Hacía años que sus libros de poemas, de narraciones breves, de novelas y sus columnas diarias en los periódicos le habían hecho un conocido escritor. Desde muy joven había sentido la facilidad para el verbo y la incapacidad para el número, el gusto por las letras y la aversión hacia las cifras. Llevaba treinta años publicando una obra cada seis meses e intoxicando cada día a la opinión pública con unos artículos llenos de sarcasmo y alguna que otra idea. Era maestro en ese bello arte de la forma sin contenido, de la palabra vacía y refulgente con la que deslumbraba a los críticos. Cierto que muchos se limitaban en sus columnas a hacer variaciones sobre las opiniones inevitablemente buenas del editor, vertidas en la solapa plastificada de la edición de bolsillo y en algún que otro manual literario. Suele ocurrir que una vez que se ha clasificado a un escritor en una cierta corriente, basta un mínimo de experiencia en el menester para afrontar cualquier crítica en la que se mezclan en dosis apropiadas elogios ya acusados y ligeros peros de sobra conocidos. Juan Cerezo se repetía una y otra vez en los planteamientos de sus historias y los críticos en calificarlas de siniestras parodias, realismo fantástico, fantasía realista y crudas escenificaciones de lo cotidiano.

Cuando su última obra apareció entre las novedades de la semana, la campaña de la editorial ya tenía asegurada la venta de más de la mitad de la primera edición. Juan Cerezo asistió a la presentación de su Soplonas y Caballeros y ni siquiera sintió la más mínima preocupación por lo que la prensa pudiera decir al día siguiente. Sabía que hablarían de realismo fantástico, siniestras parodias, cruda realidad. Pero como siempre su secretaria recogía todos los comentarios y los archivaba meticulosamente en carpetas de tamaño folio. Aquella mañana estrenó una con el título del nuevo libro. Tampoco ella leía mucho más allá de los titulares, por lo que al encontrarse con la cabecera “El escritor Juan Cerezo ha muerto” descolgó precipitadamente el teléfono para llamarle al pequeño apartamento donde se retiraba después de su trabajo. Sabía que dormía hasta tarde y que no quería que se le molestara por ningún motivo, pero el anuncio de su muerte era un caso extremo. Sonó el aparato durante un buen momento sin que nadie lo descolgase y cuando la voz llegó a través del auricular con ese timbre tan característico de las amanecidas muelles, con algo de resaca, la secretaria dio un suspiro de alivio porque sintió como lo cotidiano se abría camino y apagaba las luces rojas de peligro y sobresalto que el titular había encendido en ella. Ni la maldición por la llamada, la pregunta por la hora y los gritos de “te lo tengo dicho un millón de veces” pudieron evitar que se sintiese relajada. No había muerto y esto era lo principal. Volvió al artículo, no excesivamente largo, que firmaba un tal E. Novas en el suplemento literario de un periódico local de provincias. Comenzaba Novas recordando que la primera novela de Juan Cerezo, Argonautas en la Bañera del Hotel Sheraton, había supuesto un giro importante en la manera de contar de toda una generación de jóvenes escritores, que incluso habían copiado su estilo. Él mismo se había sentido fascinado. Precisamente su memoria de licenciatura repasaba las técnicas narrativas acuñadas por Juan Cerezo, la insinuación pérfida en lo que decía y la verdad en lo que callaba, la difamación preciosista que hería a la víctima y al personaje sin darles muerte, dejándoles desangrarse en borbotones de palabras y cuyo flujo disminuía hasta gotear entre silencios, la reanimación después boca a boca con el paso de algún acontecer invisible y el abandono final de los caracteres donde habían comenzado, anodinos, creídos y superfluos.

