No son fantasmas, porque los fantasmas no llevan botas ni dejan huellas en la nieve.

RAY LORIGA, Tokio ya no nos quiere

 

En otoño fui contratado como camarero, friegaplatos, cocinero, vigilante de seguridad y recepcionista nocturno en el hotel Ibis del centro. Puede parecer sorprendente que un joven de diecinueve años, sin ninguna experiencia en el mundo de la hostelería, acabe desempeñando todas esas funciones. ¿Y si dijera que lo hice desde el primer día y sin recibir ningún tipo de formación? Efectivamente, aunque mi jefe de Blue Dragon me había explicado que “sólo tendría que echar una mano en la barra y ayudar al cocinero”, acabé regentando el hotel en solitario durante varias noches consecutivas. Mi caso refleja a la perfección una filosofía empresarial –la renuncia a dar un buen servicio para minimizar los costes– que sería inviable sin el paraguas de una gran franquicia. En realidad, para ser justos, no conozco a los managers de otros hoteles de la cadena; sólo al de Leighton, aunque nunca llegué a verlo en persona. Él fue el primero de los fantasmas del Ibis.

El segundo de los fantasmas se llamaba Dilbaz. Escuché su nombre nada más entrar por la puerta aquella tarde de principios de noviembre. Ataviadas con pantalones negros y polos rojos –a juego con el logotipo del hotel– mis dos compañeras me esperaban en la barra del bar. Tenían frente a ellas un ordenador y dos montañas de tickets. Ambas eran jóvenes, de baja estatura y morenas.

–Dilbaz no va a venir esta noche –le dijo una a la otra en español.

–Igual ella tampoco viene –replicó su compañera, introduciendo al tercer fantasma de esta historia.

Según avanzaba hacia su posición, me di cuenta de que no existía una separación física entre la barra del bar y el mostrador de recepción: uno era la prolongación de la otra. Continuaron hablando como si no me vieran. Aceleré un poco el paso.

–Lleva viniendo cuatro noches seguidas.

–Eso es lo que cuenta Dilbaz.

–Soy Igor –dije, apoyándome en el mostrador, interrumpiendo la conversación.

Se presentaron como Alma y Nuria. Me pidieron que las dejara a solas un momento, mientras terminaban de “cuadrar unas cosas”, y decidí explorar un poco por mi cuenta. La cocina era alargada y estaba conectada con el bar por dos puertas, una en cada extremo de la barra. A simple vista me pareció equipada con todo lo necesario: un pequeño friegaplatos, utensilios varios, tablas de cortar multicolores, platos de todo tipo, dos grandes neveras, un horno y un microondas. Volví al bar y me puse a inspeccionar la máquina de café, preguntándome cómo diablos funcionaría. Mis compañeras discutían acerca de una reserva cuyo ticket había desaparecido. De pronto caí en la cuenta de que en la cocina también faltaba algo. ¡El cocinero! Cogí un menú de una de las mesas. Además de las “especialidades británicas”, había comida india, tailandesa e italiana. ¿No pretenderían que yo…? ¡Si no sabía ni freír un huevo! En un ataque de pánico, entré de nuevo en la cocina y reparé en un detalle que me descolocó completamente: no había fogones. Abrí la nevera y sólo encontré algunas verduras, un bote de kétchup y otro de mostaza.

Volví a la barra en un estado de gran confusión. Nuria, que terminaba su turno en ese momento, se despidió de nosotros y se fue. Aún no había clientes en el bar, así que aproveché para indagar acerca del funcionamiento del hotel. Alma me contó que, aunque llevaban sólo un mes en el Ibis, ellas dos se hacían cargo de todo durante el día; el turno de noche lo gestionaba joven pakistaní llamado Dilbaz. Al manager le interesaba contratar a menores de veintiún años, cuyo salario mínimo por hora era dos libras más bajo. En cuanto al cocinero, salía demasiado caro mantener a uno. “Nos mandan la comida congelada en bolsas de plástico”, me explicó mientras iba abriendo los rebosantes cajones del congelador. “Los británicos se lo comen todo sin rechistar. Sólo necesitan que esté medianamente bien presentado y que sea caro”. Me habló también de la homeless que, desde hacía cuatro noches, se encerraba en el baño de mujeres hasta la mañana siguiente. Dilbaz la había descrito como una persona “limpia y educada”, aunque “peligrosa, probablemente una drogadicta”. El pakistaní sentía lástima de ella; por eso no lo había hablado con el manager. Lógicamente tenía miedo de que éste revisara el contenido de las cámaras de seguridad.

