Una peculiar sensación precede su estruendo. Puede que algún dolor, tal vez el quejido de un hueso roto antaño, anuncie su llegada inminente. A veces son aflicciones más sutiles las que preludian su aparición. Una vieja herida que creíste cicatrizada y se abre de nuevo en tu corazón.

Las mujeres sabias guardan la ropa tendida y ponen sus bienes a buen recaudo. Ellas perciben la tormenta que se acerca, al igual que los perros que, inquietos, ladran por las calles. Calles que se preparan para humedecerse y limpiarse de polvo. Para estar solas. Pues es bien sabido que cuando el cielo descarga su llanto sobre la tierra, son pocos los que osan salir a enfrentarlo. Es más gustoso, o eso me parece a mí, quedarse en el hogar bajo una cálida manta, observando a través de la ventana como la luz reinante va decreciendo y tornándose más gris y sutil. Es agradable sentirse guarecido y conservar los pies calientes y agradecidos.

Sin embargo, hay tardes en las que verla te despierta unas ganas irrefrenables de salir y saltar sobre sus charcos, de abrir la boca y sacar la lengua para sentir su sabor, de correr bajo su manto sin miedo, como haría un niño, o como hacías tú de niño, aunque ya lo hayas olvidado. Entonces te cubres con una bufanda y unas botas de agua, y vistes un chubasquero multicolor. Con prisa, apenas frenas un momento para coger las llaves, y bajas corriendo las escaleras. Las ansias de catarla hierven en tu pecho. Y sales. Y hueles. Ah, ese olor. Ese maravilloso perfume. A verde, a limpio, a nuevo. Tu alrededor se potencia y te abraza en un refrescante achuchón. Y sientes ganas de estrenar, de estrenarte a ti mismo, de danzar bajo ella y cantar, sí cantar, como hacían en aquel musical, agarrados a una farola y exultantes de alegría. Y lo haces. Y el mundo ya no es gris, es de color de rosa. Te empapas y dejas que las lágrimas del firmamento recorran tu rostro y se mezclen con las tuyas propias. Sientes de soslayo las curiosas miradas de los vecinos sobre ti, “¿qué hace esa loca? ¿qué se cree, que tiene seis años?”- imaginas sus pensamientos. Y ¿qué más da? Te dices. Hoy les toca mirar a ellos a través de sus ventanas, hoy la espontaneidad ganó a la pereza, hoy te toca reír. Lo disfrutas. Porque sabes que vendrán noches de oscura melancolía. Ya ha cambiado la estación y el ambiente se vuelve denso e invita al recogimiento. Pero hoy aún puedes jugar. Bajo esta lluvia que no cesa, que acoges en tu seno y que acompañas en su relampagueante zigzagueo.