Fijaos en las películas que vemos todo el tiempo. Es fácil imaginar el fin del mundo, un asteroide que destruya el planeta y ese tipo de cosas. Pero no se puede imaginar el fin del capitalismo. Así que, ¿qué es lo que hacemos aquí?

SLAVOJ ŽIŽEK

 

El holograma parpadea dos veces antes de apagarse definitivamente. Como una bombilla que se funde en mitad de la noche, aunque entre ambos haya el mismo salto tecnológico que entre la calesa y el automóvil. Me levanto del sofá, aturdido aún por lo que acabo de ver y escuchar. Necesito un cuaderno y un bolígrafo. Y mi revólver. Guardo las tres cosas en el cajón del escritorio, una especie de “kit del poeta romántico”. Las traigo al salón y las coloco sobre la mesa. Sujeto el arma entre las manos y no me siento más poderoso, sino infinitamente más frágil. La presiono contra mi sien. Ha llegado el momento de irme, de desaparecer para siempre como el holograma de WRI-TEC.

Bajo el arma. No voy a ponérselo tan fácil a quienes me empujaron al borde del abismo. No pienso dejar este mundo sin pelear. Lo haré a la vieja usanza, con una carta escrita a mano. No es por nostalgia, sino porque los nuevos problemas exigen a veces viejas soluciones. Con la creación de las BIG FOUR, Internet ha dejado de ser un instrumento democrático. Si han conseguido hundir a gigantes como Trip Advisor, y vaciar las redes sociales de contenido político, ¿qué no iban a hacer con un pobre desgraciado como yo? La Asociación Mundial del Consumidor Internauta (AMCI) estima que el 75% de las opiniones en foros y redes sociales provienen de robots controlados por Chronos, Tahos, Torphos y Misara. Mosqueteros al servicio de los nuevos reyes del planeta: las multinacionales. Los hackers ya no son francotiradores independientes, sino mercenarios a sueldo. Los estados-nación, resignados e impotentes como un niño al que han robado todos sus cromos, siguen esperando a que papá Goozon intervenga. Pero la empresa americana ha adoptado una actitud muy propia de estos tiempos: mirar hacia otro lado a menos que sus intereses económicos se vean afectados.

Las secuencias de seis dígitos y los patrones de imágenes para demostrar que no eres un robot quedaron muy atrás. En Internet no hay manera de distinguir a las personas de las máquinas. Afortunadamente para mí, los robots no escriben a mano. Son capaces de reproducir perfectamente cualquier caligrafía, pero aún no saben imitar algo tan básico como la tinta corrida sobre un papel. O las manchas de sangre. En su lucha feroz por repartirse un pastel que ellas mismas hornearon, las BIG FOUR pasaron por alto algunos detalles insignificantes. Quizás esta carta sólo sirva para advertirles de su pequeño descuido y que lo subsanen. En cualquier caso, yo no estaré aquí para verlo.

 

Pelear a la contra se acaba pagando caro. Las temáticas de mis poemas pasaron de levantar polémica y remover conciencias a provocar risa y condescendencia. Escribimos la historia como tragedia y la reescribimos como comedia… Y después se nos acaba la tinta. ¿Cómo se explica que casi nadie hable ya de derechos humanos, feminismo, política o ecología? ¿Que no haya más voces alertando sobre los riesgos de este capitalismo salvaje y el peligro de nuestra fe ciega en el desarrollo tecnológico? Mi público ha quedado reducido a un puñado de progres europeos y norteamericanos; un público escaso pero fiel, con recursos económicos e influencias. Gracias a ellos he podido dedicarme a mi gran pasión, la poesía, y vivir desahogadamente hasta el día de hoy. ¿Por qué decidí entonces meterme en el engorro de escribir una novela? ¿Por ambición económica o literaria? El holograma miente en eso deliberadamente. Mi única motivación era difundir mi mensaje entre la gran masa de la población. ¿Y cómo lograr tal cosa en pleno 2045? Las redes sociales ya no sirven para luchar contra el sistema. Si un periodista o un activista intenta destapar un escándalo sobre una gran corporación, el Mosquetero de turno despliega su ejército de robots: los soldados rasos se encargan de insultar y trolear al incauto en cada rincón de Internet; los mandos intermedios inventan pruebas en contra de sus argumentos; un elenco de abogados y juristas rastrean su huella digital para desacreditarle y/o demandarle por injurias y calumnias. Si nada de esto funciona, siempre está la opción de sembrar la duda acerca de su “humanidad”. Al fin y al cabo, todos somos robots hasta que no demostremos lo contrario. Y las BIG FOUR nos lo ponen cada vez más difícil.

