A las personas de mi generación, nacidas al calor del cambio de milenio, nos cuesta entender qué función desempeñan hoy en día los ejércitos de tierra. Francamente, nos sorprende que siga habiendo tanques, carros de combate y vehículos acorazados más allá de los videojuegos y los documentales de historia. Las guerras de desgaste que se prolongan durante años nos parecen, además de inmorales, algo totalmente anacrónico. Nos indigna que los conflictos armados sucedan de un modo tan poco eficiente. En una época en la que al menos nueve países podrían volar el planeta por los aires; en la que los misiles de crucero han alcanzado una precisión milimétrica; en la que Donald Trump y Kim Jong-un discuten en Twitter por ver quién tiene el botón nuclear más grande… ¿Por qué seguir enviando soldados a morir a las trincheras en pleno siglo XXI? Que nadie interprete estas palabras como un alegato pacifista. A los Centenials nos falta ingenuidad para eso. Los Simpsons nos enseñaron los peligros de un desarme a nivel global. Aceptamos la lógica de la paz nuclear como tantas otras; sólo queremos que nos salpique lo menos posible. Preferimos que España venda armamento a Arabia Saudí a tener que empuñar un fusil con nuestras propias manos. De niños presenciamos la última intervención de nuestro ejército: el conflicto de Perejil. El único miedo que nos inspira desde entonces es la posibilidad de que nos obliguen a formar parte de él.

 

En la base militar galesa de Caerwent necesitaban ayudantes de cocina para sus maniobras. El trabajo iba a durar solamente un fin de semana: doce horas el sábado y doce el domingo. Mi jefe de Blue Dragon mandó un email conjunto anunciando que había tres plazas libres en el coche de un tal Charlie. Abrí la Wikipedia y, en una lectura transversal, descubrí que en Caerwent se habían rodado escenas para una peli de El Capitán América. Por supuesto no fue esto lo que me hizo aceptar el trabajo. Entrar en una base militar es una oportunidad que a un escritor de mi generación no se le presenta todos los días.

El sábado aparecí en Blue Dragon a las seis de la mañana. Una gruesa capa de niebla se extendía por toda la ciudad, actuando a modo de termostato. La temperatura no subía ni bajaba de cero grados, y el frío te apelmazaba todos los músculos del cuerpo. Mientras ataba mi bicicleta a una señal de tráfico, vi dos luces rojas parpadeantes y me acerqué a preguntar. El conductor, un inglés rubio y atlético de unos treinta años, bajó la ventanilla y pronunció mi nombre. En la parte de atrás había dos polacos con los que había coincidido en la agencia un par de veces. Ambos llevaban sudaderas con la capucha sobre la cabeza, los brazos cruzados y el tronco inclinado hacia sus respectivas ventanillas. Abrieron los ojos al escuchar la puerta y volvieron a cerrarlos en cuanto empezó a rugir el motor.

Nos esperaban dos horas de viaje a través de las campiñas inglesa y galesa. Afortunadamente, Charlie tenía conversación para rato. Era un tipo sonriente, de piel pálida y mejillas sonrosadas. Apenas le había crecido la barba, lo cual le hacía parecer mucho más joven. De modales exquisitos, sabía hablar, pero también escuchar. Se hacía entender sin recurrir a esa insultante velocidad de crucero que todo expatriado como yo conoce bien. Una de las pocas confusiones lingüísticas vino en torno a su trabajo. Me dijo que era barrister, y yo le pregunté si se dedicaba a preparar cafés. Sin perder la sonrisa, me explicó que un barrister es un tipo de abogado; nada que ver con un barista. Después me contó que llevaba un año haciendo turnos para Blue Dragon los fines de semana. Quise saber si no ganaba suficiente en el bufete y se echó a reír. “No es por eso”, me contestó. “Me gusta juntarme con gente real como tú”. Al parecer, su abuelo había trabajado como mecánico de barcos en la época dorada del puerto de Leighton. Su padre iba por el mismo camino, pero en los ochenta había tenido que reciclarse como trabajador de mantenimiento en un hotel. Me habló también de otra gente real –británicos y extranjeros– que había conocido a lo largo de su vida, especialmente durante su último año en Blue Dragon. Le dije, medio en broma medio en serio, que podría llegar lejos como político. “No vas desencaminado, Igor”, me respondió, y siguió con sus historias de personas anónimas que “levantaban el país cada día con su duro trabajo”.

