Aquí estamos todos solos y estamos muertos.

HENRY MILLER, Trópico de Cáncer

De la noche a la mañana, como quien dice, me vi otra vez en el Reino Unido. Me había jurado que no volvería, después de lo de Londres, pero una no puede pasarse la vida lamentándose por el pasado. Hay que apretar los dientes y tirar para adelante. Obviamente no iba a repetir la misma ciudad, una cosa es tener un par de ovarios y otra muy distinta es estar mal de la cabeza. Eso fue lo que pensaron en mi pueblo cuando reaparecí después de cinco años. Y quizás tuvieran razón. Me junté con la gente equivocada e hice cosas de las que no me siento orgullosa. Pero la vida sigue, y mientras no termine esta puta crisis, no me queda otra que volver al Reino Unido.

Me decidí por Leighton, una pequeña ciudad al sur de Inglaterra. La elegí básicamente por su tamaño y porque tiene mar. Me instalé en un hostel y me apunté a varias agencias de trabajo temporal. En cuanto me cogieron en una, me mudé a un piso compartido. La mitad de mis compañeros eran británicos y la otra mitad españoles. En realidad me importaba poco su nacionalidad: sólo buscaba gente tranquila. Cuanto menos se parecieran a mis antiguas compañeras, mejor. Las muy ilusas creyeron que podrían cambiar de vida sin moverse de Londres. Dejaron “definitivamente” las drogas y se apuntaron al college: como si fuera tan sencillo.

En la agencia me daban pocas horas, así que seguí echando currículums. Apliqué para un restaurante de comida asiática y me llamaron esa misma tarde. Elegí cuidadosamente el conjunto para la entrevista de trabajo: informal pero elegante; serio y provocativo. Por supuesto, no me olvidé del amuleto de Amadou. Era una pieza única en el mundo. Sobre una gema de lapislázuli afgano, alguien había grabado un cuchillo Tumi de tiempos de los incas. Se dice que llegó a Costa de Marfil durante el siglo XVIII en manos de un explorador francés. A mi exnovio se lo había regalado el hechicero de su aldea al emigrar a Europa, para defenderse de la magia negra. Al apretarlo con fuerza entre los dedos, recordé sus palabras: “Yo ya no puedo protegerte, Cristina. Coge esto y llévalo siempre contigo”.

El dueño del restaurante era de Singapur. Tenía unos cuarenta años, la piel muy blanca y los ojos ligeramente rasgados. Iba vestido con zapatos, pantalones chinos azul oscuro y camisa blanca. La enorme hebilla de su cinturón Emporio Armani y el reloj de plata daban brillo al conjunto. Llevaba el pelo engominado, con el flequillo levantado hacia arriba. Olía a colonia de marca. A primera vista me pareció un hombre atractivo y seguro de sí mismo.

Además, era muy educado. Me recibió amablemente con un apretón de manos. Dimos una vuelta por el restaurante y me presentó al resto del staff. El chef era egipcio, el kitchen porter húngaro y las camareras británicas. Todos ellos pasaban de los cincuenta. Terminado el tour, nos sentamos en una de las mesas.

–Bueno, Cristina, háblame un poco de ti –dijo–. ¿Por qué elegiste esta ciudad?

–Soy de un pueblo pequeño y, la verdad, Londres me venía demasiado grande.

–A mí tampoco me gusta, aunque a mi mujer le encanta. Va mucho por allí de tiendas… –Sonrió–. ¿Y has venido a Leighton tú sola?

–Sí.

–¡Qué valiente! Y tu novio…

–No tengo novio.

–Haces bien. Una chica joven y guapa como tú debe disfrutar de la vida.

Se quedó pensativo y añadió:

–¿Sabes qué? Me parece que eres justo lo que busco.

Me extrañó un poco que no me preguntara por mi experiencia previa, ¿pero qué podía hacer yo? Cuando a una le ofrecen trabajo en estos tiempos, no es plan de ponerse quisquillosa.

–Muchas gracias –respondí con decisión–. ¿Cuándo quiere que empiece?

–No tengas tanta prisa. Primero me gustaría presentarte a un amigo. ¿Conoces el mercado central?

Asentí con la cabeza.

–Te veo mañana a las doce en la pescadería, ¿de acuerdo?

Aparecí en el sitio acordado a la hora acordada. El señor Chang llegó acompañado de un chaval de mi edad. Iba vestido de negro de arriba abajo, con botas, pantalones ajustados y camiseta de algodón. Tenía el pelo corto y moreno, la cara regordeta y las orejas de soplillo. Sus ojos eran negros y su mirada intensa y analítica. Para alguien como yo, que ha crecido rodeada de gitanos, es fácil reconocer a uno cuando lo ve. No me engañaban ni su acento británico ni su piel extremadamente pálida.