Entre tanto, en un mundo donde lo virtual sigue ganando terreno a lo real, la ficción se presenta como el último reducto de resistencia. El nuevo concepto de verdad, hermano bastardo de la posverdad, podría ser formulado así: si la realidad miente, tal vez la ficción diga la verdad. Incapaz por naturaleza de renunciar a toda certeza, el ser humano busca a ciegas en sitios inverosímiles como anuncios publicitarios, películas porno, reality shows y novelas. Como es lógico, me decanté por la cuarta opción.

El problema es que un poeta sabe tanto de escribir novelas como de componer piezas para piano o de esculpir en mármol. Después de tres meses totalmente infructuosos, comprendí que necesitaba ayuda. Buscando información sobre talleres literarios, Goozon me colocó un anuncio de una empresa llamada WRI-TEC.

¿INMERSO EN EL TEMIDO BLOQUEO DEL ESCRITOR? ¡NOSOTROS PODEMOS AYUDARTE!

Abrí la ventana de inmediato. Lo primero que atrajo mi atención fue su código ético, muy acorde con mis valores. Además, no te exigían ningún tipo de permanencia. Si te dabas de alta durante ese mes, te descontaban un 50% en:

ESCENARIOS Y DESCRIPCIONES FÍSICAS DE PERSONAJES. ¿QUIÉN LAS NECESITA EN LA ERA DE LOS HOLO-BOOKS?

Desconfiado por naturaleza, revisé la letra pequeña a conciencia y no encontré nada sospechoso. Por una cuota mensual no demasiado elevada, tenías acceso al banco de imágenes de la empresa. Éste incluía más de diez millones de paisajes, rurales y urbanos, y diez mil retratos robots de personas. También podías escanear tus propias fotos. Una vez elegido el ítem, seleccionabas el número de palabras que querías que tuviera la descripción y te la enviaban en un plazo máximo de veinticuatro horas.

Mi novela empezó a rodar. Centrarme solamente en las partes que me interesaban marcó sin duda la diferencia. Al acabar el primer mes, aún me quedaban algunos escenarios por decidir, así que aboné el segundo, por si acaso. Al instante se abrió una ventana con otra actualización.

ESTUDIO DE LAS MOTIVACIONES DE LOS PERSONAJES. ¡ABAJO EL MANIQUEÍSMO!

Bajo el título aparecían tres opciones: “Actualizar ahora”, “Posponer” y “No volver a mostrar esta actualización”. Molesto por un truco de marketing que consideré insultante para mi inteligencia, llamé al Departamento de Experiencia Cliente. Pedí que me pusieran de inmediato con el Departamento de Transparencia. Un segundo robot igual de amable me explicó que, si no estaba interesado, sólo tenía que marcar la tercera opción. Es más, añadió tras una pausa perfectamente estudiada. Si lo haces, estarás a sólo dos clicks de rescindir el contrato con WRI-TEC. Cuando colgué el teléfono, la actualización seguía en la pantalla, esperando una respuesta por mi parte. Decidí posponerla y olvidarme del asunto.

