El hombre al que yo conozco no es el chico al que tú recuerdas.

SLEEPERS

 

        Aquí estamos los tres, encerrados en un calabozo de Medellín, medio borrachos y con el estómago vacío. Y para colmo a Lev le ha entrado uno de sus ataques de risa y no puede parar.

        –¡Dime qué te hace tanta gracia! –le grita Izsak por tercera vez.

        Si pudieran entender lo que comentan de nosotros en la celda de al lado, no armarían tanto escándalo.

        –Te recuerdo… –Lev se seca las lágrimas y se sienta sobre la cama con las piernas cruzadas–. …que estamos aquí… –Se detiene, inspira y espira varias veces–. …por defenderte… –Se lleva las manos al estómago y estalla en otra carcajada, volviendo a su posición fetal.

        –¡Me obligasteis! ¡Todo empezó con vuestra puta broma!

        –La pelea fue cosa tuya, Sargento –intervengo–. Así que no te pases de listo.

        Y tanto que fue cosa suya. Hace unas horas estábamos en el Kiwi hostel, bebiendo tranquilamente de buena mañana. Izsak había ido a pedir otras tres cervezas, y ya tardaba demasiado. De pronto miro hacia la barra a ver qué hace y me lo encuentro detrás de dos backpackers que vienen hacia nosotros. Camina muy cerca de ellos, pisándoles los talones. Lev sigue enseñando el vídeo a diestro y siniestro y no se entera de nada. Pero yo sí. Veo cómo Izsak agarra las dos cabezas y las hace chocar entre sí como bolas de billar, y cómo derriba de un puñetazo a uno de ellos. El otro, aturdido aún por lo ocurrido, recibe su hostia con el impulso de la de su compañero: un codazo en el ojo, seguido de una patada en el estómago que le hace doblarse y caer al suelo de culo. Los tíos de nuestra mesa se levantan y van volando hacia Izsak. Lev y yo nos miramos y corremos también a defender a nuestro amigo.

        En realidad no fue exactamente una pelea. En el servicio militar nos enseñaron técnicas de combate cuerpo a cuerpo, así que les dimos una paliza en toda regla. Y tuvieron suerte de que Lev entrara en razón. Izsak estaba descargando su rabia contra el tío del primer puñetazo, aún no sabemos por qué. Mientras tanto, yo me desquitaba por todas las veces que me he mordido la lengua a lo largo del viaje, que no han sido pocas. Aun así, me alegro de que Lev nos detuviera. Ensañarse con un hombre que pide clemencia no es muy honorable.      

        –¿Sabéis de qué me reía? –Lev ha conseguido sobreponerse al ataque. Nos invita a sentarnos en la cama con él, pero hace un calor de muerte y se está más fresco en el suelo–. De la cara que va a poner tu hermana cuando le expliquemos lo que ha pasado.

        –¡Ni una broma más con mi hermana! –grita Izsak–. Bueno. –Relaja el tono, recula–. Ya se me ocurrirá algo. Vosotros recordad nuestro pacto de silencio.

        Los dos asentimos con la cabeza.

        –Los pactos entre hombres no se rompen.

        –Y menos aún entre amigos.

       

        Su penúltima broma, justo antes de la de Medellín, fue hacerme creer que se alistarían en las Fuerzas de Defensa. Me pareció más que razonable: ambos habrían sido buenas incorporaciones. Shia había demostrado sus habilidades como francotirador. Nada le hacía temblar el pulso a la hora de disparar: ni el calor, ni la lluvia, ni el viento; ni siquiera las noches en vela. También podría haber hecho carrera en Logística o Inteligencia. En el instituto sacaba matrículas de honor en todas las asignaturas que le interesaban: matemáticas, filosofía, historia, música e idiomas en general. Gracias a su fuerza de voluntad y su amor propio, acababa haciendo bien cualquier cosa que se proponía. En el servicio militar aprendió a tocar la flauta travesera y el acordeón, y finalmente eligió la carrera musical: un gran cerebro desperdiciado. Lev, por el contrario, siempre ha sido un tipo vago y poco constante, cuya única aspiración en la vida es divertirse. Por otro lado, es una persona extremadamente carismática, un animal social. Posee además unas cualidades físicas envidiables y un talento innato para los deportes. A nuestro instructor se le caía la baba al verle trepar por la cuerda, arrastrarse bajo alambres de espinos o correr por el barro como si lo hiciera sobre una pista de atletismo. Una pena que los trabajos que le gustan, community manager, relaciones públicas, coach de deportistas, apunten en otra dirección.

