Y como además sale gratis soñar y no creo en la reencarnación,
con un poco de imaginación
partiré de viaje enseguida a vivir otras vidas, a probarme otros nombres,
a colarme en el traje y la piel de todos los hombres que nunca seré.
JOAQUÍN SABINA, La canción del pirata

 

Hoy he vuelto a comer solo en la plaza. He cambiado el bocata de pavo y queso por el de pechuga de pollo, mahonesa y ensalada (mucho más sabroso, la verdad). Para beber, Coca-cola Zero. Pueden parecer cambios insignificantes, pero no lo son para alguien con una vida tan monótona como la mía. El hecho de bajar al parque estos tres días ha sido, en sí, toda una aventura. El problema es que mi excéntrico comportamiento sigue creando un cierto malestar en la comisaría. Es el tercer día en lo que va de semana, y mis compañeros se sienten dolidos. Mis excusas resultan cada vez menos creíbles. No me han dicho nada directamente, pero sé que están preocupados por mí. Loles ha arrugado el gesto como diciendo: “Lo del dentista no te lo crees ni tú”. Me encantaría decir que me importa un bledo lo que piensen, pero no es así. En el fondo, con nuestros más y nuestros menos, formamos un equipo. Ocurre lo mismo con los barberos, por eso coincido plenamente con Amalfitano. Solos no somos nada. Las barbas de Platón debe continuar.

¿Puede haber algo más triste que un funcionario comiendo solo en el banco de una plaza? ¿Quizás un grupo de escritores dejando que sus relatos cojan polvo en un cajón? Por tercer día consecutivo, me he puesto a llorar leyendo La pequeña muerte de Igor. Me siento como un niño al que castigan por una travesura que ha cometido su hermano. ¿Qué culpa tendré yo de que otros barberos escriban menos relatos? Pienso que estamos pagando justos por pecadores. La decisión de Igor de terminar el proyecto sin consultarnos es demasiado autoritaria. Las barbas de Platón significa muchísimo para algunos de nosotros, y la vanidad de su juventud le impide ver las consecuencias de su decisión. Por eso confío en que Amalfitano sepa hacerle entrar en razón. En cualquier caso, no me parece mala idea lo de quitarnos las caretas. La mía ya me venía asfixiando desde hace un tiempo.

 

Mi nombre es Pedro Morales (quiero decir el de verdad, no con el que firmo mis relatos). Trabajo como funcionario (grupo A1) en la Comisaría de la calle Santa Engracia. Aprobé la oposición en el año 1983 y desde entonces he dedicado mi vida a renovar DNIs y Pasaportes.

Vivo solo y escribo relatos: hasta aquí los únicos puntos en común con mi avatar. El resto es pura ficción. Para empezar, me encanta viajar. De hecho, hago dos escapadas todos los años (este verano estuve en Croacia). No tengo nada en contra de la gente, y mi celibato no ha sido una elección propia. Tengo una televisión de treinta y dos pulgadas porque no soporto el silencio. No escribo a máquina desde hace más de veinte años (el propio Bukowski dejó de hacerlo en cuanto aparecieron los ordenadores). Mi casa no tiene bañera y el alcohol no me ayuda a crear. Es más, me acuesto temprano y escribo por las mañanas antes de irme al trabajo. Me asustan los grandes cambios, así que nunca he pensado en el suicidio.

Según el filósofo francés Jean Paul Sartre (léase En un café de París): “La realidad es lo único que cuenta; los sueños, esperanzas y esperas sirven para definir a un hombre sólo como sueños frustrados, esperanzas abortadas, esperas inútiles; es decir, le definen negativamente, no positivamente”. Tanto en el caso de Jonathan Flynn (coprotagonista del relato) como en el mío, esto es estrictamente cierto. Mi sueño frustrado, el que me define mejor que cualquier cosa haya hecho en mi vida, consiste en pedirme una excedencia para escribir una novela. Faltan sólo siete años para que me jubile, así que ya no me lo planteo. De hecho, espero el momento con una mezcla de ansiedad y pavor. ¿La razón? A raíz de mi sueño frustrado han ido surgiendo otros en una especie de efecto en cadena. Por insignificante que sea mi propósito, se viene irremediablemente abajo. El primero fue escribir un relato titulado El escritor a tiempo completo. Éste trataría sobre un funcionario que se pide una excedencia para escribir una novela y descubre que no tiene absolutamente nada que decir. Debo aclarar que, cuando se me ocurrió la idea, ya había escrito algunos relatos, por lo que no había razones para pensar que no podría sacar adelante ése en concreto.