Salimos del mercado y nos sentamos en un banco frente a la iglesia. El señor Chang hablaba sin parar, pero yo era incapaz de concentrarme. Su amigo no me quitaba el ojo de encima. De pronto me cogió la mano y la colocó sobre su regazo.

–Bryan sólo quiere leerte el futuro –me explicó el señor Chang–. No tienes por qué preocuparte.

En ese momento recordé, horrorizada, que había olvidado el amuleto en casa. ¡La primera vez en un año! ¡Y justo cuando más lo necesitaba!

Bryan me miró fijamente a los ojos y me hizo sentir desnuda e indefensa. Un tembloroso hilillo de voz salió de mis labios:

–¿Qué… ha visto?

–No puede decírtelo –respondió el señor Chang.

–Tengo que irme –dijo el gitano.

Se levantó del banco y volvió al mercado.

–¿Por qué me ha traído a ver a su amigo? –le pregunté al señor Chang. Íbamos en un taxi camino del restaurante.

–Bryan debe dar el visto bueno a todos mis empleados antes de contratarlos –respondió–. Confío en su criterio.

–¿Pero qué…?

–Le has gustado –me interrumpió–. Estás contratada.

El trabajo de camarera no era difícil. Tardé sólo dos días en aprenderme el menú y en descubrir dónde estaba cada cosa. Por otro lado, no lograba integrarme con mis compañeros. El único simpático era el kitchen porter, pero casi no hablaba inglés. El chef tenía un genio malísimo y las camareras me miraban recelosas.

Curiosamente, recibía órdenes de todo el mundo menos de mi jefe. El señor Chang estaba tan contento conmigo que a las dos semanas me ofreció un ascenso.

–¿Y qué van a pensar las chicas? –le pregunté–. Llevan años trabajando aquí.

–Por desgracia –respondió–. Si no fueran tan amigas de mi mujer… ¿Te ves preparada para el puesto o no?

Por supuesto acepté. Además de una pequeña subida de sueldo, ser manager implicaba, en teoría, una mayor responsabilidad (en la práctica todo siguió igual). Al final me harté de la situación y tuve que recordarles a mis compañeras quién estaba al cargo.

–¿Sabes cuántas managers hemos tenido en estos años? –me preguntó Jane.

Se miraron y se echaron a reír.

–No sé qué os hace tanta gracia. Mañana mismo voy a hablar con el señor Chang.

–No te molestes –dijo Sharon–. Ya se encargará él de hablar contigo.

No podré olvidar aquella semana mientras viva. Había huido de Londres buscando tranquilidad y acabé otra vez al borde de la locura. El hecho de estar sola en Leighton agravaba las cosas. Eso pensé entonces, cegada por las pesadillas. La realidad es que superé mis miedos precisamente porque me enfrenté a ellos sin ayuda de nadie. Además, ¿quién iba a creerse la historia de mis sueños proféticos?

El lunes, poco después de la conversación con mis compañeras, mi jefe me propuso una “reunión informal”. Esperó a que se fuera todo el mundo y me pidió que me sentara en una de las mesas. Supuse que las chicas habrían malmetido contra mí. Me mentalicé para una buena bronca (pensé incluso que me despediría). Pero sus intenciones eran muy distintas. Apareció con una botella de vino y dos copas. Llevaba el pelo recién engominado y una camisa limpia. Se le había ido la mano con la colonia.

–Cristina, estoy muy contento con tu trabajo y me gustaría agradecértelo. Guardaba este Rioja para una ocasión especial como ésta. Voy a por el sacacorchos.

–No se moleste, señor Chang –respondí educadamente–. Estoy cansada y mañana tengo que abrir para el desayuno.

–¿Olvidas que estás hablando con el jefe? Se lo encargaré a una de las chicas.

–Tengo que irme –insistí, levantándome de la silla.

–Claro, baby. Lo dejamos para otro día. Tenemos todo el tiempo del mundo.

El martes me trató con normalidad, así que pensé que el tema estaba olvidado. Pero me equivocaba. Al salir de la changing room para irme a casa, mi jefe me esperaba con la botella de Rioja.

–Perdón por lo de anoche, baby. ¿A quién se le ocurre proponerte una copa en tu lugar de trabajo? ¡Después de tantas horas aquí metida necesitas cambiar de aires! Lo entiendo perfectamente, por eso he pensado un plan mejor. Acabo de reservar una suite en el Holiday Inn.