Los huéspedes no se hicieron esperar. Varias familias y un par de hombres de negocios irrumpieron en la cocina a las siete en punto. Alma me mandó tomar las comandas y servir las bebidas. En cuanto terminé mis funciones, me reuní con ella en la cocina. La encontré sacando del microondas una humeante bolsa de plástico llena de arroz blanco. En el mostrador de metal tenía algunas más abiertas. Había también un libro ilustrado de recetas. Guiándose por los “tiempos recomendados” y las “sugerencias de presentación”, mi compañera iba vaciando el contenido de cada bolsa recalentada en el recipiente correspondiente: pequeñas paelleras de metal para el pollo jalfredi y el veggie curry; mini-sartenes para el pad thai; un cuenco de barro para la lasaña; platos de porcelana para las hamburguesas.

Ninguno de los huéspedes se percató de que la comida era congelada, lo cual me pareció todo un milagro. A las diez de la noche, media hora antes del final de mi turno, llamó Dilbaz para decir que no pensaba venir a trabajar. Alma intentó disuadirle, pero fue en vano. Colgó el teléfono muy enfadada y me pidió amablemente que saliera del despacho. Volvió a los cinco minutos con una cara que leí como un libro abierto. “¿Te importaría quedarte a trabajar esta noche?”, me preguntó, tal y como yo esperaba. “La cocina está abierta veinticuatro horas, pero es muy raro que alguien pida algo”.

¿Qué clase de escritor rechazaría un turno de noche en un hotel? Aunque tenía cien razones para negarme –y una sola para aceptar–, dije que sí sin dudarlo. Mi compañera se esfumó en un visto y no visto (supongo que por miedo a que me echara atrás). A falta de nada mejor que hacer, me dediqué con empeño a recoger las mesas y a fregar los platos acumulados. A las once y media, con todo el trabajo hecho, me senté en una silla del bar. El silencio era absoluto. Debo confesar que, pasada la euforia del momento, me asustó un poco verme tan solo. Me tranquilicé diciéndome que, en realidad, había unas cuarenta personas más en el edificio. ¿O quizás cuarenta y una? ¿Habría llegado ya la mujer homeless? Traté de imaginarme durmiendo en la calle, y me vi congelado de frío en una acera. Además, desde la llegada de los Brexit Warriors, Leighton se había convertido en una ciudad peligrosa. Sin pensármelo dos veces, desplegué sobre la mesa el bloc de las comandas. Arranqué una hoja y escribí en inglés: SOY IGOR, EL NUEVO RECEPCIONISTA. PUEDES DORMIR EN EL HOTEL SIEMPRE QUE QUIERAS. SIMPLEMENTE ASEGÚRATE DE QUE ENTRAS A LAS 11 EN PUNTO Y SALES ANTES DE LAS 7 DE LA MAÑANA. Acto seguido, armado con un spray de limpieza y un paño, me dirigí hacia los baños de la planta baja. Pegué el oído al de mujeres; no escuché nada. Aun así, me coloqué de espaldas a la cámara de seguridad. Dejé caer la nota al suelo y la empujé con el pie por debajo la puerta.

Una hora más tarde me encontré la comanda en el baño de hombres. En la parte posterior había un mensaje: MUCHAS GRACIAS, IGOR. NECESITO UN LUGAR SEGURO DONDE ESCONDERME POR LAS NOCHES. QUE DIOS TE BENDIGA. JANE.

Dilbaz no volvió a aparecer por el hotel. En la ETT me ofrecieron su turno y yo lo acepté. Cada noche, a las once menos cuarto, me metía en la cocina para que Jane pudiera entrar. Así, el día que el manager revisara los vídeos, yo podría declararme inocente como la esposa de un empresario corrupto. Para extremar precauciones y tranquilizar a mis compañeras, les dije que no había vuelto a ver a la mujer fantasma.