Todo ese preludio no era más que una puesta en escena para la gran revelación de la que se sentía profeta, el escritor Juan Cerezo ha muerto. Lleva, continuaba, al menos veinte años literariamente muerto e insepulto. Es más, su óbito se puede datar con precisión, en la página ciento ochenta y cuatro de su novela Máscaras de Cera, al escurrírsele entre líneas un soplo de ternura compasiva hacia un personajillo aparentemente secundario, Teresa Guijarro, en el momento en que ella paseaba su soledad por una playa. Un buen autor no puede dejar de ser el señor de sus personajes, el dios impasible que los tiraniza y los lleva a donde quiere. Desde el momento en que flaquea es el caos, el pecado original del relato que nunca podrá ya redimirse. De hecho, Teresa es el primero de los caracteres que se le muere al terminar una novela, justo antes de cerrar la última página, lo que no le había ocurrido en toda su vida de escritor. Toda su obra posterior huele a crisantemos y a cera derretida y un rumor de paganos Dies Irae y responsos, como si de un reflujo de mareas se tratase, enturbian la nitidez de las palabras y las emborronan con roncos ruidos y nubes de tinta. Los últimos éxitos del autor, pues ha tenido varios en estos años recientes, son como las batallas post mortem ganadas por el Cid, donde la rigidez momificada es la envoltura de una ausencia, pero que aún sigue confundiendo a las huestes de detractores y, sobre todo, de amigos. No hay que tener mirada y olfato de buitre para advertir que allí no hay más que un cadáver. El escritor Juan Cerezo ha muerto y lo único que queda de él es un caparazón vacío de escritor, como el de esas langostas que parecen enteras pero las hormigas han vaciado por dentro. El escritor Juan Cerezo ha muerto y no ha permitido que le entierren en un suelo común, esperando que le sea dado servir de sustento a la raíz de algún que otro pensamiento, o de una rosa o alimentar la caricia de una malva veraniega. No, galopa aún, pero todos deben saberlo, está muerto. Su nuevo libro Soplonas y Caballeros tal vez le sirva de epitafio. Su tumba ya estaba cavada en Travestíes de camisa azul y en Calderilla de níquel y sonrisa de plomo la lápida ahoga el más mínimo pálpito de vida.

Lo que E. Novas describía era una pesadilla. Felizmente los otros periódicos celebraban la aparición de Soplonas y Caballeros como la obra de un autor en la madurez y plenitud de su escritura. Ella nunca entendía casi nada de lo que los críticos decían sobre las novelas de Juan Cerezo y a menudo le parecía que hablaban de obras distintas a las que ella había copiado y recopiado varias veces. Ya le sucedía esto mismo cuando el profesor de literatura del bachillerato les proponía comentarios de texto y a ella no se le ocurrían nada más que obviedades. Las ocultas aliteraciones, la acumulación de adjetivos para crear una determinada atmósfera, las metáforas y la gradación de la escritura se le escapaban. Leía pan cuando había pan y vino cuando era vino. “Ciertamente una muy pobre lectura”, dictaminaba el profesor, que era capaz de saborear todo un festín con tan menguados alimentos, pero esa era la única comprensión que a ella le era dada.

Sin embargo, la lectura del artículo de Novas sí que había dejado en ella un algo de siniestro y de negrura de mal sueño. Tal vez esto fuera lo que al hacer el comentario llamaban la “atmósfera creada”.

Juan Cerezo llegó a las doce pasadas, como de costumbre, a éste que él había llamado desde el principio “su escribidero”. Era un hermoso piso céntrico, siempre impecable, que contrastaba con la leonera de su apartamento. Gustaba decir que eran su día y su noche, nítido uno y confundido el otro. En menos de tres horas había despachado las colaboraciones diarias para la prensa y una para una revista semanal. Pidió a Esmeralda que pasase a ordenador sus artículos, redactados con endiablada letra de médico, que enviase copia a las redacciones de los periódicos y de la revista, como más tarde a las seis, y por último que le dejase sobre la mesa del despacho toda la correspondencia y paquetes que hubiera para él. Firmó varias cartas, le dictó una aceptando dar una conferencia en un Simposio Dietético Nacional sobre la “Gastronomía en la novela de postguerra” y recogió el recorte que había provocado la llamada urgente de la secretaria.