Respiré hondo para tranquilizarme. Era el momento de ser clara y contundente:

–Voy a explicarle una cosa, señor Chang. En mis horas de trabajo, soy su empleada y obedezco sus órdenes. Pero fuera del restaurante, no quiero tener absolutamente nada que ver con usted. ¿Entendido?

–No es necesario enfadarse, baby –me respondió con su sonrisa de imbécil–. Sólo quería que nos conociéramos un poco mejor.

–Pues que sea la última vez. Si quiere, puede despedirme ahora mismo. Pero no vuelva a intentar nada conmigo.

–¿Despedirte? Creo que estás demasiado cansada. Lo mejor será que te vayas a dormir.

Y justo cuando estaba abriendo la puerta, añadió:

–Dulces sueños, baby.

Esa noche empezaron las pesadillas. Soñé que Jane rompía un plato y que un cliente se iba sin pagar.

Al día siguiente me dije que no eran más que casualidades. Al fin y al cabo, incidentes como esos ocurren cada día en cualquier restaurante. De todas formas estuve demasiado ocupada esquivando a mi jefe. Notaba su mirada clavada en mí, en la distancia, pero no parecía dispuesto a actuar con testigos delante. Jugué esa baza a mi favor y logré acabar mi turno sin contratiempos.

Por la noche soñé con un bebé feo y deforme. Su madre lo llevaba en un carrito y lo alimentaba con un biberón de leche amarillenta.

El jueves, incapaz de borrar la imagen del pequeño monstruo, se lo conté todo a mis compañeras. No se sorprendieron en absoluto. Al parecer, era un comportamiento habitual en el señor Chang. Contrataba a chicas jóvenes, las ascendía y luego intentaba acostarse con ellas. Mientras aceptaran, todo iba bien. En cuanto se negaban, les hacía la vida imposible hasta que ellas mismas dimitían. Así no tenía que dar explicaciones. En cuanto a mis pesadillas, les quitaron importancia, como si fueran paranoias mías.

–¿Y nunca se os ha ocurrido denunciarle? –les pregunté. Me parecía indignante que hablaran del tema con esa naturalidad.

–No es asunto nuestro –respondió Jane.

–No vamos a perder el trabajo por chicas a las que no conocemos de nada –añadió Sharon–. Deberíais saber mejor dónde os metéis.

Cuando salí del trabajo me fui directa a la zona del puerto. Los muelles de Leighton se llenan de gente extraña al caer el sol. Entre las sombras se escucha un inglés rarísimo mezclado con otras lenguas. Mientras cruzaba el puente, me pregunté dónde se metería toda esa gente durante el día. Un par de borrachos me confundieron con una prostituta y un adolescente me ofreció speed. Reconozco que pasé un poco de miedo, pero nada comparado con mis pesadillas. De pronto empezó a llover y decidí volver a casa. Soñé que el chef y el kitchen porter discutían, y me quedé corta: unas horas después se pelearon a puñetazo limpio.

La noche siguiente me la pasé en vela. Para entretenerme, cogí uno de mis peluches y le pegué una foto impresa del señor Chang. Me puse a clavarle agujas por todo el cuerpo. Cuando se quedó sin gomaespuma, lo tiré por la ventana. Deseaba verle muerto más que nada en el mundo. Le odiaba con toda mi alma.

El sábado me arrastré por el restaurante como una zombie. Al acabar mi turno me desplomé sobre en el banco de la changing room. Cuando entró mi jefe, estaba tan cansada que ni me moví.

–No duermes por las noches, Cristina.

Su voz sonaba extrañamente reconfortante. Puso su mano sobre mi nuca y empezó a masajearme las orejas y el cuello. En realidad no era tan complicado, sólo tenía que dejarle hacer y todo habría terminado para siempre…

–Son esas pesadillas que no me dejan…

Sus dedos bajaron por mi espalda, buscando el enganche del sujetador. Al escuchar el click, me desperté de golpe y le mordí la muñeca con todas mis fuerzas.

–¡Maldita zorra! –gritó mientras se cubría la sangre con la manga de su camisa–. ¡Maldita española de mierda! ¡Te di trabajo sin conocerte de nada y así me lo pagas!

–Tu mujer se va a enterar de esto, hijo de puta.

Si hubiera tenido una pistola, juro que le habría disparado.

–¡Si hablas con ella no volverás a trabajar en este país!

–Muy bien. –Me quité el delantal y lo tiré al suelo. Le aparté de un manotazo y me dirigí hacia la puerta–. Quiero que me ingreses esta noche todo el dinero que me debes. Si no lo haces, ya sabes lo que te espera.