Por mi ventanilla de la comisaría pasan cada día unas treinta personas de media. A la mayoría las olvido al instante, pero algunas se quedan grabadas en mi mente por diversas razones. De la señora que me habló sobre aquel Gran Hermano marciano surgió el relato Misión a Marte. Del abuelo que puso “Pensión Tudescos” en su dirección de DNI permanente nació Prólogo a la cuarta edición. El joven imitador de Bukowski que olvidó sobre mi mesa La senda del perdedor dio apellido a mi avatar (el nombre viene de mi compañero Dani, al que llamamos cariñosamente DNI).

Me estoy desviando del tema. Estaba diciendo que me veía incapaz de escribir mi relato El escritor a tiempo completo. Por eso un día se me ocurrió enviarle una carta a Enrique Vila-Matas. Acababa de leer su novela Bartleby y compañía, sobre escritores que dejaron de escribir, y pensé en contarle mi caso para que lo incluyera en una hipotética reedición. Pues bien: tampoco en este caso encontré las palabras. Años después escribí En un café de París y caí en la cuenta de que Jonathan Flynn tenía todos los elementos para ser un Bartleby. Volví a acariciar la idea de escribirle a Enrique Vila-Matas, pero no lo hice. A día de hoy, este Llanto de un funcionario es lo más cerca que he estado de escribir mi relato El escritor a tiempo completo y las dos cartas. De la novela, mejor no hablemos.

Y ahora, si me disculpáis, tengo que irme a trabajar. Si pasáis por la comisaría de Santa Engracia a renovaros el DNI o el pasaporte, no dudéis en venir a saludarme. Enteramente vuestro, espero que por mucho tiempo:

Dani Chinaski

 

[19/06 21.05] Chinaski: Qué tal, Amalfitano? Tengo que pedirte una cosa MUY IMPORTANTE

[19/06 21.06] Chinaski: NO PUBLIQUES MI RELATO “LLANTO DE UN FUNCIONARIO”

[19/06 21.07] Chinaski: Desde que lo escribí han cambiado muchas cosas en mi vida. El relato me ha servido para darme cuenta de que Igor tenía razón

[19/06 21.19] Chinaski: También me ha servido para darme cuenta de lo patético que soy. No he vuelto a comer en esa maldita plaza y, sobre todo, no he vuelto a derramar ni una lágrima. Tal vez no esté preparado para escribir una novela, pero he decidido crear mi propio Blog. Pronto haré un lanzamiento más general, pero quería que fueras el primero en saberlo. Me llevaré mis relatos favoritos de Las Barbas de Platón (al fin y al cabo son míos). Te autorizo para que publiques el resto de relatos que te he enviado (creo que el próximo será El único crimen prohibido). Por lo demás, presento mi carta de renuncia. Me despido de Las barbas de Platón. Ha sido una experiencia inolvidable, pero necesito secarme las lágrimas y emprender mi propio camino. Estoy seguro de que lo entenderás

[19/06 21.22] Chinaski: Este mensaje fue eliminado

[19/06 21.25] Chinaski: Este mensaje fue eliminado

[19/06 21.26] Chinaski:  Por favor, no publiques tampoco estos whatsapps (sé que no lo ibas a hacer, pero por si acaso)

[19/06 21.30] Chinaski: Este mensaje fue eliminado

[19/06 21.31] Chinaski: ¡A nadie le gusta que le vean llorando en público!

[19/06 22.45] Chinaski: Este mensaje fue eliminado