Solía comer en un restaurante cercano y algo antes de las seis subía y escribía durante cuatro o cinco horas, pero aquella tarde, almorzó a toda prisa y a eso de las cuatro ya estaba de nuevo en la habitación, junto a su escritorio, releyendo una y otra vez aquellas breves líneas que más que sobre su novela eran una recensión sobre su vida. Conocía a E. Novas porque había venido a consultarle varias veces cuando recogía materiales para su tesina, pero nunca lo había imaginado tan perspicaz como para descubrir ese blanco íntimo y clavar en él con tanta precisión una saeta mortal, disparada desde la incómoda posición de un periódico provincial. Le había entregado una copia de aquel estudio, pero ni siquiera la había abierto. La buscó en la estantería y en dos horas se había leído las ciento treinta y dos páginas, escritas en un lenguaje pulcro y técnico, insinuando hipótesis, pero volviendo siempre a la ortodoxia segura de la crítica en boga. Sólo en las dos últimas líneas dejaba entrever su pensamiento en una citación oral, tal vez apócrifa, de un viejo catedrático universitario al que no nombraba, “las tesis doctorales sobre autores vivos son el panegírico y la oración fúnebre de su obra literaria”, había escrito.

Al día siguiente Juan Cerezo fue incapaz de terminar ni uno solo de los artículos para la prensa diaria. Fingió una enfermedad y durante una semana nadie lo vio en público. Después justificó su silencio con unas prolongadas y merecidas vacaciones y al final anunció que ya no escribiría más hasta que no tuviese algo importante que contar. “Un escritor”, decía, “debe saber callar a tiempo”. Pero seguía emborronando cuartillas cada día. Nada. Estaba muerto. Había bastado un pequeño empujón para desmoronarlo.

Recibió un telegrama urgente. “Ya era hora. Púdrase”. No llevaba firma, pero no dudó en atribuírselo al crítico E. Novas. “Esta incapacidad”, se consolaba, “es transitoria y algún día volveré a escribir como antes y recibirán con júbilo mis obras”. Pero en lo hondo de su ser tenía la oscura e inconfesable convicción de que había concluido una etapa de su vida. Tampoco podía achacar su mal al artículo de Novas. Era él quien tenía el vacío dentro, una como parálisis verbal, una histeria localizada bajo los parietales, en la zona del lenguaje del cerebro. Sentía íntimamente la resistencia que los adjetivos ponían para acompañar al nombre, los predicados enmudecían sobre el sujeto, los verbos callaban y las conjunciones establecían extraños nexos entre las frases creando situaciones disparatadas y dislocadas por completo. Incluso le huían los personajes y no le revelaban sus historias.

Tal vez fuese necesario recomenzar desde el principio, informarse, leer, observar a su alrededor. Buscó inspiración en los periódicos, pero la realidad cotidiana que mostraban era tan abrumadoramente densa que no dejaba ni un resquicio para la imaginación o por el contrario tenía unos tintes tan fantásticos que la hacían increíble, sin pies ni cabeza.

Para todo escritor sin ideas, siempre hay un recurso fácil. Se toma a una mujer de principios de siglo, dominante y madura para que aún conserve las costumbres victorianas, el busto prominente y abundante, peinado alto, sombrero con plumas de ganso, corpiño ajustado y guantes hasta cubrir el codo, con la falda larga cayendo desde las estrecheces de la cintura en cascadas de encajes, ligas y prendas íntimas. Se la corteja insistentemente durante un tiempo, hasta el apasionamiento y la concesión de sus favores. Son al menos diez páginas para desnudarla minuciosamente y otras veinte para poseerla. Escribe y escribe, pero en lugar de un cuerpo de lujuria que esperaba, se encuentra un cadáver desnudo y sin heridas. Intriga. Tal vez le pueda servir de materia de delito para un crimen. Lo examina profesionalmente el escritor forense y cuando va a emitir su veredicto, la dama se levanta, le hace una mueca de burla y desaparece. Las cuartillas de Juan Cerezo, como las sábanas de la cama donde soñaba poseer a la mujer, siguen blancas y sin arrugas.