        Siendo yo el menos dotado de los tres, fui el único que entró en las Fuerzas de Tierra. No era mi gran vocación, pero, a diferencia de mis amigos, siempre me sedujo la idea de servir a mi país. Shia piensa que lo hice por no hundir a mis padres aún más en la miseria, y quizás tenga razón. Mis hermanos mayores son una vergüenza para la familia, y si superponemos los detractores de uno y otra, yo diría que para todo el país. Ricitos Eleazar decidió dedicar su vida, exclusivamente, a estudiar la Torá. El hecho de que esté exento de trabajar no gusta demasiado a la mayoría de los jóvenes y a los sectores más progresistas. Mi hermana, por su parte, cuenta con muy pocos fans en Israel después de publicar su panfleto El estado ilegítimo e ilegitimable. Al terminar el servicio militar y la universidad (gratuita, financiada por ese estado que tanto detesta) se fue a Perú a colaborar con una ONG y se hizo activista de derechos humanos. Actualmente vive autoexiliada en Lima.

    

     Shia y yo aterrizamos juntos en Buenos Aires, aunque nuestros caminos se separaron enseguida. Mi amigo quería aprender español y solfeo de guitarra. Yo no me había cruzado medio mundo para aprender cosas, sino para drogarme a buen precio y follar todo lo que pudiera. Pero Shia está hecho de otra pasta. Alquiló un cuartucho en la calle Corrientes y contrató a una profesora de música a la que acabó follándose. Se enamoró de ella hasta los huesos y estuvo mucho tiempo sin dar señales de vida.

        Volví a tener noticias suyas al llegar a Cuzco, y porque le llamé insistentemente. Seguía en su piso de Corrientes, hiperdeprimido porque la profesora de música le había dejado por otro. “¿Pero qué coño te pasa, tío?”, le dije. “Después de tres años en el infierno ahora toca disfrutar. Para eso hemos venido a Sudamérica, no para estar lloriqueando por culpa de una puta argentina”. Finalmente le convencí para reencontrarnos en Cuzco y celebrar el Hanukkah a nuestra manera. Hicimos un trekking de cuatro días a Machupichu y a la vuelta nos pasamos cuatro semanas seguidas de fiesta. Hubo momentos memorables, aunque ninguno como la noche en que nos follamos juntos a aquella prostituta. Me hubiera encantado sumarlo a mi colección de vídeos caseros.

        Terminó el mes y Shia me dijo que necesitaba seguir su camino. Gracias a dios no volvió a Buenos Aires, pero se empeñó en visitar pueblos perdidos de los Andes donde no había nada que hacer. Pasó demasiado tiempo solo, o lo que es peor, rodeado de backpackers europeos. Me mandaba emails superdepresivos: “Sólo me dejan dos opciones: ponerme a la defensiva o ignorarles. En cuanto descubren de dónde vengo es como si les dijera que soy un asesino o un violador. Al menos me gustaría que tuvieran los cojones de decirme a la cara lo que piensan. Así podríamos discutir como hombres. Pero no, se esconden y cuchichean a mis espaldas como mujeres (…) Su ignorancia respecto a la situación de Israel y Palestina es escandalosa. La cantidad de disparates que he escuchado en estos meses daría para llenar varias páginas. Ayer mismo discutí con un francés. Me hice pasar por español, claro, si no habría sido imposible. Me dijo que los soldados israelís habían asesinado a otro palestino, y yo le pregunté si le habían matado porque sí o por alguna razón. “El caso es que cuatro tíos del ejército se cargaron a un civil”, me respondió. “Un civil que llevaba una ristra de explosivos cosida al pecho”, puntualicé (…)”. Evidentemente yo también había sentido esa hostilidad de la que hablaba Shia, aunque estas cosas no me afectan tanto. Además, seguía un método simple pero efectivo. Visitaba sólo ciudades donde hubiera playa o buena fiesta, y dormía en hostels recomendados por otros israelís.