El problema fue que no conseguí olvidarme en absoluto. La dichosa frase de ABAJO EL MANIQUEÍSMO no dejaba de rondarme la cabeza. Me di cuenta de que tenía muy claras las motivaciones del héroe de mi novela, ya que eran idénticas a las mías. Pero los demás personajes, tanto humanos como robots, aparecían desdibujados o excesivamente caricaturizados. A excepción de una idealizada heroína, el amor imposible de mi protagonista, el resto eran villanos con un único objetivo: conducir a la humanidad a la ruina. ¿Por qué debía renunciar a un empujoncito en ese sentido? Al fin y al cabo, la idea central y la trama seguían siendo mías…

Nada más aceptar la nueva actualización, sonó mi móvil. Un robot del Departamento de Consultoría Artística me pidió toda la información posible sobre mi novela. Cualquier dato que pudiera aportar –borradores, esquemas, fotos de los post-its de mi corcho– le facilitaría mucho el trabajo. Tardaron un día en analizarlo todo. Luego me plantearon un cuestionario interactivo que me hizo darme cuenta de lo lejos que estaba de terminar la novela. Lo bueno de los robots, pensé en ese momento, es que no te juzgan: simplemente recogen información, la procesan y te dan una respuesta. Sus sugerencias sobre la mujer y los villanos fueron tan acertadas que deberían haberme alertado. En lugar de eso, rellené un cuestionario de satisfacción y les puse un diez.

Durante las semanas siguientes recibí un montón de sugerencias. Absorto como estaba en el proceso creativo, las fui aceptando una a una sin darle muchas vueltas.

ELIMINAR LOS SESGOS DE GÉNERO: ERES MACHISTA… ¡Y NO LO SABES!

Aunque aparecían con una frecuencia cada vez mayor, mi percepción era justamente la contraria.

MANTENER LA TENSIÓN Y LA INTENSIDAD NARRATIVA: EL LECTOR ES COMO EL SULTÁN DE SHEREZADE

¿Me estaría volviendo adicto a las actualizaciones?

RECORTAR LAS BARRAS DE DIÁLOGO: ¡LA GENTE NO VA POR AHÍ SOLTANDO DISCURSOS DE MEDIA HORA!

Tu única adicción es esta novela. No te distraigas pensando en chorradas.

HUMANIZAR A TU PROTAGONISTA: LOS VERDADEROS HÉROES SON LOS QUE TIENEN MIEDO

En cualquier caso, acepté todo lo que me pedían y seguí adelante.

 

Ha pasado casi un año desde que empecé a escribir mi novela. Durante todos estos meses, no he compartido mi secreto con ningún ser humano. He dejado de lado a mis amigos y familiares. Anoche, incapaz de mantener mi silencio por más tiempo, publiqué el siguiente tuit en un arrebato de euforia: “Perdón a tod@s por haber desaparecido. Estoy escribiendo el último capítulo de mi novela. Pronto podréis saborearla…”. Un segundo después, se abrió una ventana en mi pantalla.

POSICIONAMIENTO SEO: NO TE CONFORMES CON GUSTAR SÓLO A TU ABUELA

El mensaje me molestó un poco. ¿Ayuda para vender mi novela? ¡Como si un libro tan bueno la necesitara! Afortunadamente, o eso pensé anoche, el coach de WRI-TEC me hizo “entrar en razón”. Me recordó que no había escrito mi primera novela para saciar mi ego, como tantos otros autores, sino para llegar al gran público. Me explicó que, introduciendo algunas palabras clave; cambiando el nombre de algunos personajes secundarios; modificando, en definitiva, pequeños detalles sin importancia, podría incrementar mis ventas hasta en un 5000%. ¿Cómo decir que no a unas cifras tan apabullantes?