Después comenzaron las salidas de Juan Cerezo por las noches a la caza protagonistas para sus obras en las calles frecuentadas por prostitutas y borrachos, como otros antes de él, para buscar lo extraordinario y lo bello en medio de lo sórdido y degradado. Tal vez encuentre, se decía, alguna Bola de Sebo, alguna Casa Tellier, alguna P… Respetuosa, alguna Celestina o alguna Loba amamantando con sus pechos al fundador de Roma. Nada. Los bares ya no tienen alambiques por cuyos intestinos discurran los vapores del alcohol y se condensen en aguardiente, como en aquel Assommoir parisino de Zola, los clientes ocultan la cara para no ser reconocidos, los chulos y los policías se saludan en las calles y se confunden, que en la noche todos los gatos son pardos. Las rameras de esta noche urbana no llevan, como las hetairas griegas, sandalias con pisos claveteados de tachuelas que dejen al andar mensajes, “búscame”, “sígueme”, “te quiero” y que conduzcan los pasos de los necesitados viandantes a banquetes orgiásticos, a danzas embriagadoras y a juegos de tabas y de besos. Y si las tienen, el asfalto es insensible y no los copia. Entra en casa de madrugada y hasta los serenos de entonces, de sus primeras novelas, han desaparecido ahora. El ruido del camión de la basura impide escuchar los breves intercambios de frases entre los barrenderos que vacían los cubos. ¿Por qué a él no se le aparece un Fausto, un Hamlet, un Simbad o una colmena de personajes como a Cela o al menos una nariz o un capote como a Gogol?

Hace dos días en el metro creyó tener una de esas revelaciones. Un bigote, un rectángulo hirsuto de pelo bajo la nariz, una cortina sobre el hueco de la boca, denso, tupido. Ya había devorado un labio en aquella cara. Su pujanza antropofágica es contenida por la escrupulosidad de una tijera que lo mantiene estrictamente a raya y le impide engullir toda la barbilla. Sobre la nariz, unas gafas de cristales redondos y gruesos proyectan los ojos hacia los abismos del cogote, tal vez desgastados por la lima de la lectura y de las letras. Calla, ni escucha siquiera, no piensa, vive. Guarda la compostura de un maestro, de alguien que ha pasado muchas horas siendo modelo de lo que es un hombre de provecho, hasta identificarse con su papel, representarlo sin suprimir los dislates morosos de la mente por otros derroteros. Aquí hay intensidad de vida suficiente para escribir al menos una novela, piensa. Nunca le había fallado el instinto, pero la puerta del vagón se abre y el anciano se va. Cojea un poco pero aún le quedan fuerzas para llevarse el resto del relato consigo, la vida que aún le falta por vivir y que ya nunca él, Juan Cerezo, podrá contar porque la ignora y carece de esa chispa creativa que alumbró tantas tramas en otros tiempos.

Momentáneamente buscó la inspiración y el olvido en el alcohol y en estimulantes que aguijoneasen el ritmo perezoso de sus neuronas. Sintió los corceles de su imaginación caracolear y desbocarse, pero fue incapaz de hacerles ir al paso y al ritmo de un posible lector. Los dejó correr unos días a sus anchas por los páramos agostados de su mente y al fin, cansados, se tumbaron exhaustos. Volvió pronto a la templanza. Debía mantener la calma, se autoconvencía, dejar la escritura de lado, olvidarla y dedicarse a otra cosa temporalmente. Problemas económicos no tenía, que ahí estaban sus libros anteriores vendiéndose bien. Sus primeras obras eran ya clásicos y figuraban en los programas de la enseñanza secundaria como materia de obligada lectura. Pero de pronto se sorprendía garabateando hojas y hojas. No podía rendirse así tan fácilmente, abandonar sin más. Pero aquellos garabatos y palotes eran sin duda la prueba más clara de que había regresado a ese estadio infantil de preescritura y jeroglífico donde cada raya es toda una frase que desgraciadamente sólo es inteligible, y eso apenas, para el niño.

Todas las palabras dispersas sobre la blancura del folio no eran más que un grito de su incapacidad. Donde decía “descríbase el enorme caserón” o “entra Alicia” debía leerse “no puedo ni siquiera dar un techo consistente a mis personajes” y “la muchacha se niega a acercarse a la puerta, abrir y dar un paso dentro de casa”. Si alguien hubiese observado con detenimiento durante los seis últimos meses sus borradores y aún los conservase, notaría de inmediato una degradación en el uso de la palabra. Apenas si de vez en cuando se le escapaba alguna en los últimos folios. También los dibujos habían ido perdiendo personalidad. Las caras que al principio aparecían minuciosamente formadas y sin faltarles ni un detalle no eran ya más que una superficie blanca, un vacío. Sin embargo, abundaban las figuras geométricas, cuadrados inscritos unos dentro de los otros hasta convertirse en un punto huidizo en el centro, un retorno continuo al ombligo, un aislarse del mundo con murallas geométricas de tinta.