Salí del restaurante con un subidón enorme de adrenalina. Me sentía muy orgullosa de mí misma. Lamenté no haberlo hecho antes, pero más vale tarde que nunca. De camino a casa me pregunté si terminarían por fin mis pesadillas. Entonces tuve un presentimiento horrible. La próxima vez que me durmiera no volvería a despertarme. Desesperada, llamé a la única persona de mi entorno que conoce los peligros de la magia negra.

La conversación con Amadou fue breve. No habíamos hablado en varios meses y le noté bastante distante. Supongo que es normal, después de lo que pasó en Londres. Le hice prometerme que contactaría lo antes posible con el hechicero de su aldea. ¿Y qué podía hacer yo mientras tanto? Cualquier cosa menos dormir. Bajé hasta el puerto y me hice sin problemas con un gramo de speed. De vuelta a casa, encendí la televisión y me senté a esperar.

El teléfono sonó el domingo a las ocho de la mañana. El diagnóstico del hechicero era claro: mal de ojo. No puedo decir que me sorprendiera, pero al escucharlo en boca de otro se me aclaró la mente de golpe. ¿Cómo podía haber estado tan ciega? El señor Chang había utilizado la maldición para retenerme y aprovecharse de mí. Pero él no era el causante directo. Me vestí a toda velocidad y me fui directa al mercado.

Bryan tenía un pequeño puesto junto a la tienda de aceitunas. Trabajaba cada día de nueve a cinco, como si fuera un honrado comerciante y no un maldito brujo. Llegué totalmente acelerada, con el corazón latiéndome a mil por minuto. Corrí las cortinas de terciopelo rojo y asomé la cabeza. El interior apestaba a incienso y estaba muy oscuro. No había lámparas ni bombillas, sólo velas. Se veían amuletos y estatuillas de santos por todas partes.   

Una vez dentro, cerré las cortinas para que nadie nos molestara. Bryan estaba frente a su mesa, extendiendo una baraja del tarot sobre un tapete.

–¿Te acuerdas de mí? –le grité.

–Nunca olvido una cara –respondió sin girar la cabeza.

–¡Pues quítame ahora mismo el mal de ojo! ¡Las pesadillas me están matando!

Agrupó las cartas en un montón y las devolvió a la caja. A continuación, se levantó de la silla y se encaró conmigo.

–Yo no voy echando males de ojo –me dijo muy serio–. Vengo de una de las familias gitanas más antiguas de Rumania. Nuestro prestigio como palmistas y astrólogos se remonta al siglo XIV.

–¡No me cuentes historias! ¡Me has hecho magia negra!

–No hables de esas cosas aquí dentro. –Se alejó unos centímetros y se santiguó con violencia–. Me dan tanto miedo como a ti. ¿Por qué crees que tengo todos estos santos?

Una bombilla se iluminó en mi cerebro en ese momento. Bryan acababa de firmar su sentencia de muerte.

Saqué mi amuleto del bolsillo y se lo puse en las manos. Lo cogió con una mezcla de sorpresa y terror.

–¿Crees que eres el único que sabe de magia negra? –Sacudió la cabeza–. Mi novio es de Costa de Marfil –continué, envalentonada al ver que su miedo iba aumentando–. Su padre es el hechicero más famoso del país. Estás jugando con fuego, Bryan. ¡Quítame ahora mismo el mal de ojo!

–Ya te he dicho que yo no…

Le arranqué el amuleto y empecé a agitarlo en su cara mientras gritaba frases inconexas en el dialecto de Amadou.

–¡De acuerdo! –gimió–. Veré qué puedo hacer, ¿vale? De momento llévate esto y colócalo en tu mesilla de noche. Te ayudará a dormir.

Cogí la estatuilla del santo y salí de su puesto muy satisfecha. La pelota estaba ahora en su tejado. Si él era el causante de mi mal de ojo, haría todo lo posible por detenerlo. Si no, sufriríamos juntos la maldición.

EPÍLOGO

Llevo un mes sin tener pesadillas. Después de muchas dudas, he decidido quedarme en Leighton. No me da la gana irme de aquí por culpa de dos sinvergüenzas. En Londres me rodeé de gente más peligrosa y sobreviví cinco años.

Ayer pasé por delante del restaurante asiático y vi a la nueva camarera. Es una chica joven, rubia y con muy buen tipo. Parece polaca. Sentí la tentación de hablar con ella, pero no lo hice. Tampoco he denunciado al señor Chang. Ya no tengo miedo a sus represalias, ni a las de Bryan; simplemente voy muy justa de tiempo desde que trabajo en el Holiday Inn. Además, si algo me ha enseñado este país es a sacarme las castañas del fuego sin ayuda de nadie. Creo que todos deberíamos aprender esa lección cuanto antes. Al fin y al cabo, lo que no nos mata nos hace más fuertes.