A las siete y media llegamos al canal de Bristol. Mientras cruzábamos el puente de Severn, Charlie despertó a los polacos y nos dio instrucciones para el trabajo en la base militar; básicamente, hacer todo lo que nos pidieran los oficiales y no abandonar nuestro edificio asignado. Nos repartió los pases de seguridad, advirtiéndonos de que podríamos tener problemas si los perdíamos. Los polacos asintieron y volvieron a apoyar sus cabezas contra las ventanillas y a dormirse. Charlie puso rumbo hacia el norte de Gales por una pequeña carretera de un solo carril con arcenes de paso cada cierto tiempo. Quiso saber mi opinión acerca del NewLibLab, el Nuevo Partido Liberal de los Trabajadores. Con esa franqueza que nos diferencia de los británicos, le dije que me parecían “los hermanos pequeños del UKIP”. Le conté lo que le habían hecho sus secuaces, los Brexit Warriors, a mi amigo el Maharajá. ¿Cómo imaginar que él mismo estaba afiliado al partido? “Los periódicos no dicen más que mentiras”, respondió, torciendo por primera vez el gesto. En ese momento me recordó al universitario rubio que asedia la casa de Ethan Hawke en La purga. Claramente debía medir mis palabras de ahí en adelante. “Los Brexit Warriors no tienen nada que ver con nosotros. Ellos quieren expulsar a todos los extranjeros por la fuerza”. “La verdad es que me falta información… –dije, tratando de recular–. Pensaba que estabais a favor del Brexit…”. “Apostamos por un Brexit light que nos permita proteger a toda esa gente real y trabajadora de la que te hablaba antes. Mira, Igor. Los Laboristas han caído presos de la corrección política, y prefieren no mojarse. Los liberales más radicales quieren dejar entrar a todo el mundo, lo cual sería una catástrofe. En cuanto a los Tories y el UKIP… bueno, ya sabes lo que piensan. El NewLibLab busca una posición intermedia entre abrir las fronteras completamente y cerrarlas y tirar la llave. Creemos en el liberalismo económico, siempre que éste no empobrezca a nuestros trabajadores. Los inmigrantes como tú seréis siempre bien recibidos en el Reino Unido; por otra parte, no queremos ni un solo extranjero aprovechándose de nuestras ayudas sociales. Por supuesto, detestamos a los chavs británicos: la diferencia es que a ellos no podemos deportarlos”. Asentí con la cabeza mientras bajaba la ventanilla. Las constantes curvas y la conversación me estaban mareando un poco. “Los Brexit Warriors son una lacra para todos nosotros –concluyó, cogiéndome del hombro para dejar claro que estábamos en el mismo bando–. El NewLibLab es un partido democrático que rechaza cualquier tipo de violencia”. Abandonamos la “carretera principal” por un camino de tierra y entramos finalmente en la base militar de Caerwent. Enseñamos nuestros pases en la garita de seguridad y aparcamos el coche en un terraplén justo a la entrada.

A Charlie y a mí nos habían asignado el mismo barracón. Era un edificio de ladrillos ennegrecidos y sucios ventanales, rotos la mitad de ellos. Discurrimos por unos pasillos cuyas paredes y suelos habían vivido tiempos mejores. Situada al fondo del barracón, la cantina consistía en una gran sala con varias mesas, bancos de madera y un alargado mostrador donde estaba a punto de servirse el desayuno. Tres soldados con botas militares, pantalones de camuflaje y delantales de cocina se presentaron amablemente. A Charlie ya lo conocían del fin de semana anterior, así que no les hizo falta darnos instrucciones. Salimos a la calle, donde nos esperaban doce garrafas verdes de unos cinco litros de capacidad. Al ver cuatro tanques aparcados sobre un césped mal cortado, me pregunté si serían de verdad o simples piezas de museo. Aún no había amanecido, y aunque la capa de niebla estaba desapareciendo, el frío persistía. Cogimos dos garrafas cada uno y bajamos a llenarlas a un enorme bidón con grifo incorporado. Completado el proceso, volvimos a por el resto y regresamos a la cantina.