        Cuando llegué a Cali me propuse sacar a Shia otra vez del pozo. Faltaban dos semanas para que Izsak volara a Medellín: era la ocasión ideal para una de nuestras bromas. Recordé la mítica noche de Cuzco y se me ocurrió que podríamos repetirla y conseguir que Izsak se uniera también. A Shia le pareció un buen plan, pero no veía cómo podríamos convencer a nuestro amigo. Yo le respondí que había una forma, y le pasé el vídeo que grabé en Lima, una de las joyas de mi colección. Shia me envío un emoticono sonriente y un “ok”. En el siguiente mensaje ponía simplemente: “Mándaselo”. La broma estaba en marcha, sólo teníamos que ultimar los detalles.

 

        Estas cosas no las hacían en las playas del mar Rojo. Ése fue el primer pensamiento que cruzó mi mente al verles a los tres en bañador y sin camiseta, sentados en la única cama de la celda. Lev llevaba el pelo más a lo “afro” que en Lima y Shia se había dejado barba de náufrago. Aparte de eso, y de los torsos perfectamente musculados, seguían siendo los mismos. Y es que en realidad no había pasado tanto tiempo desde aquellos veranos en Eliat, cuando corrían por la arena tras un balón de fútbol. Me pregunté si los chavales con los que jugaban entonces estarían ahora en la misma situación, en algún calabozo de La India o Tailandia… Y concluí que estas cosas no las hacían antes de entrar en el servicio militar.

        –¿Qué habéis hecho?

        Me salió un tono de hermana mayor, incluso de madre.

        –Nos metimos en una pequeña pelea.

        –Una pequeña pelea que acabó con cuatro hospitalizados y vosotros tres en la cárcel. Esto es muy serio, Izsak. Si se enteran pueden expulsarte del ejército. Aunque mira, no hay mal que por bien no venga.

        –No digas gilipolleces.

        –¿Por qué fue la pelea?

        –Por esto.

        Lev sacó su móvil del bolsillo y empezó a toquetearlo. Quise saber cómo había conseguido colarlo en la celda, pero no se molestó en contestarme. Le divertía verme en tensión, al borde del colapso nervioso… Encontró por fin el vídeo, pegó su cara a la mía y pulsó el play.

        –¿Quién es esa chica? –pregunté.

        Me sentía increíblemente relajada, como flotando. Ni siquiera me molestaban los gritos de la celda de al lado.

        –Piensan que los gemidos son tuyos –me explicó Shia.

        –Es una amiga –respondió Lev.

        –¿Colombiana?

        –Es una puta –dijo Shia.

        –¿Y qué tiene que ver mi hermano con todo esto?

        –Yo grabé el video –balbuceó Izsak.

        –¿¿Qué?? ¿Y cómo te convencieron para hacer una cosa así? –Dejé el móvil en el suelo y contuve la respiración.

        –Perdí una apuesta.

        Lev y Shia asintieron con la cabeza.

        –Estábamos enseñando el vídeo a unos backpackers y uno de ellos se pasó de listo –dijo Lev.

        –¿Cómo que se pasó de listo?

        –Pregúntale a tu hermano. A nosotros no nos lo ha querido contar.

        –Dijo que no sabía cuál de los tíos del vídeo le parecía más gilipollas. Y su amigo respondió que sin duda el que sujetaba la cámara.

        Los tres se echaron a reír.

        –¿Y os parece razón suficiente para mandar a cuatro personas al hospital? ¿Es que no veis la imagen que dais de los israelís? Drogadictos, puteros, violentos… Nuestro estado como tal es indefendible, pero…

        –No empieces con esa mierda.

        –Déjame terminar. Aun así, siempre voy pregonando que hay gente maravillosa en Israel. ¿Pero cómo puedo dar la cara por tres sinvergüenzas como vosotros?

        –He dicho que cortes el rollo.

        –Te lo voy a preguntar una vez más, Izsak. Te juro que si me mientes me iré sin pagar la fianza. ¿Cómo te convencieron para grabar el vídeo?

        –Ya te hemos dicho que fue una apuesta –dijo Lev.

        –Sólo una apuesta –sentenció Shia.