encarnizadas por coger el timón. Si amenaza con hundirse o quedar a la deriva, ocurre el efecto contrario: un abandono paulatino y silencioso. Paradójicamentem y para nuestra desgracia, en Las Barbas de Platón hemos caído en ambos vicios. Respecto al tipo de travesía que hemos seguido, que cada uno juzgue por sí mismo.

¿Y qué decir de la libertad de plazos? ¿Puede haber algo más pernicioso para un proyecto colectivo? Cuando nació Las Barbas de Platón, la Máxima Autoridad propuso que cada barbero escribiera lo que quisiera y cuando quisiera. Ni un solo deadline para entregar los relatos. ¡Libertad total para el artista! En su momento me pareció perfecto (en parte porque no estaba seguro de tener tiempo o ideas; en parte por ese optimismo patológico que mencioné anteriormente). Dos años después, los relatos escasean y mi visión ha cambiado. De no haber sido por los colaboradores externos (a los que aprovecho para dar las gracias desde aquí), probablemente no habría nada que publicar. ¿Por qué somos tan indisciplinados en nuestra vida diaria? Erich Fromm explicó el fenómeno de forma tan sublime que no voy a perder el tiempo haciéndolo yo, ni siquiera deformando sus palabras: “Podría pensarse que para el hombre moderno nada es más fácil de aprender que la disciplina. ¿Acaso no pasa ocho horas diarias de manera sumamente disciplinada en un trabajo donde impera una estricta rutina? Lo cierto, en cambio, es que el hombre moderno es excesivamente indisciplinado fuera de la esfera del trabajo. Cuando no trabaja, quiere estar ocioso, haraganear o, para usar una palabra más agradable, relajarse”. Personalmente, he escrito seis relatos sobre mi último año en Leighton. Me puse un deadline cada dos meses y gracias a eso cumplí mi propósito. Siguiendo con la cita de Erich Fromm: Ese deseo de ociosidad constituye, en gran parte, una reacción contra la rutinización de la vida. Precisamente porque el hombre está obligado durante ocho horas diarias a gastar su energía con fines ajenos, en formas que no le son propias, sino prescritas por el ritmo del trabajo, se rebela, y su rebeldía toma la forma de una complacencia infantil para consigo mismo”. La autocomplacencia es el peor enemigo de un escritor, en todos los sentidos.

El tema de la libertad de plazos engarza directamente con el de la motivación. Las personas funcionamos a base de incentivos. En el trabajo nos pagan un sueldo todos los meses, pero ¿qué puede ofrecer un proyecto como Las Barbas de Platón? A nivel económico, nada de nada. Hace un tiempo tuve un encuentro con un tipo que decía ser escritor. Uno de los barberos –se dice el pecado, pero no el pecador– me lo presentó como un “posible fichaje” para nuestro proyecto. Estábamos de fiesta por Madrid, en un bar regentado por un comunista de la vieja escuela (un detalle: tenía relojes de pared con la hora de La Habana y Moscú). Apoyado en la barra, el “posible fichaje” me habló largo y tendido sobre un utópico futuro sin dinero en el que, por amor al arte, la gente sigue yendo a su trabajo y el mundo funciona igual que ahora (por ejemplo, si necesitas algo del supermercado, vas y lo coges). Lo más llamativo no fue el hecho de que, a los treinta años, alguien defendiera una teoría tan absurda, sino su reacción cuando le ofrecimos que nos mandara uno de sus relatos. Inmediatamente me preguntó cuánto le íbamos a pagar. Cuando le dije que nada, me exigió que le cubriéramos, como mínimo, las tasas del registro de la Propiedad Intelectual. “Imaginaros que os envío el nuevo Quijote”, añadió sin un ápice de ironía. Sobra decir que la filosofía de aquel tipo está en las antípodas de la de nuestro proyecto, pero me hizo reflexionar sobre algo. Si escribir debería ser la única motivación para un escritor, ¿por qué estamos tan escasos de relatos? La falta de deadlines sólo responde a la pregunta parcialmente. ¿Se nos puede reprochar a la Máxima Autoridad y a mí que no hayamos motivado lo suficiente a los barberos? No sé él, pero yo me niego a asumir esa culpa. Nuevamente, cada uno tendrá que buscar en su interior y hacer examen de conciencia.

¿Y qué es lo más triste de todo esto? Que dentro de unos años nos acordaremos de Las Barbas de Platón y lamentaremos “lo que pudo haber sido”. Para entonces habremos olvidado ya que, en un principio, fue sólo una pequeña muerte; que podríamos haber salvado el proyecto haciendo simplemente lo que se supone que más nos gusta: escribir. Pensaremos en Las Barbas de Platón cada vez que alguien se queje de que “vivimos en un mundo cada vez más atomizado” o de que “hoy en día todo el mundo va a lo suyo”. Cada vez que escribamos un relato y queramos difundirlo más allá de nuestro círculo de amigos. Cada vez que queramos experimentar con la literatura, “jugar” con ella, como decía la Máxima Autoridad. ¿Acaso hay algo más triste que jugar solo? Es más, si renunciamos al juego de Las Barbas de Platón, ¿por qué no lo hacemos con todas las consecuencias? ¿Por qué no nos quitamos las caretas de una vez por todas? Me despido por el momento, pero pronto tendréis noticias mías.

Atentamente:

Igor