Con todo no le faltaban del todo a Juan Cerezo ideas originales y nuevas. Recrear relatos antiguos, olvidados entre las páginas de libros que no habían sido movidos de los anaqueles de las bibliotecas durante lustros. ¿No utilizaba Píndaro en sus Epinicios numerosos fragmentos mitológicos, podándolos de detalles o secuencias enteras e injertándoles nuevos brotes que florecían en canciones y bailes alrededor de los atletas vencedores en los juegos de Olimpia, Delfos, Corinto o Nemea? ¿Acaso existía alguna diferencia entre el viaje de Jasón y los del joven que en su nave espacial se va sorteando los abismos de las estrellas? ¿Por qué no plagiar a otros, él que, desde sus primeros escritos, se había estado plagiando a sí mismo?

O tal vez debería escribir su biografía, como tantos contemporáneos suyos, de cómo había sido desposeído del don de narrar y de cómo le había sido arrebatada la forma, quedándole la idea desnuda, sin el ropaje de la palabra, justo castigo porque durante años había prostituido el verbo sin dejarlo preñado de sentido o pensamiento, por pura diversión. Pero estos planes de nuevas narraciones o poemas se retorcían en círculos viciosos hasta comerse por la cola y desaparecer por falta de términos y frases para salir al mundo exterior, compartirlos con alguien, con un lector anónimo. Un lector. ¡Qué poco había pensado en los lectores, en las horas que les había robado con sus escritos insustanciales y huecos!

Como Juan Cerezo, Esmeralda seguía yendo cada día al “escribidero”. Al principio no supo muy bien lo que pasaba, pero un día cayó en la cuenta. Fue como una iluminación instantánea. No se permitió ni el menor comentario, ni la más mínima pregunta curiosa. Ni siquiera le ofreció su ayuda. Por momentos pensaba que cualquier mañana Juan podía decirle que se fuera, pero no había sido así y ese temor se había ido diluyendo y enfriando y ya ni siquiera le venía a las mientes. Ahora tenía más tiempo libre y, a falta de algo mejor que hacer, leía las revistas literarias que llegaban.

Una mañana encontró la primera referencia, como de pasada, al silencio de meses de Juan Cerezo. Muchos ni siquiera se habían percatado, pero debió ser esta primera gota la que trajo tras sí un diluvio. Durante los meses siguientes, con ocasión o sin ella, todos eran a preguntarse por qué Juan Cerezo no publicaba más. Se le solicitaron varias entrevistas que no aceptó y los interrogantes e hipótesis fueron en aumento.

También E. Novas terció en el debate y echó su cuarto a espadas. Él conocía bien la obra de Juan Cerezo, afirmaba sin el menor pudor, y en su día había señalado que ese autor estaba muerto. El tiempo no había hecho más que darle la razón. Era preciso que se corrompiera totalmente e imaginaba al autor en ese proceso, que se atrevía a calificar de alquímico, y del que debería salir según sus augurios completamente purificado y nuevo o, en caso de un fracaso, no quedaría de él más que un montón de escoria y de estiércol. Impredecible porvenir.

Parecía que Novas tenía el don de sacar a Esmeralda de sus casillas. En un reflejo de ira involuntario cargó la máquina de escribir con un folio en blanco y comenzó a teclear con una energía desproporcionada, con una pasión desbordada. Las más nimias trivialidades se convertían en cuadros grandiosos, las frases restallaban como látigos. Fue un acto terapéutico y a medida que escribía su cólera se mudaba en ironía. Bajo el escrito firmó, Juan Cerezo, y para más inri envió la colaboración al periódico provincial donde escribía el crítico. Su artículo apareció en el suplemento literario de la semana siguiente y al lado una breve recensión literaria de E. Novas felicitándose de la frescura y fuerza con que el escritor volvía a la literatura, renacido.

Desde ese día es Esmeralda quien escribe los artículos y novelas y el nombre de Juan Cerezo es, como el de Jorge Luis Borges y tantos otros, además de un sonoro pseudónimo, una patraña literaria.

Un relato de Cosme Vitale.