El siguiente paso era calentar el agua para fregar los platos. Vaciamos una garrafa y media en un recipiente metálico de base rectangular colocado sobre dos fogones. Lo tapamos para acelerar el proceso y, entre tanto, distribuimos más garrafas por la sala: dos para lavarse las manos; otra para preparar un zumo de naranja ultra-concentrado, y una última con agua hirviendo para el té. Justo antes de que la cantina se llenara de soldados hambrientos, Charlie me explicó la escasez de azúcar en el ejército y la importancia de dosificarla.

Los cocineros se encargaban de servir el desayuno –huevos, bacon, salchichas, hash browns, champiñones y salsa de tomate–, y nosotros debíamos mantener el mostrador limpio e intentar que no faltaran té y zumo. En cuanto al azúcar, comprobé que Charlie tenía razón. Al verme con pinta de novato, todos los soldados me pedían “un poco más”, y no es fácil plantarle cara a una persona armada. Me vi envuelto en un tiroteo de órdenes cruzadas. El oficial a cargo de la cantina me exigió tres veces –en un orden decreciente de amabilidad– que escondiera el azúcar. Finalmente opté por abandonar mi puesto y dedicarme a limpiar las mesas. Esperaba una buena reprimenda por su parte, pero no fue así. En cuanto los soldados desaparecieron, Charlie y yo nos servimos nuestra ración de full English breakfast.

Mientras fregábamos las ollas y sartenes –toda una odisea sin agua corriente–, mi compañero volvió a sacar el tema del NewLibLab. Mi primera reacción fue de rechazo. Como extranjero, estoy en contra de cualquier partido que apoye el Brexit. Sin embargo, había algo en su discurso que me seducía. En aquellos cuatro meses en Leighton había aprendido a ganarme el pan con el sudor de mi frente, lo cual me hacía sentir francamente bien. El problema es que mi orgullo se mantenía sobre arenas movedizas, y arrastraba consigo algunas preguntas incómodas. Al dedicar todo mi tiempo y mi energía a la pura supervivencia, ¿no me estaría convirtiendo en una pieza más de un absurdo engranaje? ¿No debería estar escribiendo, que era lo que realmente quería hacer? ¿Hasta cuándo iba a durar mi etapa de experimentación? Y una cuestión recurrente al sonar mi alarma cada mañana: ¿Por qué otras personas no tenían que madrugar y yo sí? Mi principal chivo expiatorio eran esos británicos que, teniendo todas las facilidades para trabajar, preferían quedarse en casa quejándose de los inmigrantes que les robaban sus puestos de trabajo. Pero, siendo honestos y coherentes, tampoco podía defender a los extranjeros que vivían de los benefits. ¿Y acaso no era esto precisamente lo que defendía el NewLibLab? “¿Has visto lo que ha pasado en el desayuno?”. Charlie interrumpió mis reflexiones en un momento decisivo: tenía más miedo a mis propios pensamientos que a los suyos. “Hasta la llegada de la crisis –prosiguió–, en el Reino Unido había azúcar para todos. El tema de la inmigración no era un problema, y muy pocos defendían nuestra salida de la Unión Europea. Pero los tiempos han cambiado, y toca hablar seriamente sobre cómo repartir el azúcar”.