A las cinco de la mañana me puse a dar los últimos retoques al capítulo final. En él, mi protagonista llega armado con un bidón de gasolina al edificio de BF (empresa ficticia que representa la fusión de las BIG FOUR). Dicho así, suena demasiado inverosímil. En realidad, va disfrazado de mensajero de Goozon, lleva el barril cuidadosamente envuelto y lo arrastra con una de esas carretillas que usan los repartidores. James Norton, director de recursos humanos de la empresa y cómplice en la operación, le espera hablando con los recepcionistas. Lleva una semana anunciando a bombo y platillo que ha encargado un jarrón chino para su despacho. Al ver aparecer a mi héroe, los de seguridad le detienen para inspeccionar el paquete. Norton se acerca a ellos y les grita que, si rompen el jarrón, les pondrá de patitas en la calle. Dicho esto, sale del edificio y se dirige hacia su casa, donde le espera un revólver cargado. Mi protagonista no tiene la llave especial para llegar a la última planta, así que se baja en la penúltima y abre la puerta de emergencia. El viento sopla helado en la ciudad de Nueva York. En un homenaje a mi película favorita, El salario del miedo, deja la carretilla y sube el bidón a pulso por las escaleras de incendio. La salida de la planta 125 está justo al lado del despacho del CEO. Mi protagonista irrumpe en él y se ve cara a cara con Luthon. “Vengo a volar este edificio por los aires”. “Hazlo si quieres”, le contesta el director de BF. “Pero los robots estamos hechos de un material ignífugo. Levantaremos otro edificio y seguiremos haciendo exactamente lo mismo”. “Lo sé”, responde mi héroe. “Pero las llamas se verán por toda la ciudad. Mi muerte será el principio de un nuevo despertar humano”. Acto seguido, saca un mechero y prende el bidón de gasolina. Más molesto que preocupado, Luthon sale de su despacho y activa el ascensor con su llave especial. Desde la ventana, segundos antes de morir abrasado, mi héroe ve al CEO abandonando tranquilamente el edificio, acompañado por el resto de robots.

Escribí la palabra FIN a las nueve de la mañana. Me encontraba en un estado de máxima excitación. Pulsé el botón de “guardar” y me apareció un mensaje de WRI-TEC:

TERMINAR LA NOVELA SIN CAER EN TRISTES TÓPICOS: EL SUICIDIO DEL HÉROE ESTÁ DEMASIADO MANIDO

Elegí sucesivamente las opciones de “No volver a mostrar esta actualización”, “No volver a mostrar ninguna actualización” y “Rescindir el contrato con WRI-TEC. La empresa ya no tenía nada que aportarme: mi final era inamovible. Guardé el documento y me fui a la cocina a comer algo. A pesar de haber pasado la noche en vela, no tenía ni pizca de sueño. Entré en mi Facebook por primera vez en meses y vi un mensaje de Alberto López, mi amigo el escritor. “¡Enhorabuena por tu novela! No olvides releerla atentamente antes de enviársela al editor”. Mi adicción a los consejos de pago era tal que le respondí lo siguiente: “Muchas gracias, tío. Te debo una cena. Una cena de las caras”. Y es que López tenía toda la razón. La relectura es una parte imprescindible del proceso, especialmente si has recibido ayuda externa. Los expertos de WRI-TEC “olvidaron” esa sugerencia, como no podía ser de otra manera. Gracias a Alberto descubrí que el tono de mi novela había variado de lo apocalíptico a lo ridículo. La historia se escribe como tragedia y se reescribe como comedia… Todos los personajes secundarios parecían saber algo de mi protagonista que él desconocía. Como cuando tu novia te pone los cuernos con tu mejor amigo. El libro estaba plagado de frases que no recordaba haber escrito. “¿No ves que pertenecemos a mundos distintos?”, decía mi enamorada en su último encuentro con el héroe. Los personajes secundarios, por su parte, le soltaban constantemente comentarios del tipo: “Pretendes denunciar las contradicciones del mundo y no ves tus propias contradicciones”. O “tú y yo nacimos el mismo día a la misma hora”. En cuanto a Luthon, el CEO de la empresa, había adquirido el carisma del Joker y el ingenio de Groucho Marx. Mi héroe a su lado parecía un viejo cascarrabias o un bufón. Pero la gota que colmó el vaso fue el último capítulo. No sólo no se había guardado mi documento, sino que los de WRI-TEC lo habían modificado sin mi consentimiento. La escena del edificio de BF, que yo imaginé cargada de tensión y dramatismo, se había vuelto dolorosamente cómica. Todos los secundarios se comportan como si estuvieran en un programa de cámara oculta. Los jefes de seguridad y los recepcionistas bromean con James Norton. En cuanto a la subida por las escaleras de incendios, parece más un guiño a Charlot que a El Salario del miedo. Como colofón, mi héroe no arde al prender fuego al despacho. Sin llegar a comprender lo que ocurre, se dirige hacia el ascensor, donde Luthon le espera con la llave especial para abandonar juntos el edificio.