El formato a dos caras en las comandas del Ibis era perfecto para un Centenial como yo, que vivió la transición de los ciento cuarenta a los doscientos ochenta caracteres. A través de nuestra red social particular, Jane y yo nos enviábamos varios mensajes cada noche. Me contó que había trabajado en el Ibis durante veinte años. Había empezado limpiando habitaciones y, poco a poco, con la movilidad característica de este país, había ascendido a cocinera. Recordaba con cariño cada una de sus etapas. La de housekeeper por ser la primera y porque en ella hizo grandes amigas; la de camarera, porque le evocaba la imagen de una Jane joven y guapa que todavía disfrutaba hablando con los huéspedes; la de kitchen porter porque, de tanto tratar con clientes, se había vuelto una persona asocial y porque le había permitido acceder al trabajo de su vida: el de cocinera. Desgraciadamente para ella, la dirección cambió de manager en 2010. El nuevo encargado no tardó en descubrir que un hotel puede funcionar sin cocinero. Tras despedir a la empleada más veterana, mandó retirar los fogones. La plantilla quedó reducida a dos personas fijas; al resto los contrataba por horas a través de Blue Dragon y otras Empresas de Trabajo Temporal. Jane había entrado en una profunda depresión tras el despido. NO ES FÁCIL CAMBIAR DE TRABAJO A CIERTA EDAD. NO ES FÁCIL DESPUÉS DE TANTOS AÑOS EN EL MISMO SITIO. ESTE HOTEL ERA MI SEGUNDA CASA. No se veía trabajando en un call-centre o en un supermercado. No pudo hacer frente a los intereses de sus tarjetas de crédito y, en sólo un año, terminó en la calle. Su historia me conmovió hasta tal punto que le ofrecí venirse a mi casa. Mi compañero Jim acababa de mudarse con su novio y su habitación estaba libre temporalmente. ES MEJOR QUE NO NOS VEAN JUNTOS, IGOR, me respondió Jane. NO QUIERO QUE ELLOS TE HAGA DAÑO. Por supuesto quise saber quiénes eran ellos. No quiso darme esa información. Se cerró en banda hasta tal punto que tardó dos días en devolverme la comanda. En su siguiente mensaje fue muy clara: CAMBIEMOS DE TEMA, ¿VALE?

La verdad es que temas de conversación no nos faltaban. Jane y yo “chateábamos” sobre cualquier cosa: las diferencias entre España y el Reino Unido; la dureza de la vida en la calle; trabajo, religión, política y, por supuesto, el Brexit. A veces relajábamos el tono y nos centrábamos en su gran pasión: la gastronomía. Quería conocer TODOS los platos típicos españoles. Yo buscaba por Internet y llenaba comandas enteras con recetas. OJALÁ SUPIERAS COCINAR. ESTOY HARTA DE ESTA BAZOFIA. Se refería a la comida del Ibis, claro. Cada noche, al sacar la basura, yo le escondía un táper lleno en la bolsa. Los contenedores estaban en la parte de atrás del hotel, junto a los baños. Jane sólo tenía que asomarse a la ventana, abrir el cubo de reciclaje y servirse la cena. No tardé en descubrir que mi sistema para esquivar las cámaras no había servido para nada: Jane no entraba ni salía por la puerta del hotel, sino por la ventana.

Los finales en la vida real suceden a veces de forma brusca y sin previo aviso. Yo había cogido la costumbre de echarme cabezadas cada vez más largas en el despacho del manager. Me ponía los cascos, apoyaba la cabeza sobre la mesa y dejaba pasar esas deliciosas horas remuneradas. Así, el día en que tres nuevos fantasmas entraron en el hotel, yo estaba soñando con una backpacker noruega que se acercaba a la recepción y me susurraba: “Eres escritor, ¿a que sí? Hueles a escritor, ¿nunca te lo habían dicho?”. Una señora me despertó por la mañana hablándome de gente encapuchada irrumpiendo en el baño de mujeres de la segunda planta mientras ella se lavaba los dientes. No supe qué responder, así que cogí el teléfono y llamé a Alma. Mi compañera me pidió que distrajera a la mujer hasta que ella llegara, lo cual me resultó imposible. “Tenías razón, Alma”, le dije cuando por fin apareció. “La primera mala crítica en booking no va a ser por la comida”. A mi compañera no le hizo ninguna gracia mi chascarrillo. Apreciaba demasiado su trabajo como para encubrir a un incompetente como yo (y no la culpo por ello). Llamó de inmediato al manager para contarle lo ocurrido, y mi despido se dibujó en su cara con total crudeza. Antes de abandonar para siempre el Ibis, le pedí permiso para ir al baño.

 

Los fantasmas entraron a por Jane a las tres de la madrugada. Eso me contó Alma en una cafetería del centro comercial de Leighton. Me había citado allí dos semanas después de mi fulminante despido para hablarme del vídeo de seguridad. Al parecer, los tres encapuchados habían registrado el restaurante, la barra del bar, la cocina y los servicios de cada una de las plantas del hotel. El hecho de que no se llevaran nada ni causaran ningún destrozo descolocó por completo al manager. En busca de una respuesta, revisó las grabaciones de las cámaras de seguridad. Su enfado fue monumental. Dos de sus recepcionistas de noche (primero Dilbaz y luego yo) habían permitido que la antigua cocinera durmiera gratis en su hotel. “Supongo que esa mujer no conocía las nuevas cámaras de seguridad. Las que apuntan a los contenedores”, me dijo Alma mientras daba el último trago de su cappuccino. “Lo que no se explica es que volviera al hotel después de haber huido. No tiene ningún sentido”. “Volvió para dejarme una nota de despedida”, pensé, aunque respondí lo primero que se me vino a la cabeza: una frase tan insignificante y estúpida que soy incapaz de recordarla.