En ese momento se escucharon disparos y una alarma de incendios. Uno de los cocineros nos gritó que cerráramos la puerta y nos escondiéramos bajo el mostrador. Desde la ventana, vi desfilar a algunos soldados con metralletas en posición de combate. Parecían estar buscando algo o a alguien. Miré a mis compañeros en busca de una explicación, pero no obtuve respuesta. Diez minutos más tarde volvió a sonar la alarma y terminó el simulacro, pues no era más que eso. Desde entonces tuve la sensación de estar en un programa de cámara oculta. Las performances se sucedían ante mis ojos, y mi respeto por el ejército británico continuaba su descenso en picado. Para empezar, me sorprendió su permisividad con los teléfonos móviles. No sólo no te lo requisaban al entrar, sino que podías utilizarlo en todo momento sin dar explicaciones. ¿Acaso no eran conscientes de que podíamos grabar vídeos y subirlos a youtube, lo cual escandalizaría a medio mundo? En realidad, hubiera bastado con grabar un audio. La banda sonora estaba plagada de canciones pop más propias del Hearts, la discoteca gay de Leighton. ¿Y qué decir de la alimentación? La calidad, cantidad y variedad de las comidas tenía poco que envidiar a la de muchos restaurantes; nada que ver con las raciones insípidas y frugales que uno podría esperar en este tipo de maniobras. Para colmo, en unas pocas horas presencié dos “consejos de guerra”. Por qué los celebraban en la cantina, sigue siendo un misterio para mí. El primero vino a raíz de un proyector de diapositivas que se estropeó, supuestamente porque le había caído agua encima. El dispositivo estaba cerca de nuestra posición, así que fuimos los primeros acusados por parte de un oficial que irrumpió en la sala dando gritos. Charlie y yo negamos la mayor (aunque no pondría la mano en el fuego por ninguno de los dos). En un tono respetuoso pero firme, el cocinero jefe nos defendió alegando que podía haber sido cualquiera durante el desayuno. Unas horas más tarde, poco antes de la cena, volvió el mismo oficial acompañado de diez soldados. Pensé que surgiría de nuevo el tema del proyector de diapositivas, y me eché a temblar. Pero esta vez se trataba de un asunto distinto. Gracias a la traducción simultánea de Charlie, logré entender de lo que ocurría. Uno de los soldados había grabado un vídeo comprometido de un compañero. Puede parecer chocante que los militares tengan permitido llevar teléfonos móviles, pero, como ya he dicho, es algo común en la base de Caerwent. Tras una larga reprimenda, el oficial lanzó una pregunta al aire: “¿Cuánto tiempo se necesita para mandarlo todo a la mierda?”. “¡Lo mismo que se tarda en hacer un puto vídeo!”, se respondió a sí mismo. Dicho lo cual, se esfumaron. Una hora más tarde, con el beneplácito del cocinero jefe, reunimos al equipo Blue Dragon y volvimos a Leighton.

 

Mi segundo día en la base se presentaba cargado de emociones. Eso fue lo que me dije cuando sonó mi alarma a las cinco y media. Lo cierto es que necesitaba alguna motivación para hacer frente a otras doce horas de frío, esta vez con callos en las manos y agujetas por todo el cuerpo. Nuestra llegada me hizo imaginar que quizás estaba en lo cierto. En la puerta principal había diez militares chinos fumando. En un principio pensé que eran británicos de ascendencia asiática, pero durante la comida descubrí que apenas hablaban inglés. Charlie no supo explicarme la razón, y a ambos nos pareció inapropiado indagar en la cantina. Llegamos a la conclusión de que estarían haciendo una especie de visita turística por la base. ¿Sería una práctica habitual el enseñar tus instalaciones a tropas extranjeras de países no aliados? Visto lo visto el día anterior –la música pop, las comidas de lujo, la permisividad con los teléfonos móviles, la falta de seguridad en general–, ya nada podía sorprenderme.

La jornada transcurrió sin contratiempos hasta la hora del té. Por ser el último día de maniobras, el cocinero jefe nos había dado permiso para abrir la mano con el azúcar, cosa que hice gustoso durante el desayuno y la tradicional comida de los domingos. Y es que los británicos no perdonan su Sunday roast por nada del mundo. La carne –a elegir entre vaca, cerdo y cordero– estaba bien jugosa, el puré de patata sin grumos, las verduras hervidas en su punto de sal… Como decía, el día parecía encarrilado hasta que llegó el descanso para el té. Un soldado me pidió azúcar y comprobé que estábamos bajo mínimos. Mis cálculos habían fallado, y nuevamente entré en pánico. Eché un vistazo a la cola y comprobé que todavía quedaban unas treinta personas, entre ellas los diez chinos. No había azúcar para todos, y yo debía tomar una decisión rápida. Sin pensármelo dos veces, aposté por los británicos primero.