Cuando acabé de leer estaba al borde de un colapso nervioso. Eché mano del teléfono y busqué en mis contactos el número del Departamento de Reclamaciones de WRI-TEC. “El número que has marcado no existe”. Probé con Transparencia, Asesoría Artística y Coaching. En todos recibí la misma respuesta. Como último recurso, entré en la página web. “No se puede acceder a este sitio web. No se ha podido encontrar la dirección DNS del servidor de…”. Efectivamente, WRI-TEC ha desaparecido de la faz de Internet. Su ejército se ha encargado de borrar las pisadas para no dejar huella.

 

He aquí lo que me propone el holograma de Chronos. Escribir una saga de novelas cómicas protagonizada por mi alter-ego, un robot que se niega a reconocer que lo es. Un moralista empeñado en ver la paja en el ojo ajeno, pero incapaz de ver la viga en el propio. Un hipócrita que despotrica contra todo lo que se le ponga por delante, sea humano o robot, pero nunca contra sí mismo. Entrega tras entrega, mi héroe estará al borde de la revelación final, pero optará cobardemente por tomar la pastilla roja y todo volverá a empezar de cero. ¿Y qué recibiré yo a cambio de semejante humillación? El 20% de los beneficios netos. ¿Y si me niego? Buscarán a otro negro que escriba las novelas y las seguirán publicando a mi nombre (al parecer, di mi consentimiento en uno de los muchos contratos que acepté sin leer).

Cojo el revólver. Cierro los ojos y pienso en algunos mártires inmolados a lo largo de la historia: desde Jan Palach en Checoslovaquia hasta Mohamed Bouazizi en Túnez. ¿Y de qué sirvieron sus muertes? El suicidio de un ser humano no cambia las cosas. Es el propio sistema quien nos ha hecho creer en la importancia de los mártires. Al fin y al cabo, son mucho más manejables que los terroristas.

Dejo la pistola en la mesa. No voy a utilizarla, al menos esta noche. He cambiado de opinión. Voy a aceptar el contrato de Chronos. Me convertiré en un negro a sus órdenes, diré que sí a todas sus sugerencias. Necesito que se confíen para poder desplegar mi doble juego. Seré como ese personaje de Joseph Conrad que iba a todas partes con unos explosivos atados al pecho. Sembraré mis novelas de símbolos y ambigüedades; deslizaré mis mensajes de forma tan sutil que los robots de Chronos serán incapaces de detectarlos. ¡Por algo soy un poeta! Esquivaré su censura y no dejaré que ridiculicen a mi protagonista. ¡O mejor aún! ¡Que lo ridiculicen todo lo que quieran! ¿Acaso los bufones de la corte no eran los únicos autorizados para meterse con el rey? Y si todo sale mal, siempre tendré mi revólver y mi bidón de gasolina. O mejor aún, mi ristra de explosivos atados al pecho.

P.D. Si estás leyendo esta carta es porque todo ha salido mal. Asómate a la ventana: es posible que las llamas no se hayan apagado aún.

¿Quieres ver el holograma al que se refiere el escritor? No te quedes sin leer el relato “Contrato Robot”. Pulsa aquí para conocer el plan de Chronos y su sorprendente oferta…