Desperté en medio de la oscuridad, tenía frío. Avancé a tientas hasta la cama contigua donde una figura familiar reposaba entre fuertes respiraciones. Era ella. Enseguida noté el calor que desprendía su cuerpo y me reconfortó. Me acurruqué entre sus axilas y palpé hasta encontrar sus pechos.

—¡Teta Mamá!—  grité.

Ella se movió con suma delicadeza y con un movimiento de su brazo derecho destapó el tarro de las esencias. Me enganché al pezón con voracidad y al instante comencé a sentir el rico elixir acariciando mi esófago. Mi cuerpo se relajó con el sabor y el olor de mi manjar preferido y pronto me volví a quedar dormida.

Cuando abrí los ojos ella ya no estaba. Me incorporé y me froté la cara intentando advertir si se trataba de un sueño. En su lugar había otra figura, un cuerpo más bruto y áspero con un olor extraño. El desasosiego me invadió y rompí a llorar. Él abrió lentamente los párpados y clavó su mirada en mí, giró su inmenso brazo y me acarició toscamente la cabeza.

—Buenos días, princesa…

—¿Mamá?

—Mamá está trabajando, y ya es hora de que nosotros nos pongamos también en marcha. ¿Qué te apetece desayunar, yogurt o fruta?

—Fruta. — contesté (no porque me apeteciera fruta sino porque tiendo a repetir la última palabra que oigo, eso me ayuda muchas veces a parecer que sigo el hilo de las conversaciones de los mayores).

Se levantó de la cama y se puso una bata azul aterciopelada. Oírle hablar me calmó, aunque la explicación de la ausencia de mamá no me pareció satisfactoria. Me alzó en sus brazos con un torpe movimiento, me secó las lágrimas de las mejillas y me plantó un raspante beso.

Algo patizambos nos dirigimos a la cocina, me sentó sobre la encimera y comenzó el ritual de cada mañana. Mi papá no tiene el don de mi mamá para entender lo que me pasa en cada momento, pero cuando se lo propone parece un ser mágico y alegre, capaz de todo, como un personaje sacado de un cuento. Tarareando su soniquete, sacó varias piezas de fruta que peló y cortó sobre un bol. Mientras, yo me entretenía en alcanzar un tarro lleno de pinzas de colores y le observaba por el rabillo del ojo. De repente el olor agrio de la máquina que chirría comenzó a inundar la cocina. El sonido estridente de la batidora me asustó por un instante y observé hipnotizada cómo desaparecían los trocitos de fruta dando lugar a una pasta marrón.

—¡Fruta! — le dije mientras señalaba aquel laboratorio de alquimia.

— Sí, fruta. ¿Te la vas a comer toda?

—¡Toda!

Me sonrió y en un ejercicio de equilibrio sublime me cogió en brazos mientras mantenía el potito y su café en una mano. Avanzamos cortando el viento a través del pasillo hasta el salón donde me dejó sentada en mi trona y me puso el babero de la vaca.

La luz de la mañana entraba a borbotones en la estancia, los rayos del sol atravesaban la ventana y chocaban contra paredes, muebles y plantas haciéndolos lucir como si fueran monologuistas en un escenario. Un haz pasó rozándome el brazo y al mirarlo de cerca observé incontables partículas de polvo flotando a su antojo, invisibles, mínimas y caóticas.

Entonces su voz me sacó de mi reflexión.

—Venga, a desayunar, a ver, a ver …

Miré aquella inmensa cuchara acercándose rebosante de compota y al absurdo de mi padre abriendo la boca mientras la inclinaba hacia mí. Como si no supiera que para comer hay que abrir la boca. Cerré los labios con fuerza y giré la cabeza enérgicamente (este gesto es muy efectivo para frenar las pretensiones adultas).

—¡No! No! —grité.

— ¿Cómo qué no? —dijo arqueando una ceja.

Aprovechando el momento de debilidad y el factor sorpresa (podría no volver a tener otro), señalé la caja de galletas que había sobre la mesa.

—¡Esto, esto!

—Esto son galletas de chocolate, no las puedes comer.

—¡Comer!

—Vaaale, pero primero cómete la fruta.

—¡No!

—Ya estamos con el «no preventivo», si te gusta mucho la fruta… Venga, hacemos una cosa, un poquito de potito y un poquito de galleta…

— ¡Aeta!

Una vez más mi elocuencia daba sus frutos. Papá partió un trozo de rica galleta chocolateada y me la puso en la mano. Ávida me dispuse a degustar el sabor de la victoria. Su gigante dedo índice frenó en seco mis pretensiones.

—Primero un poco de fruta y después la galleta…

Su semblante serio no daba lugar a discusión. Papá impone mucho cuando la situación lo requiere. Acercó de nuevo la frutícola cuchara. Pero no estaba todo perdido, seguí en mis trece y aposté por una estrategia más agresiva.

—¡Nooo! ¡Nooo!

—¡Vale, entonces no hay galleta!

Y me la arrebató de las manos con un gesto de enfado. Yo tuve que reaccionar poniendo toda la carne en el asador, con mi mejor arma, la que nunca falla. El llanto de un alma herida…

—¡Buaaaaaaaah! ¡Buaaahhhhhhh! ¡Ayyyyy aaayyyyyyyy!

Entonces, en el cénit de mi desconsuelo, se levantó de la silla, cogió algo de la estantería y volvió a sentarse frente a mí.

—Miraaaa…—dijo con voz dulce y aterciopelada— El Osito Tito en la granja…

Lo reconocí al instante, era uno de mis libros preferidos. No hay nada como un buen libro contado por papá. Y sin darme cuenta me olvidé de llorar. La portada prometía aventuras excitantes.

—Érase una vez …Aquellas primeras tres palabras bastaron para fijar toda mi atención en el cuento. Papá me iba preguntando dónde estaba este u otro animal, y yo le correspondía señalándolo en la página y en ocasiones imitando su ruido.

Con el pasar de las páginas, los colores se traducían en una explosión de sabor en mi paladar. Todo pasó de repente. Papá me miró con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Muy bien! Te has comido toda la fruta…

Y aplaudió frenéticamente, ante lo cual no pude evitar imitarle. Me mostró el tarro vacío como símbolo de su victoria.

—¿Ves como sí que te gusta… ? Si  está muy rica…

—¡Rica!

—Claro, te has ganado tu galleta. Ala, vamos a lavarnos, vestirnos y ponernos los zapatos.

—¡Sapatos!

Una vez más me había llevado a su terreno con sus artes de trilero. Mientras íbamos al baño le miré fijamente y le di un beso en la cara. El me respondió con una henchido abrazo.  

Mientras me llevaba la galleta a la boca pensé que aún me quedaba mucho por aprender. Quizá el «no preventivo» necesitaba una vuelta de tuerca. Mañana será otro día…